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La Caída de Heldenhame/Batalla

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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos.jpg

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos.jpg

Reiksguard cargando.jpg

Caballeros Imperiales a la carga

Los Caballeros de la Sangre de Sigmar habían fundado el Fortín de Heldenhame hacía siete siglos, cuando la orden había regresado de las Cruzadas de Arabia enriquecida por el botín saqueado. Entonces no había sido más que un bastión modesto, con poco más que una torre de piedra y una empalizada de madera como únicas defensas. Sin embargo, a medida que la orden de la Sangre de Sigmar se volvía más rica y renombrada, igualmente creció su fortaleza en magnificencia. Primero se expandió el fortín como tal, y luego la empalizada fue sustituida por una ancha muralla de piedra. Un siglo más tarde, la fortaleza fue ampliada de nuevo: la muralla se extendió para proteger el pueblo próspero que había crecido a la sombra de la orden, y el propio fortín fue derribado y reemplazado por un gran castillo mucho más grande. Ahora el Fortín de Heldenhame era la fortaleza más poderosa en Talabecland, el pueblo se había convertido en una ciudad bulliciosa, y las meras garitas de la muralla de la ciudad se alzaban más altas e intimidantes que el largo tiempo desaparecido fortín de donde había procedido el nombre de Heldenhame.

Aunque ni Mannfred ni Arkhan lo admitían, ambos preveían que la conquista de Heldenhame no supondría precisamente un desafío pequeño. De hecho, de no haberse vuelto el tiempo un recurso tan preciado, quizás habrían probado métodos distintos a la fuerza militar para recuperar a Morikhane de las cámaras de trofeos de la fortaleza. Mannfred ya había investigado las posibilidades antes de viajar a los Reinos Fronterizos; incluso estando cerradas las fronteras de Sylvania, contaba con informadores y espías en todas las ciudades del Imperio. Desafortunadamente, todas y cada una de las pizcas de información que el vampiro había recolectado le contaban exactamente lo mismo. Resultaría difícil infiltrarse entre los Caballeros de la Sangre de Sigmar, y corromperlos sería casi imposible. Mannfred y Arkhan no tenían tiempo para una cosa ni para la otra, aunque cada uno tenía sus propias razones para darse prisa. Arkhan temía la creciente oposición de los Dioses del Caos, mientras que el vampiro necesitaba subyugar a su voluntad el poder del Gran Nigromante si quería defender y expandir Sylvania en los días difíciles que se avecinaban. Había que tomar Heldenhame, y rápido.

Si bien los informadores de Mannfred habían traído muchas noticias decepcionantes de Heldenhame, al menos habían conseguido descubrir un punto débil en las defensas de la fortaleza: una gran sección dañada en la muralla occidental de la ciudad. El año anterior, la marea verde del Waaagh! Bludtoof se había estrellado contra la piedra de Heldenhame y, aunque los pielesverdes habían sido masacrados o rechazados, el ataque había golpeado la muralla occidental casi hasta derribarla. Hans Leitdorf, el actual Gran Maestre de la orden, no había reparado en gastos para arreglar los daños, pero unas reparaciones así llevaban su tiempo. Un bombardeo decidido de la muralla occidental, o eso decían los informadores, abriría rápidamente una brecha. Sin embargo, también advirtieron que Leitdorf había reforzado mucho la guarnición de aquel muro con varias baterías de cañones forjados en Nuln, los mejores a la hora de hacer trizas a cualquier atacante que intentase aprovechar la debilidad de la estructura. Ni Mannfred ni Arkhan sentían mucho entusiasmo ante un asalto tan obvio, pero decidieron que la previsibilidad - o al menos la apariencia de la misma - era un arma tan valiosa como su ausencia, si se hacía buen uso de ella.

Al caer la noche, mientras los ciudadanos de Heldenhame se dormían en sus lechos, Arkhan caminaba sobre la pronunciada pendiente bajo la muralla occidental. Los gusanos se habían alimentado bien gracias al asedio del año anterior. El liche podía sentir miles de muertos bajo sus pies, esperando con impaciencia ser llamados de nuevo al combate. Pero Arkhan sabía que necesitaría algo más que espadas y lanzas para tomar la muralla; también haría falta artillería. Tras seleccionar cuidadosamente un punto en el que los muertos yacían a especial profundidad, el liche clavó su báculo en el suelo y comenzó a susurrar en la ancestral lengua de Nehekhara. Los vientos intranquilos arrastraron algunos fragmentos del cántico de Arkhan hasta los vigilantes nocturnos estacionados a lo largo de la muralla; aquellos que los escucharon hicieron el signo del martillo para protegerse frente a los espíritus malignos que acechaban en la oscuridad, y anhelaron el regreso del sol.

