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Los Cinco Ejércitos

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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos.jpg

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos.jpg

Guardianes de Ellyrion Art.jpg

Los Caballeros del Crepúsculo

Según avanzaba el Año Imperial 2524, se produjo un respiro repentino y momentáneo. Fue como si los dioses hubiesen detenido su furia para hacer recuento de la cambiante situación. Durante una noche bendita, los reinos del mundo vivieron una suspensión de los horrores en los que se habían visto atrapados durante los meses previos. Presagios frescos llegaron con la calma inesperada. Aquellos que tenían el talento de leerlos supieron de un nuevo personaje destinado a irrumpir en el escenario, un ser que no era ni dios inmortal ni mortal condenado por la muerte. Por un glorioso día, pareció que el mundo natural contenía el aliento. Entonces el poder del Caos se alzó de nuevo, las señales mudaron y la locura reinó una vez más.

En las tierras del Viejo Mundo, muchos ojos habían sido testigos de fragmentos de las maquinaciones de Arkhan y Mannfred, pero ninguno había percibido aún las dimensiones completas de su obra. En Couronne, el renacido Gilles el Bretón supo de la destrucción de la Abadía de la Maisontaal y meditó sobre lo que presagiaba. No tenía conocimiento de lo que había sido robado de las cámaras, pues muchas reliquias ancestrales y males terribles habían sido destruidos en la explosión, pero aún así podía percibir la existencia de una intriga mayor. En las profundidades de los niveles inferiores bajo Plagaskaven, el Consejo de los Trece supo del robo de la Espada Cruel y sintió una oleada colectiva de miedo. La antigua espada había cambiado de manos muchas veces a lo largo de los años, pero nunca la habían perdido completamente de vista. En las horas siguientes a la llegada de las noticias, la jerarquía de Plagaskaven se alteró una vez más según se buscaba y ejecutaba a chivos expiatorios. Para los hombres de Bretonia y las alimañas del Imperio Subterráneo, aquellos eran sucesos inquietantes, mas no podían permitirse hacer nada al respecto. Gilles el Bretón luchaba aún para preservar un reino en proceso de desintegración, mientras que los skaven dedicaban todas sus energías a seguir el rumbo marcado por la Rata Cornuda. Sólo en el Imperio había uno decidido a actuar. La venganza lo empujaba; la venganza y la recuperación de su honor.

Faltaba un mes para Geheimnisnacht cuando Hans Leitdorf, Gran Maestre de los Caballeros de la Sangre de Sigmar, llegó a Altdorf. Tanto él como su escolta cabalgaban sobre corceles exhaustos, sus armaduras todavía cubiertas de costras con la sangre de los Hombres Bestia que habían masacrado bajo las murallas de Heldenhame. La segunda batalla por Heldenhame se había desarrollado mucho mejor que la primera. Los Hijos del Caos se habían lanzado de forma temeraria contra la brecha en el muro occidental sin pensar mucho en las consecuencias, y una carga de los vengativos caballeros de Leitdorf había bastado para ponerlos en fuga. Una vez se hubo asegurado de que la ciudad no se encontraba en peligro inmediato, Leitdorf había dejado sus defensas a cargo del Capitán Volker, y partido al Oeste para pedir ayuda. Leitdorf pretendía liderar a toda su orden a Sylvania, pero sabía que otras fuerzas sería necesarias para que su venganza no se convirtiera en un disparate abyecto.

Por desgracia, durante el transcurso de su viaje, el caballero comprobó una y otra vez que el Imperio no estaba en disposición de respaldar una invasión competa de Sylvania.

Los Hombres Bestia campaban a sus anchas por Talabecland y Reikland, incendiando y saqueando a placer. Todos y cada uno de los nobles, posaderos y mercaderes con los que habló Leitdorf susurraron historias de criaturas más oscuras incluso que los Hombres Bestia acechando entre los árboles, y de pueblos y aldeas arrasadas por fuego procedente de los cielos. Había un número increíble de agoreros y flagelantes por todas partes, y multitudes mugrientas y piojosas bloquearon el paso del caballero en más de una aldea. Se amontonaban alrededor de los templos como buitres en torno a cadáveres frescos, proclamando la llegada del Fin de los Tiempos a todos aquellos dispuestos a escucharlos, y exhortaban a ricos y pobres por igual a expiar sus pecados.

Al principio, Leitdorf apenas les hizo caso; cuentos de locura y horror no resultaban infrecuentes en el Imperio, pero de manera gradual el caballero se terminó sorprendiendo a sí mismo creyendo que, por una vez, aquellos fanáticos estaban en lo cierto.

Una vez en Altdorf, Leitdorf obtuvo muy pocos apoyos. El Emperador le había concedido una audiencia, y prometido otorgar al asunto su más urgente consideración, pero desde entonces hacía tres días que Leitdorf no tenía noticias, y sus repetidos intentos de abordar el tema con Markus Lofdtir, el asistente del Emperador, se encontraron con un muro de silencio educado pero inflexible. Negándose a abandonar su causa, Leitdorf buscó a viejos camaradas y trató de convencerlos para que le prestaran ayuda. Una y otra vez hubo de escuchar la misma historia: entre los tumultos en las tierras centrales y la amenaza de una invasión desde el Norte, nadie podía permitirse el prescindir ni de un hombre. Mas entonces, al alba del cuarto día, todo cambió.

Despertado en sus aposentos por un heraldo imperial, Leitdorf se apresuró al palacio del Emperador. El caballero se permitió tener esperanza mientras avanzaba, confiando en que Karl Franz hubiera cedido al fin y proporcionaría ahora los soldados que necesitaba. Aquellas ilusiones se evaporaron nada más llegar. Lofdtir lo puso al corriente de la partida del Emperador hacia el Norte con el Mariscal de la Reiksguard, lo mejor para reunir fuerzas contra la creciente amenaza. Con su paciencia a punto de agotarse, Leitdorf exigió conocer el motivo por el que había sido convocado, ante lo cual Lofdtir hizo pasar al caballero a una de las muchas y espléndidas salas de recibimiento del palacio, y lo presentó a los invitados que lo aguardaban.

