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La Victoria de Azhag

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Grandes Espaderos Imperio contra Orco Negro por Adrian Smith.jpg

La gran horda verde avanzaba por debajo de Azhag. Cuando la sombra de su Serpiente Alada cayó sobre sus tropas, éstas levantaron la mirada, escudriñando el cielo con una mezcla de asombro, miedo y brutal estupidez en sus ojos rojos. A la izquierda de la columna podía ver a los mortíferos guerreros Orcos de la Peña de los Ejecutores de Ghor, cada uno de ellos un gigantón cuyos colmillos amarillentos brillaban profundamente bajo la luz del sol. A la derecha estaban los Trolls de Ghorg, enormes monstruos de piel azulada que devoraban kilómetros con sus largas y desgarbadas zancadas. Tras ellos, extendiéndose kilómetro tras kilómetro, marchaban tribu Goblin tras tribu Goblin y Peña Orca tras Peña Orca. Las enormes siluetas de los lanzadores de rocas Orcos sobresalían de la masa, cada uno de ellos arrastrado por un sudoroso grupo de esclavos Goblins.

Los caudillos montados sobre arañas conducían a los clanes de Goblins Silvanos de corta estatura a través de la abierta llanura. Los Goblins Nocturnos, vestidos de negro, arrastraban los pies y se tambaleaban bajo la luz del sol. Aquí y allá, en medio de las líneas, Azhag podía ver a sudorosos Goblins cargando con la gran bola sujeta a una cadena de sus hermanos Fanáticos. Delante de ellos cabalgaban los Jinetes de Jabalíes, controlando sus rudas monturas con golpes y gruñidos. Lejos, en la distancia, Azhag podía ver la larga línea gris de exploradores Jinetes de Lobo que encabezaban el avance de la horda sobre las tierras de los Hombres. Azhag tiró de las riendas de la Serpiente Alada y la gran bestia descendió sobre la masa de tropas, haciendo que unos aterrorizados Goblins huyeran buscando donde ocultarse. Entre ellos, unos cuantos Goblins Voladores daban saltos y batían sus alas artificiales en un vano intento por echar a volar y unírsele. Con sus grandes estandartes ondeando al frio viento, la horda parecía un rio de color verde sin fin que fluía a través de las llanuras del Imperio Oriental. Por donde marchaba, la larga hierba quedaba aplastada para siempre, y una lodosa estela de devastación se extendía tras de sí.

Imagen caja Guerreros Orcos por Adrian Smith.jpg
Desde las alturas, Azhag podía ver los diferentes estandartes y recordaba cuando se unió cada una de sus Peñas al ¡Waaagh! ¡No siempre había tenido un ejército tan poderoso bajo sus órdenes! Una vez fue un simple Jefe Orco que condujo a su pueblo contra sus muchos enemigos en el Territorio Troll. Eso había sido antes de que descubriera su corona entre las ruinas de una vasta ciudad abandonada por los hombres. Antes de que los extraños hechizos maligno perturbaran su sueño- Antes de que el sucio polvo de los antiguos días llenara su alma. Ahora, cuando pensaba en ello, sentía una urgente necesidad de rebuscar en las bolsas de su silla de montar y mirar la vieja corona, repleta de runas. Ella le había otorgado poderes extraños, una gran astucia, y conferido una visión de reinos conquistados. ¡Eso hizo que se sintiera invencible! A pesar de todo, había algo que aun permanecía oculto y que perturbaba su simple alma. Ciertos días, deseaba no haber cogido jamás la corona del tesoro del Troll muerto.

¡No..., eso era una tontería! La corona le había sacado de la rutina Orca de comer y luchar, y le había dado una visión. Le había mostrado el camino de la conquista. Gracias a ella, había luchado en muchas batallas contra los guerreros a caballo de la Reina del Hielo y contra los enanos de las montañas. La mayoría las había ganado, y más y más seguidores goblinoides se habían agrupado bajo su estandarte. Poco después, estaba dirigiendo a su tribu había el lago helado de Tura, en Kislev, donde los lanzadores de rocas habían arrojado sus proyectiles contra el hielo ahogando a docenas de jinetes Humanos que huían, Hecho que aprovecharon Jhorg y sus Trolls para emerger del bosque de pinos repleto de nieve y unírsele Tras incendiar la ciudad Kislevita de Petragrad, también los Jinetes de Jabalíes cabalgaron para tomar parte en el saque posterior. Un buen puntapié a Urgruk, su líder, propició su unión voluntaria al ¡Waaagh!