Al despuntar el alba, Otto Kross, comandante de la guarnición de la ciudad, fue despertado por su segundo al mando. A Kross no le agradó ser desvelado de aquella manera. Había bebido bastante la noche anterior, y sus sueños se centraban en una esbelta y complaciente doncella bretoniana cuando la mano insistente del Capitán Deinroth lo había arrastrado de vuelta a la realidad. Kross estaba a punto de desatar un torrente de insultos cuando los sonidos familiares de la guerra penetraron la niebla que rodeaba su cerebro: el violento estruendo de los cañones, el alarido de las balas atravesando el aire, y había también algo más, cortos intervalos de un sonido salvaje y enloquecedor, a medias una carcajada y a medias un chillido. ¡La ciudad estaba siendo atacada! Maldiciendo su cabeza dolorida, Kross se vistió rápidamente y salió de sus aposentos a toda prisa - al menos, todo lo rápido que pudo. Minutos después, ya se había unido a las tropas y estandartes agitados por el viento en las murallas occidentales, y contemplaba la pesadilla que había ante ellas.

Las cercanías de la muralla estaban atestadas de esqueletos llenos de gusanos, sus manos muertas aferrando de forma siniestra las empuñaduras de sus espadas o los mangos de sus lanzas. Todavía se encontraban a una cierta distancia, pero avanzaban a paso firme. Más lejos, en el linde de la línea de árboles, Kross pudo distinguir una especie de catapultas, cuyas siluetas resultaban demasiado toscas e irregulares como para estar hechas de madera o acero. Mientras observaba, los mecanismos de torsión de las máquinas de guerra se soltaron hacia arriba, y dos docenas de cometas en llamas surcaron el cielo en su dirección. Las bolas de fuego chillaban a medida que se acercaban, no con el silbido de rocas propulsadas a gran velocidad, sino unas risotadas atormentadas y dementes que hicieron castañear los dientes de Kross. Uno de los disparos se quedó corto, dejando una mancha turbia en el terraplén, otra pasó sobre la cabeza del comandante, estrellándose contra una taberna e incendiándola. El resto de los proyectiles impactaron en la muralla, ya bien estallando contra su cara exterior o haciéndose pedazos contra los parapetos. Kross vio caer una entre un regimiento de arcabuceros, donde detonó en un estallido de sangre y huesos. Quizás una docena de hombres habían muerto en aquel único disparo, pero a Kross le preocupaban más los impactos contra la muralla sobre la que se encontraba él mismo. Los atacantes apuntaban claramente a la fisura cubierta de andamios unos pasos al sur del bastión Rostmeyer. Allí no había ninguna piedra externa para proteger el núcleo de la muralla, y con cada impacto caían más escombros al terraplén inferior.

Kross observó una bala de cañón atravesando una masa de esqueletos a media distancia, y gritó a las dotaciones de artillería que ignorasen la infantería que se aproximaba y se concentraran en las catapultas tras ella. Los no-muertos no habían traído torres de asedio ni equipo de escalada de ningún tipo, al menos hasta donde él podía ver. Si las máquinas de guerra eran destruidas, las murallas vencerían a los atacantes; eso mismo había presenciado Kross el año anterior, y estaba seguro de que ese día lo vería otra vez. Olvidados sus dolores de cabeza, Kross comenzó a dar órdenes. Se ordenó a las guarniciones abandonar sus posiciones en las otras murallas y acudir rápidamente a la sección oriental. Los tiradores fueron enviados a los niveles superiores de los bastiones Rostmeyer y Sigmundas, donde su visión del enemigo no se vería obstruida por las nubes del agrio humo de pólvora que ya danzaban por entre las murallas. Las catapultas estaban fuera del alcance 'oficial' de los rifles largos de Hochland, pero bastaba con un disparo afortunado para derribar a un miembro de sus dotaciones. Se enviaron mensajeros al castillo para informar de la situación al Gran Maestre Leitdorf y solicitar que mobilizase a su Orden. Algunos caballeros se encontraban ya en las murallas, pero Kross consideraba que una buena salida todavía podría acabar con aquel repentino asedio de manera rápida y decisiva.

