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La Ruta del Marfil

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Mapa Ruta Marfil.jpg

Un diario de viaje de los Reinos Ogros.

Lo que sigue a continuación es una colección de extractos del diario del famoso explorador Rueben Kyte, el cual acabaría convirtiéndose en maestro del fuego de la tribu de los Puños Enfadaos.

12 de Sigmarzeit del año 2502 de nuestro señor Sigmar.Editar

¡Nunca jamás pienso volver a poner los pies en un barco! Por todos los dioses, este viaje casi ha acabado conmigo. Apenas tres días después de nuestra partida ya había llegado a la conclusión de que hubiera preferido haber andado desnudo por las Tierras Oscuras antes que volver a recorrer la costa en una goleta.

Aquella apestosa y sofocante bodega, las espantosas tempestades que nos arrastraron hasta aquí, los oportunistas hijos de mala cabra que se hacen llamar marineros, aquellas raciones plagadas de gusanos que no osaría ofrecerle ni a una rata y, para acabarlo de rematar, el constante vaivén de los mares que torturaron a mi queridísimo estómago durante toda una quincena. No podía siquiera escribir una frase sin que la pluma soltara y esparciera tinta por doquier.

A Bregh no pareció importunarle nada en todo el viaje, aunque nunca sabré cómo el joven Ergo pudo soportar tan bien toda aquella ordalía. Él dice que es gracias a que tiene un centro de gravedad muy bajo, pero yo apostaría a que la raza de los Halflings es mucho más resistente de lo que aparenta. Cuando por fin atracamos la goleta, no pude más que besar la dulce orilla de lo contento que estaba de poder pisar tierra firme, si bien todavía me siento como si mis piernas no fueran más que alfileres. Por lo menos espero que la cartografía de los reinos del Ogro me aporte un poco de dinero, ni que sea por todo el esfuerzo.

13 de Sigmarzeit.Editar

Bien, pues el viaje ha sido realmente entretenido hasta el momento. Es bueno volver a estar en tierra firme (y ya he vuelto a caminar sin hacer eses), pero empiezo a comprender por qué el Delta Hirviente llegó a llamarse así. Desconozco si es debido a la actividad volcánica existente bajo la superficie, dado todo el azufre que hace que este lugar apeste como el sobaco de un demonio, o si es producto de los siniestros Enanos que infestan las llanuras del Norte, pero el agua se encuentra casi a temperatura de ebullición.

Ergo ha sufrido graves quemaduras en sus peludos y diminutos pies al mojárselos un segundo en las acres aguas del Río de las Ruinas. O por lo menos eso es lo que él dice. ¿Será mera coincidencia que eso le obligue a pasarse los próximos días estirado en los petates en lo alto de la mochila de nuestro guía de montaña? Yo lo dudo, aunque a Bregh no parece importarle para nada el peso adicional ni tampoco los molestos insectos que siempre están dando vueltas alrededor de su cabeza. Parece existir una extraña armonía entre ellos. El Ogro, que por lo general siempre calla, ha llegado a hablarle al Halfling en más de una ocasión, un honor que aún no ha concedido a ninguno de los humanos que le acompañamos.

19 de Sigmarzeit.Editar

¡Ya tenemos Truequecerdos a la vista! Apenas puedo contener mis ansias de sentarme frente a un plato de comida caliente y dormir en una cama decente. La tripulación se ha echado a reír cuando les he dicho que tenía ganas de volver a algo ni que fuera mínimamente parecido a una ciudad civilizada; pero se trata de un puesto comercial, no puede ser tan malo, ¿no?

20 de Sigmarzeit.Editar

Truequecerdos es, sin lugar a dudas, la cloaca más repugnante a la que alguien se atrevió nunca a llamar ciudad en la que he puesto los pies en los ocho años que llevo viajando por el mundo. Todo el lugar está viciado de un humo amarillento y de regusto acre procedente del Río de las Ruinas y que se arrastra junto a los edificios que se elevan sobre postes de madera.

Cada residencia está recubierta de fragmentos de cristal y afilados clavos colocados en la madera, en los postes de los cimientos o en los postes que la soportan, supuestamente para evitar las incursiones nocturnas de los Gnoblars que infestan esta lejana y perdida ciudad. Casi todos estos postes sin excepción están plagados de carcoma, ciempiés y piojos, por lo que más de la tercera parte de los edificios de Truequecerdos se han ido derrumbando con el tiempo y ahora forman una capa de chabolas destartaladas en las que habitan esos Goblins. Me resulta incomprensible que el hombre y los pieles verdes sean capaces de coexistir de este modo; tal vez la división en dos niveles es lo que lo hace posible.

Pasé la noche en una cabaña plagada de pulgas, tan pequeña como el camarote de nuestro bonito barco Fraulein, en la que el sueño que tuve en el que me veía dándome un baño caliente y gozando de un cómodo lecho de plumas con una linda moza a cada lado se vio constantemente interrumpido por los ensordecedores aullidos a los que Bregh llama ronquidos. Aun así, fue preferible tener a ese animal bloqueando la puerta que dejar nuestros bienes desprotegidos para levantarnos por la mañana y descubrir que por la noche unos dedos de piel verde nos lo han rateado todo, desde nuestras espadas a nuestros calcetines.