Desde entonces Orcos y Goblins se habían agrupado bajo su estandarte desde cada bosque profundo y cada guarida en una cueva. Los Goblins Nocturnos viajaron desde las Montañas del Ojo Rojo llevando con ellos a garrapatos cavernícolas y a sus cazadores. Sintiendo crecer el poder del ¡Waaagh!, los Goblins Chamanes había apresurado el rápido crecimiento del ejército. Los Goblins Silvanos se adhirieron casi tan pronto como dejaron las montañas. Era como si una silenciosa llamada les hubiera convocado a unirse en esta migración. Algunas veces, Azhag se preguntaba si no sería por causa de algo así...

El rugido del cuerno de los Jinetes de Lobo le saco de su ensoñación. Observo el horizonte y vio a los grandes lobos grises volviendo grupas hacia el grueso principal del ejército. En la distancia, podía ver una oscura línea moviéndose al encuentro de sus huestes. Parecía como si otro grupo de Hombres se hubiera reunido para intentar detener el avance de sus milicias. Bien, pensó Azhag. Sus guerreros vencerían. Habría más pillaje, y la noticia de su gran victoria se extendería a través de los bosques y colinas; también atraería a más guerreros a su horda. Su gran plan de conquista avanzaba inexorablemente.

El ejercito Humano se desplego de forma rápida y eficaz, tal y como Azhag había planeado que lo haría. Los Humanos habían decidido luchar en el límite de una llanura en la que la hierba era corta y las líneas de fuego eran fáciles de disponer. En su flanco izquierdo, resguardado por el rio y los bancos de marismas, acechaba una gran masa de guerreros con gruesas armaduras. “¡Reiksgard!”, susurro la maligna voz de la corona en su mente. Cerca de ellos estaban los Alabarderos y un enorme número de Lanceros con pobres armaduras. “¡Campesinos reclutados apresuradamente!” –Dijo la perversa voz-. En el centro de la línea de batalla Imperial estaban los Caballeros, cada uno con su pesada armadura y armamento, montados sobre caballos con barda. Se habían agrupado bajo el estandarte del Conde de Ostland, su Señor hereditario. El mismísimo Conde von Raukov estaba allí. Mientras Azhag observaba, el Humano tensó su mortífero arco hechizado.

Portada Iron Company por Clint Langley Cañón de Salvas Fandelhoch.jpg
En su flanco derecho, a la izquierda de Azhag, las maquinas de guerra fueron desplegadas: un cañón y un cañón de salvas. Junto a ellas había varios regimientos de Arqueros. Una línea de jinetes Kislevitas a caballo se desplegaron en formación de hostigadores, enfrente del ejército Imperial. Aun desde aquella distancia, Azhag creyó reconocer su estandarte. Estaba claro que los Norteños, buscando venganza por sus hogares arrasados, le harían frente.

Azhag volvió su atención hacia sus propias fuerzas. La columna estaba extendiéndose rápidamente en una gran línea de batalla. Los Jinetes de Jabalíes estaban situados en el centro. Sus malhumoradas monturas gruñían ferozmente y pateaban la tierra impacientes, como si no pudieran esperar a entrar en acción contra el enemigo. Junto a ellos, y en ambos lados, estaban los Orcos, cada regimiento dispuesto para la carga. Azhag vio como los Ejecutores de Ghor empezaban a insultar y a escupir a los Carniceros de Nhaga. Los guerreros de Nhaga respondieron con obscenos gestos y brutales burlas. Azhag les observo atentamente, sabiendo que era posible que olvidaran quien era el enemigo y que llegaran a atacarse entre ellos si les quitaba un ojo de encima.

En el ala izquierda del ejército Orco, sobre la ligera ladera de una pequeña colina, los lanzadores de rocas se habían dispuesto para la batalla. Cada uno de los potentes brazos estaba siendo sujeto apresuradamente. Sudorosos Orcos cargaban rápidamente en ellos enormes rocas. Junto a los lanzadores se hallaban las grandes catapultas de los Goblins Voladores. Una larga línea de chiflados con alas corrían ladera arriba dirigiéndose hacia ellas. Algunos saltaban y farfullaban entusiasmados. Otros corrían en círculos, desplegando sus alas como si ya estuvieran surcando el cielo. Se volvió y grito algo a los otros Goblins Voladores. Azhag supuso que sería algo favorable, dado que estos soltaron un chillido y empezaron a saltar arriba y abajo con enorme excitación.

