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La Historia de los Asur

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Aislinn1.jpg
Recopilado por Unthwe Windrider, Heraldo del Rey Fénix

La Era del DespertarEditar

Hijos míos, mientras me siento y veo a los que os habéis reunido aquí para escuchar mis palabras, observo en vuestros rostros los fantasmas de los camaradas que ya hace mucho que desaparecieron de este mundo. Mi corazón sigue sangrando cuando recuerdo las imágenes del pasado y estas me siguen atenazando con tanta intensidad como el día en que ocurrieron. La tristeza de los recuerdos que vienen a mi memoria ya no es más que un débil eco de voces y risas en mi torturada mente. Y, por todo el dolor que causa el recuerdo, sé que no podré llegar a vivir sin estos pensamientos, pues son la esencia de mi ser, la prueba de que sigo vivo. Cada lágrima de pena que he derramado me ha hecho cobrar nuevas fuerzas y, por cada herida sufrida, llevo una cicatriz de dolor; por cada pérdida acontecida he encontrado una promesa de esperanza.

Cada uno de los que os sentáis aquí reconoceréis la verdad de mis palabras y comprenderéis que no estais solos. Somos el pueblo de Ulthuan y, como sufrimos mucho en el pasado, comprendemos esto, igual que lo entiende nuestra tierra. Porque somos uno con nuestra tierra y nuestros destinos, historias y sentimientos están tan interrelacionados como los troncos de las enredaderas que se encaraman por nuestras torres más altas. Siempre hemos vivido en armonía con el mundo que nos rodea, pero fue Aenarion el Defensor el que por primera vez despertó a nuestra gente de sus sueños perdidos. Por sus venas corría el poder de un dios y, guiado por nuestro Asuryan, fue él quien reunió al pueblo élfico y lo lideró siempre hacia delante. Recuerdo con claridad cuando mi padre me hablaba de las visiones que le sobrevenían, del poder que sentía crecer en el interior de su débil alma cuando comprendió que Ulthuan estaba viva y respiraba dentro de su corazón. Este conocimiento nos ha acompañado siempre y ahora vivimos ignorantes del hecho de que nuestro pueblo fue una vez una llama débil consumida por el infierno del Caos. Aenarion fue el primero de nuestra raza en sentir el poder y este lo acorraló. Luchó contra la marea de opresión que había consumido a nuestros ancestros y su coraje le sirvió de faro en la oscuridad.

Nuestros antepasados lucharon contra los horribles demonios que aparecieron en nuestras costas y, durante un corto período de tiempo, reinó la paz. Mientras la Reina Eterna daba a luz el fruto de su unión con Aenarion, la hermosa Yvraine y el noble Morelion, mi madre hizo lo priopio conmigo y mi hermano gemelo. Fue la primera y única vez en nuestra historia en que crecimos en número y ahora podemos enorgullecernos de aquella época y llamarla la Era Dorada.

¡Ay de nosotros! Pues la luz que encendieron los Asur también atrajo la atención de una presencia mucho más cruel y oscura. Los servidores del Caos nunca pueden ser destruidos del todo y, por eso regresaron. Con la venganza ardiendo en sus almas condenadas, asesinaron a la Reina Eterna. Pensando que sus amados hijos habían sido asesinados, Aenarion, con dagas frías atravesándole el corazón, empuñó la Espada de Khaine. Ningún dios ni ningún mortal podía resistirse a su ira y así se puso al frente de sus tropas y emprendió la guerra contra el Caos. Ningún demonio podía igualar su furia, pues luchaba con el corazón helado y amargado por el odio. Fue durante esa época cuando mi padre lo acompañó como su leal guardia personal. Luchó junto a su Señor el día que liberaron a Morathi de manos de una banda de adoradores del Caos y fue mi propio padre el que rompió sus cadenas. Aenarion cayó preso de sus encantos; Morathi la Hermosa, Morathi la Oscura, Morathi la Bruja. Aenarion quedó cegado por su belleza y se negó a reconocer que ella había estado contaminada por las fuerzas del Caos. Morathi, gracias a sus artimañas, compartió el lecho de Aenarion y le dio un hijo, Malekith el maldito. Maldigo el día en que este maestro de la Oscuridad llegó a este mundo y, si alguno de nosotros hubiese sabido como extendería su maldad, lo habríamos matado el mismo día en que nació.