Los tiradores apenas habían comenzado a disparar cuando un gran clamor de júbilo se alzó desde los parapetos. Un soplo de viento había barrido temporalmente la cortina de humo, dejando ver con claridad a los defensores cómo una bala de cañón, guiada por el ojo experto de un sargento artillero, impactaba contra el brazo vertical izquierdo de una de las catapultas lejanas. Huesos astillados volaron en todas direcciones, y a medida que las enormes fuerzas de torsión en la estructura de la catapulta se liberaban de golpe, la máquina se hizo pedazos a sí misma y a su dotación en un torbellino de fragmentos y cuerdas. Los defensores clamaron de alegría otra vez, animados por haber golpeado con contundencia al enemigo. Y entonces zarcillos de magia negra emergieron de la línea de árboles para envolver a la catapulta destrozada. Los palos hechos añicos se recompusieron y la dotación que había sido hecha pedazos regresó a su puesto. A medida que el viento se debilitó y el humo ocultó de nuevo las catapultas, el clamor sobre las murallas de la ciudad se desvaneció y murió.

Durante un buen rato, Kross y sus hombres no pudieron hacer otra cosa que refugiarse tras los parapetos y soportar el bombardeo mientras sus cañones y tiradores intercambiaban fuego con las catapultas. Los artilleros del Imperio se encontraban ahora a distancia, y dispararon una andanada tras otra contra las máquinas de guerra enemigas. Cada vez que una bala de cañón alcanzaba su objetivo, las murallas disfrutaban de un fugaz respiro, pero sólo duraba hasta que la hechicería de Arkhan anulaba los frutos de aquellos esfuerzos desesperados. Una y otra vez, los proyectiles aullantes impactaban contra la muralla debilitada, o vertían fuego por entre los parapetos. Sólo Janos Odkrier, un sacerdote de Sigmar de rostro severo que se había enfrentado muchas veces a los horrores de Sylvania, se mantuvo altivo entre la acometida. Sin señal alguna de debilidad, recorría a zancadas el tramo de muro entre los bastiones Rostmeyer y Sigmundas y, allá por donde pasaba, los hombres sentían que el terror del asedio se aliviaba.

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Heldenhame con sus murallas ya sobrepasadas

Finalmente, los vigilantes dieron aviso de que los esqueletos se encontraban al alcance de las armas de fuego, y Kross dio la orden de abrir fuego. A medida que los sargentos vociferaban instrucciones, los maltrechos defensores se alzaron sobre sus pies, apretaron con dureza sus gatillos y descargaron una lluvia de fuego sobre el terraplén. Las balas de plomo impactaron contra la masa impía, quebrando huesos y atravesando la magia invisible que asumía el lugar de la carne.

Las cercanías de la muralla estuvieron pronto cubiertas del humo de los disparos, mas las andanadas continuaron. Los tiradores cargaban y disparaban una y otra vez, siempre con la determinación de unos hombres que sabían que su supervivencia dependía de su cadencia de disparo. Ya no se molestaban en apuntar, pues el humo de sus propias descargas lo hacía imposible, sino que disparaban a cualquier sombra que vislumbraran a través de la cortina, seguros de que la formación enemiga era tan densa que no se malgastaría ningún disparo. Mientras tanto, las catapultas seguían disparando. Los defensores apenas se daban cuenta, y cada hombre continuaba luchando hasta que era barrido del muro. Los alabarderos carretaban munición a la muralla, y arrojaban los muertos por encima de los parapetos para que los vivos pudieran tomar su lugar. Sus alabardas resultaban inútiles a menos que los mismos muros fueran atacados, y a Kross no le parecía que semejante asalto pudiera tener lugar; no había visto ni torres de asedio ni escaleras para trepar.

El ánimo del comandante no cesaba de mejorar. Al fin, un mensajero le había traído noticias de que los Caballeros de la Sangre de Sigmar habían salido de la ciudad por la puerta sur, y pronto apuntarían sus lanzas hacia los atacantes. Por lo que a Kross respectaba, los esqueletos podían arremolinarse bajo las murallas todo lo que quisieran.