21 de Sigmarzeit.Editar

A pesar de que Frederico afirma que Truequecerdos es el mejor lugar para adquirir provisiones por estos lares, tengo unas ganas terribles de volver al camino. Esta ciudad apesta y eso se debe al pescado muerto y a los cadáveres de pieles verdes que se van pudriendo en el tejado de cada casa. Los ciudadanos (si se me permite emplear tal término para definir a los desgraciados que deben abrirse paso a través de un mar de desperdicios) se toman muchas molestias para que no les desaparezcan sus ilícitamente ganados bienes por la noche y por eso unas lechuzas águila de aspecto desaliñado, pero bien adiestradas, sobrevuelan las cabañas con el deber de atacar a todo Goblin amigo de lo ajeno que intente entrar por la noche. La lechuza de mi anfitrión, Bok-bok, es tan grande como un mastín y puede ver perfectamente en la oscuridad, de modo que es bastante capaz de distinguir a un ladrón aún sin la enorme presencia de nuestro sirviente ogro. Los que son atrapados se atan sobre el tejado de las cabañas para servir de manjar a nuestro policía alado. Lógicamente, los gritos de estos desgraciados sirven de advertencia para los que puedan llegar a sentirse tentados de entrar en las sucias barracas sobre soportes.

Hacia el mediodía, todo el lugar se convierte en un gallinero que no es sino un mercado lleno de alaridos, balidos, aullidos y gruñidos que se extiende casi dos kilómetros en todas direcciones. Debo confesar que preferí quedarme en mi cabaña a arriesgarme a bajar a las bulliciosas calles repletas de jabalíes de pelo erizado correteando libremente bajo las cabañas y los feroces y cetrinos propietarios de las paradas del mercado. Ahora me arrepiento de haberme perdido el acontecimiento denominado "justa de cerdos", en el que nuestros mercenarios se lo pasaron tan bien apostando.

22 de Sigmarzeit.Editar

Gnoblar jefecillo.jpg
Esta noche ha sido de todo menos tranquila. Un Gnoblar se las ha arreglado para traspasar las defensas de la cabaña de mi anfitrión mientras su socio criminal distraía a Bregh y a la lechuza águila. Debió extenderse la noticia de que estábamos gastando monedas de oro porque al despertarme me encontré unos delgados dedillos toqueteando mi bolsa de dinero. Aparentando dormir, Ergo estiró poco a poco el brazo hacia la sartén que aún tenía restos de huevos pegados y arremetió contra la deforme cabeza del ladronzuelo propinándole tal golpetazo que no solo logró despertar a toda la casa, sino también a los de la de enfrente.

El piel verde se desplomó en seco contra el suelo de madera con los ojos y la boca repleta de colmillos parecidos a agujas abiertos de par en par. A pesar de que nuestro menudo visitante agoniza ya sobre el tejado, después de haber tenido aquellos dientes afilados tan cerca del cuello ya no he podido pegar ojo. Todo lo que espero es que no nos encontremos a los especímenes más grandes de estos pieles verdes en nuestros viajes hacia el Norte.

El sol se pone ya tras los destartalados tejados, pero contamos con provisiones, yo he logrado un poco de tranquilidad y hemos adquirido un grupo de buenos caballos de carga para la siguiente etapa de nuestra travesía: las estribaciones de las montañas.

23 de Sigmarzeit.Editar

Durante aproximadamente la siguiente semana viajaremos a través de las colinas o Territorio Gnoblar, tal y como lo llaman los habitantes de Truequecerdos. Parece bastante apacible, un lugar verde y fértil comparado con el lodo fangoso de la ciudad. Me imagino que este lugar estaría antaño repleto de pequeños canallas, pero ahora la mayor parte de las madrigueras de los Goblins de las colinas están totalmente abandonadas. De vez en cuando vemos a algún flechón volando por encima nuestro, animales salvajes de malignos picos que no solo se alimentan de los Gnoblars, sino también de todos los niños de Truequecerdos que se alejan demasiado al Norte. Este hecho, junto con las incursiones de esclavos que según se dice tienen lugar en esta zona y la afición de la gente de la ciudad por el deporte de jabalina llamado clavapillos, pueden ser la causa de que los Gnoblars hayan emigrado hacia nuevas tierras.

31 de Sigmarzeit.Editar

Rinobuey por Dan Scott.jpg

Como viene siendo habitual, hemos acampado al descubierto, sufriendo el frío y la humedad por no tener ninguna hoguera con la que calentarnos. Sin embargo, tanto Frederico como Bregh afirman que por estas colinas rondan cosas muchísimo peores que los Gnoblars y que es mejor no atraer su atención. Debo admitir que tan siniestras recomendaciones no son muy de mi agrado, dado que soy un explorador de cierta reputación y las historias de miedo sobre hombres del saco no me amedrentan fácilmente. En cualquier caso, no ha pasado nada destacable en todas estas noches.