Guerreros Goblins Nocturnos.jpg
Delante de la colina, una agitada masa de Arqueros Goblins Nocturno bizqueaba mientras disparaban flecha tras flecha al ejército enemigo, que se encontraba aun demasiado lejos como para tener algo que temer de los Arqueros Pieles Verdes. Sus oficiales no tardaron en reaccionar y golpearon algunas cabezas para detener el despilfarro de munición. Agrupados en masa junto a los Arqueros, cerca de los Orcos, se hallaban todos los Lanceros Goblins Nocturnos que no habían podido ser equipados con arcos. Permanecían en formación insultando y burlándose de sus camaradas Arqueros, y escupían a escondidas en dirección a los Orcos cuando creían que sus parientes de mayor tamaño no les estaban mirando. Si un Orco miraba hacia el Goblin que había escupido, este señalaba rápidamente al siguiente Lancero que tenía en línea. Aquí y allí, detrás de los Goblins Nocturnos, unos cuantos Goblins Fanáticos estaban retorciéndose en el suelo, lanzando espuma por la boca mientras sus mandíbulas masticaban frenéticamente grandes cantidades de setas alucinógenas. Pronto pasarían de un estado de torpeza a otro de excitación maniaca, y entonces estarían preparados para abalanzarse contra el enemigo.

Aquí y allí, entre las líneas de la horda, los Goblins Nocturnos armados con redes y garrotes tomaban posiciones. Azhag los habría considerado ridículos de no haberlos visto en acción previamente. Los Goblins armados con redes atraparían rápidamente a los enemigos seleccionados, y entonces los Goblins armados con garrotes caerían sobre ellos, machacándoles con sus grandes porras repletas de pinchos. Trabajando en equipo, los Goblins equipados con redes y garrotes podían enfrentarse con enemigos superiores en número.

A la derecha de los Orcos estaba el grupo de garrapatos cavernícolas y sus cazadores. Las enormes monstruosidades esféricas amenazaban continuamente con escapar y lanzarse contra las filas de la propia horda; solo gracias a los esfuerzos de los cazadores parecía que aquellos podían evitarse. Los Goblins Cazadores tenían que trabajar frenéticamente con sus grandes y puntiagudos tridentes para mantener a raya a sus desobedientes bestias. Un garrapato consiguió liberarse de los cazadores y se encamino torpemente hacia los Trolls que había a su derecha. Los Trolls dirigieron su estúpida mirada inexpresiva hacia él. Antes de que los cazadores pudieran detenerle, el garrapato se abalanzo sobre un Troll. Las mandíbulas se cerraron como una gran trampa y el garrapato mordió un gran bocado de la pierna del Troll. Ignorando el gran agujero que tenía en su cuerpo, el Troll aporreo con indiferencia al garrapato, lanzándole contra el suelo con la misma facilidad con la que un Orco aplastaría una mosca. El garrapato exploto con un horripilante sonido al aplastarse contra la superficie terrestre. Azhag observó con fascinación como la carne amputada del Troll empezaba a crecer de nuevo.

Goblin Silvano en araña por Mark Gibbons.jpg
A la derecha de los Trolls, casi llegando al rio, estaban los Goblins Silvanos. Tribu tras tribu sujetaba sus armas y empujaba a sus oficiales hacia adelante hasta la línea frontal. Azhag conto los estandartes. Los Goblins de la tribu del Gran Colmillo se encontraban junto a los Cráneos Cornudos y a los Asesinos Forestales. Al final de cada línea estaban los Chamanes. Grimbog, el más poderoso, montado sobre una araña, se puso en posición mas abajo, junto al río. Su aprendiz, Morglum, se mantuvo junto a los Goblins Nocturnos, justo donde las vastas mareas de energía Orca que el ejercito pronto generaría no pudieran saturarle demasiado. Azhag ya podía sentir el poder que fluía sobre sus fuerzas. Pronto los Humanos también lo sentirían. Delante del ejército, los Jinetes de Lobo habían formado en una estrecha línea de ataque para enfrentarse con los Kislevitas. En conjunto se trataba de una fuerza impresionante-pensó Azhag mientras se reclinaba sobre el lomo de su Serpiente Alada.

