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Vidente gris Thanquol por Sam Wood Skaven
Rodeado por guardianes albinos del Consejo de los Trece y sin saber del todo si era un invitado o un prisionero, el Vidente Gris Thanquol marchaba de manera tosca por las pobladas calles de Plagaskaven hacia la Torre Partida. Mientras intentaba controlar su acelerado corazón, tragó la saliva que salía de su boca como si fuera un acto reflejo en los momentos de estrés. Golpeó el suelo tres veces con su cola tan ferozmente que incluso la enorme Alimaña albina que se encontraba detrás de él retrocedió unos pasos. -Bien-bien, –pensó – por lo menos muestran un poco de respeto.

Las multitudes se apartaron ante el paso de los guardias como por arte de magia. Mientras avanzaban en la librea incluso los orgullosos guardaespaldas de los señores de clan se apartaban hacia las desbordadas alcantarillas y asentían con obediencia. Thanquol se tranquilizó de alguna manera. Incluso si estaba prisionero, una posibilidad que aún no estaba dispuesto a admitir ni siquiera a sí mismo, aún podía causar temor en el enjambre que era la población de la ciudad.

Se sentía por todas partes la presión de los cuerpos. Plagaskaven estaba llena de ocupantes con vida. Se frotaban los unos con los otros constantemente y los colmillos asomaban en forma de sonrisas amenazantes. Una marea resacosa de hombres rata cubiertos por capuchas y desperdicios se movía por toda la ciudad, correteando de un lado a otro en pos de sus propios y oscuros asuntos. Los palanquines de los grandes señores eran llevados por la multitud, alzándose entre las masas como barcazas que navegaban en ríos de pelaje de rata.

Por aquí y allá yacen las alimañas sobre las losas partidas. Tal vez estaban durmiendo; probablemente estaban muertos, pero a Thanquol no le importaba. Había muchos más de donde salían. A Thanquol le preocupaba más esa fuente erosionada por el tiempo, aquella que todavía mostraba el vago contorno de un arquero humano, más de lo que se preocupaba por cualquier de sus compañeros Skaven, y no se preocupaba por la estatua en absoluto.

El clamor era casi ensordecedor. Solamente el ruido de las distantes máquinas bajo tierra y la molienda de los grandes molinos se alzaban sobre el barullo producido por veinte mil Skaven. Chillaban con cientos de tonos distintos: furiosos chillidos, protestas de inocencia, quejidos de súplica y llantos de atención que competían los unos con los otros. Respiró profundamente y se llenó los pulmones de cálido y húmedo aire. Olía a una mezcla de metano, basura en descomposición y los sucios cuerpos de la multitud. El aire portaba la esencia del agua estancada y el dulce regusto picante de corrupción a sus sensibles orificios nasales. Era un reconfortante aroma que revelaba la presencia de muchos de los suyos que ocupaban la extensión del lugar por incontables generaciones de Skaven. Para Thanquol era el aroma del hogar.

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Observó detenidamente a su alrededor, intentando dejar de lado la persistente sensación de que tal vez fuese la última vez que mirase por encima de ellos. Entre la turbia niebla, Plagaskaven mostraba su mayor atractivo. Las gigantescas y desmoronadas construcciones cuya silueta mostraban entre la niebla. Enjambres de ratas pululaban por cada rincón del suelo, por cada puerta y cada ventana. Los enormes apoyos de roble podrido crujían al soportar el peso de las construcciones de piedra. Entre la niebla resaltaban parpadeantes hongos luminosos. Los charcos relucían con el brillo de algas fosforescentes estancadas en el machacado camino. Los Skaven lo observaban desde todos los rincones con miradas depredadoras que rebosaban hambre.

Su escolta portaba espadas desenvainadas, y esto puso nervioso a Thanquol. Acababa de ser despojado de todas sus armas en la antecámara. Únicamente los trece guardianes elegidos, todos ellos silenciosas alimañas albinas, estaban autorizados a portar armas en el interior de la Torre Partida, y eran tan leales hacia sus maestros como se le permitía ser a un Skaven. Thanquol conocía esto demasiado bien. Más de una vez había intentado sobornar o coaccionar a alguno de ellos, y siempre sin éxito. Temían a sus maestros mucho más de lo que temían su hechicería, no podía igualar el precio que compraba su lealtad.

