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La Batalla del Abismo del Cráneo/Batalla

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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos.jpg

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos.jpg

Adrian Smith Linea de Batalla de Goblins Nocturnos.jpg

Un regimiento de Goblins Nocturnos

Neferata contempló aquel barranco deprimente y frunció el ceño ante la marabunta de enemigos. Con un desdeñoso movimiento de su mano, ordenó a su columna que se preparase para la batalla y procediese inmediatamente. Resultaba esencial apresurarse, pues tendrían que arrollar y desbandar a los oponentes como ya habían hecho tantas veces en los días previos. Después de todo, no eran más que pielesverdes, y en su mayoría goblins.

Aunque se había pasado miles de años dirigiendo ejércitos, Neferata lo había hecho principalmente desde su exquisito nido en la cima del Pináculo de Plata, no sobre el campo de batalla. Un comandante de campo más experimentado habría reconocido que lo que se hallaba ante ella no era una masa dispersa ni presa del pánico, sino un ejército dispuesto en formación de combate. Las filas de criaturas envueltas en túnicas negras se extendían por todo el extremo meridional del abismo, interrumpidas aquí y allá por grupos de anchos y gruesos trolls. También habría observado los grupos de goblins nocturnos que continuamente se agolpaban en las cavernas a ambos lados del ejército pielverde. Así mismo, un comandante cauteloso habría tenido en cuenta, con creciente agitación, las muchas cuevas con forma de fauces que emergían de las paredes del acantilado a ambos lados de las fuerzas en marcha de Neferata.

Sin embargo, esos detalles se encontraban más allá de las preocupaciones de Neferata. El grueso de sus fuerzas estaba compuesto de autómatas descerebrados o espíritus bajo su control - criaturas sin la inteligencia para percibir aquellas señales indicadoras de que avanzaban hacia una emboscada perfecta. Y así continuaron marchando.

Cuando el paso monótono de las legiones esqueléticas los puso a tiro, los arqueros goblins nocturnos soltaron una nube de flechas. Con un silbido, impactaron las primeras andanadas y resonaron chasquidos metálicos por las paredes del abismo a medida que antiguos yelmos y armaduras desviaban los disparos, así como golpes secos cuando los proyectiles se clavaron en escudos o perforaron huesos. Sin sentir dolor ni preocupación, los esqueletos avanzaron. Entre sus filas fueron apareciendo huecos a medida que flechas certeras disolvían las energías mágicas que mantenían enteros a los esqueletos, desmoronándose sus huesos para unirse a los restos desperdigados por el suelo rocoso.

Los no-muertos estaban a punto de alcanzar las líneas pielesverdes cuando los goblins nocturnos desataron sus armas secretas. Con estridentes gritos de júbilo, las filas de pielesverdes vestidos de negro se apartaron rápidamente para que los miembros encadenados de la parte de atrás pudieran ser arrojados hacia adelante. Tan pronto como la horda hubo cerrado filas tras ellos, estos individuos avanzaron tambaleándose e inmediatamente comenzaron a dar vueltas sobre sí mismos. Cada uno de ellos arrastraba una enorme bola metálica y una cadena que empezaron a girar describiendo arcos erráticos. Tales eran el ímpetu y el peso de aquellas bolas de hierro que impulsaban, que arrastraban y hacían volar a los mismos goblins que las habían hecho girar. Por su parte, las turbas goblins chillaban de malicioso gozo y los estimulaban con tosquedad y vulgaridad, con la esperanza de guiar a sus giratorios camaradas hacia la dirección adecuada.

Algunos de aquellos fanáticos atravesaron las formaciones esqueléticas con impactos tremendos que hicieron volar huesos y escudos rotos por igual, de modo que incluso cuando el pequeño goblin se perdía de vista, todavía era posible contemplar sus "progresos" a través de las filas no-muertas. Algunos se movían en espiral sin orden ni concierto; otros chocaron contra peñascos, provocando estallidos de fragmentos de roca y salpicaduras de sangre. No pocos goblins se estamparon directamente contra el suelo, enroscándose las cadenas alrededor de sus propios cuerpos justo antes de que la pesada bola asestara el golpe final. Y pese a las bajas, los no-muertos continuaron avanzando de manera implacable, rellenando sus filas y tambaleándose en dirección a sus enemigos.

