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La muerte del dragón Smearghus (Relato)

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Mucho tiempo antes de que Gilles el Bretón encontrara a la Dama del Lago y cumpliera con su destino, sus tierras se vieron gravemente acosadas por el gran dragón rojo Smearghus. La mayor parte del feudo de Bastonne era pasto de las llamas debido a su voraz apetito de muerte y terror. A pesar de que los rumores afirmaban que aquella temible bestia era tan grande como el torreón de Sinelle y que era capaz de tragarse un caballo entero, Gilles sabía que solo podía hacer una cosa, pues el honor y el coraje corrían con fuerza por las venas de aquel joven, y juró ante su corte que regresaría con la victoria o dentro de un ataúd.

En pleno verano, Gilles percibió una gran columna de humo alzándose sobre la aldea de Sinelle. Tras preparar su caballo de guerra, un magnífico animal de muy pocos temores, Gilles se puso su armadura y cabalgó hacia las colinas para enfrentarse al dragón. Al llegar a las estribaciones de las redondeadas colinas de Sinelle y posar su vista sobre el pueblo atormentado, divisó el serpentino dragón dando vueltas y rugiendo por encima de la plaza del mercado, arrojando sin cesar grandes torrentes de llamas contra un edificio tras otro. Incluso desde lo alto de la colina, Gilles podía oír los gritos de terror del pueblo. El dragón los estaba agrupando como un lobo reúne a las ovejas, vomitando las llamas cuidadosamente para formar un ardiente círculo de fuego alrededor del centro del pueblo, de forma que los aterrorizados habitantes del pueblo no pudieran escapar. Gilles apretó los dientes, juró vengar a aquellos a los que llegaba demasiado tarde para salvar y se lanzó a la carga colina abajo.

La reluciente gualdrapa del poderoso caballo de guerra de Gilles se agitó fuertemente cuando el gran dragón Smearghus se alzó por los aires para luego posarse pesadamente en el centro del círculo de llamas. Cabalgando por las calles, Gilles vio cómo un infortunado pueblerino era arrojado por los aires y acto seguido un cuello sinuoso aparecía y el monstruo se tragaba al pobre hombre de un bocado. Clavó las espuelas y, tras soltar un grito desafiante, Gilles se lanzó a la carga por la plaza del pueblo hasta atravesar el círculo de fuego. Los desdichados campesinos se giraron para contemplar con asombro a una silueta refulgente y acorazada montada en un caballo de guerra de ciento cincuenta kilos de peso atravesando el fuego mientras las llamas le mesaban el pelo y la librea como si estuviera envuelto por una aureola de celo justiciero.

Cuando el dragón se giró para enfrentarse a su retador, Gilles exhortó al pueblo a tomar las armas y luchar. Tal era el carisma del duque bretoniano que muchos de ellos tomaron el arco y la alabarda para combatir junto a su señor. Las flechas se clavaron en el cuello del dragón procedentes del otro lado de la plaza, pero no consiguieron distraer a las bestia ni un segundo. El dragón desplegó sus alas con un chasquido descomunal, emprendió el vuelo y, tras volar en círculos un momento, volvió a aterrizar para hacer frente al caballero que se acercaba destrozando las losas de piedra del suelo con sus garras mientras inclinaba su enorme testa hacia abajo.

Gilles espoleó a su caballo de guerra e inclinó la lanza mientras susurraba un juramento. Se produjo un silbido ensordecedor cuando el dragón tomó una gran bocanada de aire. Gilles sabía que, si lo cubría una llamarada de fuego, su armadura se derretiría como si fuese mercurio y se le desprendería la carne de los huesos. Solo le quedaba un segundo para completar las carga y sabía que no era tiempo suficiente.

De repente, el monstruo se irguió profiriendo un rugido realmente atronador, con el largo astil de una flecha sobresaliéndole del ojo. Durante una décima de segundo, su pálido bajovientre quedó expuesto a la carga de Gilles. La rígida lanza del caballero se clavó entre las escamas del dragón y penetró en su cuerpo hasta alcanzar el corazón, momento en el que se partió en dos con una violenta sacudida que hizo caer a Gilles de su caballo. Emitiendo un chillido que hizo que los campesinos fueran corriendo a ponerse a cubierto, el dragón dio golpes por todos lados envuelto en sus propias llamas. Sin un ápice de temor, Gilles se lanzó contra las llamas y con un gran grito hundió su espada entre los ojos de la bestia moribunda, con lo que el peligro fue eliminado de una vez por todas.

Tras varias horas de duro trabajo y con la ayuda del herrero del pueblo, Gilles consiguió finalmente seccionar la cabeza del dragón y se quedó una parte de su férrea piel para hacerse una capa con ella. Aquel día regresó triunfante a su hogar, con la cabeza del dragón encadenada a su poderoso caballo de guerra. A partir de aquel día, el dragón pasó a ser parte del blasón personal de Gilles. Todos los que aquel día fueron testigos de la victoria de Gilles supieron que su destino era grande, aunque nadie llegó a sospechar que un día toda Bretonia sería unificada bajo el estandarte de aquel joven caballero.

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