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La batalla por Erstedorf

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Heroe Imperial.jpg

El primer sentido que Friedl recuperó fue el del gusto, el gusto de la sangre. Y, tal y como pudo comprobar al escupir el líquido carmesí por la boca, se traba de su propia sangre. Abrió los ojos con mucho esfuerzo y vio que estaba tendido sobre un brezo ensangrentado y que tenía la alabarda al alcance de la mano, Le zumbaban los oídos y le llegaba el olor a humo y a carne calcinada, se llevó la mano a la mejilla y comprobó que tenía el lado derecho de la cara recubierto de un velo carmesí que le manaba de un corte por encima del ojo, Cuando sus dedos curioso tocaron aquella herida tan profunda, se estremeció de dolor.

De súbito, Friedl sintió una palmada en el hombro y se dio la vuelta en el suelo, sobre Friedl se alzaba un hombre robusto de barba poblada y uniforme azul, el color de Middenland. El soldado movía los labios, pero Friedl no oía ni una palabra de lo que decía. El penacho negro del yelmo lo señalaba como un sargento. El middenlandés clavó la lanza en el suelo y ayudó a Friedl a incorporarse.

Friedl recuperó de repente la capacidad auditiva y durante unos momentos se sintió mareado. Se oían gritos secos, gente gritando órdenes y el constante entrechocar del metal contra el metal. Los gritos y las explosiones inundaba el ambiente y a Friedl le entraron ganas de vomitar.

-¿Dónde esta tu regimiento? -le preguntó el middenlandés mientras recogía la lanza, pero, al no recibir más que un estúpido silencio por respuesta, hizo un gesto negativo con la cabeza y volvió con sus hombres con paso decidido.

Friedl miró a su alrededor en busca del verde y rojo de Hochland y del estandarte del dragón del Tercer Regimiento de Foote. Atisbó un retazo de verde hacia su derecha, detrás de un escuadrón de Caballeros Pantera cuyos caballos no cesaban de piafar y que tenían la armadura manchada de sangre y barro y la piel de panteras manchada de entrañas. Friedl recogió la alabarda y empezó a andar hacia ellos.

Friedl fue mirando a su alrededor como atontado mientras se dirigía con paso inseguro hacia el resto de su regimentó, el frente del Imperio estaba luchando por doquier contra los Hombres Bestia. A unos doce pasos a la izquierda de Friedl, un regimiento de lanceros de Middenland asía con fuerza sus armas preparándose para la embestida de una decena de Minotauros que se dirigía a la carga contra ellos. Cuando los hombres toro arremetieron contra la unidad, se produjo un estruendo ensordecedor de gritos y madera partiéndose, y el impacto hizo retroceder a los middenlandeses varios pasos. Sin embargo, resistieron y contraatacaron contra aquellos Hombres Bestia gigantescos, algunos de los cuales resbalaron y cayeron al suelo y otros lanzaron gritos de desafío. Un segundo después, el destacamento de espadachines del regimentó flanqueaba a los minotaruos protegiéndose con los escudos alzados mientras sus monstruosos adversarios se alzaban imponentes antes ellos.

Friedl volvió a quedarse sordo cuando una explosión estruendosa retumbo por todo el campo de batalla procedente de la batería de artillería emplazada en la colina que había a su espalda, Un torrente de cohetes pasó silbando por el cuelo trazando trayectorias erráticas mientras las balas de cañón y las cargas de mortero surcaban el viento. Una oleada de explosiones segó las partidas de guerra que se acercaban haciendo saltar por los aires barro, entrañas y partes corporales. La andanada fue acompañada de una ardiente explosión de energía mágica, ya que un hechicero de guerra del Colegio Brillante caminaba junto a los regimientos del Imperio arrojando llamaradas mortíferas. Finalmente, el chasquido del disparo de los arcabuces se unido al crepitar del fuego que ardía en distintos puntos del campo de batalla.

Los caballeros pantera se separaron y empezaron a dar un rodeo hacia la derecha en dirección este. Friedl pudo ver entonces a su regimentó y, por su aspecto ligeramente relajado, parecía estar aguardando las órdenes del conde. Eran muchos menos que al inicio de la batalla y Friedl vislumbro retazos de tela verde o roja entre la hierba alta que por suerte ocultaba los cadáveres de la vista. Ante el regimiento de Friedl, unos Hombres Bestia semidesnudos y recubiertos de pinturas de guerra se abalanzaron hacia ellos armados con armas toscas de madera y piedra. Alzándose sobre las cabezas de lso hochlandeses, Friedl advirtió una silueta reluciente en lo alto de una roca. Era el conde, con su armadura resplandeciente, una capa de piel de león y su Colmillo Rúnico brillando de energía que sostenía por encima de la cabeza, a punto de dar la orden de contracarga.

Friedl profirió un grito y empezó a correr con dificultad mientras la cabeza le dolía a rabiar. Varios de los soldados de las filas traseras del Tercer Regimiento de Foote se giraron hacia él y le dirigieron palabras de ánimo. Friedl oyó cómo el sargento vociferaba la orden de marcha justo cuando él llegaba al regimentó y se unía al resto de soldados entre palmadas en la espalda y medias sonrisas.

Friedl ocupó su lugar en la segunda fila y vio que el Sargento Pols lo miraba por encima del hombro.

-Pensábamos que estabas fiambre- dijo el sargento con sonrisa.

-Puede que no tarde mucho en estarlo- contestó Friedl lúgubremente al fijarse en los Hombres Bestia que corrían hacia los hochalandeses.

El sargento dirigió la mirada al frente y vociferó una orden. Como un solo ser, todos los alabarderos se detuvieron en seco, Tras otra orden elevaron sus armas y adoptaron posiciones de combate. Friedl tenía los brazos cansados, el arma le pesaba mucho y le costaba no temblar a causa de la fatiga, pero centro toda su atención en los Hombres Bestia que se aproximaban mientras la sangre seguía secándoselo en el rostro

La Batalla por Erstedof no había hecho más que empezar.

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