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La Biblioteca del Viejo Mundo

La huída de Kemmler

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Kemmler

'Heinrich Kemmler observó el valle que se extendía a sus pies. Quizás podría encontrar en él un lugar donde dar media vuelta y presentar la resistencia final. Sus enemigos le estaban pisando los talones como una manada de perros sarnosos. Antaño los habría barrido como las pulgas molestas que eran. Ahora, sus poderes habían desaparecido y su magia nigromántica estaba agotada. Ahora, aquello que antaño eran poco más que aprendices estaban a punto de acabar con su vida para siempre. Se sentía viejo y cansado.

Kemmler, apoyado en su bastón, se preguntó que podría haber sucedido. ¿Cómo un hombre cuyo nombre hacía temblar de miedo a los campesinos desde Mousillon a Kislev, y el mero rumor de su presencia hacía que sus rivales se retiraran a sus criptas protegidas, había podido llegar a esto? Sus conocimientos no eran inferiores. Todavía podía recordar cada estrofa de los Nueve Libros de Nagash. Todavía podía citar de memoria cada una de las demenciales líneas del Liber Mortis. Conocía todos los hechizos nigrománticos, y conocía muchos otros hechizos de otros colegios prohibidos. Desde la época en que el Gran Nagash en persona andaba sobre la tierra, nadie había tenido unos conocimientos tan completos de las Artes Oscuras como él, de esto estaba seguro. A pesar de los siglos que había vivido, su mente todavía era brillante. ¿Si el problema no era de falta de conocimientos, cuál era el problema? ¿Cómo era posible que ahora sus rivales pudiesen echarle de su vieja guarida y empujarlo hasta estas tierras vacías como un vagabundo?

No es que fueran demasiado numerosos. En el pasado sus enemigos se habían reunido en cábalas, aunando sus recursos en vanos intentos de disputarle la supremacía. Siempre les había vencido.

Sonrió con satisfacción al recordar viejos triunfos. En las colinas cercanas a Quenelles, su poderoso ejército había aplastado a las legiones de Zombis del Concilio de los Nueve. En los bosques oscuros que rodean el pueblo de Bogenhafen derrotó a los tres Vampiros Hechiceros de Blutwald, y todos sus ejércitos de muertos andantes. En las criptas por debajo del castillo maldito de Vermisace había vencido al antiguo hechicero No Muerto y todos sus acólitos, obteniendo el titulo de Señor de Nigromantes. Kemmler sonrió glacialmente. En esos días, su genialidad militar era tan famosa como su nigromancia. Había conducido sus hordas a numerosas victorias. Incluso algunos reyes, corona en mano, habían suplicado su ayuda en pequeñas disputas.

La sonrisa de Kemmler desapareció lentamente. No era el momento de recordar viejos triunfos. Apenas podía permitirse soñar con los perros de la oscuridad pisándole los talones. Era más confortable recordar las viejas glorias que recordar sus recientes derrotas. Mejor recordar esos días en que los reinos de los hombres eran juguetes con los que podía jugar, que recordar la reciente destrucción de su huestes de No Muertos a manos de sus detestables enemigos. Una fría rabia le invadió mientras observaba los miserables restos de su ejército No Muerto. Sólo quedaban algunos cientos de esqueletos animados, y diez docenas de muertos andantes. Una patética sombra de un ejército tan numeroso que formaba una legión. Antes, los Carroñeros acudían a su llamada. Antes, las momias de las tumbas negras como la noche del Reino de los Muertos, habrían cumplido hasta su último deseo. Ahora no tenía nada. Sus enemigos revoloteaban entre las páginas de su insuperable biblioteca nigromántica, y sus mayores rivales bebían vino alucinógeno de la bodega de su oscura torre. Kemmler humedeció sus labios. Ahora podría matar por un trago de ese vino. Recordó haberlo puesto a curar en sus días de gloria, hacía ciento cincuenta años, mezclando los potentes hongos con gotas de loto y las uvas prohibidas de Qua-Arnaan, cuyas raíces debían amasarse con tierra fertilizada con carne de asesinos. Maldijo en voz alta y deseó que el vino provocara pesadillas a sus enemigos, que estuviera pasado y el veneno corriera por sus venas. Sabía que esto no sucedería. Mirando por encima del hombro podía ver la lejana presencia de las fantasmagóricas luces verdes que indicaban la presencia de sus perseguidores.

Pensó en su biblioteca y le invadió una gran melancolía. Había tardado muchas generaciones de hombres en reunirla, el mayor tesoro de conocimientos nigrománticos fuera de Nagashizzar. Ahora estaba en manos de unos locos hombres inferiores sin la visión o previsión de aplicar esos conocimientos más allá de sus ridículas ambiciones.