El destino suele mofarse de la certeza, y aquel día se rió de Kross durante largo tiempo y en voz alta. El comandante apenas se acababa de afirmar a sí mismo que no se produciría asalto alguno contra las murallas cuando la masa de esqueletos comenzó a hervir de actividad. Poseídos por una resolución repentina, treparon y escalaron los unos sobre los otros como un enjambre de hormigas, construyendo exánimes escaleras de hueso y tendones mágicos que se volvían más y más altas por momentos. Así trepó la marea de muertos los muros de los bastiones Rostmeyer y Sigmundas, tratando de alcanzar los parapetos con sus manos esqueléticas. Las armas de pólvora rugían y llameaban, destrozando secciones de la creciente estructura y derribando a los escaladores más avanzados de vuelta al suelo que ahora se encontraba muy abajo. Kross disponía de dos baterías de cañones de salvas, uno en cada bastión, y ambos hicieron llover humo y plomo sobre el enemigo. Cada batería no disparaba en defensa de su propio bastión - los cañones no podían inclinarse tanto como para hacerlo - sino que dirigía su furia para salvar al otro, abriendo fuego a través de la sección de muralla que separaba a las dos torres. Fragmentos de hueso impactaban con estrépito contra la piedra a medida que las andanadas diezmaban a la escalera exánime. Un rasgado clamor de júbilo resonó de nuevo entre las almenas, pero entonces hilos de magia oscura resplandecieron entre el humo de pólvora, los muertos recompusieron sus cuerpos abatidos y la escalada comenzó de nuevo. Kross ordenó recargar a sus artilleros, pero de poco sirvió. La misma magia que había recompuesto a los esqueletos les había concedido nuevas energías. Aquí y allá, un arma disparaba, pero el ritmo de la ascensión apenas se reducía. Algunos arcabuceros abandonaron cualquier intento de recargar, y comenzaron a arrojar rocas sobre los parapetos para quebrar los cráneos de los escaladores. Muchos fueron apartados a tirones del borde por los alabarderos, que ocuparon sus puestos para golpear a los atacantes. El tiempo para los disparos sobre los bastiones se había terminado. Era la hora del acero.

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Horda No Muerta

En el bastión Rostmeyer, los no-muertos no pudieron establecer una cabeza de puente duradera. El Capitán Deinroth lideró la defensa allí y, con lo reducidas que habían quedado las filas esqueléticas tras las andanadas de los cañones de salvas, el acero y el valor mantuvieron las murallas limpias. El bastión Sigmundas no fue tan afortunado. Uno de los cañones de salvas estacionado en el bastión Rostmeyer tenía fama de cascarrabias, y había funcionado especialmente mal durante los disparos. Una andanada que debía haber resultado atronadora perdió toda su fuerza a poca distancia de su blanco, y el enjambre de esqueletos que alcanzó las almenas de Sigmundas había sido mucho menos erosionado que el que asaltó a Rostmeyer. A lo largo y ancho del parapeto, brazos esqueléticos se alzaron por encima del humo para atacar a los defensores con espadas oxidadas y manos tenaces. Las alabardas resplandecían a medida que golpeaban hacia abajo, pero por cada esqueleto cuyos huesos se desplomaban por la fachada del bastión, dos se alzaban para ocupar su lugar. Pronto los esbirros de Arkhan ganaron su primer y sangriento punto de apoyo sobre las defensas de Heldenhame.

Lenta e inexorablemente, los defensores del bastión Sigmundas se vieron obligados a retroceder, y quizás habrían huido por completo de no ser por la llegada del Padre Odkrier, cuya fe supuso una luz en aquel momento oscuro. El anciano sacerdote blandía su gran martillo con la furia de un hombre mucho más joven, y allá donde golpeaba huesos no-muertos brillaba como el cometa de doble cola de antaño. El valeroso ejemplo de Odkrier infundió de valor renovado a los hombres de Talabheim y Talabecland, y una abigarrada banda de alabarderos, arcabuceros y artilleros siguieron sus pasos, decididos a retomar el bastión. Sin embargo, a medida que avanzaba, el sacerdote se acercó demasiado al parapeto, y manos esqueléticas se aferraron a su capa desde abajo. Odkrier se liberó y descargó un nuevo golpe con su martillo, pero más brazos alcanzaron las almenas y agarraron sus brazos y piernas. Con un último juramento desafiante, el sacerdote guerrero fue arrancado del bastión y hecho pedazos por los vengativos muertos. Muerto Odkrier, la chispa de resistencia se desvaneció entre los defensores de Sigmundas. Abandonando el bastión a los atacantes, se desparramaron hacia Norte y Sur por las murallas, buscando refugio en el castillo de Heldenhame o entre los hombres de Kross.