La Era del DefensorEditar

Aenarion última batalla Demonios del Caos Karl Kopinski.jpg
La guerra de Aenarion contra las hordas del Caos se fue extendiendo, sin cesar, por todo Ulthuan y su ira no conoció límite alguno. Juró que no descansaría hasta que todos los sirvientes del Caos hubiesen sido aniquilados y nadie dudó de la determinación de Aenarion. Pero nosotros éramos pocos y los demonios muchos.

No podíamos soportar las pérdidas que sufríamos durante esta guerra eterna y, por esta razón, Caledor reunió a todos los sabios de los Asur. Juntos idearon un plan tan enrevesado que, si llegaba a fallar, el destino del mundo quedaría sellado. Los ancestrales círculos de piedra se utilizaron para canalizar una fuerza mágica que acabaría con la magia del Caos que saturaba la tierra en aquellos días. Al ejecutar esta acción, los demonios quedarían confinados en su abismo eterno. Mientras los magos se reunían en la Isla de los Muertos para lanzar los potentes hechizos necesarios para lograr este gran objetivo, mi padre se unió a los guerreros que luchaban contra la marea del Caos.

Los demonios sabían que su existencia real, el vínculo que los unía a nuestro mundo mortal, estaba amenazada por esta acción, así que cuatro grandes demonios reunieron sus hordas para atacar a la hueste de los Asur. Pero no habían contado con Aenarion. Se dice que lo llamaban "hermano" y que no eran falsos en sus demandas, pues Aenarion había superado los poderes de todo Elfo viviente. Pero, aunque ya no presentaba mucho parecido con los de nuestra raza, tampoco estaba relacionado con aquellas horripilantes criaturas. En una titánica batalla, Aenarion y su noble dragón, el gran Indraugnir, sacrificaron sus vidas para acabar con los demonios. En aquel aciago día perdí no solo a mi rey, sino también a mi padre. No regresó de la batalla. Todo lo que me dejó fue su magnífica arma saturada con su energía y su poder. En la batalla puedo sentir el espíritu de mi padre fluyendo a través del arma y estoy seguro de que, cuando abandone este mundo, mi espíritu también pasará a formar parte de la espada.

Ulthuan había encontrado por fin la paz, pero también se había quedado sin nadie para gobernarla. Para regocijo de todos, se encontró a los hijos de Aenarion sanos y salvos. El poderoso hombre árbol Corazón de Roble que, hasta ese día, descansaba en las profundidades de Avelorn los había puesto a salvo. Yvraine fue coronada com la nueva Reina Eterna para que en ella siguiese vivo el espíritu de Astarielle. Morelion fue enviado al Este con una escolta como guardia personal para que la estirpe de Aenarion pudiese sobrevivir. Su destino se desconoce y, aunque el Consejo envió flotas de barcos en todas las direcciones en busca de cualquier rastro de su nave, no se supo nada de su paradero.

El Consejo se reunió para elegir un heredero al trono. Muchos pensaron que la estirpe de Aenarion florecería de nuevo en Malekith y que este se convertiría en el nuevo Rey Fénix, pero no somos una raza impulsiva y, por ello, los ancianos estuvieron debatiendo durante meses. La sangre de Aenarion corría por las venas de Malekith y, si bien era cierto que bajo el noble reinado de Aenarion habíamos crecido en sabiduría, también habíamos sufrido siglos de guerras ininterrumpidas y anhelábamos la paz. La vida ensombrecida de su padre y la influencia de su madre habían dejado su huella en Malekith y, por ello no se consideró adecuado para reinar. El Consejo escogió a Bel-Shanaar, un sabio y justo gobernante que ya había probado muchas veces su valía y arrojo en la guerra.