Había tres de ellos, e incluso para el ingenio más tenue resultaría obvio que no eran ciudadanos del Imperio, sino Elfos de allende el mar. Dos de ellos, un varón y una mujer, estaban cubiertos de finas armaduras de escamas. El tercero, otro varón, era mucho más anciano que sus compañeros. No vestía armadura, tan sólo una holgada túnica azul y una diadema enjoyada sobre su frente. Todos ellos irradiaban un aura de guerreros experimentados. No, pensó Leitdorf, era algo más que eso, era arrogancia; una confianza de palabras y hechos que ningún humano podría aspirar a alcanzar jamás. Incluso en el corazón del palacio del Emperador, entre galas y tesoros acumulados a lo largo de generaciones, los elfos hacían que todo a su alrededor pareciese barato y vulgar; peor aún, eran conscientes de ello.

Hablando con una deferencia y precisión que delataban una vida de servicio político, Lofdtir realizó las introducciones pertinentes. El varón de más edad fue nombrado simplemente como Belannaer, y el más joven como el Príncipe Eltharion de Yvresse. La mujer era la Princesa Eldyra de Tiranoc, y fue la única que ofreció a Leitdorf siquiera un amago de reverencia. Los nombres poco importaban al caballero, mas sus propósitos en el Imperio atrajeron con creces su interés. Habían venido, dijeron, a llevar a cabo el rescate de uno de los suyos en las profundidades de Sylvania.

Aquel llamado Belannaer fue quien, en mayor medida, llevó el peso de la conversación, expresándose en una forma extremadamente precisa de Reikspiel con la que ni siquiera se habrían atrevido los largamente fenecidos tutores de Leitdorf. La Princesa Eldyra interrumpió pocas veces, y tan sólo para realizar aclaraciones cuando el arcaico lenguaje de Belannaer se escapaba de manera evidente al entendimiento de Leitdorf. El alto y sombrío príncipe no pronunció ni una palabra durante todo el encuentro. A Leitdorf le dio la impresión de que, si bien Eltharion era el comandante titular de la expedición élfica, desaprobaba enormemente la indignidad de aquella reunión.

Araloth Elfos Silvanos.jpg

Araloth, Señor de Talsyn

Pronto supo el porqué. Los elfos no habían venido a Altdorf únicamente para solicitar permiso para atravesar el Imperio - Leitdorf sospechaba que cosas así les importaban bien poco - sino para buscar ayuda. Su propia tierra se encontraba asediada, tanto como el Imperio, explicó Belannaer. Aunque el cautivo a quien pretendían liberar era un personaje de cierta importancia - Leitdorf percibió la habilidad con la que el elfo evitó ofrecer pista alguna sobre la identidad del individuo en cuestión - sólo se podía haber reunido tal número de lanzas para rescatar a una única alma, por muy valiosa que fuera.

Mientras explicaba sus propias circunstancias, Leitdorf comprendió que aquel encuentro no era fruto de la casualidad. Tanto él como los elfos habían llegado a Altdorf en busca de la asistencia del Emperador y Karl Franz, tan maestro estadista como de costumbre, había hallado una manera de satisfacer a todas las partes sin cargo alguno para si - incluso los endeudaba para con él al haber dispuesto las cosas de aquella guisa. Mas Leitdorf descubrió que no le importaba. El caballero quería ver destruido a Mannfred von Carstein y masacrados a sus sucios lacayos; los elfos pretendían recuperar a su pariente de las garras del vampiro. Aquellos dos deseos se unieron como las tablas de un buen escudo.

Para cuando Lofdtir se excusó para abandonar la estancia, ya se había sellado una alianza. Antes de que cayera la noche, Leitdorf y su escolta cabalgaron hacia el Este una vez más. Junto a ellos marchaba una hueste plateada de allende el mar. Algunos días después sus filas recibieron todavía más refuerzos, pues la orden completa de los Caballeros de la Sangre de Sigmar se unió a ellos. Sin embargo, sin que ni Leitdorf ni los altos elfos lo supiesen, otras fuerzas estaban convergiendo sobre Sylvania.

Desde el Suroeste venía una hueste de Athel Loren, liderada por Araloth, Señor de Talsyn. No marchaban para vengar los males que su gente había sufrido, sino por la desesperada petición de Alarielle, Reina Eterna de Ulthuan, que había implorado a los Elfos Silvanos que rescatasen a su hija. En lo que a él respecta, Araloth se sentía poco vinculado a los altos elfos, y nada en absoluto a la Reina Eterna, pero la Reina Hechicera Ariel le había encargado aquella tarea, y el Señor de Talsyn había jurado que la vería cumplida. Los elfos habían viajado durante muchos días, guiados por un medallón encantado que les había proporcionado la propia Alarielle, avanzando siempre de noche o bajo un manto de hechicería.

Los elfos silvanos habían resuelto no verse arrastrados a conflictos innecesarios a medida que cruzaran el Imperio. Sin embargo, Skaryn, el halcón de caza de confianza de Araloth, voló alto y lejos mientras el ejército marchaba, y sus perspicaces ojos divisaron a muchos rebaños de hombres bestia practicando su deporte favorito: la destrucción. Pocos eran los que en la hueste de Araloth no habían perdido parientes a manos de los Hijos del Caos, y resultaba para ellos impensable pasar a distancia de tiro de arco de aquellas criaturas y no buscar una recompensa. Así fue que más de una aldea de Wissenland fue rescatada de la rugiente horda que estaba a sus puertas, aunque es dudoso que ninguno de sus habitantes conociera jamás la fuente de su salvación.