El mortífero monstruo se estremeció. Con un chasquido replegó sus correosas e inmensas alas. Azhag sintió cómo los músculos de la larga cola se tensaban, al prepararse su monstruosa montura para el aterrizaje. La corona parecía agitarse sobre su cabeza, alimentándose con oscura energía. Pronto sería el momento. Ya no había que pensar más en sus planes de batalla. Cada Jefe Orco y cada caudillo Goblin había recibido sus órdenes. Las ejecutarían al pie de la letra o sufrirían su cólera. La corona le sugirió que era el momento de dirigir unas cuantas palabras de aliento a sus tropas antes de la batalla. Una energía maldita recorrió su cuerpo cuando elevó su encantada espada por encima de su cabeza y dejó escapar un profundo aullido. Miles de pares de rojos ojos se volvieron para mirarle.

Azhag.jpg
“Bien, muchachoz –gritó-. Demozlez a ezoz apeztozoz Humanoz una buena lección."

Concluido el discurso, Azhag clavó las espuelas en los costados de su Serpiente Alada. El gran reptil se elevó con un rápido batir de alas. La excitación invadió a Azhag al dejar tras de sí el suelo y sentir el aire acariciando su rostro. Pronto, el tamaño de sus tropas disminuyó hasta semejar un ejército de hormigas.

Podía ver las formas geométricas que configuraban ambos ejércitos. Cuadrados y rectángulos colocados en el paisaje, como formando un símbolo bajo él. Se sentía como un dios, lleno de poder, exaltado por la velocidad y la altura.

¡Maldición!..., ¿que había sido eso? Una gran roca había caído entre los guerreros de Ghor y los de Nhaga. Como había temido, la rivalidad entre ambas Peñas ya había sobrepasado los límites del sentido común. Descendió hasta situarse justo encima de la trifulca entre las dos Peñas de guerreros Orcos, gritando frenéticamente maldiciones e insultos a ambos bandos por igual. Vio que los Ejecutores y los Carniceros estaban decididos a golpearse entre sí. Ghor y Nhaga se interpusieron entre sus guerreros, golpeando cabezas e intentando detener la pelea antes de que llegara a convertirse en un baño de sangre.

Azhag decidió que no podía esperar. Aunque le disgustaba la idea, tendría que confiar en que los dos jefes Orcos solucionarían el problema y seguirían el plan original. Había visto a parte de sus guerreros segados por el disparo de un cañón de salvas y no estaba dispuesto a dejar que ocurriera de nuevo. Su estómago dio un salto cuando su montura se ladeó bruscamente y se lanzó en picado hacia la artillería enemiga. Azhag agachó la cabeza para evitar que un Goblin Volador se la arrancara al pasar debajo de él volando a toda velocidad. Los enloquecidos gritos del goblinoide volador retumbaron en sus oídos. Pudo ver cómo finalizaba su vuelo estrellándose a pocos metros de un cañón Imperial. Inmediatamente después, un segundo Goblin Volador zumbaba sobre él antes de incrustarse en el mismo objetivo que el anterior. Escuchando un crujido a su derecha, Azhag miró a su alrededor. Un gigantesco pedrusco redondo disparado por el lanzador de rocas había caído entre los Caballeros Imperiales, aplastando a uno de ellos. Los otros Caballeros lucharon por dominar a sus desbocadas monturas.

Azhag tomó tierra junto al cañón de salvas. Su acolchada silla de montar amortiguó considerablemente la dureza del aterrizaje. Desesperadamente, los Humanos que manejaban el cañón de salvas intentaron girar el arma para apuntarle. La Serpiente Alada decapitó de un zarpazo a uno de los artilleros. La sangre surgió de la herida como de una fuente. Algunas gotas salpicaron el pecho de Azhag, que lamió la sangre mientras se agachaba sobre su silla de montar para derribar de un tajo de su espada al otro artillero. Tal era el poder de esta, que apenas sintió el impacto cuando su arma mordió la carne del hombre. Sus vértebras crujieron cuando Azhag le partió en dos. Con un revolotear de alas, la Serpiente Alada envió el cañón de salvas ladera abajo. Los arqueros Humanos más próximos permanecieron inmóviles, paralizados por el miedo.