Durante el día de hoy nos hemos cruzado con una caravana gnoblar de desperdicios que iba en dirección a Truequecerdos tirada por el animal de carga más grande que he visto en mi vida. Este, según Ergo y su nuevo amigo ogro, se trataba de un rinobuey, un enorme saco peludo de músculos y mal talante con patas gruesas como troncos de árbol, una cabeza alargada y rugosa con dos imponentes cuernos huesudos y unos ojillos brillantes que me pareció que me miraban al pasar pesadamente junto a nosotros. La bestia tiraba de un carro repleto de chatarra que llevaba atado a sus ancas mediante bastas correas de cuero.

Aquellos cachivaches iban desde ollas y sartenes abolladas hasta palos de madera pasando por brillantes jaeces y cadenas tintineantes, todo ello celosamente protegido por Gnoblars de aspecto feroz, con dedos repletos de anillos y horribles cicatrices. Y aquella solo era la primera de una multitud de tales carretas, todas ellas atadas a la que iba en cabeza formando una caravana de cierta longitud que fue pasando junto a nuestro pequeño séquito con gran estruendo y entrechocar de metales en dirección a los mercados. Supongo que para un mísero piel verde una cuchara reluciente ya es algo asombroso y de gran valor. ¡Si llegaran a saber lo que yacía bien oculto en las profundidades de mi petate!

Del 1 al 12 de Sommerzeit.Editar

Durante estos días no ha pasado nada excepcional atravesando las solitarias estribaciones del Territorio Gnoblar. En las madrigueras ya no hay más que liebres y puercoerizos. Ergo y yo practicamos con nuestros arcos cortos desde nuestras respectivas monturas y ya vamos ocho liebres a tres a favor del Halfling. Es sorprendente cómo su condición de "gravemente herido" parece no haberle afectado la puntería en lo más mínimo. Menudo pedazo de golfo está hecho.

13 de Sommerzeit.Editar

Ya se ven los Centinelas, lo que significa que hemos ido a buen ritmo. Esa, por desgracia, es la única buena noticia en lo que se refiere a nuestra etapa actual del viaje.

Esta mañana hemos dejado pronto las colinas y valles para adentrarnos en el paisaje llano y desolado conocido como Desiertos de los Aullidos. Y no se llaman así por nada. En estas áridas llanuras sopla permanentemente un débil viento del infierno que azota el desierto paisaje y que tira de la ropa y del pelo de uno como si fueran los dedos fantasmales de niños traviesos. Este viento transporta voces, voces horribles que siempre que el viento arrecia aumentan de volumen hasta convertirse en un clamor de llantos que recuerda los quejidos de los condenados. Hasta nuestros caballos están nerviosos, como si hubiera algo antinatural en este lugar, algo palpable hasta para los más espesos de nuestro grupo.

Por otra parte, la visión de la deforme e infame Fortaleza Negra al Este no es que nos aporte muchos ánimos. Frederico fue muy amable al deleitarnos con historias de los Enanos esclavizadores y carnívoros que portan máscaras de hierro y que aplican sus utensilios de herrería a los prisioneros para torturarlos de forma brutal y duradera. En caso de que alguna de estas historias albergue un ápice de verdad, no me cuesta entender por qué los Gnoblars del lugar cogieron sus cosas y se marcharon a las montañas. Y la verdad es que yo pienso hacer lo mismo a la mínima oportunidad después de llegar a la ciudad situada a los pies de las formaciones rocosas, donde reclutaremos a nuestros guardias. Los yermos recubiertos de ceniza y el peligro de acabar como esclavos de Enanos demoníacos no parecen alabar el hecho de que nos hayamos quedado casi sin reservas de ron.

14 de Sommerzeit.Editar

Hace apenas unas horas que hemos llegado a los Centinelas y debo poner por escrito mis impresiones iniciales sobre este lugar antes de que se desvanezcan de mi memoria. ¡Qué ciudad tan interesante! Nunca había visto nada parecido y dudo que vuelva a hacerlo.

Dos altísimos menhires se alzan hacia el cielo supuestamente erigidos por alguna raza desconocida de gigantes antes de la aparición del hombre. A su alrededor se apiñan mesetas y agujas naturales de roca y más menhires agrupados en torno a la base de los Centinelas formando una red de grietas, túneles y abismos en los que ahora me encuentro descansando. Todo el lugar se ha vaciado y es habitado por un sinfín de aventureros, comerciantes independientes y bandoleros que van de aquí para allá en pos de sus propios asuntos por los pasadizos oscuros, lo que me recuerda mucho a un nido de termitas que vi una vez en el Sur.

Los bienes se transportan hasta los túneles superiores mediante grandes poleas colocadas a los lados de las piedras e hilos de carne roja y pescado seco cuelgan entre las piedras por donde sea que haya un refugio como si fueran las sábanas de una lavandera de Altdorf (y juro haber visto más de un cadáver entre la carne), mientras que una masa de Gnoblars desaliñados corretea por los niveles inferiores yendo de los arrabales a sus madrigueras. Prácticamente cada rincón está ocupado no por aves, como cabría esperar, sino por los diminutos ladrones que nos hemos encontrado en nuestro viaje con una frecuencia alarmante. Caballos, mulas y rinobueyes llenan los potreros a las afueras de las rocas, atados a unos enormes anillos clavados en la roca y que se compran y venden tan a menudo que parecen cambiar de manos cada hora. Al llegar la noche, grandes hileras de lamparillas de grasa iluminan las calles y las cavernas principales confiriendo al lugar un fulgor casi mágico. Todo el lugar bulle de intercambio s comerciales formando un oasis de luz y color en medio de la aplastante oscuridad de las llanuras.

