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La Batalla de la Puerta Este de Karak-Ocho-Picos (relato)

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Skarsnik y Gobbla por Jorge Maese Goblins Nocturnos.jpg
La tierra se vio violentamente sacudida cuando otro proyectil del Lanzapiedroz se estrelló contra las cerradas filas enanas. El gigantesco bloque de piedra estalló y se fragmentó en cientos de trozos más pequeños, pero igualmente letales, que abrió un agujero en su formación. Los enanos cayeron entre gritos de agonía mientras los goblins se colaban por los huecos abiertos en sus filas.

Los goblins envolvieron a sus atónitos enemigos con redes mientras se reían a carcajadas, y los espolearon con pesados garrotes mientras los enanos intentaban desesperadamente cerrar sus filas. Skarsnik, el señor de la guerra goblin nocturno, incrustó su pesado Pinchagarrapatoz en la coraza del enano que tenía ante él y hundió su espada en la nuca de otro. A su alrededor los goblins se apiñaban sobre sus odiados enemigos, hostigándolos con lanzas y chillando con ansias de lucha. El garrapato cavernícola Gobbla, la mascota del señor de la guerra, luchaba a su lado rugiendo y sembrando la muerte por doquier, destrozando a docenas de enanos con sus monstruosas fauces en cuestión de segundos. Las hachas enanas golpeaban sin cesar la armadura de Skarsnik y, aunque su sangre brotaba por un centenar de cortes, parecía encontrarse bien. Estaba demasiado enfrascado en la matanza, con sus armas golpeando y parando, como para sentir dolor. Los enanos devolvían ataque por ataque con implacable resolución, pero no eran enemigos dignos para la ferocidad de los goblins de Skarsnik. Montones de ellos caían gritando bajo sus armas. La sangre enana teñía el sendero de rojo.

Los enanos intentaban en vano contener la horda verde, pero no era una lucha equilibrada. Eran ampliamente superados en número y estaban rodeados. Skarsnik podía permitirse tener enormes pérdidas, pero los enanos no. La matanza era terrible, aunque los enanos continuaban imperturbables recogiendo los cuerpos de sus hermanos caídos y llevándolos consigo. Marchaban hacia la puerta este de Karak Ocho Picos, la que un vez fuera una poderosa fortaleza que dominaba el Paso de la Muerte, y que ahora era poco más que un montón de escombros. La carretera que conducía a la fortaleza llegaba hasta la misma puerta y, si podían vivir lo suficiente como para atravesarla, quizá pudieran unirse a sus asediados hermanos de raza. Pero Skarsnik tenía atrapados a los enanos por el momento. Cientos de goblins surgían de sus escondites en los flancos de aquel estrecho punto del paso, y muchos más esperaban ante los restos de la puerta. Una fuerza de ogros estaba dirigiéndose a la retaguardia enana para bloquear su retirada. Skarsnik se había asegurado de que no pudieran escapar y de que tampoco puieran levntar el asedio.

-¡Vamoz, atontáoz, zólo zon taponez! ¡Luchad komo goblinz!-aulló Skarsnik alentando a sus guerreros para que lucharan con más dureza, y reforzó la orden con varios golpes repartidos entre los goblins más cercanos.  Skarsnik se lanzó al ataque una vez más, girando salvajemente su pincho sobre su cabeza mientras decapitaba a otro enano. Una lluvia de flechas negras cayó sobre lo más encarnizado del combate, eliminando a enanos y goblins por igual. Desde lo alto de la torre de guardia del paso, los arkeroz goblins nocturnos disparaban hacia el combate sin importarles las bajas que pudieran causar entre los suyos. Una flecha golpeó la placa del hombro de la armadura de Skarsnik, que gruñó de dolor. Notó como la punta perforaba su piel, y arrancó enfurecido la flecha de su cuerpo. Se apartó mientras un enano de espesa barba le atacaba con un hacha grabada con runas. Skarsnik bloqueó el golpe y rompió la defensa de su oponente clavando su rodilla en la ingle del enano. El enano retrocedió y Skarsnik apuntó con el pincho en dirección a su cara. Un rayo de poderosa energía ¡Waaaaagh! surgió del arma encantada. El enano se derrumbó gritando mientras una bola verde de fuego lo envolvía, derritiendo su armadura y separando la carne de los huesos. El resto de los enanos retrocedió con horror ante esta siniestra visión, haciendo que el miedo recorriera por un momento sus líneas. Ninguno de ellos deseaba un destino parecido.  -¡Ezo ez, chikoz!-aulló Skarsnik mientras caminaba sobre el cuerpo todavía humeante, hacia donde el combate era más reñido-¡Ya lez tenemoz!