Alabarderos del Imperio por Adrian Smith.jpg
Un valiente sargento gritó órdenes apresuradamente a sus hombres para que dieran media vuelta y abrieran fuego. Azhag abrió su boca y rugió entre risas. La corona se estremeció y un siniestro conocimiento llenó su mente. Aulló las palabras de hechizo del Viento de Espadas. Una oscura nube de brillantes cimitarras encantadas surgió desde su mano voló hacia el sargento. El Hombre intentó desesperadamente esquivar los ataques de las armas mágicas, pero había demasiadas. Sus compañeros observaron horrorizados cómo era reducido a pequeños trozos por las espadas voladoras.

Azhag se arriesgó a echar un vistazo a sus propios guerreros. Desde su posición, en medio de las líneas humanas, su avance era ciertamente impresionante. Era como si un hirviente mar verde se extendiera sobre la llanura. Intranquilos por la pérdida de sus máquinas de guerra, los guerreros que formaban la línea humana empezaban a caer presos del pánico. Impasibles, los Kislevítas cabalgaron hasta los Jinetes de Lobo y descargaron contra ellos una lluvia de flechas. Algunos cayeron con flechas sobresaliendo de sus gargantas y ojos. Por su parte, los guerreros Goblins supervivientes dieron media vuelta a sus monturas y huyeron.

“¡Volved aquí, gallinaz azaquerozaz!" -gritó Azhag-, pero si los jinetes de Lobo le oyeron, hicieron caso omiso. Una lluvia de fuego de uno de los regimientos de Arqueros Humanos les animó en su huida. Los Arqueros, que habían dado media vuelta hacia Azhag, abrieron fuego. Con un fulgurante movimiento de su mano, el Conde Elector dejó escapar tres flechas de su arco encantado. Azhag interpuso su escudo mágico para protegerse la cara e ignoro las flechas que rebotaban en su armadura y en las escamas de la Serpiente Alada. De repente, la Serpiente Alada lanzó un chillido de dolor. Azhag vio una flecha sobresaliendo a través de la fina membrana de una de sus alas.

Hechicero de Batalla Imperio por Adrian Smith C as 2017.jpg
Un profundo rugido procedente de los Humanos indicaba que al menos parte de su ejército estaba avanzando. Los hechizos quemaban el aire entre los dos ejércitos, pero las energías mágicas parecían equilibradas y ningún ejército sufrió efecto alguno.

Azhag clavó las espuelas una vez más y la Serpiente Alada saltó hacia el cielo. Desde las alturas tendría un buen punto de observación para contemplar el inminente choque de las dos vanguardias. Los Lanceros y los Caballeros Humanos avanzaban tras la pantalla que formaban los Kislevitas. El espacio entre los dos ejércitos disminuía con rapidez. Los Jinetes de Lobo, con su cobarde huida, habían obstruido la carga de los Jinetes de Jabalíes, Ghor y Nhaga habían conseguido por fin poner en marcha a sus muchachos. Los Goblins Nocturnos se acercaban tambaleándose a los Kislevitas cuando, de repente, tres Fanáticos salieron disparados de entre sus filas, prefiriendo aullidos desquiciados.

Aunque lo habían estado esperando, la rapidez del ataque de los Fanáticos cogió por sorpresa a los Kislevitas, y uno de ellos cayó derribado por el impacto de una enorme bola de hierro. Las flechas de los Goblins Nocturnos y de los Silvanos que avanzaban cayeron sin causar efecto alguno sobre la fuerza Imperial. Una gran roca aterrizó justo enfrente de los Caballeros de la Reiksguard.

Caballero de la Reiksguards.jpg
El Conde Elector y sus Caballeros vieron su oportunidad cuando los Jinetes de Lobo desaparecieron a través de los Jinetes de Jabalíes. Los Caballeros Humanos se movieron a un medio galope que acabó en una carga, y los Lanceros se estrellaron contra los jinetes de Jabalíes, atravesando a varios con sus lanzas. El aire que rodeaba al Conde Elector brillaba cada vez que el filo de su espada se hundía profundamente en la carne de un guerrero Orco. “¡Colmillo Rúnico!" -susurró el oculto espíritu de la corona-, una espada ancestral de la época del Tres Veces Maldito Sigmar. La ola de odio que traspaso a Azhag cuando 1a corona mencionó el nombre de Sigmar le hizo gritar. Por un momento pareció como si los jinetes de Jabalíes pudieran aguantar. Los feroces jabalíes de guerra intentaban cornear a los caballos mientras el oficial Orco, Buzhak, gritaba maldiciones amenazando a cualquiera de sus muchachos que intentara huir. En ese momento, la espada Colmillo Rúnico cortó el viento, separando la cabeza de Buzhak de su tronco y enviándola por los aires. Los Jinetes de Jabalíes dieron la espalda y huyeron.