Por los pasadizos principales es por donde pasan los propios Ogros, muchos más Ogros de los que nunca hubiera llegado a ver en el Imperio en toda mi vida. Aquí casi parece que sean otra especie en vez de los torpes y agresivos zoquetes a los que estoy acostumbrado, ya que estos Ogros parecen casi dueños de sí mismos, amos absolutos de su propio entorno, y pobre del que se interponga en su camino. Al despedirme de Bregh, tuve que aplastarme contra una pared de piedra arenisca para dejar pasar a un especimen especialmente obeso que iba revestido con un brocado que antaño habría sido muy refinado, pero que ahora estaba repleta de manchas de sangre y polvo, y aquella montaña de músculos repleto de cicatrices y de grandes colmillos andaba con un porte amenazador que delataba décadas de combates y de comilonas.

Estos son los Ogros que hemos venido a contratar; a los que tengan la experiencia suficiente como mercenarios para poder cooperar con ciudadanos del Imperio como nosotros a cambio de oro legal sin sucumbir a la necesidad de devorarnos mientras dormimos.

15 de Sommerzeit.Editar

Aparte de las provisiones más mundanas para el viaje que nos aguarda, parece que he tenido bastante suerte al reclutar a una banda de mercenarios ogros (cuyo representante gnoblar tenía la preocupante manía de referirse a ellos como "comehombres") para que nos guíe hacia el interior de los Reinos Ogros. La tribu de los Muerdeojos, liderada por el infame Malron Muerdeojos, lleva protegiendo las caravanas del Imperio durante más de sesenta años. Hacernos con sus servicios fue cuestión de escuchar al Gnoblar adecuado y darle un penique para que me llevara ante su amo, que es una horrenda masa de músculos con quemaduras en el lado derecho de su rostro y que responde (aunque solo a veces) al nombre de Thrug el Sordo.

A pesar de tener que gritarle a todo pulmón para poder hacerme oír, estuvo dispuesto a confiar en mí, al parecer debido a mi problema de sobrepeso. Debo admitir que hasta el momento el ancho de mi cintura nunca me había ayudado en una negociación, pero tras reírse durante largo rato y de forma estridente sobre el Esmirriao Regordete y su corpulento compañero (cosa que, evidentemente, es de lo más gracioso para los Ogros), Thrug y sus camaradas nos hicieron una oferta decente por sus servicios. Los contraté en el acto y tuve que morder en el mismo pedazo de carne cruda y roñosa que Thrug para cerrar el trato. Fue bastante asqueroso.

Todavía tengo mi mitad, que en estos mismos instantes sigue empapando el suelo de mi cavernosa cámara con sangre viscosa y semicoagulada. A pesar de que preferiría morirme antes que tener que comérmela, no me atrevo a tirarla a la calle por miedo a que algún Gnoblar demasiado atento se chive a Thrug y este decida utilizar mi carne para cerrar su próximo trato.

18 de Sommerzeit.Editar

Que me aspen si esos Ogros no saben andar a buen ritmo. A pesar de contar con una buena montura con la que seguirles el paso, estoy tan agotado y escocido por la silla que apenas puedo sostener la pluma. Sin embargo, debo dejar constancia de cómo hemos cruzado el Río de las Ruinas. Ha sido a unos tres kilómetros al Sur de la Ruta del Marfil, por donde la corriente del contaminado río hirviente no es tan fuerte.

En sus profundidades he podido ver trozos rotos de metal oxidado y algún que otro cadáver flotando y el aire tenía un regusto ácido. La espuma de tono amarillo que se acumula a las orillas del río había llegado a aniquilar hasta el resistente liquen negro tan común en esta zona.

Ninguno de nosotros quería ser el primero en penetrar en dichas aguas, así que, cuando se han cansado de nuestras quejas, los Ogros nos han llevado a cuestas. Y a los caballos también. Y a los sacos de cereales y hasta a las carretas de la caravana.

La fuerza de estos salvajes es increíble.

20 de Sommerzeit.Editar

¡Ya podemos ver la primera montaña! Según Thrug es una de las más pequeñas, aunque a mí me parece del tamaño de las del Fin del Mundo. La Montaña de los Osos, la llaman, aunque uno de los guardias ogros llevaba un colmillos de sable encadenado que nos dijo que ahuyentaría a cualquier oso.

Empezamos a subir por la ladera a muy buen ritmo y vi que hubiésemos tenido muchas más cosas de las que preocuparnos aparte de los cantos rodados que se desprenden de vez en cuando de una repisa superior o de los ojos brillantes que nos observan desde las grietas en la roca si no llegamos a ir rodeados de mercenarios ogros de aspecto feroz.