Kross contempló con horror la huida de los defensores del bastión Sigmundas. Tras él, a los pies de la muralla interior, el Capitán Volker al fin había traído refuerzos del intacto frente oriental. Sin embargo, no habría manera de que pudieran guarnecer la muralla a tiempo para detener el torrente de muertos que caía ya sobre el flanco derecho de Kross. Las cosas no podían empeorar, o eso pensaba el comandante mientras se abría camino a empujones para unirse al combate.

Una vez más, el destino escuchó la certeza de Kross y se burló de ella. Cuando otra oleada de proyectiles se estrelló contra los castigados muros, la muralla se tambaleó bajo los pies de Kross. Concentrada su mente en la batalla, al principio el comandante no reconoció la importancia de las vibraciones, pensando que se trataría meramente de otro impacto contra el muro. Entonces la muralla se tambaleó otra vez y se hizo evidente la terrible realidad. Kross ordenó a sus hombres abandonar los parapetos y retroceder hacia el bastión Rostmeyer, mas su advertencia llegó demasiado tarde. Con un retumbar lastimero y una gran lluvia de polvo, el centro de la muralla finalmente se derrumbó, desperdigando escombros y cuerpos mutilados por la nueva brecha. Privada del soporte de la sección central, la destrucción se extendió a lo largo de la muralla, retorciendo los parapetos y haciéndolos trizas. Hombres y esqueletos por igual fueron arrojados sobre las almenas o se precipitaron a la muerte entre los escombros. Kross pereció entre la devastación, rugiendo con desdichada ira mientras se precipitaba impotente hacia su fin.

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Los Imperiales defendiendo los accesos a Heldenhame

El Capitán Volker se encontraba atónito tras las murallas, pero la visión de los esqueletos escalando metódicamente sobre la brecha cubierta de polvo lo devolvió rápidamente a la realidad. Aquella sería la última oportunidad para contener a los no-muertos - si conseguían desparramarse por las calles de la ciudad, la carnicería se incrementaría exponencialmente. Desenfundando su espada de buen acero de Krieg, Volker besó el cometa de doble cola grabado en la empuñadura e hizo avanzar a sus hombres. En aquel momento no había ni un sólo hombre bajo el mando de Volker que no sintiera el gélido abrazo del miedo, pero todos ellos tenían familia tras los muros, y sabían que no había nadie más para frenar la marea. Profiriendo un poderoso grito de guerra, se lanzaron hacia la pendiente de escombros. Barriendo a los esqueletos que encontraron en su camino, alcanzaron la cresta de la brecha, y allí formaron una desordenada línea de lanzas y espadas, que se fue apretando poco a poco a medida que los sargentos imponían orden a gritos en la formación.

Las líneas de Volker apenas se habían formado cuando llegó el siguiente ataque, pero resistieron. Los esqueletos avanzaban sin pensar, ejecutando únicamente los movimientos que recordaban a medias de sus vidas pasadas. Atacaban en silencio y en silencio caían. Los hombres gimieron y se derrumbaban cuando las andrajosas lanzas atravesaron sus carnes; otros continuaron luchando con dolor, escupiendo y gruñendo desafiantes hasta que los abandonó su último aliento. Pronto la cresta de la brecha se volvió resbaladiza debido a la sangre y cubierta de huesos quebrados. Mientras tanto, las catapultas continuaban disparando. Mucha de su ira se dirigía contra el bastión Rostmeyer, cuyos defensores ahora hacían llover fuego sobre la brecha, pero cada poco tiempo una bola de fuego aullante se precipitaba sobre el combate que se libraba sobre el terraplén, pues a los no-muertos no les preocupaba alcanzar a los suyos, siempre y cuando los enemigos cayeran igualmente.

