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Lanzallamas de Disformida Barbacoa.jpg
Los Enanos pelearon con la testaruda obstinación propia de su raza, pero el avance Skaven les hacía retroceder lentamente. El hacha de un enano abría de un tajo el pelaje negro de un Skaven. La espada de un skaven crujía contra la cota de malla de un enano. Sobre sus cabezas volaban salpicaduras de sangre. El leve relucir de las antorchas situadas en las paredes del túnel revelaba una escena de despiadado salvajismo. Nadie pediría cuartel ni se rendiría.

Los Skaven continuaban empujando a los enanos por el peso que les daba su número. Por cada hombre-rata que caía, otros dos se peleaban para ocupar su lugar. Las ratas pululaban entre los pies de los combatientes, alimentándose de la carne de los muertos y haciendo que cayeran al suelo los heridos de ambos bandos. Una oleada de ratas treparon por la enorme cota de malla de Snorri y comenzaron a morderle la cara. Tropezó y cayó al suelo mientras intentaba proteger sus ojos desesperadamente. Los skaven avanzaron sobre su cuerpo y los enanos no pudieron hacer otra cosa que cerrar sus filas y añadir el nombre de Snorri a la lista de los caídos. Si sobrevivieran, su bravura sería recordada.

Los enanos estaban peleando a la defensiva ya que debían proteger el Portón de las Joyas, uno de los puntos de acceso que lleva al Paso Este de Karak-Ocho-Picos. Al principio, el orgulloso regimiento de veinte valerosos guerreros habían obligado a los skaven a retroceder, pero ahora que habían caído dos terceras partes de ellos habían sido forzados a retroceder hacia el mismo Portón.

Con sus espaldas apoyadas sobre el firme roble del cual estaba hecho el Portón, los enanos ya no podían retroceder ni un paso más; darían sus vidas para proteger el Paso Este. Conducía directamente al corazón de Karak-Ocho-Picos como si se tratara de una arteria vital. Si los Skaven lo tomaban, toda la fortaleza podría caer y otra piedra angular del patrimonio de los Enanos se habría perdido.

Los enanos encomendaron sus almas a Grungni jadeando silenciosamente mientras la sangre brotaba de sus heridas y manchaba sus propias armaduras. Los Skaven se detuvieron delante del Portón y abrieron sus filas para dejar pasar a dos de los suyos mientras gruñían y hacían extraños chillidos. Los dos recien llegados eran mas grandes y estaban mejor armados que los otros Skaven. Uno de ellos portaba una extraña pistola entre sus garras, la cual estaba conectada mediante un tubo flexible a un barril que transportaba el otro.

- ¡Muere-muere, cosa-enana! – chilló el skaven que sostenía el extraño arma, mientras apuntó con la boca a los enanos y apretó el gatillo. Con un terrible gemido, una corriente de fuego verde salió disparada y engulló a los enanos. El fuego de disformidad se pegaba a sus cuerpos, quemaba su pelo, disolvía la carne de sus rostros y devoraba sus armaduras. Los orgullosos guerreros enanos fueron reducidos a un humeante montón de huesos chamuscados y metal corroído en cuestión de segundos. Con un gruñido de triunfo, el Skaven apuntó su arma hacia el centro del Portón. Dedos de brillante fuego verde disforme se clavaron a través de la gruesa madera y la Perdición de Kayak-Ocho-Picos estaba asegurada.

FuenteEditar

  • Relato de Bill King. Libro de Ejercito Skavens 4ª/5ª Edición.
  • Transcrito por la Biblioteca del Gran Nigromante

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