No obstante, las cosas no tardaron en ponerse complicadas en cuanto llegamos a una bifurcación del camino. Thrug y su lugarteniente Yuri estuvieron discutiendo acaloradamente sobre si seguir por la izquierda o por la derecha, si bien aquello me ofreció una oportunidad de oro para añadir más detalles al mapa que había empezado a dibujar. Ninguno de los dos Ogros parecía querer ceder y la pequeña discusión no tardó en incluir al resto de los mercenarios ogros, que trataron de imponer su opinión a base de gritos en vez de con razones.

Al ver el derrotero que estaba tomando todo aquello y temiendo acabar siendo protegidos por un grupo de inválidos cascarrabias en vez de por una compacta unidad de mercenarios, intenté intervenir.

Y lo hice saltando arriba y abajo, agitando los brazos como un loco para tratar de atraer su atención por encima del griterío, y cuando vi que aquello no servía de nada me encaramé a la primera carreta de la caravana e hice sonar el cuerno de aviso emitiendo un sonido lo bastante potente como para que me pudiesen oír todos, incluido Thrug el Sordo.

Todos se volvieron al unísono hacia mí mirándome con rostros extremadamente violentos y agresivos; debo confesar que en aquel momento sentí que mis entrañas se transformaban en agua al darme cuenta de lo que acababa de hacer. Ver a seis Ogros furiosos mirándome llenos de rabia es algo que no olvidaré en toda mi vida.

A pesar de todo, conseguí lo que pretendía, pues dejaron de discutir, aunque ninguno de ellos prestó su atención a nada de lo que dije después de hacer sonar el cuerno. En lugar de ello, como aceptando un acuerdo no declarado, bajaron por la ladera de la montaña para solucionar la disputa al estilo ogro. Envié a Ergo a espiarlos para poder recoger su ritual de primera mano, aunque cualquier persona con un buen par de orejas podía oír los rugidos y los aullidos desde donde me encontraba.

Ya hace más de una hora que se han marchado y debo admitir que me estoy empezando a preocupar. Frederico dice que ve formas en la oscuridad, unas siluetas pequeñas y escurridizas que cada vez están más cerca. Me temo que tal vez ha llegado el momento de guardar la pluma y sacar el puñal

21 de Sommerzeit del año 2502 de nuestro señor Sigmar.Editar

Por las santas posaderas de Sigmar, eso sí que estuvo cerca. Esos Goblins de las colinas pueden ser agresivos como ratas arrinconadas cuando van en grandes grupos, sobre todo si hay cosas brillantes y no hay Ogros a la vista. Como ahora, por ejemplo. La verdad es que no me parece nada bien que los guardias a sueldo desaparezcan para apalizarse en rituales primitivos cada vez que discuten. Hemos perdido buenos guerreros por su culpa. El problema es comunicar esta queja a un armario imponente perfectamente capaz de encontrar otro empleo en la región sin que a uno le aplasten la cabeza. Bueno, pensándolo mejor, creo que no diré nada al respeto.

Todo a nuestro alrededor yacía plagado de muertos y Gnoblars destrozados, debido a que, al anochecer, los Ogros que habíamos contratado para proteger nuestra caravana se habían marchado por la ladera de la montaña a resolver una disputa de lo más trivial. Casi inmediatamente después, una buena treintena de Gnoblars salió de las grietas y de los recovecos de las montañas con la intención de saquear nuestra caravana comercial y hacerse con algunos objetos valiosos con los que avivar su economía de trueque. Se diría que el carácter casual de estos acontecimientos es cuanto menos sospechoso, pero hasta los mercenarios ogros medianamente inteligentes tendrían problemas para urdir un plan con un puñado de Goblins de cualquier clase.

Así que caímos en una emboscada. Por suerte, la caravana no carece de guardias humanos fiables y Frederich y sus hombres presentaron una defensa intachable. La mayoría de los Gnoblars atacaron en una gran oleada arañando, mordiendo y acometiendo con armamento improvisado para luego retirarse de inmediato al sufrir unas pocas bajas. Al parecer, aquello no fue más que una mera distracción para que sus camaradas pudieran acercarse por el otro lado de la caravana y llevarse todo el botín que pudieron mientras sus amigos se batían a capa y puñal. Sabía que, si alguno de ellos llegaba a entrar en el carromato del intendente, no iba a salir indemne de él, ya que allí era donde se encontraba Ergo y tratar de robarle comida a un Halfling siempre es una idea realmente mala. En lo que a mí se refiere, hubiera soltado al colmillos de sable de los Ogros si hubiese tenido la seguridad de que no iba a lanzarse contra mí también, así que me quedé encima de la caravana y efectué algún que otro disparo con mi trabuco de chispa.

A la larga, ningún Gnoblar está a la altura de un espadachín imperial, de modo que conseguimos rechazarlos. Por otro lado, varios de los nuestros tienen ahora la cabeza dolida después de haber sido heridos o hasta dejados inconscientes por la casi constante lluvia de proyectiles afilados que nos cayó encima durante el ataque. Y no paramos de encontrar dichos proyectiles por todas partes; hace menos de cinco minutos hemos encontrado el cráneo de un gato con una roca dentro, una herradura afilada y un pisapapeles con forma de flor de lis que, por las inscripciones que tenía, perteneció hace tiempo a un embajador bretoniano.

