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La Carta de Vlad

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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos.jpg

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos.jpg

Palacio del Emperador por Jonathan Kirtz.jpg

Palacio Imperial

El capitán de la Reiksguard Hans Zintler luchaba por mantener el ritmo mientras su maestro Kurt Helborg caminaba por los pasillos llenos de humo del Palacio Imperial. La empuñadura de la espada del Mariscal de la Reiksguard goteaba sangre, al igual que la parte posterior de su guantelete. Siguiendo el rastro de gotas rubíes en la estela de Helborg había treinta Reiksguards, una reserva que Zintler había reunido a partir de los últimos cuarteles.

El Capitán de la Reiksguard todavía podía oír el rugido sordo de ciudadanos indignados por encima del estrépito de las campanas de alarma que sonaban desde Glockentor. Muchos de sus caballeros tenían su placa bruñida estropeada por los húmedos impactos de coles podridas o de la tierra de la calle que les habían arrojado. Otros tenían caras manchadas de sangre, y la sangre derramada recubría muchas vainas.

A la derecha de Zintler, el pecoso joven mensajero Gunthold corrió junto a él con un paso de costado, tratando de mantenerse al paso de Helborg mientras sostenía un largo pergamino vitela.

"La misiva parece tener el sello de la... de la familia von Carstein, mi señor. Y las iniciales V.V.C... "

Con rostro oscuro, el Mariscal de la Reiksguard se giró para encarar al enviado. El joven dio un respingo hacia atrás ante la fuerza de la mirada de hierro de su comandante. Zintler había sentido esa furiosa atención varias veces en los últimos días; sólo el viejo Volkmar presumía de tener una mirada más intimidante.

"No nos mantengas a la espera, entonces" - siseó Helborg, girándose y caminando hacia la sala del trono. El último de sus caballeros cerró las ornamentadas puertas dobles detrás de la compañía. "Vamos a escuchar lo que ese oportunista chupa-sangre tiene que decir por sí mismo esta vez".

Se hizo el silencio mientras los hombres de Helborg esperaban con expectación en torno a la sala del trono. Zintler fue el primero en romperlo. "Seguramente no puede ser... Vlad, mi señor".

"Un impostor, tal vez" -dijo el enviado, "o un farol". "En realidad, lo dudo" -dijo Helborg, con expresión fría. "Los von Carstein nunca se quedan muertos por mucho tiempo. Gunthold, deje de ensuciarse a sí mismo los calzones y lea esa maldita cosa".

El enviado asintió apresuradamente antes de mantener el pergamino estirado. "Mis queridos Condes Electores" -comenzó, con voz tímida. "O quienquiera que sean los actuales titulares" -Helborg resopló con oscura diversión ante eso. Era lo más cercano a una afirmación de su gobierno como Mariscal de la Reiksguard que Zintler había oído hasta ahora.

"No habrá escapado a tu atención" -continuó el joven, con voz cada vez más confidente mientras leía las palabras del von Carstein, "de que nuestros queridos reinos han sido asaltados desde dentro. La plaga infesta las tierras, desde Marienburgo a Kislev. Incluso mi amada Sylvania se ve amenazada por el crecimiento desatado. Nos encontramos envueltos en una nueva guerra; una en la que los meros espadachines están mal preparados para luchar".

"En la mayoría está acertado" -murmuró Helborg, pero el joven continuó leyendo, hablando por encima de su señor.

"Parece que nuestras tierras acogen a los invasores del norte con mucha mayor sutileza de lo que hemos llegado a esperar" -dijo el enviado, con tono imperioso. "Ellos y sus plagas deben ser rechazados si el orden debe ser restaurado en nuestro reino". El énfasis del joven se estaba volviendo más apagado y profundo con cada frase, con su espalda recta y la barbilla sobresaliendo mientras leía.

"Para ello, propongo una tregua temporal. Más que eso, propongo una alianza. Debemos asegurarnos de que estos perros amantes del Caos" - en este punto el enviado escupió sangre en desprecio, "sean vencidos, mostrándoles a sus líderes su lugar. Sólo entonces el orden podrá ser restaurado".

