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La Caída de Erengrado

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La Tormenta del Caos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la campaña mundial de La Tormenta del Caos, que recientemente ha sido sustituida por la de El Fin de los Tiempos.

Valten vs Archaon.jpg

Cacho portada la Estrella de Erengrado por Martin Hanford.jpg

La colosal máquina demonio desató toda su cólera emitiendo un desgarrador rugido de pura maldad. El fuego demoníaco salió despedido de las fauces de la infernal criatura y sobrevoló los miles de asediadores que ocupaban las llanuras alrededor de la desgraciada ciudad portuaria de Erengrado. La masa de llamas del averno se estrelló contra las almenas de las murallas interiores y una sección de muro de unos cien metros desapareció bajo la potencia del impacto arrojando fragmentos incandescentes en todas direcciones. Una docena de Cañones Infernales más arrojaron sus proyectiles contra las murallas mientras la interminable horda de adoradores del Caos vociferaba alabanzas a sus Dioses Oscuros y seguía avanzando para volver a atacar las defensas de la ciudad.

Durante siete días y siete noches, la ciudad había resistido contra el poder de Archaón, pero, a pesar de todo, había llegado su hora final. Al temido Señor del Fin de los Tiempos no le preocupaba en absoluto aquella patética ciudad del Norte; tan solo le estorbaba, por lo que quería arrasarla completamente. Las máquinas demonio de los Dawi-Zharr quedaron de súbito en silencio y las legiones empezaron a aproximarse a la ciudad condenada.

Unas inmensas torres de asedio avanzaban entre las legiones, empujadas por miembros de las tribus y guerreros de negras armaduras, y cada una de ellas transportaba cien guerreros berserkers. Los chamanes envueltos en mantos y los hechiceros invocaron la oscuridad y los relámpagos comenzaron a estallar por los cielos. Cientos de criaturas indescriptibles con el cuerpo deformado y retorcido por voluntad de los dioses avanzaban a grandes pasos junto a las interminables filas de guerreros, que iban marchando en perfecto orden bajo el tocar de los tambores de guerra. Cientos de siluetas humanas fueron saltando alocadamente en dirección a las murallas arrastrando consigo larguísimas cadenas injertadas en sus columnas vertebrales. Una potente ráfaga de disparos y flechas impactó en ellas matando a cientos, pero, a pesar de todo, muchas otras más llegaron a las murallas y comenzaron a trepar por encima de los cadáveres putrefactos que había en la base espantando a las hinchadas aves carroñeras. Tras lanzarse contra las murallas, aquellas deformes parodias de hombres empezaron a escalar la piedra desnuda con los garfios y garras que llevaban atadas o injertadas en brazos y piernas. Un sinfín de sus hermanos muertos seguían aferrados a las murallas cubriéndolas con una masa de cadenas colgantes que las legiones de Archaón iban a emplear para trepar por los muros. Las balas de cañón segaron las filas de los guerreros en su avance, pero siempre aparecían más para ocupar su lugar.

Por encima de la rugiente batalla, los cielos retumbaron a medida que las torres de asedio se fueron acercando a la muralla. Varias de ellas se derrumbaron y aplastaron a cientos de guerreros al estrellarse contra la tierra negra, embarrada y llena de cadáveres. Sin embargo, las pesadas puertas de asalto de muchas otras cayeron contra las almenas y liberaron sobre los muros a montones de berseckers enloquecidos por las sustancias ingeridas antes de la batalla. Los fatigados defensores trataron en vano de resistir frente a las interminables hordas de enemigos y fueron despedazados en gran número, según el adarve se fue llenando de enemigos.

Tras una potente explosión que lanzó por los aires multitud de maderos astillados y metal combado, la puerta norte cayó derribada. El enorme ariete llameante, que iba tirado por unos grandes y pesados mastodontes de piel peluda, fue echado a un lado tras abrir la brecha y aquellas monstruosas criaturas encabezaron la carga a través de las puertas aplastándolas todavía más; las seguían miles de guerreros ataviados con cascos cornudos y acompañados de enormes y rugientes mastines.

Horda del Caos por Adrian Smith Guerreros.jpg

Los fieles del Caos dejaron paso al temible Archaón abriéndole un amplio camino por el que cabalgar con su imponente montura demoníaca hasta las puertas. Archaón avanzó al trote por aquel pasillo entre la multitud sin prestar atención a las flechas y los virotes que no cesaban de chocar contra su negra armadura y contempló con odio la ciudad enemiga. Atravesó las puertas destrozadas y penetró en la ciudad, donde estaba teniendo lugar una encarnizada y sangrienta batalla, haciendo crujir los adoquines bajo las poderosas pezuñas de su corcel infernal. Los defensores, al verse en una repentina inferioridad numérica y estar agotados tras toda una semana de casi constantes enfrentamientos, se retiraron ante la imponente presencia del Señor del Fin de los Tiempos y salieron corriendo por las calles de la ciudad.

A lo lejos, el aullar de los cuernos de guerra empezó a oírse por encima del horrible estruendo del asedio. Las baterías de cañones retumbaron en cuanto las defensas del puerto de la ciudad empezaron a disparar, pero no tardaron en caer en silencio cuando cientos de drakkars Norses penetraron en el puerto y descargaron sus guerreros en el mismo corazón de la ciudad encabezados por los salvajes licántropos.

Archaón echó una ojeada a su alrededor mientras su corcel pisoteaba el suelo ansioso por unirse a la carnicería. El poderoso Señor del Caos podía sentir el placer de sus dioses contemplándolo, podía sentir su divina satisfacción; le llenaba de poder. Sus legiones se abalanzaron sobre las murallas desprotegidas y muchos más guerreros siguieron entrando por las puertas reventadas para buscar los últimos resquicios de oposición con los que poder saciar su sed de sangre. La ciudad estaba en llamas, en especial en la zona del puerto, donde los Norses que habían atracado allí habían destruido los últimos vestigios de coraje de los defensores. Las llamas no tardarían en envolver toda la ciudad y solo quedarían cenizas de ella.

Erengrado había caído.

FuenteEditar

  • Campaña: La Tormenta del Caos.

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