Goblins contra no muertos.jpg

El ejército No Muerto choca contra el Pielverde

El sonido producto del choque entre las dos líneas de batalla resonó a través del abismo. Cubriéndose tras sus escudos destartalados, los goblins nocturnos acuchillaban con lanza o aporreaban con garrotes llenos de crueles pinchos. Los esqueletos acometían de frente y sin vacilar, tajando y acuchillando con sus propias hojas oxidadas. No era el momento ni el lugar para fintas ni finuras, sino para violentas estocadas y hachazos brutales.

Muchos cayeron por ambos bandos. Los no-muertos lograron mayores progresos en el flanco izquierdo de los pielesverdes, pues allí combatía la Guardia Lahmiana, los más letales de los guerreros de Neferata. Era el único regimiento de su ejército que había servido a la reina inmortal desde sus tiempos en la antigua Nehekhara. Las magias y ceremonias que habían traído de vuelta a aquel regimiento momificado les habían concedido una fuerza y habilidad marcial muy superior a la chusma que Neferata y sus doncellas habían alzado para constituir el resto del ejército. La Guardia Lahmiana se abrió paso rápidamente a través de varias hordas de arqueros. Los restantes goblins nocturnos no tardaron mucho en temer a aquel regimiento, a menudo emprendiendo la huida antes incluso de que pudieran alcanzarlos aquellos muertos enfundados en libreas de color turquesa y oro deslucido.

En el centro, donde luchaban Grulsik y la mayor parte de los Garraluna, a los pielesverdes les iba mucho mejor. Allí, las hordas de goblins nocturnos no estaban compuestas de arqueros, siempre dispuestos a huir ante la perspectiva de un buen combate cuerpo a cuerpo, sino de guerreros equipados con escudos, y algunos de ellos con redes. Eran estas un recurso habitual de la astucia de los goblins nocturnos, un ingenio desarrollado a base de cazar garrapatos en las profundidades. En cuanto el enemigo se aproximaba a sus líneas, se le arrojaban las pesadas redes, enredando extremidades y obstaculizando los movimientos del adversario.

El trío de chamanes Garraluna también estaba resultando de utilidad. No sólo sus atropellados cánticos inspiraban confianza a los suyos, sino que además sus maldiciones aturdían a los esqueletos cercanos; sus espasmódicos movimientos se volvían aún más lentos, y sus antiguas espadas se partían en dos después de asestar un sólo golpe. Sin embargo, el número de no-muertos era tan grande que, incluso aunque los goblins nocturnos en el centro estaban ganando aquella batalla de desgaste, de momento apenas habían obtenido ventaja.

Tan sólo en su flanco derecho parecía que las fuerzas de Grulsik estaban a punto de alzarse con la victoria. En otras partes, los trolls parecían contentarse con contemplar sus propios pies, deambulando como si estuvieran ausentes o atrapando montones de huesos para masticar. Mas en el flanco derecho una formación de trolls de piedra se habían internado profundamente a través de las líneas enemigas, abriendo un camino tras ellos. Y dando botes por aquella brecha avanzaba la caballería Garraluna: Brokko, montado a lomos de un enorme garrapato cavernícola, dirigió a sus pastores de garrapatos en una carga contra los flancos de la melé en el centro. Azuzados y enfurecidos, los garrapatos se abalanzaron contra el enemigo, partiendo esqueletos por la mitad a base de mordiscos mientras aplastaban a otros con su mero volumen corporal.

Con la inesperada carga de la caballería goblin, la situación estancada en el centro amenazaba con convertirse en una debacle para los no-muertos. Fue Imentet quien lideró la segunda oleada hacia el Abismo del Cráneo y, sintiendo la posibilidad del desastre, avanzó directamente hacia el centro de la refriega. Su trono del aquelarre - un vistoso carro de huesos lleno de cojines lujosos y tirado por yeguas espectrales - arremetió contra los trolls de piedra. A sus flancos marchaban huestes espectrales y tras ellas se oían los inconfundiblemente helados aullidos de las doncellas espectrales. Desde lo alto del paso, Neferata y las demás doncellas empleaban sus poderes nigrománticos para alzar regimientos de esqueletos, asegurándose de que nuevas hornadas de no-muertos se unieran al ataque de Imentet.