El tono del joven era autoritario y extraño. Zintler compartió una mirada de preocupación con Helborg, su mano se desvió a la empuñadura de su espada. El Mariscal de la Reiksguard sacudió lentamente la cabeza, indicando sutilmente a Zintler a enmudecer.

"Piénsalo bien" -el enviado siguió, con cada una de sus densas sílabas. "No espero una respuesta inmediata, ya que entiendo que los mortales todavía temen a la muerte, como el bebé que teme la oscuridad. Si nuestros pensamientos están de acuerdo, enciende una llama en tu torre más alta a medianoche. Y tu nación no tendrá nada más que temer de las fuerzas de la muerte".

"Sin embargo, si se niega esta señal, el destino será menos amable. Un día discutiremos el asunto en detalle, en este lado de la tumba o el otro".

"Hasta entonces, tu compañero señor y monarca de la sangre... Vlad von Carstein... "

Cuando la última palabra salió de los labios del enviado, el joven se tambaleó hacia atrás, respirando en irregulares aspiraciones como si fuera liberado de las garras de un estrangulador. La sangre goteaba de su nariz. Zintler miró con incredulidad, parpadeando ante la transformación que le había ocurrido al joven. Su piel era blanca como el vientre de una trucha, con ojos saltones hinchados de pánico por encima de labios de color gris azulado. De la frente a la barbilla, su pecosa cara parecía como la de una bruja.

"Quemar la carta de inmediato" -ordenó Helborg. "Quemarla, y llevar a este pobre tonto al Templo de Shallya, incluso si primero tenéis que abriros camino a través de esos malditos leprosos enturbiados. Decid a las hermanas que es un caso de prioridad".

Zintler asintió y chasqueó los dedos para que sus hombres obedecieran. Mientras el demacrado enviado era sacado de la habitación, Zintler jugueteó con su bigote y se rascó la nuca. "Esta carta, señor... ¿cree usted realmente que es obra del conde von Carstein?"

El Mariscal de la Reiksguard resopló como un semental rebelde, pero Zintler sabía que tras su máscara de ira escondia una buena dosis de angustia. "Me importa poco si este pergamino maldito era de la propia pluma de Vlad o la broma de algún bufón desposeído del Colegio Amatista" -dijo Helborg. "Que me condenen antes que luchar junto a los no-muertos. Este asunto ha terminado. Ahora salir y hacer lo que sea necesario para restaurar el orden. Empuñar las espadas si es necesario. Eso debería darle esos peones arroja estiércol una pausa para reflexionar".

Zintler se inclinó con elegancia y le indicó a sus hombres que se fueran. Mirando por encima de su hombro mientras él se iba, el capitán vio al Mariscal de la Reiksguard hundirse en los escalones de la base del trono de Karl Franz. Una docena de noches de insomnio le pesaban tanto como pieles empapadas en sangre.

"¿Hans?" -llamó Kurt Helborg, con la voz ahogada y extraña. "Sólo... sólo haz lo que sea necesario."

ORIGINAL:

Reikscaptain Hans Zintler struggled to keep pace as his master Kurt Helborg strode through the smoky corridors of the Imperial Palace. The hilt of the Reiksmarshal’s sword was dripping blood, as was the back of his gauntlet. Following the trail of ruby droplets in Helborg’s wake were thirty Reiksguard, a reserve that Zintler had mustered from the latter-barracks.

The Rcikscaptain could still hear the dull roar of outraged citizens outside over the clangour of warning bells that rang out from Glockentor. Many of his knights had their burnished plate marred by the wet impacts of rotten cabbages or hurled street-soil. Others had faces smeared with blood, and gore coated many a scabbard.

On Zintler’s right, the freckled young envoy Gunthold scurried along with a sideways gait, trying to keep up with Helborg as he held up a long vellum parchment.

‘The missive appears to bear the seal of the... of the von Carstein family, my lord. And the initials V V C...’

His face dark, the Reiksmarshal spun to face the envoy. The young man flinched backwards under the force of his commander’s iron gaze. Zintler had felt that furious focus several times over the last few days; only old Volkmar had boasted a more intimidating stare.

‘Don’t keep us waiting, then,’ Helborg hissed, turning and striding into the throne room. The last of his knights shut the ornate double doors behind the company. ‘Let’s hear what that blood-sucking opportunist has to say for himself this time.’