Araloth hablaba poco mientras los elfos avanzaban. Muchos podían percibir sus reticencias, pues su comportamiento habitual era tener siempre preparada una historia o una broma afable. Ahora, sin embargo, se mantenía silencioso, hablando sólo para dar órdenes u obtener información de los exploradores que precedían el paso de su ejército. Sus pensamientos se centraban siempre en el camino que tenían por delante, sobre las desapacibles carreteras de Sylvania. Algunos años antes, el destino de Araloth se había cruzado con el de una diosa, y aquel encuentro lo había transformado de un noble inmaduro a un héroe para los suyos. Desde aquel día, Araloth había compartido una porción del don profético de la diosa, y había sido capaz de divisar la esperanza incluso en los días más peligrosos. Ahora, cuando Araloth posaba su vista en los tiempos que se avecinaban, no veía más que tinieblas. Mas igualmente continuaba avanzando, pues tal era su deber.

A medida que los elfos silvanos avanzaban desde el Oeste, otro ejército descendía desde el Este. Avanzaban a paso pesado e inexorable, con un propósito tan obviamente sombrío y resuelto que las tribus goblin de las montañas más bajas se dispersaron sin presentar batalla. Aquella era la gran hueste enana de Karak-Kadrin, y marchaba bajo el estandarte de su rey, Ungrim Puñohierro.

Varios días antes, un heraldo imperial había llegado a Karak-Kadrin, portando un pergamino que mostraba el sello de Karl Franz. Así había informado el Emperador de la llegada de los altos elfos a Altdorf, y de su misión de rescatar a uno de los suyos en Sylvania. Si bien el Emperador reconocía que existía poca confraternidad entre enanos y elfos, solicitó que el Rey Ungrim Puñohierro ponderase seriamente asistir a aquella intentona. Resultaba evidente que un gran mal estaba siendo fermentado tras las fronteras de Sylvania, y desbaratar tales obras beneficiaría sin duda al interés de todos.

Aunque la idea de prestar ayuda a los arrogantes Ulthuani no le sentaba nada bien a Ungrim, se vio forzado a admitir que la propuesta del Emperador resultaba bastante sensata. Sylvania yacía en las estribaciones del territorio de Karak-Kadrin, y por largo tiempo el Rey Matador había observado con preocupación la intensificación de su sombra. Podría ser sólo cuestión de tiempo que los vampiros se aburrieran de juguetear con los humanos y volvieran su atención a las montañas. Los enanos tenían ya suficientes enemigos vociferando a sus puertas.

El pergamino no ofrecía pista alguna sobre la identidad del cautivo, pero Ungrim la había adivinado igualmente. Algunos meses antes, Thorgrim Custodio de Agravios había convocado una asamblea de reyes en Karaz-a-Karak, y había hablado de una batalla en Nagashizzar; una batalla en la que se había fracasado en el intento de liberar a la Niña Eterna de Ulthuan de las garras de Mannfred von Carstein. Para su regocijo, Ungrim comprendió que muy probablemente sabía más de la misión de los altos elfos que el Emperador. Quizás los altos elfos considerasen a los humanos unos aliados útiles, pero no les habrían contado más de lo absolutamente necesario por temor a avergonzarse.

Ungrim había buscado el consejo de sus thanes. Muchos aconsejaron que Karak-Kadrin no debería malgastar sus fuerzas defendiendo las tierras humanas, y menos aún prestando ayuda a los elfos - no en tiempos tan aciagos como aquellos. Mas al hablar así, aquellos thanes tan sólo consiguieron reforzar la determinación de actuar de su rey. Ungrim había escuchado muchos argumentos similares últimamente, a menudo por boca de los otros reyes, y se había cansado de ello. Decidió que había llegado el momento de dar ejemplo, y de que los enanos recordasen a todos con firmeza que todavía eran un poder a tener en cuenta.

La última de las fuerzas que asaltó Sylvania llegó desde el Norte, pero aquella hueste apenas compartía el propósito de las otras. De hecho, sería incorrecto definir aquella turba como un ejército, pues no había disciplina alguna entre sus filas. Se trataba de una horda espoleada por apetitos primarios; allá por donde viajaban sus guerreros de pezuñas hendidas, sólo dejaban ruina a su paso. Ninguno de los hombres bestia conocía su destino, y únicamente un instinto ardiente los conducía siempre hacia adelante. Incluso la criatura que lideraba a la horda, aquel conocido como Malagor entre los hombres del Imperio, no conocía completamente sus propósitos.

Desde que la luna oscura había alcanzado su tamaño completo en el cielo, igualmente las palabras de los Dioses Oscuros se habían vuelto más fuertes en la mente de Malagor, pasando de susurros a tonos estridentes. Eran ellos quienes le habían ordenado destruir a Arkhan el Negro y a su ejército de huesos resucitados. Malagor no conocía las razones tras sus instrucciones, pero los motivos le importaban poco - los dioses habían ordenado, y él había obedecido. Mas aunque Malagor era un recipiente adecuado para el propósito de los dioses, sus bestiales parientes no lo eran tanto, más impulsados por un hambre primitiva que por voluntad divina.

Tres veces Malagor había estado cerca de destruir al liche, y todas ellas el salvajismo de los hombres bestia se lo había impedido. La peor había sido la masacre en Heldenhame. Allí, Malagor se había acercado a su presa tanto como para percibir su rastro agrio en la brisa. Sin embargo, antes de que el chamán del rebaño pudiera cumplir su propósito, la horda había notado la brecha en la muralla de Heldenhame, y el deseo de darse un festín a costa de la ciudad vulnerable pronto eclipsó a cualquier otra necesidad. Para cuando Malagor consiguió recuperar el control de los hombres bestia, la presa ya se encontraba bien lejos al Sur, y la mayor parte de la horda había sido arrollada por caballeros vengativos.