La debacle comenzó donde antes los pielesverdes se habían abierto paso y esperado obtener la victoria. Aquellos de los trolls que no fueron aplastados por el ímpetu de la carga de Imentet se volvieron los unos contra los otros en un arrebato de furia hipnótica. Enervados por los guerreros espectrales, a quienes no podían herir ni con lanza ni con garrote, los goblins nocturnos flaquearon ante los gritos de las doncellas espectrales, y docenas de ellos cayeron muertos allí mismo, con sus corazones estallados por el miedo. A pesar de la presencia de Grulsik, los goblins nocturnos, incluso los de la tribu Garraluna, se dieron la vuelta entre chillidos y huyeron - hordas enteras descomponiéndose de vuelta a las cuevas. La batalla se habría terminado, pero en el último momento, Grulsik desató su emboscada.

Con un orden errático, los goblins nocturnos emergieron de las cuevas que acribillaban el Abismo del Cráneo. Algunas pandillas guiaban garrapatos cavernícolas delante de ellos, azuzándolos a base de pincharlos con sus lanzas, antorchas llameantes o el estruendoso y discordante retumbar de sus platillos y tambores. Otras hordas de guerreros equipados con lanzas o garrotes apenas habían salido de las entradas de las cuevas cuando lanzaron hacia adelante más goblins con bolas y cadenas. Algunos taimados pielesverdes habían incluso capturado y amarrado entre sí a dos garrapatos cavernícolas gigantes de las profundidades. Dos de aquellas bestias subterráneas atadas entre sí se asemejaban mucho a un ciclón encadenado - golpeaban sin cesar las paredes de las cuevas, destrozando peñascos y haciendo volar estalagmitas antes de salir rebotados al valle abierto del Abismo del Cráneo.

Todos aquellos pielesverdes se abalanzaron sobre las densas filas de no-muertos. La situación se volvió pura anarquía, con garrapatos y fanáticos deambulando de manera frenética y salvaje, y hordas de goblins nocturnos cargando desde ángulos inesperados. Cuando los regimientos esqueléticos trataban de volverse para encarar una nueva amenaza, desde el lado opuesto aparecía de repente un goblin nocturno amarrado a una enorme e imparable bola de metal, abriéndose camino a lo bestia por entre los no-muertos. En una ocasión, una tirante cadena segó media docena de filas al mismo tiempo, partiendo a los muertos por el torso de manera que, por un breve instante, una formación de piernas huesudas avanzó unos pocos pasos más antes de convertirse igualmente en una pila de restos polvorientos.

Al frente de la columna de ataque no-muerta, donde las contracargas de Imentet prácticamente habían destruido a los pielesverdes que bloqueaban la salida del Abismo del Cráneo, la vampiresa detuvo su persecución de hordas a la fuga. Mirando tras de sí, comprobó que el valle era un auténtico caos. Era exactamente lo que Grulsik había esperado - los no-muertos se veían atrapados y acosados por ambos flancos. Esta era precisamente el tipo de lucha que resultaba favorable a las tribus de goblins nocturnos, una oportunidad perfecta para golpear al enemigo por el flanco o la retaguardia. Y los pielesverdes estaban causando auténticos estragos. La hueste de Neferata perdía bastantes más no-muertos de los que las doncellas podían reanimar, incluso si pudieran concentrarse exclusivamente en alzar refuerzos para el ejército. Sin embargo, todas ellas salvo Imentet estaban ahora trabadas en combate en medio de la emboscada goblin.

Neferata contra goblins.jpg

Los Caballeros Muertos a la carga

Presidiendo sus fuerzas, Neferata observaba montada a horcajadas sobre su montura necrótica. Sus planes y su ejército estaban en ruinas. La furia hacía desvanecerse su hermosa fachada, contorsionando su cara de ira y haciendo resplandecer sus ojos con un fulgor carmesí. Lo peor era el auténtico ultraje que aquello suponía, pues ella no era el lacayo de nadie ni tampoco una plebeya hecha a sí misma que se hubiese elevado hasta alcanzar una posición de prestigio. Era realeza, la primera nacida de los suyos. Quizás otros, pensó, de buena gana avancen hasta el frente para ayudar en el combate. Ella debería estar por encima de aquel tipo de cosas; no era Krell, ni algún von Carstein inferior. Mas, en tanto que su ejército estaba siendo desmantelado delante de sus propios ojos, parecía que no había elección. Con un silbido, espoleó a su montura.