Silence descended as Helborg’s men waited expectantly around the throne room. Zintler was the first to break it. ‘Surely it cannot be... Vlad, my lord.’

‘An impostor, perhaps,’ the envoy said, ‘or a bluff.’ ‘Actually, I doubt it,’ said Helborg, his expression cold. ‘The von Carsteins never stay dead for long. Gunthold, stop soiling yourself and read the damn thing.’

The envoy nodded hurriedly before pulling the scroll tight. ‘My dear Elector Counts,’ he began, his voice timid. ‘Or whomsoever the current incumbents may be.’ Helborg snorted in dark amusement at that. It was as close to an affirmation of the Reiksmarshal’s self- appointed stewardship as Zintler had heard yet.

‘It has no doubt come to thy attention,’ continued the young man, his voice growing more confident as he read the von Carstein’s words, ‘that our beloved realms have been assailed from within. Plague infests the lands, from Marienburg to Kislev. Even my beloved Sylvania is threatened by unfettered growth. We find ourselves embroiled in a new war; one that mere bladesmen are ill-suited to fight.'

‘That much he has right,’ muttered Helborg, but the young man read on, talking over his master.

‘It seems our lands play host to northern invaders of far greater subtlety than we have come to expect,’ said the envoy, his tone imperious. ‘They and their plagues must be repelled if order is to be restored to our realm.’ The young man’s accent was becoming thicker and deeper with every sentence, his spine straightening and his chin sticking out as he read on.

‘To that end, I propose a temporary truce. More than that, I propose an alliance. We must ensure that these Chaos-loving dogs,’ - at this the envoy spat blood in contempt - ‘are put down, and their leaders shown their place. Only then can order be restored.’

The youth’s tone was authoritarian and strange. Zintler shared a worried glance with Helborg, his hand straying to his sword hilt. The Reiksmarshal slowly shook his head, subtly motioning for Zintler to be still.

‘Think well on it,’ the steward continued, his every syllable thick. ‘I do not expect an immediate answer, for I know you mortals still fear death, as the infant fears the darkness. If our thoughts are in accord, light a flame from thy tallest tower upon the hour of midnight. Thy folk will have no more to fear from the forces of death.

If such a signal is withheld, however, the fates shall be less kind. One day we shall discuss the matter in detail, on this side of the grave or the other.

Till then, thy fellow lord and monarch of the blood... Vlad von Carstein...’

As the last word left the envoy’s lips, the young man staggered backwards, sucking in ragged breaths as if released from a strangler’s grip. Blood trickled from his nostrils. Zintler stared in disbelief, blinking at the transformation that had overcome the youth. His skin was white as a trout’s belly, his eyes bulging in panic above blue-grey lips. From brow to chin, his freckled face was seamed like that of a hag.

‘Burn the letter immediately,’ commanded Helborg. ‘Burn it, and get this poor fool to the Temple of Shallya, even if you have to cut your way through those bloody fog-lepers first. Tell the sisters he’s a priority case.’

Zintler nodded and snapped his fingers for his men to obey. As the haggard envoy was carried from the room, Zintler fiddled with his moustache and scratched the back of his neck. ‘This letter, sir... do you suppose it really is the work of the Count von Carstein?’

The Reiksmarshal snorted like a rebellious stallion, but Zintler knew his mask of anger hid a good deal of distress. ‘I care little whether this damned scroll was from the quill of Vlad himself or the prank of some dispossessed buffoon from the Amethyst College,’ said Helborg. ‘I’ll be damned before I fight alongside the undead. This matter is at an end. Now get out there and do whatever it takes to restore order. Draw your blades if you have to. That should give those muck-slinging peons pause for thought.’

Zintler bowed smartly and motioned for his men to leave. Looking over his shoulder as he left, the captain saw the Reiksmarshal slump onto the steps at the base of Karl Franz’s throne. A dozen sleepless nights were weighing him down like furs soaked in blood.

‘Hans?’ called Kurt Helborg, his voice choked and strange. ‘Just... Just do whatever it takes.’

La Batalla de Talabheim
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Miembro a cargo: Snorri Fecha de inicio: 18-12-15 Estado: Esperando revisión

FuentesEditar

  • The End Times II - Glottkin.

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