Y hablando de proyectiles improvisados, el elemento más sorprendente del ataque fue la aparición de uno de esos animales de tiro gigantescos, un rinobuey, tirando de una extravagante invención hecha de madera que parecía que fuera a derrumbarse en cualquier momento. Tras emitir un potente sonido de cuerdas al destensarse, parte de la máquina se nos vino encima y mandó un torrente de proyectiles volando por los aires contra nosotros. Al chocar contra el suelo me di cuenta de que los proyectiles eran armas, ¡espadas, lanzas y hachas! Cayeron cerca de nosotros, pero comprendí que, si aquella extraña invención llegaba a acertarnos, íbamos a ser víctimas de un diluvio de armas afiladas. Aquella perspectiva no me gustó nada, así que ordené que se sacara el cañón de su caja protectora lo más rápido posible. La mayoría de los guardias estaban ocupados repeliendo a nuestros atacantes de dedos largos, pero, aun así, se logró preparar el cañón. Y bien que hicimos.

Nos cayó encima otra descarga de espadas oxidadas y esta vez sí dio en el blanco. Vi el filo de una espada atravesar el tejado de tela del carromato en el que estaba sentado y clavarse en un queso y otro atravesó de lleno a Josiah justo cuando arremetía contra la garganta de un Gnoblar. Vi a media lanza clavarse en el casco de Carssen y atravesarle el cráneo. Vi la parte trasera de una hachuela derribar a Tobías, ¡aunque si le hubiera dado por el otro lado le hubiera partido la cabeza como una manzana cocida! El resto de las armas rebotaron contra las rocas del paso produciendo un ruido parecido al que haría un terremoto en una herrería. No obstante, el cañón ya estaba cargado.

Gracias a Sigmar por la puntería de Olfric; si su sobrenatural estimación de la distancia no hubiese sido tan certera, tendríamos que haber aguantado otro diluvio de acero oxidado. Sin embargo, la bala del cañón retumbó por los aires atemorizando a casi todos los Gnoblars que estaban en mi lado de la caravana y se estrelló contra aquel cachivache tirado por rinobueyes haciendo saltar por los aires miles de astillas de madera en todas las direcciones. Tras la destrucción de su estimada máquina de guerra, los Gnoblars salieron corriendo. Estoy seguro de que cuando vuelvan los Ogros no le darán ni la más mínima importancia a lo ocurrido. Al fin y al cabo, ¿qué peligro puede entrañar una pandilla de ladronzuelos Goblins de las colinas? Creo que Carssen y Josiah conocen perfectamente la respuesta.

22 de Sommerzeit.Editar

Esta maldita montaña es demasiado inclinada.

El maldito aire es demasiado frío.

La maldita comida es demasiado escasa.

La maldita fauna salvaje es demasiado peligrosa.

Y nuestros malditos Ogros son demasiado cortos como para que les llegue a importar todo esto lo más mínimo.

Me voy a la cama antes de que se me congelen los dedos y se me rompan.

23 de Sommerzeit.Editar

Dioses, menudo viaje. Todos los bienes de la caravana no han parado de caerse hacia atrás formando una pila desordenada de objetos de lo inclinados que son estos pasos. Mi único consuelo en esta fría mañana es que hemos encontrado el cadáver destrozado de un polizón gnoblar que al parecer llevábamos encima desde el pequeño ataque de hace dos días. Había sido aplastado por el peso de un cofre repleto de oro (y de monedas de plomo doradas, pues los exploradores también tenemos nuestros trucos) que estaba tratando de abrir con una palanca. La avaricia le rompió el cráneo.

Siento como si el mismo aire estuviera en mi contra. Cada vez que inspiro aire es como tragar un cubo de agua helada y, aun así, parece que llena mucho menos los pulmones que el buen aire del Imperio. Hasta Ergo opina igual, cosa que vale la pena tener en cuenta. Está claro que echa de menos la Asamblea, pobre chico.

Lo único bueno es el paisaje. Es totalmente espectacular. Podemos ver perfectamente los valles donde una fría cinta de azul serpentea entre los reinos de la Tribu de los Puños Enfadaos (que es por donde estamos viajando ahora mismo) y la Tribu de los Pielférrea, que por lo que se ve tienen una temible reputación. Según se dice, su déspota (el líder de una tribu ogra, nombre que me parece muy apropiado) siempre va a la guerra a lomos de una inmensa bestia mecánica. Me resulta complicado llegar a concebir que un Ogro pueda contar con los conocimientos necesarios para construir tal maravilla.

28 de Sommerzeit.Editar

El día de hoy nos ha regalado un encuentro fuera de lo común. Durante los últimos dos días hemos estado avanzando penosamente a través de enormes bancos de nieve y hemos tenido que detener la caravana un agobiante número de veces con tal de desatascar una rueda o apartar una roca. Por suerte, nuestros Ogros mercenarios son expertos en tratar con estos obstáculos.

