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La Condenación de los Esclavos

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Ejército Elfos Oscuros.jpg
En el llano que separaba los dos ejércitos se respiraba una extraña tranquilidad. Montado sobre su flaco caballo de guerra, Hargan, el General del ejército de esclavos rebeldes, observó las tropas de los Elfos Oscuros que guardaban al otro extremo y desfalleció. Sabía que moriría antes del anochecer. Una atmósfera opresiva atenazaba al ejército rebelde, algo así como un sentimiento de tensa expectación. Expectación y miedo.

Ante ellos, el ejército Elfo Oscuro se extendía de Este a Oeste hasta donde alcanzaba la vista. Hargan no podía creer que hubieran movilizado un ejército de Elfos Oscuros tan numeroso para acabar con sus mal pertrechadas tropas. Las armaduras negras del enemigo brillaban ligeramente bajo la tenue luz del sol, que, en ocasiones, también arrancaba algún destello a sus afiladas armas. El ejército de los opresores estaba formado delante del de los esclavos como un poderoso e inamovible muro.

En primera línea estaba desplegada la infantería: Elfos Oscuros, ágiles y esbeltos, equipados con mortíferas Ballestas de Repetición, que no paraban de provocar a los esclavos con sus burlas. Detrás de los Ballesteros se encontraban los Lanceros, con los extremos de sus Lanzas despuntando por encima de los Guerreros. Todas esas Lanzas, combinadas con las armaduras, daban a la unidad el aspecto de un gigantesco monstruo provisto de muchas piernas y cubierto con un caparazón lleno de pinchos.

La mera visión de estos regimientos era a suficiente para que los rebeldes sintieran un nudo en la boca del estómago. Sin embargo, la situación era aún más desesperada. Emplazados entre las unidades de infantería se hallaban los famosos Lanzavirotes de Repetición, cargados con sus pesados virotes con puntas de acero. La increíble potencia de estas armas posibilitaba que un solo virote fuera capaz de atravesar varias filas de soldados. Los Lanzavirotes, además, podían disparar andanadas de proyectiles.

Más allá de los Ballesteros y de los Lanceros, extendiéndose hacia el norte, se encontraban los regimientos de Guerreros Elfos Oscuros, que observaban con expresión cruel al ejército de esclavos. Hargan podía distinguir, detrás de ellos, pesados reptiles de piel verde montados por Paladines equipados con espléndidas armaduras. Las cabezas de las criaturas oscilaban ominosamente de un lado a otro, olfateando ansiosamente al enemigo. Los Caballeros Elfos Oscuros, montados en aquellos monstruos de sangre fría, observaban a las lastimeras tropas de esclavos rebeldes. Los fríos rasgos faciales de sus bellas y angulosas caras hacían más temible la expresión de crueldad y violencia que en ellas se reflejaba. Una vez hubieran elegido a sus víctimas, nada podría detenerles.

Un lejano y chirriante grito rasgo la calma. Hargan obligó a dar y media vuelta a su cabalgadura, mientras el corazón le latía con fuerza en el pecho. Desde su nueva posición pudo observar varias siluetas con forma de pájaro que sobrevolaban el campo de batalla. Por sus terribles gritos, Hargan sabía que se trataba de Arpías, listas para abalanzarse sobre los heridos y los moribundos.

Los cascos de la montura de Hargan golpearon el suelo impacientemente. A pesar de su depauperado estado, el caballo de guerra seguía siendo muy temperamental, y estaba ansioso de sentir cómo los huesos de sus enemigos se quebraban bajo sus pezuñas. Hargan oyó, de repente, otro estridente aullido que se unía a los chillidos de las Arpías. El ruido procedía de la línea de los Elfos Oscuros y solo podía significar una cosa: las Elfas Brujas se preparaban para la batalla.

Hargan podía ver a las sanguinarias Guerreras emergiendo de entre las formaciones de tropas regulares. Armadas con largos cuchillos impregnados de veneno, las Elfas Brujas no cesaban de echar espuma por la boca, como consecuencia de la mezcla de sangre y hierbas alucinógenas que consumían antes de entrar en combate. La hermandad de las Guerreras del Señor del Asesinato era temida no sin razón, pues en su seno se daban cita las Guerreras más salvajes y crueles de la raza de los Elfos Oscuros.

Mientras las Elfas Brujas chillaban y aullaban, el resto del ejército Elfo Oscuro empezó a entonar sus cánticos a Khaine. Los esclavos sabían que ya no cabía esperanza alguna. ¡Era el fin! Ninguno de ellos saldría vivo del campo de batalla. Pero aunque todo esfuerzo fuera inútil, tenían que intentarlo. Habían llegado demasiado lejos como para dar marcha atrás ahora.

