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Leopoldheim

La Colonia de la Costa Nueva, o Leopoldheim, comenzó como un sueño del Emperador Leopold a finales del siglo XXIV. Siempre falto de dinero a causa de las concesiones que se había visto forzado a ofrecer a cambio de asegurar su eleción, se mostró intrigado por la propuesta que le hizo un erudito de la Universidad de Altdorf, Rudolph Sternseher, quien le habló de los documentos que había descubierto y que hablaban sobre las exploraciones de las tierras al sur de Arabia. Estos papeles recogían las aventuras de tres valientes que habían vivido siglos atrás: el marinero nórdico Erik el Perdido, el explorador cataiano Yin-Tuan y el erudito árabe Ibn Jellaba, sus viajes a las Tierras del Sur y las riquezas que allí encontraron.

Leopold se emocionó ante aquellas historias que prometían riquezas perdidas y ciudades pertenecientes a antiguas razas perdidas en vastas selvas. La mención de los poblados de Altos Elfos convenció al Emperador: si los Elfos consideraban que valía la pena explotar las Tierras del Sur, el Imperio no tenía por qué ser menos.

Los votantes tacharon su plan de inútil pérdida de tiempo, así que el Emperador Leopold apeló a las casas Comerciantes de Marienburgo; ya mantenía una buena relación con ellos, tras haber desmatelado la Segunda Flota y haberles dejado comprar las naves. Aceptaron encantados a financiar su nueva colonia, dado que la idea de tener al Emperador en deuda con ellos resultaba irresistible. Así ocurrió que, en 2395 CI, una docena de carromatos partieron desde Marienburgo cargados de colonos, animales y soldados, con los estandartes de la Casa Unfähiger ondeando al viento, hacia las Tierras del Sur donde la partida fundaría la ciudad de Leopolheim.

Para finales del segundo año, la colonia ya había demostrado ser una ruina. Peor todavía, Leopolheim no había conseguido dar ni un solo beneficio. Las enfermedades, las malas cosechas, y los ataques de quienes los comerciantes árabes llamaban los al-Saurim, Hombres Lagarto que vivían muy en el interior, se habían cobrado su precio. No era sólo que el prestigio del Emperador se estuviese tambaleando, sino que los banqueros de Marienburgo habían comenzado a alzar la voz explicando las posibles consecuencias de cualquier incumplimiento en los préstamos.

Fue en aquel momento cuando Leopold tuvo una brillante idea: ante él tenía una petición de la Suma Sacerdotisa de Shallya en Altdorf, la Hermana Agatha Uberkopf, en la que le pedía que perdonara las vidas de un grupo de hombres condenados a la pena de muerte tras haber sido acusados de provocar disturbios cuando su equipo perdió el torneo regional de snótbol. Acordándose de la Lex Imperialis, evitó que acabaran con una corbata de cáñamo y les conmutó la sentencia a diez años de exilio en Leopolheim. Además, anuló casi todas las sentencias de muerte en Altdorf y Reikland, decretando que los acusados habrían de ser exiliados a la Costa Nueva, algunos por un periodo limitado de tiempo y otros de por vida. Al cabo de un año, la colonia se encontraba desbordada por los recién llegados. Imposible su regreso so pena de muerte, los exiliados se vieron obligados a buscarse una nueva vida en las Tierras del Sur.

Muchos fueron los que murieron en su inhóspito nuevo hogar, víctimas del calor y de la humedad, y de los estragos que ocasionaron las epidemias y las fiebres contagiadas por los mosquitos y otros insectos. Algunos, no obstante, sobrevivieron e incluso llegaron a prosperar. Se explusó a los Hombres Lagarto, y algunos intrépidos crearon minas y otras fuentes de riquezas. La colonia ha sobrevivido hasta nuestros días y el exilio sigue siendo una opción fácil para los magistrados más clementes de Altdorf.

