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La bendición de la Rata Cornuda

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Skaven solitario.png

El solitario Skaven viajaba de noche, cojeando y arrastrándose por el desolado paisaje. Durante las horas de luz se escondía del débil sol del invierno en algún granero ruinoso o bajo matorrales espinosos. Su avance era lento pero firme; hora tras hora, kilómetro tras kilómetro, se encontraba más cerca de su destino: la fortaleza de Skabrecha.

Centenares de kilómetros de bosques, colinas, ríos y dolor. Se envolvió en telas sus pies ensangrentados y llenos de ampollas pero el amargo frío traspasaba los vendajes. La punta de su cola se ennegreció y se llenó de escarcha, de modo que tuvo que arrancársela a mordiscos. No estaba acostumbrado a estar tan solo, tan helado y enfermo. La fiebre recorría su cuerpo con oleadas de frío y calor. Aveces se encontraba tan débil que no podía dar un paso más y terminaba desplomándose sobre el frío suelo que empapaba su pelaje. Cuando reponía fuerzas continuaba su avance, gateando si no era capaz de andar.

Otras veces se sentía increíblemente sediento y tenía que comer puñados de escarcha si no podía encontrar ningún arrollo helado al atravesar los bosques. Perdió peso y su brillante pelaje se volvió lacio y lleno de costras. Era muy difícil encontrar comida. Los victoriosos ejércitos Skaven habían ahuyentado, asesinado o esclavizado a todos los humanos que solían vivir en esta parte del Imperio. Los ruinosos edificios que había dejado atrás habían sido saqueados y se vio forzado a comer cadáveres de humanos congelados o sus mascotas y otros animales de granja perdidos.

La fiebre lo estaba matando lentamente, pero también le daba las fuerzas para continuar. Extrañas visiones ardían en su mente. Vio las tierras del Imperio oscurecidas por las masas de los ejércitos de los Skaven. Una nube de sangre y muerte flotando sobre la tierra que era guiada por los terribles ojos rojos de la mismísima gran Rata Cornuda. Nada podía oponerse ante ellos: orgullosos caballeros en sus relucientes armaduras de acero, los grandes caballos de guerra, las máquinas de guerra que escupían muerte, flechas, virotes, espadas... todos ellos serían barridos de un plumazo. También vio el interior de las ciudades humanas: hombres y mujeres matándose los unos a los otros por leña o puñados de comida, sus hijos chillando de dolor, cuerpos cubiertos de oscuras manchas, extremidades contorsionándose. El fuego arrasaba pueblos y aldeas, y flotando sobre ellas pudo sentir el calor y el dolor como si fueran los suyos propios.

La fiebre hacía arder su sangre y lo obligaba a seguir y seguir. Sus dolores crecieron hasta el punto en que sintió como si unas enormes garras estuviesen desgarrando su cuerpo. En el punto álgido de su agonía chillaba su devoción hacia la Rata Cornuda y cuando el dolor disminuía era como si hubiese sido bendecido. Seguramente, vivía solo para servir a los propósitos de la gran Rata Cornuda.

Mientras alcanzaba la entrada de Skabrecha sus fuerzas le fallaron por completo y se desplomó de golpe en el suelo. - Notocias... - jadeó. - Traigo noticias desde el norte, ¡de Middenheim! - Mientras la oscuridad se tragaba su consciencia sintió las garras de sus hermanos levantándolo y llevarlo hacia la seguridad de los túneles.

Y así fue cómo la Plaga Negra surgió en Skabrecha. En cuestión de días la infección se extendió tanto que no había un lugar en el que un Skaven pudiera ponerse a salvo. Por lo tanto aquella batalla se volvió contra su enemigo y los hijos de la Rata Cornuda se dejaron engañar por ellos mismos, por su vil deidad que no es el único poder en los cielos. Todas las cosas se arreglaron o declinaron y la estrella de Sigmar se alzó una vez más para difundir su bendición sobre el Imperio.

FuentesEditar

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