Por la mente de Thanquol se pasó una ligera especulación. ¿Nacerían los guardianes del Consejo con el pellejo blanco, o se les quedaría así al ser asignados al servicio de los Trece? Tal vez los rumores fuesen ciertos y todos ellos fuesen mutantes proporcionados a un alto precio por el clan Moulder. Thanquol descartó esa idea. Les proporcionaría a los Señores de las Bestias demasiado poder sobre los miembros del Consejo. ¿Y si fueran criados para atacar a la vez bajo un código verbal? Todos los miembros del Consejo podrían ser eliminados en un ataque bien sincronizado. Thanquol hizo otra nota mental que le recordase encontrar la causa de la mutación de las ratas albinas. Uno nunca sabe cuándo podría ser de utilidad ese tipo de información ni qué otros interesantes caminos por explorar podría abrir. Que sobreviviese a su entrevista con los Trece ya era mera presunción, por supuesto. De que pudiese hacerlo, no tenía duda alguna.

Cierto, el pensamiento de encontrarse con los terroríficos gobernantes de esa raza de hombres rata llenaba al Vidente Gris de pavor, y para él tal horror no le era desconocido. Los Trece eran famosos por su astucia y se adentraban en la oscuridad del mal. Se decía que eran inmortales, elegidos por la mismísima Rata Cornuda, y familiarizados con las más dañina y potente hechicería. Cada uno había llegado a lo más alto de la sociedad Skaven en virtud de su ferocidad, su astucia e innombrables actos. Únicamente pueden ser reemplazados al ser defenestrados por un Skaven más fuerte que ellos mismos. Ni un solo Señor ha cambiado en las últimas diez generaciones.

Los Señores de la Descomposición eran despiadados, sabios y no toleran alegremente el fracaso. A Thanquol le aterraba que ellos pudieran, de forma injusta, considerarle un fracaso. Empujó tal pensamiento a un lado. Los negocios con la ciudad humana de Nuln habían sido un fiasco, pero no era culpa suya. ¿Pero qué tendría que temer? ¿Acaso no era él un Vidente Gris, el más potentado de entre todas las ratas-mago, más astuto que cualquier agente del Consejo? ¿No había atravesado los Trece Círculos de Iniciación, y caminado con los ojos vendados por el Laberinto de la Muerte Inevitable? ¿Acaso no había asesinado a su propio mentor de hechicería y devorado su alma? ¿No había sobrevivido tres generaciones desde su nacimiento? ¿Acaso no era el responsable de algunos de los mayores éxitos del consejo en los últimos años?

Thanquol and Boneripper
Thanquol se permitió a sí mismo una relamida bien merecida. ¿Acaso no había comandado el asesinato del Señor de la Plaga Skratsquick, y no había acabado con el rebelde Señor de la Guerra Kaskat y puesto a su clan a la altura de los talones? Todavía se regodeaba ante el pensamiento de cómo condujo a Kaskat y a todos sus asesores a una conferencia de paz y de cómo logró que cada uno saltase hacia la garganta de otro con sospechas de traición. ¿No se había adentrado en la ciudad humana de Miragliano en Tilea y venció sobre los despellejados burgomaestres en beneficio de la causa Skaven al prometerles poder y la vida eterna? Aquellos locos insensatos estuvieron más que dispuestos a creer en su hechicería. ¿No había comandado al ejército que acabó con la banda de guerreros del Caos de Alarik Melena de León cuando había amenazado los dominios del Consejo en el norte? ¿Y no había acabado personalmente con el Nigromante Vorghun de Praag en combate singular? ¿No debían contar para algo todos esos hechos en el juicio del Consejo?

Cierto, había habido algunos ligeros contratiempos. Todos los Burgomaestres de Tilea mutaron por el polvo de piedra de disformidad que les había dado a consumir, y fueron apedreados hasta la muerte por sus conciudadanos. Alarik únicamente se detuvo al coste de las vidas de cada Skaven bajo su mando. Vorghun había regresado como liche más fuerte que nunca y había jurado enemistad eterna hacia la raza de los Skaven por lo que él vio como una traición. Todos esos no eran más que contratiempos temporales hacia el Gran Plan. No eran fracasos. Solo el idiota más ciego podría considerarlos tal cosa. El Consejo no era ni ciego ni estúpido. Ellos serían conscientes de su valor. Sí, lo serían.