Aunque se esforzaba por ocultarlo y luchaba con no menos ímpetu que antes, Volker había empezado a desesperarse. La carne de un costado había sido chamuscada por un disparo de catapulta que había destrozado a tres filas de hombres a su derecha, y sangraba por una herida profunda en su cabellera. Tal vez la mitad de los hombres del capitán habían caído ya, pero no se vislumbraba el fin de los atacantes. Poco a poco, el grupo de Volker iba recibiendo refuerzos, supervivientes del derrumbe de la muralla y rezagados de su propia marcha a través de la ciudad, pero aquellas nuevas fuerzas no hacían que la victoria estuviera próxima; apenas retrasaban la llegada de la derrota. El capitán se preguntaba dónde estarían los caballeros. Si no llegaban pronto, sería demasiado tarde.

Lejos, hacia el Este, desde su posición ventajosa en lo profundo de la línea de árboles, Arkhan se sentía muy satisfecho por el devenir de la batalla. Nunca había esperado que el bombardeo y la escalada fueran a tener éxito, pero lo habían tenido y de forma gloriosa. Y sin embargo, no serviría de nada si los Caballeros de la Sangre de Sigmar se negaban a morder el anzuelo. Arkhan había propuesto aquel ataque de distracción para reducir el número de defensores del castillo de Heldenhame y, si bien al liche no le importaba que las fuerzas de Mannfred sufrieran en el asalto, resultaría desastroso para sus propósitos que llegaran a fracasar. Era impensable que los caballeros se atrincheraran en su castillo y dejaran arder su ciudad. ¿Acaso las presunciones mortales de honor y caballerosidad podrían permitirlo? Entonces, un estruendo de trompetas resonó en el aire, y Arkhan supo que su plan se desarrollaba adecuadamente. Mas ni siquiera entonces sintió satisfacción alguna, tan sólo una lástima infinitamente distante de los humanos que habían demostrado ser tan previsibles.

Hans Leitdorf tampoco sentía ningún tipo de satisfacción cuando sus trompeteros anunciaron la carga. Sus caballeros habían tardado demasiado en alcanzar las murallas de la ciudad, y al gran maestre le parecía que todos los carros de mercaderes en Heldenhame habían sido colocados estratégicamente para ralentizar el avance de su orden. Que aquello fuese manifiestamente falso no mejoraba ni una pizca el humor de Leitdorf. Sentía la pérdida de la muralla exterior de la ciudad como un fracaso personal, uno que la victoria tan sólo podría expiar parcialmente. Así, cuando las hermandades que marchaban en cabeza dieron la vuelta a la esquina suroeste de la muralla de la ciudad y contemplaron los miles de esqueletos que avanzaban sobre la brecha, el gran maestre no vio un enemigo al que temer, sino un objetivo sobre el que descargar su más que justificada furia.

El clarín de las trompetas sonó por tercera vez, y la columna de caballeros comenzó a avanzar. La práctica totalidad de la orden cabalgaba con Leitdorf al mando. El resto permanecían guardando el propio castillo de Heldenhame, o se encontraban en otros lugares gestionando asuntos de la orden, pero no se les echó en falta aquel día. Una vez desatado en la carga, un caballero completamente acorazado por su armadura de placas no era sino un ariete de carne y acero cuyo impacto podía quebrar la muralla de escudos más gruesa. Leitdorf contaba con casi doce centenares de esos caballeros bajo su mando, y con un rugido de venganza los lanzó contra las legiones de esqueletos que se encontraban bajo las murallas de Heldenhame.

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La carga de los Caballeros de Heldenhame

La carga de los caballeros resultó tan vertiginosa y destructiva, que a ojos del Capitán Volker semejaba que la guadaña de la muerte había regresado a por la hueste no-viva que se alzaba ante él. En un instante, había un mar de huesos deslucidos y estandartes harapientos. Al siguiente, el escenario se inundó de acero reluciendo y escudos del color de la sangre derramada, y el estruendo de los cascos de los caballos se mezclaba con el sonido de los huesos quebrados y astillados. Imbuido de nueva esperanza por la llegada de los caballeros, Volker derribó el cráneo sonriente frente a él y presionó en la brecha.

