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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos.jpg

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos.jpg

Guerra Vampiros 8ª.jpg

Mannfred masacrando un ejército Skaven

Al partir de Sylvania, el camino de Mannfred von Carstein se separó de Arkhan el Negro de manera casi inmediata. El vampiro portaba la Garra de Nagash, que largo tiempo atrás había sido cercenada de su maestro por la Espada Cruel. Las energías mágicas todavía ataban entre sí a las dos reliquias, y fue ese vínculo el que guió los pasos de Mannfred.

La ruta del vampiro discurría a través de los estados meridionales del Imperio y de las provincias de los Reinos Fronterizos. El Señor de Sylvania no viajaba sólo, sino que marchaba a la cabeza de una columna de caballeros. Tal vez fuese propio del liche arrastrarse como un mendigo por entre las tierras de los vivos, pero Mannfred estaba decidido a viajar de una forma conveniente a su estatus; se mantendrían las formas. La mayor parte de los que cabalgaban junto a él eran tumularios, levantados de sus sepulcros para acompañar a su señor a tierras distantes, pero los jinetes que se agrupaban bajo el estandarte de Drakenhof eran los templarios de la guardia personal de Mannfred. Todos habían sido introducidos en la oscuridad por el propio Mannfred, y eran tan leales a su maestro como podía serlo un vampiro.

Sin embargo, pese a toda su arrogancia, Mannfred no era ningún necio. Hacerse el señor feudal indómito satisfacía a su vanidad, pero seguía alerta ante cualquier movimiento de los Imperiales - su tenacidad ya lo había sorprendido demasiadas veces. El Señor de Sylvania sabía que ningún otro podría defender sus tierras tan bien como él, y resolvió que nadie en el Imperio - ni siquiera el campesino más estúpido - notase su marcha en el caso de que pudiera ser aprovechada. Allá donde pudo, empleó su magia para ocultar el paso de su ejército; cuando fue necesario entablar batalla, golpeó con fuerza y rapidez, usando todas y cada una de las despiadadas artimañas aprendidas en una vida de guerra constante. Lo habitual era que Mannfred tratara de dejar supervivientes en sus ataques, mensajeros de su terrorífica majestad, cuyas historias de terror debilitarían la moral de todos los que los escucharan. Pero no esta vez. Esta vez las patrullas desaparecieron y aldeas enteras se desvanecieron en el transcurso de una noche, no quedando ni un testigo de lo que había sucedido.

Los condes y duques de los estados meridionales tardaron en reaccionar ante aquellas desapariciones. No se trató de laxitud por su parte, sino de falta de medios. Los presagios de condenación que Mannfred había divisado desde el Castillo Sternieste no habían pasado desapercibidos entre los habitantes del Imperio, y muchas regiones se encontraban ahora al borde del caos. Entre contener el pánico de sus propias gentes y responder a los cada vez más atrevidos ataques de los Hombres Bestia, los gobernantes de Wissenland y Averland tenían pocas tropas disponibles para investigar incidentes aislados y distantes de sus capitales y rutas comerciales. Así llegó el ejército de Mannfred a los Reinos Fronterizos, inadvertido por todos excepto por aquellos que encontraron la muerte a su paso.

A Mannfred no le preocupaba mucho tener que atravesar los Reinos Fronterizos. Había viajado extensamente por aquellas provincias algunos años atrás, y se había encontrado con que los así llamados "reinos" no eran más que una colección de nobles emparentados y díscolos atrapados en un ciclo de guerra perpetua los unos con los otros. Los vasallajes y las lealtades de aquel lugar eran famosas por estar siempre en venta, y el oro ganaba muchas más batallas que el acero. Había pocos ejércitos permanentes en los Reinos Fronterizos. En vez de eso, la mayoría de los duques contrataba a bandas mercenarias, que vendían sus servicios al mayor postor. No todos aquellos espadas de alquiler eran enteramente humanos. Mannfred sabía de al menos dos ejércitos mercenarios cuyas filas no se componían de otra cosa que de muertos vivientes, y por lo tanto dudaba que la visión de sus propias fuerzas provocase la misma respuesta militar que en las tierras del Imperio. Lo peor que podía pasar es que él mismo tuviera que hacerse pasar por un capitán mercenario. Sería un engaño ignominioso e irritante, pero el Señor de Sylvania albergaba pocos deseos de tener que abrirse paso luchando a través de los Reinos Fronterizos para cumplir su misión.