El señor de la guerra se adentró aún más en las filas enemigas, eliminando indiscriminadamente a todo aquel que se interponía en su camino. Gobbla hizo una pausa para alimentarse del enano achicharrado que Skarsnik había dejado atrás, y engulló el calcinado cuerpo de dos crujientes bocados. Una muralla de enanos con armadura se cerró alrededor de Skarsnik, y sus guerreros le perdieron pronto de vista. Todo lo que podía verse eran las hojas de su pincho alzándose y cayendo, dejando surcos de sangre en el aire.

Al ver a su líder rodeado los goblins que bloqueaban la carretera hacia la puerta este se pusieron nerviosos y comenzaron a desorganizarse. El curso de la batalla cambió cuando los enanos sacaron partido de la repentina debilidad de los goblins y empezaron a avanzar una vez más hacia la puerta con renovada determinación en sus semblantes.

Skarsnik se alzó sobre un montón de cadáveres enanos y comenzó a agitar furiosamente su Pinchagarrapatoz en dirección a los goblins que había desplegado en la ladera cercana a la puerta. Su elaborado plan de mantener algunas tropas en reserva hora daría sus frutos. Lentamente al principio, pero cogiendo velocidad a medida que los jefes empezaron a golpearles para que se colocaran en filas ordenadas, los goblins avanzaron hacia el paso y tomaron una posición defensiva ante la puerta. Skarsnik rió entre dientes mientras imaginaba el efecto que causaría entre los enanos esta inesperada muestra de astucia goblin. Si continuaban se verían atrapados en una batalla desesperada cuyo resultado era fácil de predecir. Si permanecían donde estaban, morirían cuando los arkeroz goblins disparasen salva tras salva de proyectiles contra sus filas, y el Lanzapiedroz convirtiese sus huesos en polvo. 

Aproximadamente la mitad del ejército enano había caído o agonizaba, mientras que la horda de Skarsnik se encontraba prácticamente intacta. No tenían salida. Con el típico estoicismo que les caracteriza, los enanos comprendieron que su suerte estaba echada y encomendaron sus almas a Grungni. Abriéndose paso hasta la cima de un verdoso túmulo, los enanos se dispusieron a vender caras sus vidas. Skarsnik detuvo a sus tropas a los pies del túmulo, una antigua tumba que los goblins habían saqueado meses atrás, y se dirigió a los enanos. 

-¡Eh, taponez! ¿Kual de vozotroz ez el jefe? Tenéiz una oportunidaz de zobrevivir. ¡Rendíoz ahora o moriréiz todoz!

Un enano, cuya espesa barba gris cubría gran parte de su pesada armadura, se adelantó de entre las filas de guerrero ensangrentados y alzó un brillante hacha rúnica. Con una profunda y resonante voz se dirigió hacia Skarsnik. 

-Yo, Duregar, pariente del rey Belegar de Karak Ocho Picos, mando a estos guerreros. ¡Y te digo aquí y ahora que preferimos morir sobre la tierra de nuestros ancestros antes que rendirnos ante ti, maldito pielverde!-los restos del ejército enano gritaron y golpearon sus escudos con sus hachas en señal de desafío. Skarsnik se encogió de hombros. 

De akuerdo entonzez! ¡Ez juzto lo ke penzaba!-alzó su pincho hacia Duregar y gritó-¡Ke nadie toke a eze tapón! ¡Dejázmelo a mí! Skarsnik iba a ordenar el ataque cuando una explosión ensordecedora tras él lo dejó medio aturdido.La puerta este se había desvanecido en una vaharada de llamas y cenizas, y el eco de la explosión corría por el paso como un trueno. Skarsnik se levantó y, escupiendo un poco de polvo, se volvió hacia el origen de la explosión. Tanto enanos como goblins esperaron hasta que el polvo se asentó y el humo se dispersó, y entonces pudieron distinguir una hueste de enanos conducida por un poderoso guerrero que lucía sobre su cabeza la corona real de Karak Ocho Picos. Marchando hacia el este, siguiendo la carretera, el rey Belegar llegaba en ayuda de los de su raza, conduciendo a sus guerreros de clan por entre las ruinas y a través de los restos de la maltratada retaguardia de los goblins. 

Skarsnik lanzó un aullido de deleite mientras golpeaba a sus goblins para que se enfrentasen a este nuevo enemigo. 

-¡Máz taponez para matar! ¡A por elloz, chikoz!

FuenteEditar

  • Libro de ejercito de 6ª edicion, Orcos y Goblins.

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