Situación Editar

Para tratarse de una prisión, la colonia de la Costa Nueva resulta peculiar en muchos sentidos. Para empezar, es una prisión que carece de muros y que da más la impresión de pequeña ciudad que de recinto penal. Construida en la boca de un ancho y lento río, bautizado Río Ratón por el magritano que capitaneó la primera expedición, Leopoldheim queda vigilada por la torre Schloss Klara, llamada así en nombre de la nieta favorita de Leopold.

Asentada sobre una colina artificial que domina la bahía, la fortaleza de piedra de Schloss y sus muros protegen los únicos muelles permitidos en Leopoldheim. El Gobernador y su gente ostentan un control total sobre quién entra y quién sale de los muelles. Ayudar a los prisioneros a escapar camuflados entre la carga de algún barco está castigado con la horca.

La propia ciudad abraza la orilla de la bahía por los dos lados de la boca del río sin orden aparente: las calles fangosas zigzaguean entre casuchas desvencijadas, rompiendo la triste monotonía sólo alguna que otra vivienda encalada de aquel colono que haya conseguido prosperar por su cuenta. Los únicos edificios de piedra de Leopoldheim aparte de la fortaleza son las capillas de Sigmar, Shallya y Morr, y el edificio de entrada que guarda la única puerta en la empalizada de la ciudad.

A partir de aquí se extiende un sendero que se dirige hacia el norte a través de tierras de cultivo hasta la sabana y desde allí hasta el oasis árabe de Al-Mumkil. Al este y al sur, el borde de la jungla queda a unos dos kilómetros de los muros de Leopoldheim. Aunque no existe camino que lleve a la selva, el mismo río hace las veces de carretera para los exploradores que se aventuran en pos de riquezas perdidas y antiguos secretos. El hecho de que sean pocos los que regresan no suele desanimar a los confiados, los codiciosos o los desesperados.

Los presos sentenciados al exilio en la colonia de la Costa Nueva son enviados allí por un mínimo de diez años. Marcados a fuego con la letra "L" sobre la mano y el año en que se dictó sentencia, se les prohibe regresar al Viejo Mundo antes de tiempo so pena de muerte. Aunque, una vez su periodo de trabajos forzados en las granjas o minas de la colonia, o en la guarnición, haya expirado, los prisioneros son libres de hacer lo que les plazca.

La guarnición Imperial está allí sólo para proteger el castillo y la ciudad de ataques externos; lo que los colonos hagan entre sí y cómo gobiernen es asunto suyo. No resulta nada extraño caminar por Leopoldheim por la mañana y encontrarse dos o tres cadáveres, víctimas de "ajustes de cuentas" la noche anterior. Los prisioneros y sus descendientes han desarrollado su propio gobierno y corte rudimentarios, básicamente un consejo de los mayores terratenientes, respaldados por sus cuadrillas de verdugos. Los prisioneros recién llegados, desembarcados de la nave que viene de Marienburgo seis veces al año, deben aprender enseguida quién está realmente al cargo y a quién conviene tener contento si desean conservar sus tierras, posesiones, o incluso sus vidas.

Aproximadamente ocho de cada diez personas en esta colonia de cerca de mil almas no son convictos propiamente dichos, sino ex-convictos y sus descendientes que eligieron quedarse y construir una nueva vida en este lugar. También hay algunos buscavidas, bribones y otros que buscan lo que no es suyo. Una claúsula única en la ley de exilio del Emperador Leopold les permite a los condenados, si es que así lo desean, llevarse a sus familias con ellos a esta nueva tierra. Si así lo hicieran y desearan quedarse, o si contrajeron matrimonio en la colonia, el Gobernador de la Colonia les hará entrega de unas tierras, registrará una mina a su nombre, o los alistará en el "Honorable Gremio de Artesanos y Comerciantes de Leopoldheim", cuyos miembros tienen permiso para aventurarse hasta Al-Mumkil para comerciar. Los descendientes de los presos están considerados hombres libres y se les permite viajar si es que ésa es su voluntad, aunque los peligros de la tierra que los rodea y los desorbitados sobornos que tienen que pagar para asegurarse una plaza en un barco suelen desanimar a casi cualquiera que desee ver mundo.