Sin embargo, el último de estos obstáculos estaba junto a lo que al parecer era la entrada de una fisura en la roca. La cueva estaba repleta de enormes carámbanos y tenía muchos huesos desperdigados en el exterior y, dado que solo hacía unas horas que había estado nevando, me entraron muchas ganas de abandonar el lugar cuanto antes. No obstante, el obstáculo en cuestión casi parecía haber sido colocado allí a propósito, ya que era un enorme muro de rocas y nieve que a Thrug y sus chicos les estaba llevando bastante tiempo apartar. Uno de ellos emitió un rugido al tirar una roca especialmente grande montaña abajo y entonces su rugido fue contestado desde el interior de la caverna. Y ese segundo rugido era mucho más potente.

Casi se me para el corazón cuando algo que se parecía a un oso, más o menos como un lobo se parece a un perrito, salió de la enorme grieta y fue corriendo hacia nosotros azotando la nieve con cada una de sus descomunales patas garrudas. Tenía las fauces abiertas de par en par y de la boca del oso pendían unos gruesos regueros de saliva. Estábamos atrapados porque teníamos una bajada casi vertical detrás nuestro y la caravana impedía todo intento de retirada de la zona de la cueva.

Sin embargo, me llevó un rato darme cuenta de que no éramos nosotros los que estábamos atrapados. Thrug soltó al colmillos de sable y esa cosa salió disparada hacia el oso cavernario como un rayo. El oso se alzó sobre dos de sus patas y le asestó un golpe que hubiera partido al colmillos por la mitad si llega a acertarle, pero no lo hizo. El colmillos de sable arremetió dirigiendo sus colmillos contra el abdomen del oso y fue recompensado con un chorro de sangre. El oso pegó un salto hacia atrás con sorprendente agilidad para tratarse de algo tan gigantesco. El colmillos de sable se encaramó al lomo de aquella cosa dejándole unas heridas de garra enormes por el costado y cerró sus fauces en torno al cuello del monstruo como si estuviera tratando de derribar algo del tamaño de un caballo, pero no funcionó. El oso sacudió la cabeza violentamente, arrojó al colmillos de sable contra la nieve y volvió a alzarse sobre dos patas con las fauces abiertas de par en par.

Se oyó un seco destensar de cuerda y una lanza dentada se clavó en la cabeza del oso cavernario saliéndole grotescamente por la mandíbula superior. El arpón iba atado a una gruesa cuerda y su propietario, una silueta negra situada en la loma por encima de la cueva, tiró de ella con fuerza. Aquello, combinado con la inercia del oso al alzarse, fue suficiente para tirar a la bestia de espaldas contra el suelo. Esta se convulsionó durante un segundo y entonces una lanza con punta de pedernal tan ancha como un roble joven se clavó en su blando abdomen. Pasó un segundo y entonces otra se le clavó en el pecho. El oso logró ponerse en pie lenta y pesadamente y, por un instante, llegué a pensar que sobreviviría contra toda expectativa para volverse a lanzar al ataque. Pero respiró agitadamente, emitió un fuerte tosido con el que roció la nieve de sangre y cayó muerto al suelo.

Aquella silueta que había acabado con el oso pertenecía a un guerrero monstruoso revestido con pieles, el cual se deslizó por la ladera de la montaña y se dejó caer los últimos seis metros hasta aterrizar en la nieve con un golpe seco. Los carámbanos que tenía más cerca se partieron y se desprendieron por el impacto. Thrug emitió un rugido de desafío y se lanzó a por el recién llegado, que estaba recubierto de cicatrices. Saqué la petaca esperando ser testigo de primera mano de otra lucha de titanes; pero, al acercarse ambos, Thrug se abrió de brazos y los dos se dieron un fuerte cabezazo como cumpliendo con algún tipo de ritual de salutación. ¡Eran amigos! El colmillos de sable fue corriendo hasta el cazador y empezó a lamerle la mano. Al parecer, aquel animal pertenecía al cazador, el cual llevaba una semana intentando dar caza al gran oso y nos había utilizado como cebo. La verdad es que aquel comentario le quitó toda la gracia al incidente, os lo aseguro.

29 de Sommerzeit.Editar

Nuestro nuevo acompañante, que se llama Jhared (aunque no es su nombre original, sino que se lo puso por un cazador de tiempos antiguos), nos dijo que nos estábamos internando demasiado en el territorio de la Tribu de los Puños Enfadaos. Era un tipo muy taciturno y me ignoró por completo aun cuando le dirigí mis preguntas todo lo directamente que pude. ¡Qué grosero! Bueno, supongo que no se pueden esperar grandes conversaciones al viajar con Ogros.

En fin, ahora ya no hay vuelta atrás.

30 de Sommerzeit.Editar

Reinos Ogros emboscada Caravana Karl Kopinski.jpg
Hoy me he visto obligado a enterrar a muchos hombres valientes. Hemos sido víctimas de una emboscada, pero esta vez de Ogros. Creedme cuando os digo que es totalmente distinto de sufrir una emboscada de Gnoblars. Vimos a una docena de Ogros bajando poco a poco por la loma que teníamos delante y nos animamos porque Thrug había enviado a una pandilla de Gnoblars del cazador por delante para avisar a la tribu de que íbamos a pasar por sus tierras. Al principio supusimos que aquellos Ogros eran el grupo de bienvenida o que como mínimo habían venido para comerciar con nosotros. Pero no podíamos estar más equivocados.

