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La Batalla de la Maisontaal (Relato)

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En el año 2491 fue un año de oscuridad para los devotos de Taal, el dios de la Naturaleza, cuyo templo se situaba en las montañas que separan Bretonia del Imperio. A continuación, sigue un relato de aquellos horribles acontecimientos.

Bagrian, sumo sacerdote de Taal, caminaba en dirección a la desvencijada ventana para observar como el último rayo de luz se desvanecía en el horizonte. Su rostro era una máscara de furia glacial. Afilados cristales de colores crujían bajo sus sandalias. Las preciosas vidrieras eran un espectáculo que derrochaba inspiración y devoción hacia Taal y su construcción había llevado años de atención y esmero. Ahora estaban en ruinas, como la mayor parte de la abadía. Solo la capilla continuaba en pie. El resto de la abadía de La Maisontaal estaba en ruinas y el aire de aquella fría noche estaba impregnado del olor a madera quemada y ceniza. El sumo sacerdote alzó su mirada en dirección a los campos que rodeaban la abadía y su expresión se endureció. Oscuras siluetas destacaban sobre el cielo rojizo del anochecer: allí fuera podía distinguir los contornos de unas criaturas diabólicas, abominaciones de la naturaleza que no tenían derecho a caminar sobre la tierra. Aquellas criaturas suponían todo lo opuesto a sus creencias y una afrenta a su dios.

Rodeado de hechizos arcanos de protección. Bagrian había logrado deslizarse sin ser visto hasta introducirse en las entrañas de la poderosa fortaleza de los hombres rata, una oscura y tambaleante ciudad que existía bajo las marismas conocida con el nombre de Plagaskaven. Su viaje le había servido para reafirmarse en su creencia de que estas criaturas no eran de este mundo y había aprendido mucho de los Skavens durante su breve incursión. Había descubierto una sustancia conocida como piedra bruja imbuida del poder del Caos que, posiblemente miles de añios atrás, había convertido a aquellas criaturas con forma de rata en los horribles seres que eran ahora Esperaba que sus investigaciones sobre aquella peligrosa sustancia le proporcionaran alguna pista y pudiera erradicar para siempre aquellas criaturas antinaturales de la faz de la tierra. Con esta idea bullendo en su mente. Bagrian, gracias a la magia, logró transportar una caja pequeña de color negro que contenía piedra bruja para ser estudiada en la abadía de Taal, en la cumbre de las Montañas Grises. Las criaturas rata se pusieron como locas al descubrir que la caja había desaparecido. A pesar de la protección que le proporcionaba la magia. Bagrian a duras penas se las arregló para escapar con vida de la guarida de los Skavens. Pero ¿cómo pudo saber que aquella caja era un objeto sagrado para los retorcidos Skavens y que el Arca Negra era el símbolo de la Rata Cornuda?

Fue cuestión de unos días que las criaturas aparecieran. Solo Taal sabía cómo lo habían encontrado, pero el caso es que, aun alejándose tanto de su maldito agujero subterráneo, lo habían encontrado. Tres noches más tarde, Bagrian se despertó y tuvo una visión en la que su dios se le aparecía para prevenirle del peligro. Se precipitó al pasillo que había fuera de su habitación y allí descubrió que el vigía nocturno yacía en el suelo degollado.

Vio figuras encorvadas ataviadas de negro que empuñaban armas cuyas afiladas hojas relucían a la luz de la luna. Invocó los poderes que le había otorgado su dios y creó una enorme bola de luz que se cernió sobre la abadía, ardiendo como si se tratase de un dorado sol en miniatura e iluminando con sus rayos los terrenos circundantes. Los Skavens ataviados de negro aparecieron ante su vista y Bagrian dio buena cuenta de ellos con toda rapidez gracias a su potente magia.

