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La Luz Mortecina.jpg

A finales de 2522, planeaban inquietamente rumores sobre Sylvania. Hasta el último pueblucho tenía sus propias leyendas negras sobre ganado destrozado, niños robados de sus cunas y mandas de hambrientas de muertos arrastrándose por los páramos. Los símbolos sagrados de cada templo habían desaparecido, enterrados más allá del alcance mortal, quedando como único indicio del ladrón ladrón leves restos de tierra sepulcral en los adoquines. Los aldeanos colgaban ramilletes de espantabrujas en sus puertas e inscribían las marcas de Sigmar y Morr. temiendo que lo peor estaba por llegar. Pero ni el más agorero podía imaginar el terrible destino que aguardaba a Sylvania.

La Sombra de los No MuertosEditar

En Stirland abundan la superstición y no sin motivo, pues sus tierras, ciertamente, están malditas. Aunque las Guerras de los Vampiros son un recuerdo lejano, la malevolencia de los antiguos amos del reino, los Von Carstein, aún empaña el país.

Los habitantes del este del Imperio están habituados a ver la marca del mal en sus tierras. Desde parajes inhóspitos, la Magia negra se filtra, fluye y se estanca en una corriente invisible desde Stirland a las Montañas del Fin del Mundo. Si no se invoca a Morr, dios de la muerte, y se observan los rituales correctos, estas energías dañinas hacen caminar a los muertos.

Legiones de UltratumbaEditar

La costumbre en Stirland dicta que, al fallecer un ser querido, hay que poner ajos, patas de gallo y brotes de espino blanco y sanguinaria en su garganta. Sobre los ojos se depositan monedas de cobre, como ofrenda a Morr, y se le entierra boca abajo en una tumba muy profunda. Si el fallecido es protegido de esta guida, los demonios nigromanticos que infestan el Viejo Mundo no pueden añadirlo a su siniestra cosecha.

A pesar de estas medidas, en lo más profundo de Sylvania, los muertos andantes son una presencia constante y mucho más habitual que los guardas de caminos o los soldados de la corona Imperial. Los Vampiros que habitan sus castillos derruidos han tenido milenios para perfeccionar sus artes y la eternidad enseña, sobre todo, a ser pacientes.

Lo cierto es que no es difícil alzar a los muertos en Sylvania. La tierra está saturada de Magia Negra y, por cada cuerpo consagrado como es debido, hay diez tirados de cualquier manera en fosas comunes. Con un simple hechizo se consigue revolver la superficie. Reunidos en hordas compactas de carne pútrida, marchan sobre los vivos dirigidos por la estirpe sedienta de sangre de los primeros Vampiros que acecharon el mundo.

La Larga Oscuridad Editar

En los albores del 2522, una gruesa mortaja de sombras envolvió Sylvania, unas tinieblas tan densas que el sol del mediodía apenas si lograba brillar durante unos instantes. Tal fenómeno se interrumpía abruptamente en las fronteras de la región. Un viajeros podrá andar en la claridad diurna y, con un solo paso, adentraste en una atmósfera lúgubre y opresiva. El sol no lograba iluminar Sylvania. Un difuso resplandor de no-luz apenas distinguía el día de la noche. Sin duda, la causa era la magia. Los habitantes de la provincia suponían, con la convicción de la amarga experiencia, que los artífices eran los Señores de la No Muerte. Las leyendas sobre los Condes Vampiro hablaban de una oscuridad que acompaña su deambular. No obstante, condenar a toda una provincia a la hambruna y la epidemia privándola de la luz del sol requería un poder prodigioso. Pero, aún así, cada semana la luz se desvanecía un ápice más y, con ella, la esperanza de Sylvania.

Las gentes más supersticiosas del Imperio murmuraban que tras la oscuridad que envolvía Sylvania no había otro que Mannfred von Carstein, el más astuto y mejor conocedor de la magia de toda su casta de chupasangres. Muchos de los que respaldaban esta creencia fueron tachados de agoreros paranoicos, El saber popular rezaba que Mannfred pereció siglos atrás en Hel Fenn, hundido en el cieno por el Conde Elector de Stirland y, con él, su dinastía. Pero el fantasma de los Condes Vampiro perdura y no todos los que sospechaban del retorno de Mannfred eran locos fatalistas.

Desafíos y JuramentosEditar

Altar de Guerra Empire.jpg

Dos años atrás, el Gran Teogonista Volkmar había destinado uno de sus hombres de confianza, el Cazador de Brujas Gunther Stahlberg, al Castillo Drakenhof para investigar los rumores en torno al resurgir de Mannfred von Carstein. El agente de Volkmar partió sin demora hacia Sylvania, pero no habían vuelto a saber de él desde entonces. Volkmar quiso investigar el caso, pero con la guerra en el norte arreciando más que nunca, Karl Franz era reacio a invertir recursos militares basándose tan solo en habladurías y rumores.