Malagor había esperado ser castigado por su fracaso, mas parecía que los Dioses del Caos aún le favorecían. Mientras las voces en la mente del chamán del rebaño dirigían a la horda hacia el Sur, más hombres bestia emergían de entre los árboles y se sometían a su voluntad. Para cuando la horda se acercó al muro de hueso en la frontera norte de Sylvania, era una auténtica marea rugiente que pisoteaba fortalezas y pueblos por igual hasta convertirlos en escombros ensangrentados.

Mannfred von Carstein se enteró de inmediato de los cinco ejércitos que invadían su reino, pues casi todos los ojos y los oídos en Sylvania estaban bajo su mando. No pasó mucho tiempo hasta que Mannfred supo el tamaño y composición de cada fuerza invasora, al igual que las identidades de sus líderes. Estimó que la situación era bastante más divertida que preocupante; nunca habían sido sus dominios tan inexpugnables, y sin embargo sus enemigos se lanzaban de cabeza. Mannfred supuso que se trataba de algún tipo de cumplido que tantas poderosas naciones consideraran a Sylvania tan gran amenaza, pero el momento resultaba un tanto desafortunado. Convocando a sus capitanes, Mannfred comenzó los preparativos para defender su territorio.

Si los intrusos hubieran entrado juntos en Sylvania, con un único propósito, entonces habrían supuesto un desafío imbatible. Tal y como estaban las cosas, sólo dos de los ejércitos - los altos elfos y los Caballeros de la Sangre de Sigmar - habían unido fuerzas. Mannfred sabía que aquellos, al menos, los había invitado él con su arrogancia, por añadir insultos a las heridas en previos encuentros. Tampoco es que le importara mucho, pues si los había aplastado antes seguramente podría humillarlos una segunda vez. En cuanto a los otros ejércitos, vio poca amenaza en los elfos silvanos, cuya hueste era con diferencia la más reducida. Los hombres bestia y los enanos resultaban mucho más preocupantes. El rebaño de Malagor era una horda descontrolada e indisciplinada, pero en cuestión de números eclipsaba a todos los demás invasores juntos. A la hueste de Karak-Kadrin, sin embargo, no le faltaban ni números ni disciplina. Era también el único invasor a quien Mannfred realmente temía. En el siglo anterior se había preocupado mucho de no enfrentarse a Ungrim Puñohierro, no fuera a ser que la antigua alianza entre el Imperio y los enanos encontrara una nueva causa en la destrucción de Sylvania. Parecía ahora que el esfuerzo había resultado inútil, pues el Rey Matador llamaba a las puertas.

En cuanto a Arkhan, no prestó atención alguna a los enemigos que se aproximaban, y en vez de eso comenzó los preparativos para el retorno de Nagash. Carretones de huesos y pieles andrajosas transportaron los artefactos y sacrificios necesarios hacia el Este, a la Cañada de las Penas y al ancestral círculo de piedra conocido como los Nueve Demonios. Las historias de los campesinos contaban que aquellos no eran en realidad monolitos, sino los huesos calcificados de demonios aprisionados para la eternidad. A Arkhan no le importaba si aquel cuento era real - tan sólo le interesaba que el círculo se ubicaba sobre una confluencia en la red geomántica, y por lo tanto los vientos de la magia soplaban fuertes sobre sus piedras. ¡En Geheimnisnacht, Nagash se alzaría de nuevo!

Mannfred asestó su primer golpe contra los hombres bestia. El Conde Nyktolos de Vargravia dirigió el asalto con una hueste alada de engendros del terror, murciélagos putrefactos y otros moradores de las cavernas. Una y otra vez se abrieron paso a través del ejército de Malagor mientras este avanzaba en estampida por el Bosque del Hambre, siempre golpeando el flanco del rebaño y retirándose hacia el este antes de que los Hijos del Caos pudieran perseguirlos. Estos ataques continuaron durante días y, pese a los intentos de Malagor de conducir a sus seguidores hacia los Nueve Demonios, los hombres bestia fueron atraídos hacia el Este de manera continua e inexorable.

Mientras tanto, Ungrim Puñohierro se sentía frustrado. Los girocópteros, desviándose hacia el Norte para evitar la antinatural oscuridad de Sylvania en la medida de lo posible, habían llevado mensajes entre los enanos y sus aliados en el Oeste. Habían acordado reunirse en el pueblo de Templehof, y los enanos se habían movido rápidamente al principio. Sus máquinas de asedio habían cincelado una brecha en los muros de hueso de la frontera de Sylvania, pero el avance se había ralentizado mucho en cuanto los enanos habían entrado en los bosques opresivos y plagados de espíritus del Noreste de Sylvania. Mannfred había despachado tres capitanes para enfrentarse a los enanos, aunque poco bueno había sacado de aquello. Todos habían perecido bajo el hacha del Rey Matador, y sus fuerzas habían sido desperdigadas o destruidas poco después. Mas la no-vida de Sylvania no se limitaba a las criaturas de carne y hueso. Los árboles de aquel oscuro país también eran víctimas de los excesos de la magia, reducidos a cascarones de dura corteza seca infestadada de gusanos. Que de vez en cuando se atrevieran a atacar preocupaba poco a los enanos, pues tenían suficientes hachas que mordían tan profundamente la madera podrida como el hueso. El problema venía del hecho de que los árboles se retorcían constantemente, engullendo la carretera, y habían de ser cortados antes de que el camino resultase practicable de nuevo.

