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Los Licántropos de Fjirgard

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Wilhelm Biel había visto mucho mundo y, aunque su interés principal era el comercio, a lo largo de sus viajes había desarrollado un gran interés por las maravillas del mundo, tanto naturales como artificiales. En Bretonia había estudiado las ruinas de las ciudades de los Altos Elfos que yacían bajo la moderna ciudad de L'anguille; había contemplado los cefalópodos gigantes del mar Central y había visto leviatanes en el gran océano occidental. En una ocasión, en un puerto de Arabia, había llegado a ver un reptil que echaba fuego por la boca para su sorpresa y para el pesar de sus captores. Esta vez había conducido su navío hacia el norte hasta llegar a las costas de Norsca en busca de ámbar y pieles de zorro, oso y marta.

En la mañana del tercer día, aún muy temprano, decidió tumbarse en la ladera de una colina rocosa para desayunar y contemplar tranquilamente la vida de aquel pueblecito llamado Fjirgard. Su compañero, un joven nórdico de nombre Haubr, había extendido una piel muy ancha y gruesa sobre el suelo para sentarse encima, y de una bolsa de cuero había sacado una hogaza de pan, queso y unas tiras de carne ahumada que Wilhelm dedujo que eran carne de oso. Mientras comían y charlaban, las gentes de Fjirgard se dedicaban a sus quehaceres matinales. Su propio barco estaba atracado en la playa junto al muelle, y un grupo de fornidos nórdicos ya empezaban a cargar el bajel con fardos de pieles curtidas y de pequeños pero pesados sacos que contenían su preciado ámbar. En el pueblo, un pastor reunía a sus cabras y las dirigía hacia el arroyuelo en medio de una gran algarabía mientras que, tras él, una partida de caza empezaba a abrirse camino por la inclinada pendiente del valle.

-Dime, Haubr, amigo mío- dijo Wilhelm-. Todos los días he visto a esas mujeres reunirse al amanecer, como están haciendo ahora mismo, y, una vez juntas, una docena o más de ellas llevan unas cestas montaña arriba hacia lo que parece ser una cueva, allí en medio de esa oscura hondonada.

Allí abajo, el grupo de mujeres, la mayoría ancianas, pero también algunas jóvenes con niños entre ellas, llegó al pie del sendero montañoso. Este no era más que un estrecho hilo gris entre la roca oscura, ya que Fjirgard estaba situado entre la montaña y el mar sobre un trozo de tierra plano y estrecho. En este aspecto se trataba de un asentamiento típico, dado que toda la costa era rocosa y en algunos lugares las montañas se levantaban perpendicularmente a la línea del mar; sólo en las playas pequeñas como esa era posible construir algo que no podía llamarse del todo un pueblo, y aún menos una ciudad.

-Van a dar de comer a los licántropos - respondió Haubr sin rodeos-. ¿No lo hacéis en vuestra ciudad de, cómo se dice, Ma-rii-on-birgo?.

-Se dice Marienburgo, sí..., pero no tenemos tales criaturas. ¿Qué tipo de bestias son esos licántropos?

-¡¿No hay licántropos?! - exclamó Haubr-. Quizá sea porque les llamáis de otra forma en vuestra tierra. Los licántropos son aquellos paladines elegidos a los que los dioses todavía no consideran dignos de formar parte de ellos como inmortales. Los licántropos viven en las profundidades de las cuevas hasta que llegue el día en que deban luchar por última vez antes de volver a formar parte del ciclo de la vida...

Haubr se fijó en la expresión de evidente incomprensión que se dibujaba en el rostro del marienburgués, por lo que añadió:

- No es ninguna deshonra entre nosotros, ¿sabes? Unos son elegidos para la gloria y otros son menospreciados, pero incluso los que son menospreciados siguen siendo elegidos y, cuando se reencarnen, su gracia será aún mayor. Es mejor ser elegido que vivir toda la vida sin haber atraído la mirada de los dioses, ¿no crees?

- Pero... - Wilhelm había decidido ignorar la pregunta de Haubr por miedo a ofender al muchacho con opiniones que consideraban tales creencias como una herejía, y optó por formular otra pregunta-. ¿Por qué confináis a esos licántropos en las cuevas? ¿Acaso son peligrosos?

Sí, ¡y tanto! A pesar de que una vez fueron hombres, ahora son como animales tanto en cuerpo como en mente. Sus cuerpos aumentan de tamaño y se deforman, les crece pelo como a los osos o cuernos como a los trolls. A algunos les salen dientes puntiagudos como los de los lobos o garras como las del feroz macalrmacca que habita en el bosque. A otros les salen escamas como de serpiente, o colas, o alas como las de los murciélagos de la marea lunar. En resumen, son monstruos. Muchos mueren en la guerra antes de volver a casa, o salen corriendo presas del terror y mueren en los bosques. Sin embargo, algunos de ellos vuelven a casa y las mujeres del pueblo los cuidan, ya que se trata de sus maridos y sus hijos, y los lazos familiares son tan fuertes que los licántropos nunca atacan a los suyos.

- Estas criaturas a las que vosotros llamáis licántropos me recuerdan a los mutantes a los que nosotros llamamos engendros del Caos porque, según he oído, los ejércitos del Caos cuentan con monstruos de ese tipo.

- Quizá - le respondió Haubr prudentemente-. Los dioses eligen a unos para la inmortalidad y a otros para el olvido. ¿Es que no es así en todo el mundo?

- No - dijo Wilhelm negando con la cabeza-. Nunca había oído nada parecido en ninguno de mis viajes, nada de licántropos ni tampoco de inmortales.

- Pues entonces lo siento por ti y por el resto del mundo - dijo Haubr con franqueza-. Es una pena que, de todas las razas de los hombres, los dioses sólo bendigan a los nórdicos.

FuenteEditar

  • Libro Hordas del Caos, 6ª Edición. Relato de Gavin Thorpe.

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