A la mañana siguiente, el miedo se hizo patente en toda la abadía y el terror y la desesperación podían adivinarse en los ojos de los pocos monjes que continuaban con vida. Con la llegada de un nuevo anochecer, volvió a percíbirse movimiento en la distancia y, entonces, apareció la primera oleada de atacantes. Al mando de Gnawdoom (un demente y poderoso hechicero skaven) y de Throt el Inmundo (aquella horrible mutación), los horrendos hombres rata cayeron sobre la abadía y atravesaron sus muros como una horda imparable.

Los monjes de Taal permanecieron impávidos ante ellos y lucharon con sus mazas y martillos. El aire se llenaba de destellos de magia mientras el Vidente Gris lanzaba su magia contra la de Bagrian. Throt, un poderoso maestro de la mutación del Clan Moulder, dirigió sus creaciones de ratas mutadas sobre los defensores de la abadía y ratas de tamaño gigantesco derrumbaron los muros. La batalla duró media noche y los muros exteriores de la abadía quedaron reducidos a un montón de ruinas. La superioridad numérica y la ferocidad de los skavens había obligado a los monjes a retroceder lentamente.

Mientras la luna alcanzaba su cenit, un segundo terror descendió sobre la abadía asediada. El alma de Bagrian se vio sobrecogida por un profundo sentimiento de desesperación y, mientras miraba el cielo estrellado, vio cómo quedaba oscurecido por unas oscuras e inmensas formas. Con el batir de sus enormes alas, los murciélagos vampiro se abalanzaron sobre los monjes, mordiéndoles hasta extraerles la sangre antes de volver a emprender el vuelo. Los monjes, presas del terror, comprobaron que un ejército de muertos marchaba desde las montañas en dirección al Norte. Los Skavens avanzaron con una confianza acrecentada ahora que sus aliados habían llegado.

A la cabeza de la legión no muerta marchaba resueltamente el terrorífico Heinrich Kemmler, el Señor de los Nigromantes. Durante años, este diabólico hechicero había sembrado el terror en las fronteras de Bretonia, devastando aldeas y ciudades mientras su ejército daba buena cuenta de aquellos a quienes destruía. A su lado se encontraba la impresionante figura de Krell, el Dos Veces Condenado; había consagrado su alma al servicio del Caos y su cuerpo decadente se aprestaba a caminar sobre la tierra una vez más. No existían dudas sobre los planes del nigromante: su intención era utilizar el poder de la piedra bruja para aumentar peligrosamente sus habilidades, ya de por sí poderosas.

Horrorizado, Bagrian se giró para mirar en dirección al pequeño cementerio situado en las tierras de la abadía, pues unas manos emergían de la tierra mojada. Los cuerpos de los monjes muertos se levantaron de sus tumbas ante la voz de mando de Kemmler, girando sus ojos vidriosos sin vida hacia los que una vez fueran sus compañeros. La consternación afligió a Bagrian, ya que aquellas acciones tan obscenas no deberían ser posibles en la tierra consagrada de La Maisontaal. lEl señor de los nigromantes era realmente poderoso! Los cuerpos putrefactos de innumerables zombis rugían mientras avanzaban, tambaleantes, hacia los Monjes y la batalla se recrudeció.

Bagrian ordenó a los monjes que entrasen en la capilla de Taal y sellaron la inmensa puerta tras ellos. Sabía que, sí los dos ejércitos se aliaban, vencerían a los últimos defensores de la abadía, pero las alianzas no formaban parte de la naturaleza de aquellos seres recelosos y malvados. En efecto, la impía alianza rápidamente se deshizo y los dos enemigos antinaturales se enfrentaron.

Mientras los poderosos hechiceros Kemmler y Gnawdoom se batían, Bagrian se las arregló para superar las defensas mágicas de ambos. Libre de sus ataduras físicas, su espíritu emergió de su cuerpo y se elevó hacia el cielo. Encumbrado en las alturas, Bagrian escudriñó la tierra en busca de ayuda para la abadía asediada. Una hora más tarde, sus ojos-espíritu encontraron lo que buscaban; acampado a menos de un día de distancia de la abadía se encontraba un ejército de caballeros bretonianos. Su espíritu descendió a tierra y entró en la tienda de mando para encontrarse cara a cara con el altivo Duque Tancred.