Ungrim Puñohierro podría haber mantenido su paso de haber abandonado sus máquinas de asedio pero no podía soportar algo así. Una vez más partieron los girocópteros, en aquella ocasión portando agrias nuevas de demora, pero esa vez no regresaron. Ensombrecido su ánimo, Ungrim ordenó a sus fuerzas que continuaran avanzando, sin saber que estaba actuando tal y como deseaban sus enemigos. El Conde Nyktolos, cuyos engendros del terror habían derribado a los girocópteros de los cielos, atraía ahora a los arrolladores hombres bestia hacia el Este una última vez...

Los enanos escucharon el clamor de la horda de Malagor leguas antes de verla, y Ungrim, interpretando correctamente lo que vaticinaba el ronco estruendo, hizo marchar a su propio ejército hacia el campo abierto más cercano. A medida que los árboles a su alrededor cobraban vida con rugidos primitivos, los enanos de Ungrim comprendieron lo grandes que eran sus apuros. Se cargaron cañones y colocaron piedras de juramento, se cantaron canciones de muerte y recitaron plegarias a Grimnir. Así comenzó la Batalla del Túmulo Rojo.

Los hombres bestia emergieron de entre la retorcida arboleda para toparse de cara con los cañones de factura enana. La primera andanada abrió grandes y sangrientas brechas entre las filas del rebaño, pero los cientos de muertos no significaban nada para los que venían detrás con gran estrépito. Los hombres bestia, al fin contentos por enfrentarse a un enemigo de carne caliente y suculenta, habían enloquecido por completo, y el olor de la sangre de sus salvajes parientes en el aire sólo sirvió para volverlos aún más feroces. El aire estaba cargado del rugido de las armas de fuego, el silbido de las balas y el rabioso rebuznar de la horda. Entonces llegaron los raídos estandartes de los hombres bestia al intrépido muro de escudos enano, y comenzó la auténtica carnicería.

Muchos matadores cumplieron sus juramentos aquel día, y muchos guerreros honraron a sus linajes. Las runas de Valaya centelleaban mientras luchaban para contener la hechicería salvaje de los chamanes de Malagor. Gors y bestigors embestían la apretada línea de escudos y eran rechazados en intercambios sangrientos. Los atronadores disparaban andanadas a bocajarro, y luego recurrían a sus hachas para sobrevivir. Los minotauros golpeaban sobre yelmos y escudos, dándose un festín a costa de los caídos antes de regresar bramando a la carnicería.

Al final, la Batalla del Túmulo Rojo duró dos días y una noche - al menos, así se pudo estimar bajo los cielos oscurecidos de Sylvania. Faltando poco para concluir el segundo día, la horda de Malagor finalmente se desmoronó y huyó entre los árboles, dejando tras de sí un campo de batalla atiborrado de cadáveres mutilados y a medio devorar. Ungrim Puñohierro quedó como el dueño del campo de batalla, pero la hueste de Karak-Kadrin no continuaría su marcha hacia el interior de Sylvania.

Como de costumbre, el deseo de Ungrim de cumplir su Juramento de Matador se enfrentó a sus responsabilidades como Rey de Karak-Kadrin. El matador deseaba continuar la marcha, quizás para encontrar una muerte gloriosa ante el mal de aquella tierra, pero el rey sabía de sus responsabilidades para con su gente. Y sólo habría muerte si continuaban la marcha. De cada diez enanos que habían seguido a su rey a la guerra, ocho yacían muertos y el noveno estaba demasiado herido como para sostener hacha y escudo al mismo tiempo. Aunque se había obtenido una gran victoria - tal vez la más grande victoria contra los Hijos del Caos en los anales de Karak-Kadrin - los enanos habían fallado a sus aliados. Ungrim Puñohierro envió una pequeña banda de voluntarios al Oeste para intentar contactar con Eltharion y Leitdorf. Entonces, con gran pesar, el Rey Matador ordenó la retirada.

Ungrim Puñohierro 8ª.jpg

Ungrim Puñohierro

Lejos al Sur, la hueste silvana de Araloth hacía frente a sus propios problemas. El pueblo de Athel Loren estaba más que acostumbrado a que el bosque se moviese de acuerdo a sus propios designios, pero aún así los árboles necróticos de Sylvania les resultaban inquietantes. Los espíritus del bosque de Athel Loren podían ser malévolos e iracundos, sanguinarios incluso, pero ninguno de ellos apestaba tanto a desesperación y malicia irreflexiva como los árboles del Bosque Abandonado.

El capitán a quien Mannfred había enviado a destruir a los elfos silvanos no era un vampiro, sino Kalledria, Reina de la Tristeza: una doncella espectral que llevaba aferrándose al mundo desde la época del Emperador Sigismund. Se trataba de una maestra de sueños y pesadillas, de terror en los límites de lo visible, y atacó a los elfos no con acero, sino mediante el terror.

Espectros sedientos de sangre acechaban cada paso de los elfos silvanos, obligando a los cantores de árboles de la hueste a mantener un agotador régimen de abjuraciones para mantener a raya a los espíritus. Incluso entonces, la hueste de Araloth menguaba constantemente. Los exploradores se desvanecían en el bosque para no ser vistos nunca más, salvo por los cuerpos exangües que aparecían desperdigados por el sendero al alba siguiente. Pocos dormían, y los que lo hacían tan sólo descansaban a ratos, despertándose de sueños de seres congelados y cortes de muertos danzantes. Algunos incluso morían en sueños, arrancadas sus almas de sus cuerpos por las crueles garras de Kalledria.

De los elfos silvanos, únicamente Araloth resultaba inmune. Los horrores de Kalledria no encontraban debilidad alguna en su corazón, y su ejemplo concedía notables fuerzas a sus compañeros. Ninguno podría haber adivinado que el Señor de Talsyn era tan consciente de su propia mortalidad como cualquiera de los que le seguían. Antes de que Araloth abandonase Athel Loren, Naieth la Vidente le había dado un abrazo de despedida, y pocas cosas hay más siniestras que la despedida cariñosa de un vidente.