Incluso entonces, los defensores de Heldenhame pudieron haber caído ante las legiones de Arkhan si la temeridad se hubiera apoderado de ellos, pero Leitdorf empuñó el arma que era su orden con una habilidad incomparable aquel día. Una y otra vez, los Caballeros de la Sangre de Sigmar redujeron falanges de esqueletos a pedazos, para a continuación girarse en perfecto orden y cargar de nuevo contra un nuevo objetivo. Las catapultas continuaban disparando desde la línea de árboles, e incluso las placas de acero de la armadura de los caballeros no podía protegerlos contra sus impactos, pero Leitdorf envió dos hermandades a convertir las máquinas de guerra en escombros. Pronto las catapultas fueron silenciadas, y en el entusiasmo de una victoria obtenida con gran esfuerzo nadie pensó en cuestionar por qué los muertos no se levantaban de nuevo como habían hecho al comienzo de la batalla. La respuesta era, por supuesto, que Arkhan se había retirado en el mismo momento de la primera carga de Leitdorf. El liche había desempeñado su papel a la perfección - ahora le tocaba a Mannfred jugar el suyo.

Hans Leitdorf supo que algo iba mal en cuanto el viento cambió de repente. Durante toda la mañana, una lánguida brisa procedente del Este había soplado a través de la ciudad, pero ahora un vendaval zarandeaba la ciudad desde el Norte, aullando sus ráfagas de viento con voces impías. El gran maestre observó con creciente ira cómo nubes negras se congregaban en torno al castillo Heldenhame, y en aquel instante se dio cuenta de que la adversidad aún no había terminado. Pese a saber que llegaría demasiado tarde, Leitdorf espoleó a su corcel y, ordenando a sus hermanos que lo siguieran a toda prisa, cargó por sobre la brecha y de vuelta a la ciudad, dispersando en el proceso a los defensores supervivientes de Volker.

Incluso sin sus caballeros, el castillo Heldenhame podría haber resistido un asedio convencional durante meses. Si bien muchos de los castellanos de Heldenhame - espadachines y arcabuceros reclutados de las tierras circundantes y entrenados por los caballeros a los que servían - habían sido enviados a asistir en la defensa de la muralla occidental, casi cuatrocientos guarnecían aún los muros, y conocían bien su deber. Las murallas eran gruesas, y las torres de artillería estaban bien abastecidas. Ninguna horda bárbara o ejército de tierras remotas podía quebrar las defensas del castillo Heldenhame, o al menos de eso se jactaban, e incluso habiéndose colapsado y derruido la muralla occidental de la ciudad, la resolución de los castellanos no desfallecía. Se pusieron al mando de los Caballeros de la Sangre de Sigmar que comandaban las defensas en ausencia de Leitdorf, y se afanaron por demostrarse dignos. Por desgracia para ellos, Mannfred no tenía intención de recurrir a un asedio convencional.

Los vargheist llegaron primero, planeando desde los dientes del vendaval hasta unas almenas poco preparadas para un asalto desde los cielos. Los arcabuces escupieron fuego, pero pocos hombres podían mantener la puntería entre aquellos vientos aullantes y apenas un puñado de atacantes fueron derribados de los cielos. El resto se abrió camino a través de las almenas en una orgía de sangre y hambre, desgarrando los integrantes de la guarnición con garras afiladas como cuchillas y arrojando a los supervivientes contra las rocas a los pies de la muralla. Pese a todo, los castellanos se mantuvieron firmes. Aunque desalentados por las bajas sufridas, los defensores observaron que la ventaja numérica era suya. Desenfundando sus espadas, cazaron en las torres y parapetos, en pasadizos y dependencias de los cuarteles, abrumando a los bestiales atacantes con el peso de su número y su desesperado acero.

Pero los vargheist no eran las únicas armas en el arsenal de Mannfred; tenía otras a su disposición, que ahora desató en la batalla. A la orden silenciosa del vampiro, formas espectrales fluyeron sobre las rocas salpicadas de cuerpos quebrados de los defensores del castillo. Aquellos eran los ecos fantasmales de antiguos brujos y hechiceras, suicidas y dementes. Largo tiempo atrás, habían poseído cuerpos; ahora no eran sino espectros crueles que sólo deseaban suavizar su propio sufrimiento al regocijarse en el de los otros. Pasaron a través de las murallas, y cayeron con ansia sobre los defensores aún sobrecogidos por el ataque de los vargheist. Aquellas criaturas inmateriales no podían ser dañadas por armas mortales por mucho que los castellanos dedicaran todos sus esfuerzos a probar lo contrario, y sus meras caricias eran suficientes para acabar con cualquiera, excepto los más valientes. Ahora los defensores morían a granel, enloquecidos por el canto perforador de almas de las brujas espectrales o bien acallados sus corazones por el terror de un abrazo fantasmagórico.