Tras escudriñar en el corazón del noble caballero del grial bretoniano, Bagrian comprobó que poseía un espíritu noble y verdadero, lo que le hizo cobrar nuevas esperanzas. La dama del grial que acompañaba al Duque Tancred dio un grito sofocado, pues había percibido el espíritu de Bagrian, aunque ninguna otra persona en la tienda lo había visto. Con rapidez, Bagrian le puso al corriente de la situación en la abadía de Taal. La damisela relató el mensaje al Duque. Al oír pronunciado el nombre del odiado Heinrich Kemmler, el caballero del Grial se apresuró a salir de la tienda y convocar a sus soldados para que montasen en sus caballos y se dispusiesen para el combate.

Bagrian observó los restos de la que una vez fuera su orgullosa abadía. Mientras miraba, los dos ejércitos avanzaron una vez más para adabar definitivamente con la contienda. Sin cavilar un instante, una misma idea asaltó las mentes de Kemmler y el vidente gris skaven: querían la extraña caja negra que contenía la piedra bruja. Las fuerzas de los Skavens y de los No Muertos volvieron a enfrentarse mientras lentamente la oscuridad se cernía sobre ellas y su lucha se acercaba peligrosamente al recinto de la abadía. Desde el interior de la capilla les llegaba el sonido de los cánticos entonados por los monjes de Taal, que se encomendaban a su dios. Bagrian estaba en paz consigo mismo, aunque le de dominaba la rabia hacia las abominaciones que pululaban en el exterior. Sabía que, si su dios decretaba que había llegado su hora, afrontaría su destino sin miedo. Sí su dios decidía que viviera para luchar hasta recobrar el orden natural de la tierra, entonces sobreviviría a este horrible día.

De repente, un grito resonó en el interior del templo, interrumpiendo los canticos.

"¡Mirad al Oeste, padre Bagrian! ¡Por Taal, estamos salvados!".

Corriendo hacia las ventanas del ala oeste, Bagrian vio una enorme nube de polvo flotando en la distancia. Los altivos caballeros de Bretonia cabalgaban delante de la nube de polvo con sus pendones ondeando al viento mientras galopaban en dirección a la abadía. Vio que algunos guerreros de los ejércitos Skaven y No Muerto volvían sus rostros ante esta nueva amenaza mientras el resto continuaba luchando.

Sintiendo el poder de su dios fluyendo a través de él, Bagrian se volvíó con resolución hacía los monjes que se amontonaban tras él.

"¡En el día de hoy, me uno a nuestros aliados y maldigo a estas abominaciones en el nombre de Taal! Proteged el Arca en mi ausencia".

Con estas palabras, desapareció a través de las enormes puertas dobles que custodiaban la entrada a la capilla. A una señal suya, las puertas se abrieron y Bagrian las atravesó. En las ruinas quemadas de la abadía podían distinguirse los cadáveres apilados, unos abrasados, otros en estado de putrefacción. Las enormes puertas se volvieron a cerrar a su paso y Bagrian miró con odio a las figuras de Kemmler y Gnawdoom, el vidente gris skaven. Percibieron su poder en el campo de batalla y, de inmediato, dio comienzo su asalto mental.

Con rapidez, el ejército Skaven se separó de las fuerzas no muertas, retrocediendo para reagruparse. Los bretonianos retumbaban a su paso sobre la planicie rocosa y los tres ejércitos se encararon los unos con los otros, con la abadía en el centro de todos ellos. De pie en los escalones que conducían a la capilla, Bagrian alzó sus brazos en el aire. Hubo un repentino destello de luz que se retorció y se dirigió hacia las filas skavens y no muertas. A una serial apenas audible, los tres ejércitos cargaron unos contra otros y dio comienzo la atroz y desesperada batalla de La Maisontaal.

FuenteEditar

  • Manuscritos de Altdorf (volumen II).

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