Araloth estaba seguro de que los sufrimientos de los elfos eran el producto de una inteligencia perspicaz, pero Kalledria se aseguró de que ningún elfo la viera y viviese para contarlo. Mientras la hueste cruzaba el Curso de Cadáveres y se dirigía al Norte, Araloth encargó a sus cantores de árboles que capturasen a uno de los espíritus y sondearan la más oscura de las magias para descubrir a su maestra. No fue aquello emprendido con ligereza, pues ninguno de los magos que lo acompañaba había caminado por la oscura senda de la hechicería, y ahora arriesgaban su cordura al hollarla. Tres perecieron en el intento, y un mismo número se volvió loco de miedo, mas el séptimo resistió, y llegó a percibir las invisibles ataduras de energía que encadenaban los espíritus cautivos a la regresada maldita, Kalledria.

Así lideró Araloth un asalto contra la guarida de la Reina Espectral, una torre ruinosa en las profundidades del Bosque de los Necrófagos. El nombre del bosque resultaba de lo más adecuado, pues incontables tribus de aquellas criaturas envilecidas moraban bajo sus árboles disecados. Fue una batalla salvaje, en la que lanzas forjadas por Daith se enfrentaron a garras embadurnadas de veneno. Una y otra vez, los necrófagos eran rechazados, pero nunca huían lejos y regresaban tan pronto como el hambre se sobreponía a la cobardía. Incluso cuando los cantores de árboles que le quedaban a Araloth desterraron finalmente a Kalledria y su aquelarre de espíritus, los necrófagos siguieron luchando. La carne de los elfos resultaba más dulce que todo lo que los necrófagos habían roído en muchos años, y sólo cuando su situación se volvió más que desesperada optaron aquellos engendros pálidos por arrastrarse de vuelta a las sombras circundantes.

Al fin, Araloth y su hueste estaban en disposición de continuar su viaje hacia el norte. El medallón zumbaba ahora de forma apremiante, y los elfos silvanos obligaban a sus fatigadas extremidades a responder a su llamada. Mas antes de que hubiesen recorrido una legua, la luz de la luna se abrió paso a través de la oscuridad que los rodeaba, y una esbelta mujer elfa les impidió el paso. Era pálida, y aun así increíblemente hermosa, ataviada con un simple vestido blanco que brillaba como las estrellas. Araloth exhaló un gran grito de alegría y abrazó a la recién llegada. Algunos de sus compañeros no sentían tanta confianza. Habían sido testigos de cómo la hermosura ocultaba muchas formas infectas desde que habían entrado en aquella tierra oscura, y temían que la mujer no fuese más que otra adversidad semejante. Sin embargo, muchos de los elfos contemplaban a la recién llegada y tan sólo veían su grandeza, sabiendo que estaban realmente en presencia de una diosa.

Bosque Hambriento por Daarken.jpg

La tierra oscura de Sylvania

Araloth y su diosa conversaron durante un buen rato, en un tono demasiado bajo como para que los demás pudieran escuchar más que fragmentos de lo que decían. Todos se dieron cuenta de que las palabras de la diosa no eran muy del agrado de Araloth, pero finalmente el Señor de Talsyn cedió y le entregó el medallón que había guiado a la hueste hasta allí. Besando una vez a Araloth en la frente, la diosa estrujó el medallón, reduciéndolo a polvo entre sus dedos, y esparció los restos por el aire para crear un portal iluminado por las estrellas en medio del camino. Sólo entonces Araloth se dirigió a la hueste, diciéndoles que el destino de la Niña Eterna había dejado de ser asunto suyo, y que una batalla más grande los esperaba en orillas distantes. Entonces, sin insistir ni una vez en que lo siguieran, el Señor de Talsyn tomó la mano de la diosa y pasó a través del portal. El resto de la hueste no titubeó. Aunque no todos creían aún en la naturaleza de la diosa, todos confiaban y querían a su señor. Si sus palabras probaban ser ciertas, lucharían la próxima batalla a su lado; si la diosa resultaba ser falsa, lo liberarían de su influencia o morirían en el intento. Así se desvaneció la hueste de Athel Loren de Sylvania y de la vista de los mortales.

Para entonces, las noticias sobre la retirada de Ungrim Puñohierro habían llegado ya a Templehof. Por desgracia, la pequeña y ensangrentada banda de montaraces enanos que llevaba el mensaje había llegado demasiado tarde - la hueste combinada de hombres y elfos había dado a los enanos por perdidos, y ya había partido. Restaba tan sólo una semana para Geheimnisnacht, y Belannaer había predicho que cualquiera que fuese el pérfido destino que aguardaba a la Niña Eterna, se cumpliría en aquella fatídica noche. Eltharion consideraba que era necesario moverse rápido, pero sin precipitarse de forma temeraria.

A medida que los ejércitos avanzaban a través del corazón de Sylvania, Eldyra lideraba partidas avanzadas para sellar o purificar los sepulcros que se encontraban a lo largo del camino. Los elfos eran plenamente conscientes de lo modesto del tamaño de su ejército en aquella tierra hostil, y resultaba preferible demorar y obstruir la marea potencial de enemigos, en vez de apresurarse hacia su destino y encontrarse bajo ataque por todas partes. Belannaer había guiado la expedición hasta entonces, siguiendo la melodía del canto silencioso de Aliathra como había hecho desde el principio, y aún podía mantener la concentración suficiente como para adivinar cuáles de las antiguas tumbas y mansiones en ruinas requerían la atención de Eldyra.