La Era de los DescubrimientosEditar

Barco Alto Elfo por Jonathan Kirtz.jpg
Fue una época de alegría y paz en la que Ulthuan creció en poder. Nuestras naves surcaron los océanos e hicimos pactos con muchos nuevos aliados. Los Asur eran una raza poderosa y todos deseaban prosperar gracias a nuestra amistad. Compartimos libremente nuestros conocimientos y quizá este fue nuestro error, pues no imaginábamos lo traicioneras que eran las otras razas. Entablamos fuertes relaciones de amistad con los Enanos y el comercio floreció en Ulthuan. Juntos, Elfos y Enanos logramos expulsar a las hordas del Caos de las tierras que posteriormente serían usurpadas por los Humanos y que recibirían el nombre de "Viejo Mundo". En el interior de la fortaleza de Karaz-a-Karak, Bel-Shanaar firmó un tratado de amistad eterna con este pueblo. En esos momentos no sabíamos lo poco que significa la palabra escrita para los Enanos y que deberíamos haber grabado el tratado en piedra, pero, en aquella época, significaba la paz.

Mientras Malekith vagaba por el mundo en un viaje de descubrimiento, mi hermano y yo crecimos y nos convertimos en magníficos guerreros. Aprendimos las técnicas de los cazadores de Cracia y ninguno podía superar al otro. Juntos éramos fuertes, ya que podíamos hacer frente a cualquier problema que se nos presentase. El poder de dos Elfos unidos es muy superior al de cuatro individuos. Y así era nuestra gente. Éramos una raza que, junta, podía caminar por un sendero de armonía invencible.

Pero, al liberar al mundo de la maldición del Caos, nos habíamos debilitado. Creció nuestra autocomplacencia, olvidamos el espíritu de armonía que nos unía con nuestra tierra, bajamos la guardia y, finalmente, los adoradores del Caos regresaron. Los Elfos que se habían enriquecido gracias al comercio perdieron el rumbo y sucumbieron a la codicia. El esplendor de Ulthuan era tan grande, que se conformaban con vivir como parásitos a costa de lso botines que la hermosa isla había proporcionado libremente. Cogieron cuanto había en Ulthuan sin devolver nada a cambio y, una vez más, encontraron una base sobre la que asentarse en la forma de Slaanesh, el Dios del Placer.

La líder de los adoradores del Caos no era otra que Morathi. Quizá su corrupción nunca había sido totalmente erradicada. Como viuda de Aenarion, utilizó su influencia para conseguir muchos seguidores para su culto y florecieron prácticas terribles por toda Nagarythe. Al principio, los sacrificios de ganado eran habituales. Aborrecíamos estas prácticas, pero las permitimos y, en poco tiemo, comenzaron a propagarse historias terroríficas sobre desapariciones de habitantes de pueblos y aldeas. Cuando Malekith regresó de sus viajes denunció a su madre y la acusó de ser la consorte del Caos. De esta forma comenzó la gran purga. Una vez más, nuestra gente acechaba vigilante la oscuridad que rodeaba sus almas. ¡Ay de nosotros! Pues con estas purgas llegó la desconfianza y nuestros vecinos, antes libres para poder expresar su amor por los otros, ahora cerraban sus puertas consumidos por el miedo.

Heroe elfo 4ª.gif
Malekith se puso al frente de la purga y emprendió esta tarea con verdadero vigor. Los nobles que creíamos que eran seguidores de nuestra causa resultaron ser servidores del Caos y Malekith les dio un castigo rápido y letal. Cómo pudimos traicionar nuestras mayores convicciones y creer en tales mentiras, no lo sé, pero lloro cuando recuerdo a aquellos que murieron leales a Ulthuan. El pueblo de Nagarythe estaba siendo perseguido justamente y las familias que perdieron a sus seres queridos se alzaron contra el Rey Fénix. Ulthuan se tambaleaba al borde de la guerra civil y el Rey Fénix se había convertido, sin saberlo, en una marioneta de Malekith. Convocó al Consejo en el Templo de Asuryan para decidir cómo evitar la guerra. Fue entonces cuando Malekith reveló sus verdaderas intenciones. Solo cuando señaló acusadoramente a Bel-Shanaar, descubrió su diabólico plan. Quizá Malekith había empezado la purga buscando la verdad y su exposición constante al Caos había oscurecido su alma, o quizá, este había sido siempre su plan. En esos momentos advertimos sus verdaderas intenciones y comprendimos que teníamos que luchar contra él. Malekith envenenó a Bel-Shanaar y asesinó al Consejo, pero eso sirvió para que tomáramos consciencia de su oscuro corazón.