Hargan pensó que si tenía que morir, la mejor forma de hacerlo era luchando: dando muerte a tantos opresores como pudiera. Al menos, de esta manera, era poco probable que viviera lo suficiente como para ser sacrificado al maldito dios de los Elfos Oscuros. Por otro lado, tal vez su ejército padeciera desnutrición, y sin lugar a dudas no era enemigo para las fuerzas del Rey Brujo, pero la razón estaba de su parte. Además, no tenían nada que perder. De modo que con una torva expresión de resignada determinación en su cara, Hargan empuñó su espada y se preparó para hacer frente a una muerte segura.

Sombras (Mark Gibbons).jpg
Ruerl, el Señor Oscuro de Har Ganeth, observó el lastimero ejército que tenía delante y se permitió una cruel sonrisa de satisfacción. Diez días antes, sus Exploradores le habían informado de la localización exacta del ejercito de esclavos, en las Montañas del Espinazo Negro. Hacía mucho tiempo que los Elfos Oscuros conocían la existencia de este contingente clandestino, formado por esclavos procedentes de las grandes plantaciones de Naggaroth que un día decidieron fugarse hacia las tierras salvajes.

Si bien en un primer momento los Elfos Oscuros no se habían preocupado en exceso por tal contratiempo, dado que consideraban que la Tierra del Frío era un lugar lo bastante inhóspito, y durmiendo al raso y a merced de los elementos, sin mencionar las tribus de Orcos y Goblins, era poco probable que los esclavos fugados sobrevivieran demasiado tiempo en el, últimamente habían llegado rumores a las grandes ciudades de los Elfos Oscuros acerca de que el número de esclavos era superior al que imaginaban y que, además, tenían un cabecilla.

Diez días habían sido suficientes para movilizar al ejército de Har Ganeth. De hecho, cualquier Elfo Oscuro hubiera agradecido la oportunidad de abandonar durante un tiempo los claustrofóbicos confines de la ciudad y consagrarse a uno de sus mayores placeres: el de matar. El Señor Oscuro Ruerl sabía que los esclavos no representaban ninguna amenaza para su ejército, pero quería que la batalla le sirviera de entrenamiento. Los Guerreros de Naggaroth debían estar siempre preparados por si el Rey Brujo daba la largamente esperada orden de que las Arcas Negras zarparan una vez más para reclamar la isla continente de Ulthuan. Ruerl sonrió complacido, ansioso porque diera comienzo la matanza que se avecinaba...

Valientemente, las tropas de Hargan se prepararon para hacer frente al ataque de los Elfos Oscuros. Una lluvia de proyectiles negros cubrió el cielo gris plomizo y fue a caer sobre los apiñados esclavos. Muchos perecieron alrededor de Hargan. La única protección de los esclavos contra el fuego enemigo eran algunos fragmentos de armaduras, robados tiempo atrás, que se mostraban insuficientes frente a las armas de los Ballesteros. Hargan prefería a grandes voces todo tipo de gritos de guerra, a fin de que sus Guerreros desterraran el temor de sus corazones. Su objetivo debió de verse cumplido, porque, poco después, los rebeldes cobraron el coraje de los condenados, tomaron la iniciativa y avanzaron resueltos a enfrentarse con el enemigo.

BattleofHelFenn.jpg
Con un temible silbido, la primera andanada de virotes con punta metálica procedente de los Lanzavirotes de Repetición atravesó las filas del ejército de esclavos. Muchos de los mortíferos proyectiles impactaron en los Guerreros de la primera línea, para luego seguir atravesando los cuerpos de los desafortunados hombres situados tras ella. Sin vacilación alguna, los esclavos dejaron atrás a sus compañeros muertos y, llevados por el empuje de la carga, continuaron corriendo, cada vez más decididos a vengar la muerte de sus compañeros.

Las tropas de infantería de ambos ejércitos toparon en el centro de la llanura con un estruendoso entrechocar de acero. Decapitados cuerpos de Humanos caían por doquier, al tiempo que los enfurecidos esclavos daban muerte a un número parejo de Guerreros Elfos Oscuros. Con un sanguinario grito de guerra, los Caballeros Gélidos hicieron avanzar a sus monturas de fría sangre hacia el flanco de los regimientos de esclavos. En cuanto estas probaron la sangre de los Humanos, rugieron con furia y se lanzaron con saña contra el enemigo. El espectáculo era grotesco. Mientras las monstruosas cabalgaduras avanzaban entre los contendientes, sus jinetes atravesaban a sus enemigos con las Lanzas.

En ese momento, las enloquecidas Elfas Brujas habían abierto una sangrienta cuña en el otro flanco del ejército rebelde. Aullando como posesas, las intoxicadas asesinas masacraban a todo el que se ponía a su alcance, luchando con maligno regocijo para mayor gloria de Khaine. Para colmo de males, un rayo de fuego negro surgió de las líneas de los Elfos Oscuros con un lastimero rugido y atravesó las líneas de esclavos, esparciendo por doquier sus chamuscados cuerpos.