Leitdorf no podía soportar lo que consideraba un avance innecesariamente lento, y en numerosas ocasiones trató de discutir el asunto con Eltharion. En cada una de ellas fue rechazado de manera educada pero firme, y su humor empeoró con cada desaire. Él tenía tanto - o incluso más - que decir en aquel asunto y le irritaba lo que percibía como desprecio por parte de sus aliados.

Incapaz de influenciar a los elfos, el gran maestre hizo que sus propias fuerzas apretaran el paso. Los hombres del Imperio fueron avanzando más deprisa hasta que, cuando Leitdorf cabalgó a través de la aldea de Klodebein, distaban cinco leguas enteras entre su retaguardia y la vanguardia de las fuerzas de Eltharion.

Entonces atacó Mannfred.

Leitdorf debería haber sabido que algo no iba bien mucho antes de que comenzara el ataque. Como muchas otras de las aldeas que había atravesado, Klodebein no estaba en absoluto desierta. Tal vez la cuarta parte de las destartaladas casas mostraban luz a través de las ventanas, y nadie salió a recibir a la columna de caballeros. Ni siquiera el vigilante - más parecido a una comadreja inmunda que a un hombre, y cuyo tricornio y gabardina habían conocido décadas mejores - no ofreció desafío ni bienvenida, sino que se resguardó en su choza con el aire de quien espera morirse pronto. Leitdorf, hombre de alta alcurnia, se limitó a interpretar aquello como la hosquedad natural de las clases inferiores al toparse con auténticos soldados, y no lo tuvo muy en cuenta. Sólo cuando la columna se abrió paso a través del vasto jardín de Morr en el linde meridional de la aldea, y los vargheists emergieron repentinamente de sus escondites entre las tumbas, se dio cuenta el Gran Maestre que no eran sus caballeros lo que temían los aldeanos.

Tomados por sorpresa marchando en columna, desde el principio los Caballeros de la Sangre de Sigmar no tuvieron muchas posibilidades. Resonaron las trompetas mientras los caballeros trataban de rehacer la formación, pero sus esfuerzos se veían obstaculizados por la cercanía de las tumbas. Leitdorf observó con frustración y horror cómo su vanguardia era hecha pedazos en un torbellino de sangre y armaduras destrozadas. Un haz de magia de muerte se elevó en espiral desde uno de los sepulcros, contrastando su color púrpura con el cielo oscurecido. Junto a ese haz, con los labios fruncidos en una sonrisa desdeñosa, se dibujaba la silueta del Conde Mannfred von Carstein. Fue entonces cuando los zombis abandonaron a la fuerza el mohoso abrazo del cementerio, y los pensamientos de Leitdorf se concentraron en su propia supervivencia.

Leitdorf apremió a su caballo de guerra a través de la horda zombi, haciendo brillar su espada mientras golpeaba huesos y carne putrefacta. Los caballeros le seguían. Abandonadas sus lanzas, acuchillaban y estocaban a los muertos e impulsaban a sus monturas a morder y pisotear a las criaturas que se encontraran a su paso. Los no-muertos los presionaban de cerca, estirando sus dedos carcomidos por los gusanos y espadas oxidadas hacia los caballeros. Si se hubiera tratado de una lucha equilibrada, o incluso con una ventaja de cinco a uno a favor de los zombis, los caballeros aún podrían haber emergido triunfantes. Mas el cementerio de Klodebein había regurgitado a centenares de cadáveres tambaleantes, y muchos más se arrastraban desde la línea de árboles hacia los guerreros de Heldenhame. Pronto hubo diez zombis por cada alma viviente, y los hombres de Leitdorf comenzaron a morir.

Al principio, los caballeros morían de uno en uno o de dos en dos, sacados a rastras de sus sillas por docenas de manos y estampados contra el blando suelo. Casi tantos guerreros se ahogaron en el fango del cementerio como perecieron atravesados por una espada. El número de muertos aumentó abruptamente cuando los siseantes vargheists entraron en la refriega. Aquellos con alas arrancaban a los caballeros de sus corceles, atravesando las armaduras de placas con sus garras como si se tratara de piel reseca, agachando brevemente sus espantosas bocas hacia la sangre que manaba a borbotones antes de encontrar nuevos enemigos con los que darse un festín. Una de aquellas bestias devoró al portaestandarte situado a la derecha de Leitdorf, para quedarse aturdida durante un instante cuando el Gran Maestre hizo volverse a su caballo y golpeó su pesado escudo de lleno contra el rostro de la criatura. Antes de que el vargheist pudiera recuperarse, Leitdorf hundió su hoja en la garganta de la criatura, y exhaló un grito de victoria.

La alegría del Gran Maestre se desvaneció en cuanto sopesó el rumbo de la batalla. Los cuerpos quebrados y ensangrentados de los caballeros yacían desperdigados por entre las criptas. La mayoría estaban inmóviles, pero unos pocos habían recibido una vida nueva e impía bajo la influencia del hechizo de Mannfred. Leitdorf comprendió de golpe que la batalla se estaba volviendo rápidamente desesperada, pero no perdió la fe. El torrente de magia de muerte continuaba desatándose con furia en el linde del cementerio, y el autoproclamado Señor de Sylvania se encontraba frente a él, a plena vista. En aquel instante y lugar, Leitdorf se juró a sí mismo que incluso si su orden estaba condenada, el vampiro caería también - entonces, al menos, podría reunirse con Sigmar con honor en el más allá. A su montura espoleó Leitdorf, cargando tras él los caballeros de su guardia personal, impactando de frente contra un grupo de vargheists. Leitdorf adquirió un recuerdo de sangre y dolor; pasó a través de las criaturas y cabalgó a través de los adoquines irregulares que pavimentaban el camino del cementerio. Apenas la mitad de los caballeros que se habían sumado a su carga permanecían aún sobre sus sillas, y el resto había caído ante garras y colmillos. Pero la senda ante ellos estaba despejada - Mannfred von Carstein estaba casi a su alcance.