Azhag maldijo a gritos. Ante sus ojos, los Caballeros persiguieron a los Jinetes de Jabalíes y acabaron estrellándose contra los Ejecutores de Ghor. Junto al río, la Infantería de la Reiksgard y los Alabarderos avanzaron hacia los Goblins Silvanos. Marcharon con disciplinada precisión, cada uno de sus pasos al ritmo marcado por los golpes de sus grandes tambores. En el último segundo, rompieron filas lanzándose a la carga y se arrojaron contra los Goblins Silvanos. Con un chasquido parecido al del acero caliente golpeado sobre el yunque del herrero, las dos fuerzas chocaron entre sí. Hombres y Goblins se enfrentaron en combate cuerpo a cuerpo, en un despiadado torbellino de muerte.

Nubes de flechas procedentes de los Arqueros Imperiales derribaron a los Fanáticos. Varias descargas de flechas cayeron entre las mismas filas de la unidad principal de Goblins Nocturnos, sumiéndoles en el más profundo caos. La energía mágica hacía que el aire que envolvía a los dos ejércitos brillara y vibrara. Las oleadas de energía desatada hicieron que la piel de Azhag hormigueara. Observando a su alrededor, vio un brillante y verde fulgor que rodeaba la cabeza de Grimbog. De repente, y con un siniestro crujido, la cabeza del Chamán Goblin estalló, desparramando los fragmentos de su verde cerebro sobre los combatientes que estaban a su alrededor. Pareció como si los guerreros Humanos cobraran fuerzas tras esto, ya que lucharon con renovada furia.

KnightTemplars.jpg
El destino de la batalla estaba en la balanza. En ese momento parecía que, gracias al enorme coraje Humano y a la inmensa cobardía de los Goblins, los primeros podrían ganar. Azhag invocó de nuevo al Viento de Espadas para enviarlo contra el mismo Conde Elector. Sin embargo, antes de que pudiera alcanzarle, un brillante fulgor dorado rodeo el estandarte de guerra Imperial. Unas columnas de luz chocaron contra las oscuras espadas mágicas y las armas se desvanecieron como la niebla en una mañana soleada. Azhag gritó, dejando escapar toda su frustración.

Aullando su grito de guerra, Azhag lanzó a su Serpiente Alada en un terrible picado para atacar a los Caballeros de la Reiksgard por el flanco. El Conde tiro de las riendas de su corcel, obligando al aterrorizado animal a revolverse para enfrentarse a la Serpiente Alada. Durante un momento, la férrea disciplina de la Reiksgard se disipó. Atacados por el flanco por la enorme Serpiente Alada, sus corazones perdieron la fe. Los Ejecutores de Ghor, por su parte, recobraron fuerza ante la visión de la carga de Azhag y la vacilación de sus enemigos. Chor trago una poción encantada y los músculos de sus brazos se hincharon con la monstruosa fuerza recién adquirida. Gritó un alegre saludo a Azhag.

El Conde Elector atacó al líder Orco con el Colmillo Rúnico. Frenéticamente, Azhag esquivó sus golpes. Las contorsiones de la Serpiente Alada y el encabritamiento del caballo de batalla hacían que cualquier golpe de esgrima calculado fuera completamente imposible; era cuestión de suerte el que un guerrero alcanzara al otro. Azhag contuvo lo que iba a ser un grito de dolor cuando el Colmillo Rúnico mordió la carne de su antebrazo. El dolor entumeció su brazo, y casi dejó caer su espada. Luchando contra la agonía que le producía la herida, descargó un feroz golpe de respuesta al Conde Elector. Su espada se hundió profundamente traspasando la armadura del hombre como lo haría el cuchillo de un carnicero atravesando un trozo de carne. El Conde cayó hacia atrás, de espaldas al suelo, por la brutal fuerza del golpe de Azhag.