Atrapados entre un contingente de Caballeros Gélidos sobre sus monturas reptilianas y otro de enloquecidas Elfas Brujas, los Guerreros esclavos de uno de los regimientos de Hargan iniciaron una desesperada e infructuosa huida, puesto que los Gélidos les atraparon con suma facilidad. Mientras los caballeros les abatían con sus poderosas Lanzas, las grandes bestias les destriparon con sus fuertes mandíbulas. Sin embargo, mientras los temidos caballeros masacraban a sus compañeros, algunos esclavos consiguieron huir esquivando las lanzas de los Paladines Elfos Oscuros

Con gritos de sirena, las Arpías de alas negras que descendieron en picado y les agarraron con sus mortíferas garras. Gritando de placer por la carnaza, las Arpías remontaron el vuelo, desgarrando entre tanto los cuerpos de los humanos, cuyos gritos se mezclaban con los gritos de los monstruos.

Imperio Vs Elfos Oscuros.jpg
El desesperado General de los esclavos observaba impotente la masacre que tenía lugar ante sus ojos. En un momentáneo descanso en la lucha, Hargan vio como el estandarte de los esclavos cayó en manos de una Elfa Bruja, que acababa de decapitar a su portador.

Una segunda andanada de los Lanzavirotes de Repetición atravesó las mermadas líneas rebeldes. Los esclavos que sobrevivieron a este segundo ataque lucharon con desesperación hasta que otro proyectil de Magia Oscura produjo un efecto devastador en sus filas, indefensas ante los ataques mágicos.

Hargan sabía que era cuestión de tiempo. ¡No podrían aguantar mucho más! Quizá debía ordenar la retirada. Dada la superioridad numérica y la precisión militar de los Elfos Oscuros, era imposible que los esclavos pudiesen derrotarlos. Pero seguían sin tener un lugar donde ir. Las Montañas del Espinazo Negro no representaban ya ninguna esperanza para ellos. No podían escapar del maldito continente y, dado que los Elfos Oscuros conocían ahora su existencia, sólo era cuestión de tiempo que sus antiguos captores les fueran a buscar a las montañas y les aniquilaran. Consciente de que ni a él ni a sus Hombres les quedaba esperanza alguna, Hargan espoleó su montura para regresar al combate.

Todo lo que vino a continuación sucedió a velocidad de vértigo. Hargan fue consciente de que un Asesino le clavaba una daga, entre las costillas, hundiéndola hasta la empuñadura, y entonces sintió un gran dolor. Mientras el veneno con el que estaba emponzoñada el arma actuaba, el General de los esclavos cayó lateralmente al ser alcanzado por la carga de un Caballero Gelido. Los ojos de Hargan se encontraron por unos instantes con los de su adversario, justo antes de caer al suelo entre un mar de pezuñas y garras afiladas como cuchillas. Mientras sucumbía al légamo venenoso de la piel de la bestia, Hargan notó el fétido aliento del monstruo reptiliano. Lo último que vio Hargan fue una inmensa mandíbula llena de colmillos que se cerraba sobre su cabeza.

La batalla había concluido. Las tropas del Señor Oscuro Ruerl habían logrado una victoria rápida y decisiva sin apenas sufrir bajas. El estandarte de batalla de los esclavos estaba en el suelo, pisoteado al igual que su general. Casi todos los esclavos habían muerto o habían sido mortalmente heridos, y los pocos que aún seguían con vida estaban siendo capturados en aquel instante.

Warhammer Noble Elfo Oscuro por John Wigley.jpg
Los infelices Humanos probablemente pensaban que serían conducidos de nuevo a las plantaciones, pero el Señor Oscuro Ruerl había decidido que ya no eran dignos de confianza y que su muerte serviría de escarmiento. Todos ellos serían ejecutados de la forma más dolorosa y lenta posible. Ruerl recorrió la llanura con la mirada. Estaba teñida de rojo y cubierta, casi por completo, con los cadáveres de los esclavos, entre los cuales podían verse los cadáveres de algunos Elfos Oscuros y algún Gélido aislado.

Las Elfas Brujas se revolcaban excitadas en la sangre todavía caliente de los muertos, renovando el pacto con su Señor Khaine. Evidentemente, los Guerreros del Rey Brujo habían vencido, pensó Ruerl. ¡Sí! Sin duda, la aniquilación de la rebelión de los esclavos había sido un espectáculo extremadamente gratificante.

Relato RelacionadoEditar

FuenteEditar

  • Libro de Ejército Elfos Oscuros 5ª edición

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