Nos podríamos preguntar, ¿por qué no derrocan los prisioneros a sus gobernadores Imperiales y se quedan con todo el lugar para ellos? Porque necesitan la presencia del Imperio, incluidas sus guarniciones armadas con arcabuces, para protegerse de los peligros que infestan el interior de la selva. Los sucesivos gobernadores han conseguido mantener una paz relativa con los Hombres Lagarto, quienes sólo de vez en cuando realizan incursiones en las granjas de las afueras en busca de sacrificios. A cambio de un modesto tributo de productos acabados por parte de la colonia, los Hombres Lagarto también protegen a Leopoldheim de los Skaven. Los colonos saben que, en caso de que derrocaran al gobernador y tomaran el fuerte, los misteriosos líderes de los al-Saurim se aprovecharían y destruirían Leopoldheim.

Secretos Editar

Bartolomeus Langer es el más anciano de una de las familias más antiguas de Leopoldheim, descendiente directo de uno de los colonos originales. También es el hombre más poderoso de la colonia, si exceptuamos al Gobernador. Con los años ha ido aumentando las posesiones de su familia hasta llegar o poseer la mayoría de las granjas, edificios y minas de la zona, o a que los dueños de éstas estén en deuda con él.

Nada sutil en sus formas, se ha servido de chantajes, intimidaciones e incluso del asesinato para conseguir todo lo que quería. Si bien se finge educado, su tosca y violenta forma de ser ha marcado incluso a su esposa, quien no es más que una figura decorativa sobre la que hacer bromas cuando se siente de buen humor. Sus tres hijos son sus tres lugartenientes, más que dispuestos a comandar a bandas de matones para asegurarse de que se cumplen sus órdenes.

Pero no se conforma con ser el segundo pez más grande de su pecera... Bartolomeus lo quiere todo. Una noche años atrás, un misterioso árabe se puso en contacto con él para prometerle que podría reinar sobre la colonia sólo conque Bart jurase fidelidad al dios de Arabia. No al dios del pueblo árabe, sino a una misteriosa deidad oscura que exigía lealtad absoluta a cambio de un gran poder. Cada mes durante tres meses, la noche sin luna, el extraño se le acercaría para hacerle la misma propuesta. Nadie más lo veía llegar, y nadie lo veía marchar. Por fin, Bart aceptó. La Hexensnacht siguiente, le guiaron a un antiguo enclave en el interior de la jungla, donde se vio rodeado de Skavens y en presencia de su Profeta Gris. Con las rodillas entrechocando entre sí a causa del miedo, Bart se tuvo que rebajar y jurar lealtad al culto de la Rata Cornuda.

Durante los últimos tres años, Bartolomeus Langer ha sido el agente Skaven infiltrado en la Colonia de la Costa Nueva. No tardó en corromper a sus hijos y secuaces, muchos de los cuales ya participan en ritos obscenos para adorar al dios de los Montes Baghrusa y Lhasa; muchos de los exploradores que han desaparecido "río arriba" en realidad encontraron su fina bajo un cuchillo de sacrificios en alguna parte de la propiedad de los Langer. Tras aconsejarle sus señores que tuviera paciencia, ha infiltrado mineros Skaven en la misma Leopoldheim, y están excavando túneles poco a poco con la intención de socavar los muros de la fortaleza, además de otro que va desde las tierras de los Langer hasta la ciudad. Pronto, muy pronto, Bart planea comandar un asalto sorpresa con sus secuaces y aliados hombres rata y declarar su propio "Reino del Sur", con las almas del Gobernador y su familia convirtiéndose en la primera de muchas ofrendas en agradecimiento a la Rata Cornuda.

Fuente Editar

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