Al principio, la irrupción de Neferata fue solo otra gota en aquel remolino de lucha. Sin embargo, la furia fría e indignada con la que procedió a masacrar a todo pielverde al alcance de sus brazos resultó un espectáculo terrible, y un siniestro sentido del orden comenzó a regresar a la batalla. A pesar de sus muchas bajas, en su indiferencia los esqueletos no flaquearon. No podía decirse lo mismo de los goblins sobre quienes se desataba la letal cólera de Neferata.

Mientras cambiaba el rumbo de la batalla, una enorme quimera se abrió camino desde la boca de una cueva en el extremo norte del Abismo del Cráneo, aplastando a su paso a docenas de goblins. Atraída por el estruendo de la batalla emergió la bestia, empleando sus múltiples cabezas para destrozar a tropas cercanas de ambos ejércitos. Ya bien porque poseyera una inteligencia oculta más allá de su furia bestial, o ya bien porque como la criatura del Caos que era podía percibir cual de sus presas irradiaba más fuerza, la quimera se abalanzó de cabeza a la batalla, trazando un sangriento camino directo hacia Neferata.

Los goblins nocturnos se apartaron ante la embestida del monstruo, luchando entre ellos en su apuro por escapar. Mientras trinchaba un sendero de devastación a través de los enemigos restantes, la quimera se detuvo únicamente una vez para apartar de un zarpazo a un par de garrapatos gigantes encadenados. La fuerza del golpe fue tal que aquellas criaturas con forma de globo se despachurraron al impactar contra la pared del acantilado, deslizándose luego sus restos por el rocoso muro. La gran bestia acechaba a Neferata, que continuaba concentrada en abrirse paso a través de los goblins.

Al fin con un camino limpio hacia Neferata, la quimera se alzó sobre sus patas traseras y rugió desafiante con sus tres gargantas antes de iniciar una veloz carga. Se trataba de un enemigo que no podría ser fascinado por sutiles encantos o una mirada seductora, ni podría ser arrojado a un lado como la escoria pielverde que yacía destrozada a sus pies. Con un gruñido, Neferata se volvió para enfrentarse al asalto de la bestia. Su montura se encabritó, arañando a la quimera con sus zarpas, pero esta la aplastó con una furia brutal. Aunque herida por las afiladas garras del horror abismal, la quimera había vencido y destrozado a su oponente. Moviéndose más rápido que ninguna criatura natural, Neferata se apartó fluidamente de los restos de su monstruosa montura al tiempo que esquivaba el ataque de una de las cabezas de la quimera. Como respuesta, su espada relampagueó al hacer manar la sangre del monstruo. Comenzó así un duelo entre la ferocidad y fuerza bruta de la enfurecida bestia del Caos contra la fiereza mercúrica de la Reina de los Vampiros.

Aunque la quimera superaba con mucho en tamaño a Neferata, el combate estaba muy igualado. El monstruo trataba de asestar un golpe decisivo contra la veloz vampiresa, pero una y otra vez ella evadía los mordiscos de sus mandíbulas. Por su parte, Neferata acuchillaba repetidamente la gruesa piel de la criatura, pero hasta el momento sólo había causado un puñado de heridas que apenas le concedían pausa alguna. Sin embargo, poco a poco las tornas fueron cambiando en contra de la vampiresa: nada ni nadie podría esquivar eternamente aquellos tres poderosos pares de mandíbulas, garras afiladas y latigazos de una cola que también poseía sus propios colmillos. Sangrando por una docena de heridas, la quimera finalmente tuvo éxito a la hora de asestar un golpe significativo. Tras agacharse para esquivar el ataque de una garra del tamaño de una hoja de guadaña, la acometida de una cabeza leonina tomó desprevenida a Neferata. Un rápido movimiento le permitió evadir el mordisco, pero no pudo evitar verse ensartada por uno de los colmillos.

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Neferata enfrentándose a una Quimera atraída por la batalla

Neferata se encontraba atrapada, sintiendo el fétido aliento de la quimera al tiempo que las otras cabezas se preparaban para hacer pedazos a la empalada vampiresa. Sin embargo, antes de que la quimera pudiera despedazarla, una gran nube de murciélagos convergió sobre ambas como una masa aleteante y cegadora. Mientras la bestia rugía de furia y asestaba mordiscos a aquellas oleadas de agresores que revoloteaban a su alrededor, Neferata se desclavó del colmillo, tratando de alejarse a gatas de las patas de la quimera, que amenazaban con aplastarla.