Al acercarse más a nosotros, Thrug pronunció un saludo que a mí me sonó como un potente ladrido. Estaba encendiendo algún tipo de puro apestoso, aparentemente para celebrar el encuentro, pero no le respondieron. Cuando los Ogros se nos acercaron con paso tranquilo y seguro, empezamos a sentir más el frío. Seguían sin contestar. Se limitaban a seguir avanzando hacia nosotros. Eran realmente enormes, sobre todo el gordo inmenso que iba en medio, que era una masa de grasa y músculos y que llevaba la cabeza cubierta por una cota de malla. Al acercarse un poco más pude distinguir las dos ranuras para los ojos que tenía en la capucha de malla. Y había algo en su forma de andar que me daba mala espina, muy mala espina.

Abandonando toda cautela, di la voz de alarma y organicé a los pocos soldados que nos quedaban para defender la caravana. Logramos sacar el cañón de la caja, pero para entonces, los Ogros ya se estaban acercando a todo correr. Cerraron filas y casi se pisaban entre sí al ir aumentando de velocidad formando un muro de músculo y acero que iba a chocar contra nosotros con la fuerza de un tanque de vapor. Disparé mi trabuco contra uno de aquellos monstruos y le di de lleno, pero creo que solo conseguí hacerlo enfurecer.

Aguantando la respiración, esperé hasta el último segundo, me abalancé sobre las cabezas de los Ogros saltando desde el tejado y, aún no sé cómo, logré llegar al otro lado. Tal vez el miedo me diera fuerzas. La verdad es que no me avergüenzo al decir que estaba petrificado. Un ruido parecido a la batería de un cañón al disparar anunció la muerte de la caravana y, al llegar al suelo, nuestros propios mercenarios Ogros contraatacaron y todo se sumió en el caos.

Traté de ponerme a salvo rezando para no acabar aplastado o, peor aún, descubierto. Vi a uno de esos monstruos lleno de cicatrices y con el pecho descubierto arremeter contra el carromato del intendente con una cimitarra a dos manos larga como un bote de remos y romperlo lanzando tablones de madera por todos lados. Vi a un Ogro golpeando a los pobres Getsev y Ilfric con un caballo muerto de miedo que no dejaba de relinchar. Otro de ellos pasó justo por delante de mí persiguiendo a Ergo y entonces Thrug le clavó el puño de hierro en la garganta. El golpe fue tan potente que lo levantó del suelo y todo.

Recuerdo a Ulisse, el duelista tileano que llevaba años luchando junto a Frederico, trepando ágilmente sobre los restos de una caravana para clavarle el estoque a uno de los Ogros enemigos por la oreja sin hacerle nada. Dejando la espada donde estaba, el tileano le pegó un puntapié a la empuñadura con todas sus fuerzas y solo cuando la espada le salió al Ogro por la otra oreja, este fue cayendo poco a poco hasta desplomarse contra el suelo.

La batalla continuó con furia y la nieve no tardó en teñirse de rojo. Para mi vergüenza, debo confesar que traté de pasar desapercibido y que hasta intenté enterrarme en la nieve porque la carnicería era increíble. Y no solo eso, sino que, además, nuestros Ogros estaban en abrumadora desventaja. Uno de ellos estaba arremetiendo a diestra y siniestra con una enorme espada demasiado bien hecha como para ser de manufactura ogra, aunque sí era de tamaño ogro. Estaba manteniendo a raya a tres de los asaltantes, pero el líder de la capucha de malla era como una fuerza imparable.

Al verse desarmado por un golpe certero, le vi arrancar de cuajo con una sola mano el eje reforzado de metal de una caravana tumbada, empezar a repartir golpes con él y derribar a dos de los mercenarios para luego propinarle a un tercero una patada en las rodillas con tanta fuerza que estuvo a punto de arrancarle la pierna con su bota remachada en hierro. Grité al ver que Grutsk, el segundo de Thrug, parecía estar saqueando la caravana en vez de defender lo que quedaba de nuestra expedición. Pero entonces, de súbito, Grutsk sacó algo del carromato que parecía un enorme tubo de metal y se lo lanzó a Thrug. Este lo cogió sin problemas y durante un momento no entendí nada porque Thrug le dio la vuelta y apuntó hacia el enorme líder que iba abriéndose paso en su dirección.

Entonces me di cuenta de que lo que Thrug tenía en la boca no era un puro, sino una vela. Inclinó su cabeza repleta de quemaduras hasta que la vela tocó el orificio superior de su ennegrecido cañón y lo disparó produciendo una tremenda explosión. La cabeza del líder enemigo explotó a su vez creando una fuente de sangre y mandando por los aires fragmentos óseos gruesos y cortantes en todas las direcciones. Su cuerpo sin cabeza se agitó levemente y se quedó de pie durante un instante hasta que sus rodillas cedieron y con ellas la determinación de los Ogros asaltantes. Se retiraron en desbandada corriendo por la nieve con los gritos de júbilo de nuestros grandes comehombres retumbándoles en los oídos.

Fue una especie de victoria. Pero sin caravana, sin provisiones y sin ninguna forma de controlar a aquellos bestias, ahora debo preguntarme: ¿Cuánto tiempo podremos sobrevivir aquí?

Fuente.Editar

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