Al introducirse en la Llama Sagrada, Malekith intentó demostrar que era digno sucesor de su padre, pero, aunque había engañado a nuestra gente, no podía esconder la oscuridad y la corrupción de su alma a la luz de los dioses. Las llamas le abrasaron y fue expulsado del fuego. Sus seguidores recogieron su cuerpo destrozado y lo llevaron de vuelta a Nagarythe, donde su madre le curó las heridas con lágrimas de amargura y buscó venganza por el dolor que habían causado a su hijo. Temiendo que la ira caería sobre ella y sobre su hijo herido, Morathi huyó hacia el Oeste y pensamos que el mal había sido expulsado para siempre de nuestra tierra.

La Era de los ConflictosEditar

Altos Elfos contra Elfos Oscuros Adrian Smith.jpg
Imrik, nieto del gran mago del mismo nombre, ascendió al trono de Ulthuan con el nombre de Caledor. Era un guerrero que podía dotar de la fuerza necesaria a nuestro pueblo en esos tiempos de precariedad. Hermano del asesinado Bel-Shanaar, sabía que, mientras Malekith continuase vivo, no podría haber paz. Mientras el Príncipe recibía las noticias de los acontecimientos, yo ya había probado mi valía como guerrero. Había partido de expedición por las montañas de Cracia y había matado mi primer león. De ninguna manera podía pensar que el destino de mi rey y mis primeros pasos para llegar a la edad adulta quedarían irremediablemente entrelazados. Mientras regresábamos de la cacería, escuchamos el sonido de una lucha y descubrimos que era una banda de asesinos que atacaba al Prícinpe. Nos pusimos a su alado y dimos buena cuenta de aquellos villanos. Desde aquel día, nuestros cazadores han llevado con orgullo el título de Guardianes del Rey. Para mí significó un gran honor arrodillarme ante Caledor y jurarle lealtad. Mientras los nobles políticos planeaban cuál sería el mejor modo de repartirse nuestro resquebrajado reino, Caledor fue coronado rey. Su intención era reunir todos los pueblos y prepararlos para la guerra.

En la víspera de la boda de Caledor con la Reina Eterna corrió el rumor de que Malekith había regresado y se había apoderado del trono de Anlec. En pocos días todo el pueblo de Ulthuan estaba dividido. Los agentes de Morathi habían propagado rumores por todos los reinos de que Caledor era un falso rey, una marioneta de la corte. Los habitantes de Nagarythe se pusieron del lado del traidor y, de esta forma, Malekith pudo reunir un ejército con el que marchar a la guerra contra su propia raza. Convenció a muchos de ellos con su oscuro disfraz y la elocuencia de sus palabras. Mi propio hermano se pasó días recriminándome que me habían cegado los políticos fríos y las ambiciones de la corte, pero él no podía ver el interior de mi corazón, que sangraba con cada recriminación que me hacía. El Culto a Slaanesh, que durante tanto tiempo había florecido en las sombras de nuestro reino, emergió y se volvieron a extender las mentiras y la corrupción. Nadie sabía quién era el verdadero rey salvo aquellos que, como yo, habían visto a Caledor Cruzando la Llama Sagrada.