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Conde Elector Imperial

La salvación de los defensores pasó a depender entonces de las armas del pasado. Muchas de las hojas empuñadas por los castellanos habían sido forjadas durante las Cruzadas contra Arabia, y habían sido benditas contra los guerreros infieles de los reinos del desierto por los sacerdotes de aquella época. Aquellas espadas envejecidas resplandecían como antorchas cuando los espíritus se acercaban, y las llamas quemaban la carne espectral con la misma facilidad que la de los vivos. Los castellanos se replegaron rápidamente en torno a aquellos entre los suyos que portaban las armas benditas, y el asalto espectral se estancó.

Entonces, por fin, Mannfred von Carstein entró en batalla a lomos de un corcel de huesos retorcidos. Dos engendros del terror anunciaron su llegada, descendiendo del cielo ennegrecido y aterrizando en el centro del patio del castillo entre chillidos tan punzantes que hicieron estallar toda ventana, copa y espejo del castillo. Los monstruos no temían a las espadas benditas, carcomidos por un hambre que nunca podía saciarse. Avanzaron sobre el suelo de piedra, atrapando a aterrorizados espadachines con sus poderosas mandíbulas, aparentemente inconscientes de que los restos destrozados se deslizaban casi de inmediato a través de sus gargantas podridas. Los labios de Mannfred esbozaron una ligera sonrisa ante la deliciosa carnicería que habían provocado sus esbirros; se volvió entonces el vampiro, concentrado en la búsqueda que lo había llevado hasta allí.

Rudolph Weskar era el senescal del castillo, un hombre alto y fuerte como un gran oso cuyos esfuerzos habían evitado que las cámaras del castillo fuesen violentadas durante el asalto. Mientras Mannfred desmontaba, Weskar reconoció de inmediato al vampiro como el arquitecto de los males de Heldenhame. Implorando a Sigmar que le prestara sus fuerzas, Weskar reunió a su alrededor a un puñado de caballeros y se lanzó a la carga para golpear la mismísima fuente del mal.

El senescal apenas había dado cinco pasos cuando uno de los engendros del terror atacó su flanco. Un caballero murió de inmediato, aplastado bajo las garras de la criatura, pero los otros no cedieron terreno y se revolvieron contra aquella nueva amenaza. Los huesos se fracturaron y quebraron con cada acometida de las espadas de los caballeros. El engendro del terror chilló y arremetió con sus alas membranosas, arrojando a un lado a dos caballeros como si fuesen muñecos rotos. Deshaciéndose de su escudo, Weskar se agachó para esquivar un golpe de ala y descargó su espada en un brutal tajo a dos manos contra la mandíbula del monstruo. Los huesos se astillaron por causa del impacto, y el engendro del terror retrocedió, pero fue demasiado lento. Weskar dio un paso adelante, alzó su espada y luego destrozó el cráneo de la criatura en una miríada de fragmentos. Mientras el engendro del terror se desmoronaba en una pila de huesos, Weskar se volvió de nuevo para enfrentarse a Mannfred y, bramando en desafío, se lanzó una vez más contra el vampiro.

Mannfred oyó el grito de batalla a medida que Weskar cargaba, pero no percibió ninguna amenaza, tan sólo a un hombre desesperado que lideraba a una chusma igualmente desesperada. Avanzó unos pasos para encontrarse de frente con la carga, alzando su espada en una parodia burlona del saludo habitual en aquella parte del Imperio. Su primer tajo segó la cabeza de Weskar tan limpiamente como la cuchilla de un carnicero trincharía una pata; el segundo hizo pedazos a dos caballeros. Mannfred sintió la espada reverberando de poder a medida que probaba el sabor de la sangre, y con el más leve esfuerzo de voluntad dirigió aquella magia para drenar hasta la última gota de la esencia vital de sus oponentes.

El señor de los vampiros sonrió burlonamente cuando cayó el último de los espadachines, posando su mirada sobre la carnicería que tenía lugar a su alrededor. Por todas partes yacían muertos - o muriéndose - los defensores del castillo, y los pocos que seguían vivos no le suponían ningún desafío. Frente a él estaba la entrada a las cámaras de Heldenhame, y la recompensa que buscaba. Nadie podría detenerlo ahora.

¡Nagash se alzaría de nuevo!

Fuente Editar

  • The End Times I - Nagash.


La Caída de Heldenhame
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