Ghor se movía entre los combatientes con la furia de un diablo. Con un giro de revés de su cimitarra, cortó el estandarte del Conde y el brazo de su portador. El miembro amputado cayó pesadamente al suelo y se agitó un momento como una serpiente decapitada. Aquello fue ya demasiado para los Caballeros supervivientes. Formando alrededor del herido Conde, los Caballeros dieron media vuelta y se retiraron. La velocidad de sus caballos les permitió dejar atrás a los Orcos. Medio ciego por el dolor, Azhag intentó hacer que su Serpiente Alada les persiguiera, pero el monstruo estaba demasiado ocupado tragándose los restos de un caballo muerto.

Batalla desfiladero Sangre.png
Azhag miró agotado a su alrededor. En la distancia pudo ver cómo media docena de supervivientes de la Infantería de la Reiksgard aniquilaba a casi un regimiento completo de Goblins Silvanos. Los pequeños Pieles Verdes habían perdido los nervios y habían dado media vuelta para huir, presentando su espalda a los soldados Imperiales. El denso bloque de guerreros Goblins aterrorizados intentó huir en todas direcciones, tropezando unos con otros en la confusión y poniéndose en medio del camino de los demás. Todo lo que los Humanos tenían que hacer era correr entre ellos, aplastándoles a golpes y acuchillándoles por su indefensa espalda. En tan sólo unos momentos, la mayoría de los Goblins estaban muertos. Los Humanos les mataban incluso con el peor dirigido de los golpes. Los Pieles Verdes estaban tan juntos entre sí que los hombres no podían fallar. Azhag gritó a Nhaga que pusiera fin a la matanza. Los Orcos cargaron contra los Humanos. Los soldados Imperiales, superados netamente en número por los guerreros Orcos, se prepararon para presentar batalla por última vez.

Azha estuvo a punto de permitirse descender de su silla de montar. La batalla estaba casi ganada. Lo mejor del ejército Humano estaba en completa retirada. ¡No! decidió que no descansaría. No mientras tuviese una espada en la mano y un enemigo ante él. Hundió sus espuelas en los costados de la Serpiente Alada, obligando a la atiborrada criatura a elevarse lentamente en el aire. Aún había Arqueros que aniquilar y Guerreros que matar.

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Goblin cabeza humana Gobbo.jpg
Azhag observó el cuerpo del muchacho e intentó entender qué era lo que había llevado a alguien tan joven, tan lejos, sólo para morir. Sintió que si pudiera entender eso, podría comprender a sus enemigos y alcanzar la victoria final. Los Humanos no eran como sus se seguidores, eso lo sabía. La corona le había dado suficiente perspicacia para verlo. Los Humanos no eran belicosos como los Orcos. Los grandes Pieles Verdes vivían para luchar. Podían verse momentáneamente presos del pánico en el calor de la batalla, cuando todo a su alrededor era sólo confusión, pero la muerte en sí no les daba ningún miedo. Los Orcos vivían para luchar, para comer y para saquear. Azhag miró a sus guerreros, que merodeaban ruidosamente por el campo de batalla. Daban vueltas borrachos y cantaban sus canciones de victoria, como si quisieran que incluso los cielos se estremecieran con sus voces. Aquel día habían conseguido una gran victoria. Mañana irían en busca de otra.

El Humano había sido valiente -pensó Azhag-. Había conocido el miedo y lo había superado. Se había mantenido en su posición sabiendo que se enfrentaba a una muerte segura, y había intentado cubrir las espaldas de sus compañeros heridos ante el ataque de Azhag, mientras éstos huían. Había sido un acto de heroísmo desinteresado. Más desinteresado aún, puesto que el Humano había conocido el horror al hacerlo. Azhag sacudió la cabeza. Tal conducta estaba casi más allá de su comprensión. Sin embargo, aún tenía mucho tiempo por delante para comprender. Tenía aún todo un mundo que conquistar.

A su alrededor, por todas partes, los Orcos cantaban sus canciones de victoria. Como si no se hubiesen dado cuenta de toda la muerte y destrucción que les rodeaba, jugaban como chiquillos en la desolación del campo de batalla. Durante un momento, Azhag se sintió solo. Entre todos los guerreros que cantaban y aullaban, parecía ser el único que se había detenido un momento para pensar en el futuro. Eso debía ser lo que le diferenciaba del resto.

FuenteEditar

  • Libro de Ejército: Orcos y Goblins (5ª Edición).

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