Los ejércitos de Nagarythe eran valerosos y disciplinados. Marchaban con presteza a la guera y a sus hechiceras lanzaban conjuros mortíferos sobre la tierra, pero no contaron con el Rey Fénix. Caledor era un guerrero valiente. Reunió a sus ejércitos con rapidez y, en poco tiempo, la guerra se propagó por todos los reinos. Tiranoc y Ellyrion cayeron, pero el Reino Interior resistió con firmeza. Libramos una gran batalla en el reino de Saphery y vi aterrorizado cómo la magia se combatía con magia. La luz desterró a la oscuridad y las tropas del Rey Fénix obtuvieron su primera victoria real. No puedo describir el honor que recayó sobre mí cuando Caledor me escogió para portar su estandarte. Combatí junto a mi rey con valor y justicia, renunciando a blandir el hacha tradicional de los Leones Blancos que había empuñado mi padre contra las fuerzas de la oscuridad, tal como él había hecho muchos años atrás. No podíamos acabar con Malekith en una guerra abierta, pero le vencimos con astucia. Dispusimos trampas y preparamos emboscadas para sus ejércitos mientras marchaban a la guerra. El tiempo era nuestro aliado porque, con cada derrota a manos de los crueles de Nagarythe, más y más Elfos se reunían bajo el estandarte de Caledor. En la guerra, la verdadera naturaleza de Malekith no podía disfrazarse y, de esta forma, se convirtió en el Rey Brujo.

La guerra fue sangrienta y ensombreció para siempre mi vida. Pero no pasó demasiado tiempo antes de que Caledor reuniera un ejército dispuesto a vengar las muertes de tantos inocentes. La razón estaba de nuestro lado y sabíamos que no podíamos ser derrotados. En los pantanos de Maledor el rey Fénix decidió enfrentarse al ejército de Malekith. Fue allí donde tuve que enfrentarme a mi hermano en el campo de batalla. Su antaño bello rostro se había ensombrecido por la sangre de los inocentes, y sus intensos ojos azules ahora parecían las ventanas negras de un alma repleta de odio. Me conminó a que tirase el estandarte y me uniese a él, pero yo sabía que mi causa era la justa. Encendido por la furia, empuñó su arma y me atacó. Desvié el golpe hacia un lado a la vez que le rogaba que abandonase su empeño. ¡¿Ay de mí! Había sido corrompido por la codicia y el demonio había clavado sus garras en su corazón. De nuevo, volvió a asestarme un golpe y, esta vez, la hoja de sus espada se clavó profundamente en mi hombro. Esta herida todavía me duele como si la hoja siguiese hundiéndose en mi carne. Con sus daga intentó acabar con mi vida. No tuve más remedio que limpirar su alma y, con una plegaria en mis labios, supliqué a Asuryan que fuese benevolente con él mientras le asestaba un golpe con mi espada, la espada que una vez fuera de nuestro padre, directamente en el corazón.

Dragón Estelar por Sandara Altos Elfos.jpg
Se desplomó sobre mí y yo también caí insconciente debido al dolor de mi herida. Cuando recuperé el conocimiento, supe de las acciones emprendidas por Malekith y cómo había maldecido estas tierras con su magia oscura. Tuve suerte de no ver con mis propios ojos los sucesos que sacudieron Ulthuan. Malekith había ordenado a sus hechieras que liberasen terribles hechizos de magia oscura sobre nuestra tierra. Ulthuan estaba devastada y lo único que salvó a la isla de hundirse bajo las aguas fue el sacrificio de muchos de nuestros magos. A esta época se la conoció como la Era de la Secesión.

Las heridas de la traición continúan abiertas y, solo si sabemos enfocar la luz interior que existe en cada uno de nosotros, habremos tenido éxito en nuestra misión. Todavía sigo portando el estandarte de los Reyes Fénix y he librado innumerables batallas a su lado. Por cada batalla en la que he tomado parte he perdido a cientos de camaradas, pero la luz de sus almas sigue brillando en mi corazón. Guardad bien vuestras almas, ya que, mientras siga viviendo la Oscuridad, no habrá paz. El Rey Brujo se acerca una vez más y pronto vosotros descubriréis también la angustia de la guerra.

FuentesEditar

  • Libro de ejército: Altos Elfos (6ª edición).

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