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La noche antes de la batalla

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Cubierta Gotrek & Felix Omnibus Geoff Taylor.png

"¡Arrepentíos! ¡Esta es vuestra última noche en la tierra! El fin del mundo se acerca," grito el Flagelante.

Félix Jaeger maldijo el retorcido destino que le había arrastrado a aquellas terribles circunstancias. Debería estar en la mansión de sú padre y no aquí, escuchando los fritos de algún maníaco trastornado en las vísperas de lo que seguramente sería una de las batallas más grandes de la historia del Imperio. Este no era lugar para un aspirante a poeta.

¿Por qué tenía que estar él aquí? ¿Y dónde estaba Gotrek? La última vez que había visto al Matatrolls éste se disponía a emborracharse con sus camaradas Enanos. Había tenido mucha mala suerte; pasar seis días en las montañas cazando Trolls, para al volver encontrar al ejército Imperial acampado alrededor de los muros de Hauptmansburg y a todos los hombres en condiciones de luchar llamados al servicio. Lo único que Félix quería era una comida decente y una cama cómoda, no una batalla campal contra una horda de Orcos.

"¡Deshaceros de vuestros bienes terrenales! Deshaceros de vuestras pertenencias! ¡No os servirán de nada! ¡El fin está al llegar¿" Gritó el Flagelante.

Félix examino al fanático con algo de disgusto. A la luz trémula del fuego pudo ver una figura bastante inquietante. Su cuerpo huesudo estaba desnudo, excepto por un taparrabos, y un andrajoso chaleco. Su pecho y sus piernas estaban cubiertos de antiguas cicatrices. De un cardenal en el hombro goteaba sangre fresca. Heridas supurantes y abiertas desfiguraban su rostro y abdomen. Sus ojos azules de demente sobresaltan de su cara de fanático hambriento. Con su mano huesuda asía un bastón de roble, lleno de clavos oxidados. Algunas de las heridas de su cuerpo eran, obviamente, autoinfligidas.

“Para usted es fácil decirlo, padre. !No tiene ni un céntimo! A mi me pagan bien por luchar,” grito Eusebio. Su delicada camisa de lino confirmo la verdad de sus palabras. Félix había visto nobles peor vestidos que el joven y vanidoso mercenario de Tilea.

'‘Demasiado bien pagado,” dijo el Sargento Lothar a la concurrencia, que rió a gusto. “Lo único que debes hacer es que darte atrás y disparar tu ballesta contra los demonios de piel verde. Somos nosotros, los alabarderos, quienes tenemos. que enfrentarnos a ellos. Sin duda, mientras tan to, nuestros nobles y señores observaran y se aplaudirán a si mismos por haber ganado otra batalla.”

Eusebio se encogió elocuentemente de hombros. Obviamente, pensaba que si Lothar quería arriesgar su vida en el fragor de la batalla, peor para él.

“¡Seguid riendo!” gritó el Flagelante. “Reid mientras podáis. Sonreid como lo hace la calavera! ¡Mañana las tumbas se abrirán para acogeros!"

Félix tembló y arrebujó su harapienta capa roja contra su cuerpo, aunque no hacia frió. Las cientos de fogatas de campamento, y el hacinamiento de miles de cuerpos, mantenían alejado el frió de la noche. Los soldados quedaron en silencio. Eran gente supersticiosa y al día siguiente habían de luchar por sus vidas. Había algo de verdad en las palabras del fanático. Notando que había logrado la atención de los guerreros, el Flagelante se levantó y señalo con su dedo acusatorio a Eusebio.

- "¡Tú, Tileano! ¡Estás demasiado orgulloso de tu aspecto! ¿Como estará esa camisa tan fina mañana, toda rota y manchada de sangre? Es mejor parecerse a mi. Prepara tu cuerpo par a las heridas de mañana."

Eusebio hizo el signo del martillo sobre su pecho, como un campesino protegiéndose del mal de ojo. El Tileano obviamente había estado suficiente tiempo en el Imperio para recurrir a su patrón, Sigmar del Martillo, en busca de protección. Entre la multitud pudieron oírse algunos murmullos. Un arquero con el acento gutural de un nativo del bosque de Reikwald, le dio la razón al fanático. Félix oyó decir a un Gran Espadero de Stirland que tales palabras atraerán la mala suerte. El soldado de Stirland acariciaba la funda de su espadón pensativamente. Un hombre mas cuerdo, o menos religioso que el fanático habría callado. Ese espadón era casi tan alto como Félix, y Félix era un hombre alto.

El Flagelante siguió insistiendo sobre el tema. Un sonriente y joven pistolero hizo varias muecas a sus espaldas, e indico por señas a sus compañeros que el fanático estaba loco.

“El Caos viene del Norte. Los seguidores de los cuatro Grandes Poderes, vestidos de negro y bronce, siguen avanzando. En la mano izquierda llevan fuego, en la derecha la espada. La oscuridad les sigue. La destrucción les precede. ¡Sus castillos están construidos con cráneos! ¡Sus ropas están tejidas con las pieles de las mujeres! Arrasaran las ciudades de los hombres bajo sus pezuñas de hierro. En los bosques, acechan bestias que andan como los hombres. Todas están reuniéndose ahora que el fin esta cerca.”

Miro directamente hacia Morrsleib, la luna menor. “Ellos tienen aliados. Hombres que han vendido sus almas a la oscuridad. Mutantes y criaturas abyectas cuya sangre esta corrompida por la Disformidad. ¡Mercaderes gordos que buscan insensatarnente el poder y la riqueza!”

Hubo una cierta conmoción entre la multitud. Félix pudo ver a un hombre con la brillante armadura y el yelmo emplumado de un caballero de la Reiksgard. Había venido desde los pabellones de seda de la nobleza para investigar lo que sucedía. El sudor cubría la frente del Flagelante. Sus ojos estaban vidriosos. Unas gotas de baba escaparon de la comisura de sus labios. Sus memos temblaban. A Félix le recordaba a un hombre con fiebre terminal.

“De las montanas del Este llegan las hordas Orcas: salvajes de piel verde con el corazón de una bestia y la furia de un hombre enloquecido. Ellos acabarán con los reinos humanos, y morarán entre sus ruinas antes del amanecer del ultimo día, cuando el Caos devore todo el mundo. Mañana os enfrentareis a ellos. Mañana, Morr os atrapará con su huesuda garra.’’

“¡Tú, ya está bien de cháchara!” La potente voz del caballero de la Reiksgard resonó por encima de los murmullos. "¡Mañana nos enfrentaremos a la chusma Orca y venceremos, como siempre lo han hecho los hombres desde la época de Sigmar!”

El fanático miro fijamente al caballero. Parecía como si quisiera discutírselo, pero simplemente se encogió de hombros. “¡No hay nadie tan ciego como el que no quiere ver!”

Mientras iba alejándose hacia el limite del campamento, donde le esperaba un gran grupo de sus hermanos, la multitud le dejo pasar. Nadie intento sostener su mirada.

“¡Y los demás a dormir! Mañana tenéis que librar una batalla. ¡El Imperio os necesita bien descansados!"

La multitud empezó a dispersarse. Félix se tumbó junto a la lumbre mas cercana, arrebujándose fuertemente en su capa. Los frenéticos gemidos de los Flagelantes pudieron oírse durante toda la noche. Félix se durmió pensando que era un mal augurio.

Fuente Editar

  • Ejércitos Warhammer: El Imperio (4ª Edición).

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