Mannfred asistió a la temeraria carga de Leitdorf, y se sintió conmovido por la determinación del caballero. Como tantas veces en el pasado, el vampiro se enterneció por aquella mezcla de audacia y estupidez que tan sólo los humanos parecían poseer. Entonces, volviendo su atención al presente, extendió una mano y permitió que la magia fluyera sin ataduras. Durante largo tiempo habían yacido los esqueletos bajo el camino del cementerio, viejos sus huesos cuando Sigmar era joven, mas con ansia regresaron a la superficie ante la llamada de Mannfred. El vampiro retorció ambas manos, y la línea de huesos deslucidos y lanzas carcomidas por el tiempo formó una apretada falange frente a él - justo en el camino de Leitdorf.

Leitdorf contempló cómo se ajustaban las filas de esqueletos, y supo que era hombre muerto. Era demasiado tarde para virar y demasiado tarde para contener el paso temerario de su corcel, así que hizo lo único que podía hacer - levantó su espada y exclamó su desafío. Los caballeros impactaron contra la falange un instante después, inundando el aire con alaridos de hombres y caballos a medida que el ímpetu de la carga los arrojaba contra las lanzas. El caballo de Leitdorf se derrumbó con una oxidada punta de lanza clavada en el pulmón, y el Gran Maestre aterrizó entre la masa de esqueletos. Huesos chasquearon y se quebraron cuando un par de no-muertos amortiguaron involuntariamente la caída de Leitdorf, y acto seguido el Gran Maestre se encontraba de pie, haciendo centellear su espada luchando para sobrevivir. Leitdorf ya no pensaba más allá de su próxima parada y contraataque. Hizo pedazos a un esqueleto, y sintió entonces un dolor punzante en su gemelo derecho cuando una lanza atravesó su armadura. Paró otro golpe de una lanza oxidada, y entonces abandonó su escudo pues dos esqueletos se habían aferrado al canto en un intento de derribarlo. Tajo, parada, estocada y otro esqueleto cayó, y luego otro. De manera repentina y sorprendente, el Gran Maestre disfrutó de espacio para moverse a su alrededor. Leitdorf creyó que se había librado, pero entonces vio que los esqueletos simplemente se habían apartado. Allí, desde el final de aquel pasillo de huesos, Mannfred von Carstein lo observaba con interés. Con un desafiante bramido entre sus labios, Leitdorf se lanzó contra su odiado enemigo. Mannfred sonrió, haciendo brillar sus caninos a la luz de la luna, y alzó su espada.

Carros altos elfos.jpg

Carros de Tiranoc

Cuando la vanguardia de Eldyra llegó a Klodebein, se toparon con numerosas señales de que allí se había librado una batalla, mas ningún superviviente. La aldea era una ruina asolada y hedionda. Todo lo que quedaba de los caballeros eran cuerpos quebrados y estandartes pisoteados. Tan solo Leitdorf resultaba aún reconocible, y eso porque su cuerpo completamente drenado de sangre fue hallado colgando de un árbol a cierta distancia del sur de la aldea. Lo habían envuelto con el estandarte de los Caballeros de la Sangre de Sigmar a modo de capa, y las palabras "Y sólo quedó uno" habían sido grabadas sobre su frente.

Los Altos Elfos se encontraban ahora en una situación realmente grave. La imprudencia les había costado sus aliados humanos, y la mala fortuna los había privado de la ayuda de los enanos. Mas pese a todo no se dieron la vuelta, sino que continuaron abriéndose paso a través de todo obstáculo que Mannfred envió contra ellos. El Señor de Sylvania no deseaba enfrentarse a ellos en persona, pues a medida que Geheimnisnacht se aproximaba, sus pensamientos se centraban en ajustar el ritual de Arkhan a sus propios propósitos. Así, una y otra vez, mandó Mannfred a sus capitanes contra los elfos, y su frustración fue incrementándose según fracasaban a la hora de contener su avance.

Guiados por el canto silencioso de Aliathra, los altos elfos llegaron finalmente a la Cañada de las Penas mientras Morrslieb y Mannslieb se fundían completamente y comenzaba Geheimnisnacht. Allá en lo profundo divisaron el anillo de los Nueve Demonios, así como el vasto e inmóvil ejército de muertos reunido en torno a él. Cuando Eltharion y los demás comandantes vieron las fuerzas alzadas contra ellos, comprendieron que la misión había adquirido ya naturaleza suicida, mas no dieron vuelta, pues sabían lo que estaba en juego. Y decidieron que lo mismo deberían saber aquellos que los seguían. Hasta aquel momento nadie salvo los líderes de la expedición habían conocido la identidad de aquella a quien trataban de salvar, pero mientras los guerreros de Tiranoc e Yvresse se reunían junto al límite de la cañada, Eltharion les contó que el destino de la Niña Eterna, y por tanto el destino de la mismísima Ulthuan, dependía de ellos.

Durante un tiempo, la hueste permaneció quieta y silenciosa, pero entonces un elfo, un noble de la Corte de Seledin, aproximó el plano de su espada contra su pecho al modo del ancestral saludo de Yvresse. Iselendra yevithri anthri, proclamó: por nuestras muertes servimos. Ante los ojos de Eltharion, una oleada de movimiento se extendió a través de la hueste reunida a medida que el saludo era repetido por todos y cada uno de los guerreros allí presentes. Con su corazón lleno de orgullo guerrero, Eltharion devolvió el saludo y dio orden de avanzar.

Fuente Editar

  • The End Times I - Nagash.


Capítulo 2: El Ritual
Los cinco ejércitos | Contendientes | Muerte en los Nueve Demonios | Una de los nuestros
El Ritual | El regreso del Gran Nigromante | Un plan despiadado | La ambición de Mannfred

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