Pero tenía un consuelo. Había modificado la mayor parte de los hechizos de sus grimorios de una forma que sólo él conocía y podía compensar. Cualquiera que intentara utilizar sus obras sin su conocimiento tendría algunas sorpresas desagradables. Nadie podría beneficiarse demasiado del cúmulo de conocimientos que había tardado tanto en acumular. Esto no le llevaba a ninguna parte. No estaba más cerca de resolver el misterio de porqué había sido derrotado. No podía reunir suficiente fuerza para dispersar los hechizos de sus enemigos. Pensó que quizás la edad finalmente había podido con él. Pese a la astucia de sus hechizos y a su gran habilidad alquímica que había prolongado su vida, la fuerza había huido de su interior, como el vino de una copa caída. Quizás había un límite que un hombre mortal no podía sobrepasar, y quizás él habla llegado a ese límite.

Sabía que ya no podía encontrar la fuerza interior para lanzar los Grandes Hechizos. Las reanimaciones sencillas le costaban un gran esfuerzo, como un viejo excéntrico jadeando al intentar correr un kilómetro. Simplemente no tenía la energía que tenía antaño. Su fuerza había desaparecido y se había marchitado, y al parecer no podía hacer nada al respecto.

Quizás todos los Nigromantes llegaban a ese punto, pensó. Quizás era por eso que se convertían en Nigromantes No Muertos y cambiaban su forma mortal por un esqueleto inmortal. Kemmler tembló. Incluso después de tantos siglos esquivando a la muerte, la idea le repugnaba. Trataba de imaginarse lo que podía significar ser un Nigromante No Muerto.

Trataba de imaginarse cómo sería vivir en la muerte, o quizás morir en vida. Trataba de imaginarse cómo sería no volver a respirar o sentir los latidos de su corazón, o disfrutar del sabor del vino o la comida. Intentaba imaginar cómo sería notar los gusanos comiéndote las entrañas y no preocuparse por ello. Trataba de imaginarse cómo sería no volver a comer o dormir, o sentir dolor, o hambre, o pena. Intentaba imaginarse todo eso, y no podía.

Otros podrían aceptar este cambio voluntariamente, pero estos eran unos locos ignorantes. Podían creer que no era tan malo cambiar un cuerpo viejo y vivo por uno al que los cambios no le importaban. Había visto Nigromantes No Muertos en todo su horror. Había hablado con aquellos que había logrado controlar con su voluntad. Tenía una ligera idea de lo que representaba convertirse en uno. Y durante siglos había rechazado la idea.

Pensó que quizás sólo fueran las locuras de un mago joven y poderoso, demasiado confiado en su poder. Quizás todos los nigromantes pensaban como él cuando empezaban a penetrar en el camino oscuro. Quizás ésta era la elección a la que debían enfrentarse finalmente todos ellos, una lenta disminución de sus poderes y finalmente la muerte, o una transición hacia un nuevo estado del ser. Quizás la forma humana no era más que una forma larvaria del Nigromante No Muerto, como una mariposa surge de una crisálida. Enfrentados a la dura elección entre consumirse y seguir existiendo, posiblemente todos los hombres tomarían esta opción si pudieran.

Quizá era afortunado por poder elegir. Incontables millones nunca tendrían la posibilidad de elegir.

Kemmler se maldijo a sí mismo por su insensatez. Había estado inmóvil meditando sobre la naturaleza de su existencia y mientras tanto el enemigo se había acercado mucho. Notó un breve pinchazo de pánico como deben sentirlo los zorros cuando oyen a los perros acercándose y controló su deseo urgente de echar a correr. Sólo sobreviviría si mantenía el control sobre sí mismo. Los que le perseguían ni harían tratos ni serían compasivos. Sabía que estaba solo, pero esto no le asustaba. Sabía estado solo durante demasiadas décadas. Su vocación le había apartado de aquellos que vivían como humanos normales. Los años le habían enseñado a ser autosuficiente y muy astuto. Era el momento adecuado para utilizar esa astucia.

Quizás había alguna cosa por los alrededores que pudiera ayudarle. Después de todo, era por esto que había huido en esta dirección. Esta prolongación de las Cuevas estaba llena de antiguas tumbas y túmulos de una época anterior a la existencia del Imperio y Bretonia. Algunas, según los rumores, eran incluso anteriores a la época en que los Enanos y los Elfos habían caminado por esos solitarios caminos.

Había indicios en algunos libros prohibidos que apuntaban a la existencia en uno de estos túmulos de un arma mágica que perteneció a un Paladín del Caos. Con un arma como esa, Kemmler sabía que podría desafiar a los que le perseguían, quizás incluso recuperar su antigua supremacía. Ordenó a sus sirvientes que se dispersaran y empezaran la búsqueda.

Con la voluntad que imprimió en sus podridos cerebros encontrarían el túmulo. Con la inflexible e implacable determinación de los autómatas empezaron a buscar. Kemmler rezó a cualquier dios oscuro que pudiera estar escuchando. Sabía que su existencia pendía de un hilo.

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