Las reticencias del Emperador encontraron un final drástico aquél año durante el Cónclave del Estado, el encuentro anual de las mejores mentes políticas del Imperio. Reunidos en el Palacio Imperial, los Condes Electores habían estado manteniendo discusiones baladíes sobre sus fronteras hasta bien entrada la noche , congregados en torno a un gran pergamino con un mapa cubierto de tinta roja representado las enmiendas propuestas. La paciencia de Volkmar habiá alcanzado ya sus límites, cuando una sombre fugaz cruzó el mapa iluminado por la luz de luna.

De repente, la cúpula acristalada del Gran Atrio estalló y sus afilados pedazos empalaron a muchos de los asistentes, estando a punto de decapitar a varios Electores. Un cadáver desangrado cayó con un golpe seco sobre el mapa de Sylvania. Volkmar lo reconoció: se trataba del cuerpo de Stahlberg. El Cazador de Brujas llevaba un pergamino embutido en la boca, con el sello de alas de murciélago de los von Castein. Mientras los Condes Electores intentaban dar con sus armas, Volkmar cogió el pliego y rompió el sello. Escrita con caligrafía elegante pero anticuada, había una declaración de secesión de Sylvania reivindicada por Mannfred vin Carstein. Cuando Karl Franz restauró el orden, Volkmar la leyó en voz alta. Proclamaba la toma de posesión del reino, pues lo consideraba su derecho de nacimiento siendo el único heredero de Vlad von Carstein, y transmitía su legítima reclamación al trono Imperial. Bajo su apariencia civilizada, todas y cada una de las frases de la carta desprendían arrogancia. La misiva pregonaba: "¿Cómo pretenden los grandes líderes del Imperio proteger sus fronteras cuando apenas si saben lo que sucede ante sus propias narices?"

Una sombra de sospecha cruzó la mente de Volkmar. Ordenó a sus Archilectores que fueran con un destacamento de la Reiksguard a examinar las criptas del Templo. Encontraron las cámaras saqueadas y los veteranos guardianes descuartizados por asaltantes de fuerza sobrehumana. Poderosos artefactos yacían hechos pedazos en los rincones, como si no fueran más que basura. El único objeto que no pudo ser encontrado fue la legendaria Corona de la Hechicería, una reliquia maldita que antaño adorno la frente del Gran Nigromante Nagash. Mannfred, además de hechizar Sylvania, había tenido la osadía de robar uno de los artefactos más valiosos de la criptas del Templo mientras los Electores estaban reunidos unos pisos más arriba. La cólera de Volkmar inflamaba el aire. Con una voz como la del mismo Sigmar juró dar muerte a Mannfred y recuperar la Corona de la Hechicería o morir en el intento.

Quedaba todavía un agente activo en Sylvania, un hombre llamado Alberich von Korden, que había seguido advirtiendo sobre la amenaza que aún representaba Mannfred. Von Korden fue llamado a Altdorf de inmediato, demostradas sus palabras. La caza había dado comienzo.

Cazadores CazadosEditar

Mapa sylvania.jpg

Valle de la Oscuridad

A medida que Larga Oscuridad subyaga Sylvania, los Cazadores de Brujas eran, a su vez, cazados. Manadas de bestias salvajes rastreaban sus pasos esperando la menor de las distracciones para abatirlos. Pálidas criaturas cavernarias merodeaban en las sombras, llenando la noche de sus parloteos ininteligibles, esperando a que su presa bajara la guardia.

Si bien especialmente dotados, los Cazadores de Brujas eran simples humanos. Uno a uno, sucumbieron al cansancio. Caían en un sueño inquieto en tabernas o posadas y, en ese breve instante, eran asesinados en sus camas y sus restos medio devorados quedaban para brutal conmoción de los posaderos a la mañana siguiente. El último de sus hermanos de armas fue von Korden, siempre suspicaz, cuya implacable convicción había llevado a la hoguera a culpables e inocentes por igual. Von Korden mantenía que Mannfred actuaba en la sombra, desde las profundidades del Valle de la Oscuridad y había vigilado escrupulosamente a los agentes del Vampiro mientras preparaba sus argucias. Cuando los movimientos de los No Muertos cobraron intensidad, von Korden cesó las investigaciones se preparó para la guerra abierta.

En cuanto la convocatoria de Volkmar llegó al bastión de von Korden en Konigstein, el Cazador de Brujas encomendó a sus hombres la vigilancia y partió al norte, hacia el río Stir. Allí invirtió todo el oro que le quedaba en un pasaje a bordo de una robusta barcaza comercial que iba a Altdorf. Su intención era informar directamente al Gran Teogonista de los diversos peligros que amenazaban el este del Imperio y guiar la expedición subsiguiente. Pasó cada minuto del viaje enclaustrado, con su pluma y una vela, anotando todo su conocimiento sobre Sylvania. Con su ayuda, la cruzada de Volkmar se adentraría en Sylvania y golpearía su ennegrecido corazón

FuenteEditar

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