Por un largo rato, ni Neferata ni la quimera pudieron ver: el enjambre de murciélagos era tan enorme que toda la vertiente norte del Abismo del Cráneo estaba envuelto por una cortina viva y aleteante. No podían saber que los murciélagos no eran sino la vanguardia de una nueva hueste que marchaba hacia el Abismo del Cráneo.

Al frente de este nuevo ejército no-muerto, marchando ya sobre la cima del paso, estaba Krell, Señor de la No-Muerte, otro de los antiguos Señores Oscuros de Nagash. La distracción había funcionado bien, y mientras la quimera pisoteaba, aporreaba y embestía a la nube chillona que la envolvía, Krell avanzó en solitario al frente de la línea de batalla. Lenta y metódicamente caminó dando grandes zancadas hasta que, apuntalando sus pies junto al monstruo, le hendió profundamente su hacha negra en el tronco. Su golpe, un tajo a dos manos, partió el pecho de la criatura en dos, rajando sus múltiples corazones. Sólo cuando la descomunal quimera se hubo desplomado extrajo el rey tumulario su hoja de aquel cadáver que aún se retorcía. Y sólo entonces se giró para acercarse a la reina caída.

Mas allá del punto donde la hueste de Krell se mantenía en perfecto orden, reinaba un auténtico caos. Todo sentido del orden de batalla se había perdido durante la emboscada, y el suelo estaba lleno de pertrechos rotos, no-muertos caídos y pielesverdes muertos. Aquí y allá, en grupos dispersos, algunos regimientos de esqueletos aún combatían a hordas goblins. Unos pocos fanáticos seguían dando vueltas de manera atolondrada, aunque con un ritmo más lento y tambaleante que antes. Grulsik había retrocedido hasta el extremo sur del Abismo del Cráneo y allí los goblins resistían con más fuerza, rodeando a Imentet y su guardia.

Con un movimiento, Krell indicó a su segundo al mando la orden de avanzar. Barranco abajo cabalgó el rey tumulario conocido como Ulffik Mano Negra, acompañado por aullantes lobos espectrales y sus caballeros no-muertos, los Jinetes de la Muerte. En buena medida, las manadas de encorvados necrófagos de Druthor el Rey Strigoi correteaban tras ellos. Y entonces Krell avanzó hasta donde Neferata había caído.

Con sus sirvientes desperdigados y sus doncellas favoritas atrapadas muy hacia el Sur del Abismo del Cráneo, Neferata era vulnerable. Mas la Reina Eterna nunca descubriría si Arkhan el Negro había ordenado a Krell viajar a las Montañas del Fin del Mundo para asistirla o ejecutarla. Por un instante, mientras la enorme quimera se retorcía en sus últimas convulsiones, los cielos se mantuvieron cubiertos por una sombra oscura y un aullido anunció la llegada de los vientos de la magia.

En Sylvania, el ritual había sido completado. Una vez más, Nagash había renacido en el mundo de los vivos.

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Krell

El impacto del retorno de Nagash, y su consiguiente ritual, destrozó el espectro arcano; las energías liberadas hicieron temblar el continente entero, provocando numerosos desprendimientos por todas las Montañas del Fin del Mundo. Sin embargo, las consecuencias sobrenaturales fueron aún más significativas, pues una auténtica marea de energía mágica inundó el mundo, un viento de muerte que se precipitó fuera de Sylvania; un fúnebre y mortal lamento que presagiaba la condenación. A su paso dejó un residuo funesto, uno con fatales consecuencias para los vivos.

El colmillo de la quimera había desgarrado un agujero enorme en el abdomen de Neferata; la herida dejaba al descubierto un hueco desde las costillas hasta las caderas. A pesar de su naturaleza no-muerta, la primera de los vampiros sintió que su vitalidad sobrenatural abandonaba su cuerpo y la oscuridad se cernía sobre ella. Cuando la primera oleada de energías nigrománticas la alcanzó, toda la angustia se extinguió. En un instante, Neferata pasó de estar a punto de terminar su existencia milenaria a verse completamente curada, atiborrándose su cuerpo inmortal de nuevas fuerzas. A medida que aquel pulso desatado de siniestras energías se extendió por el Abismo del Cráneo, su poder arcano saturaba todo lo que tocaba, y los muertos se alzaban por todas partes. Tanto pielesverdes caídos como miembros de las legiones de Neferata o huesos arrojados hacía largo tiempo al suelo del abismo, todos se levantaron una vez más, reforzados de tal manera por fuerzas oscuras que aquel valle infernal se vio atestado de filas aparentemente interminables de no-muertos.