Sin embargo, a medida que Mannfred descendía a través del Bosque de Hvargir, se dio cuenta de que tendría que revisar sus planes. Las llanuras y marismas que atravesaba deberían estar salpicadas de ciudades orgullosas y puestos fortificados, los llamativos emblemas de nobles y capitanes agitándose en los estandartes. Lo que el vampiro contemplaba ante sí era una tierra sumida en la más absoluta ruina. Los castillos se habían visto reducidos a montones de piedras chamuscadas, los pueblos eran ascuas humeantes atestadas de cadáveres insepultos, y las señales de la plaga resultaban evidentes por todas partes.

Los arquitectos de tal destrucción se delataron a sí mismos antes de que cayese la noche aquel mismo día. Una partida de guerra de Skaven, frescos tras haber estado saqueando las tierras más hacia el Oeste y estimulados por sus logros, correteaban hacia el Este a través de las llanuras asoladas. El señor de la guerra skaven había obtenido numerosos éxitos en días recientes, y su enjambre viajaba ahora de vuelta a la madriguera con el botín de la victoria - abalorios y baratijas de todo tipo, así como los centenares de inmundos humanos que habían capturado como esclavos. Impulsado por una falsa confianza, el señor de la guerra confundió el estandarte de Mannfred con el de algún Señor Fronterizo, y lanzó a sus congéneres al ataque. Pronto comprendió lo desastroso de su error.

Una vez concluida la carnicería, Mannfred caminó entre los muertos, alzando a sus malogrados espíritus el tiempo suficiente como para interrogarlos. Aquello le resultó un ejercicio realmente molesto. No porque el esfuerzo nigromántico fuese exigente - al contrario, se trataba de uno de los conjuros más básicos del repertorio del vampiro - sino porque las almas de los Skavens seguían siendo tan mentirosas en la muerte como lo habían sido en vida. Sólo al formular las preguntas con precisión pudo Mannfred obtener la información que deseaba. El procedimiento agotó la nunca abundante paciencia del vampiro, y desgarró más espíritus skaven en jirones fantasmales tras la conclusión de la batalla que los que había matado durante el clímax de la misma. Por fortuna, no había ninguna escasez de Skavens muertos a los que interrogar, y finalmente Mannfred pudo recolectar información suficiente como para comprender lo que había acontecido en los Reinos Fronterizos. Los Skavens habían pasado al ataque; Tilea ya había caído, y tanto Estalia como los Reinos Fronterizos se encontraban bajo asedio. A Mannfred aquellas noticias le resultaron preocupantes, pues nunca había considerado que los hombres rata poseyeran un propósito capaz de abatir a un reino entero, y ya no digamos dos o tres. Arkhan el Negro estaba en lo cierto; aquellos eran tiempos difíciles.

No deseando demorarse ni un minuto más, Mannfred cabalgó a toda prisa. Su último acto antes de iniciar la marcha fue liberar a los aterrorizados esclavos. No lo hizo por compasión - en el negro corazón del vampiro no se ocultaba ningún rastro de aquella emoción - sino porque indudablemente supondrían una valiosa distracción para los skaven. Si los hombres rata estaban unidos y efectivamente controlaban los Reinos Fronterizos, tales distracciones serían realmente valiosas.

A lo largo de varios días, Mannfred continuó avanzando hacia el Sur y el Este, impulsado por la llamada de la garra. El vampiro podía sentir cómo aumentaba la fuerza del vínculo con cada paso, pero el objetivo seguía estando fuera de su alcance. Cada legua que las pezuñas de su corcel dejaban atrás suponía hacer frente a un nuevo ataque de los skaven. La mayoría eran partidas de saqueo, que rápidamente se quebraban bajo las lanzas de los caballeros de Sylvania, pero al cruzar el Río Calavera Mannfred se encontró trabado en batalla con un enjambre tan grande que sus cuerpos chillones y destartaladas máquinas de guerra cubrían el horizonte. Lo que siguió fue la batalla más reñida en lo que iba de campaña, y Mannfred prevaleció sólo tras alzar a los muertos de tres ciudades fortificadas arrasadas para reforzar a su ejército. Mientras las aguas del río arrastraban a los skaven muertos, el Señor de Sylvania se dio cuenta de que a partir de entonces ya no le bastaría con un rápido avance.

Para cuando Mannfred alcanzó la entrada al Paso del Perro Loco, le seguían miles de cuerpos putrefactos y espíritus atormentados. Los orcos Garra'ierro trataron de impedir que el vampiro accediera al paso, pero su suerte no fue mejor que la de los skaven. La llamada de la garra era ahora más fuerte que nunca, y la Espada Cruel se encontraba tan cerca que el Señor de Sylvania podía sentir sus oscuros encantamientos. Así continuó avanzando, atraído hacia los antiguos y profundos túneles bajo el Paso del Perro Loco.

La Batalla de la Madriguera Mordkin
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Fuente Editar

  • The End Times I - Nagash.

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