Pese a la llegada de más no-muertos a la entrada del Abismo del Cráneo, Grulsik aún creía en sus posibilidades. Sus hordas rodeaban completamente a la bebedora de sangre sobre su acolchado trono y dispusieron de tiempo de sobra para reagruparse, incluso llegando a preparar de nuevo su emboscada de los túneles. En cuanto a la vampiresa atrapada, su rostro resultaba una mezcla de furia salvaje y desesperación, pues Imentet no veía manera de escapar del afilado muro de lanzas que se cerraba a su alrededor. Contaba únicamente con su trono del aquelarre y un puñado de guardias esqueléticos restantes. Pero eso era antes de que el viento de la muerte soplara a través del valle, y los caídos se alzaran. Aunque no los había invocado ella, resultó un juego de niños para Imentet y todas las demás doncellas vampiras atar a su servicio a aquellos recién levantados.

En cuestión de unos pocos suspiros, las tornas habían cambiado, y era Grulsik quien se encontraba ahora rodeado.

Las legiones de Krell, lideradas por Ulffik Manos Negras, vieron entorpecidos sus intentos de alcanzar a Imentet; simplemente, había demasiados no-muertos obstruyendo el camino. Los pielesverdes, aprovechando el torpe desorden producido por tantos no-muertos tambaleantes, emprendieron la huida. Empujaron, acuchillaron y treparon mientras se apresuraban de camino a los túneles. Aquellos demasiado heridos, colocados a base de hongos o testarudos para huir fueron abandonados a su suerte. Aquí y allá, trolls rugientes y fanáticos giratorios por igual eran derribados por el enjambre de cadáveres.

De vuelta a un terreno más elevado, Neferata temblaba, en parte por las continuadas oleadas de poder nigromántico, pero sobre todo por el miedo, pues podía sentir la presión de una voluntad todopoderosa sobre ella. La mente de Neferata quedó desnuda ante el gran poder de Nagash. En un instante, todas sus intrigas, planes, ambiciones y deseos fueron desenmascarados. Si el destino le deparaba un juicio, aquel era el momento.

Krell sintió igualmente la voz de Nagash retumbando dentro de su cabeza, mas no formuló preguntas ni albergó dudas. Su maestro lo llamaba y él serviría. La suya era una mente militar, y Krell tendría que organizar la marcha de los combinados ejércitos, sin importar qué dirección tomaran. Mientras el ancestral tumulario se ponía a ordenar a los recién levantados en formaciones, Neferata reunió de nuevo a sus doncellas a su alrededor.

Los acontecimientos se habían precipitado pero, al final, habían transcurrido tal como Neferata había previsto. El Gran Nigromante había regresado, y nada volvería a ser igual. Incluso desde la distancia podía Neferata percibir la irritación de Nagash; sintiendo parte de sus frustraciones al retornar por debajo de todo su poder. Había muchas formas de restaurar aquel poder. Como en la antigüedad, el Gran Nigromante podría transmutar piedra bruja, convirtiendo sus energías para sus propios designios. Sin embargo, Neferata imaginaba que Nagash no dispondría ni del tiempo ni de la paciencia para tan prolongadas medidas.

Neferata sabía que todos los Mortarcas se afanarían por obtener el favor de Nagash; tratando de posicionarse los unos por encima de los otros en sus servicios al Gran Nigromante. Sonrió, adoptando una expresión que en modo alguno aumentaba su candidez. En aquel tipo de juegos, ella era la maestra. Tan sólo Neferata sabía cómo desbloquear los pasadizos secretos que conducían al Paso Perdido de los enanos; tan sólo ella conocía las sendas que llevaban a la fuente de poder que Nagash necesitaba tan desesperadamente. Por el momento, Krell la serviría. Y, si conseguía salirse con la suya, puede que esa situación no terminase nunca.

Nota: Leer antes de continuar - La voluntad de la Reina Inmortal

Fuente Editar

  • The End Times I: Nagash


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