Mientras se aproximaban a la Torre Partida, Thanquol controló la imperiosa necesidad de exudar el almizcle del miedo. Él era un Vidente Gris, el más poderoso de todos los hechiceros Skaven y rehusaba la idea de tener miedo. Sí, le repudiaba mostrar temor, incluso en presencia de la ira del Consejo. La visión de su enorme masa locamente retorcida no lo llenó de temor. No, sus miembros no temblaban ante su vista. Dejaba que las demás ratas supersticiosas evitaran adentrarse en las sombras de la gran torre. Él estaba por encima de todo eso. Ya se había adentrado antes en el interior de la torre, durante su iniciación, y no tuvo temor entonces. Dejó que su mente divagase en los recuerdos de aquellos días felices, aquellos lejanos días en los que era un avezado e inexperto joven.

No había estado batallando desde la madriguera más baja de Plagaskaven hasta su embriagadora posición de poder siendo un cobarde. Él era valiente y feroz. Fue el más pequeño y débil de su camada, con remarcada diferencia por el distinto color de su pelaje. De seguro que debería haber muerto en las turbias profundidades gaseosas, devorado por sus congéneres o muerto en una de las múltiples explosiones y derrumbes que se llevaron a los demás de su camada. Sí, él debería haber muerto pero no lo hizo, porque había sido elegido.

Su ferocidad natural había compensado con creces su falta de tamaño, y su temible color grisáceo ha inspirado tanto temor como odio entre sus semejantes. Su innata astucia le permitió diseñar trampas para acabar con aquellos que le habían humillado de un modo u otro, y su desarrollada inteligencia y elocuencia lo llevaron a convertirse en el líder de su camada. Nadie se ha atrevido a enfrentarse a su temperamento, no desde que tubo un pequeño ejército bajo su mando. Y aún había más: no había sobrevivido simplemente por tener ferocidad, astucia y suerte. Cuando el temblor de tierra hizo que el techo se colapsara, una especie de sexto sentido le impulsó a salir corriendo y lo guió hasta una parte segura de los túneles que se estaban desplomando. Cuando las vagonetas motorizadas se estrellaron y todos sus ocupantes murieron, alguna clase de instinto le advirtió que no subiera en el último segundo. Incluso cuando agentes de Clan Skryre llenaron la madriguera de su clan con el viento envenenado que previamente conocía, fue alertado en un sueño y huyó a través de los sumideros hacia un sitio seguro. Únicamente había alertado a aquellos seguidores que le habían demostrado las más altas gestas de respeto.

Sus sueños le han llevado a seguir la petición de los guardianes del Consejo. La Gran Rata Cornuda le había hablado y le había hecho saber que él era su elegido, el y nadie mas. Thanquol la había escuchado y se aventuró en el templo junto con todos aquellos aterrorizados y jóvenes Skaven que solicitaban entrar al servicio de la Gran Rata Cornuda. En el interior del Templo se había enfrentado a la Prueba de la Muerte. Había adivinado correctamente cuál de las Trece Puertas debía atravesar y anduvo con seguridad hacia el Santuario de la Rata Cornuda mientras los demás cayeron en las Cámaras de Condenación Certera.

Los Videntes supieron entonces que Thanquol era único, genuinamente tocado por la garra de su señor, y le dieron la bienvenida entre risitas mientras escuchaban los agonizantes gritos del resto de candidatos que fracasaron.

Mientras Thanquol y la guardia albina atravesaban el camino de entrada hacia la Torre Partida, el silencio disminuía. El ruido de la ciudad disminuyó del todo como si hubiesen atravesado una cortina mágica invisible. El aire se tornó más frío y se tiñó de humedad. Le recordó intensamente el día en el cual había sido conducido al Sacro de Sacros, el santo lugar en el cual la Rata Cornuda se manifestó a las escrituras de los Videntes Grises y puso fin a la Gran Guerra Skaven, hace cerca de doscientos años.

Recordó la impresión que le dio el gran pilar de trece caras, el cual sostenía los ciento sesenta y nueve mandatos inscritos por la Rata Cornuda en persona. Alzó la mirada hacia la reliquia dejada por el único ser en todo el universo que, en su oculto corazón de Skaven, reconocía ser tan grande como él mismo.

El Vidente Gris por Ralph Horsley Thanquol
Los Maestros de su Orden no tuvieron la necesidad de ordenarle que se humillara ante el Pilar. Se lanzó contra el suelo en pleno éxtasis de adoración. Incluso durante tal frenesí algún tipo de instinto le advirtió que no tocara las runas inscritas en el pilar. Los maestros chasquearon sus colas con sabiduría, pues reconocieron que él era uno de los Elegidos.

Aún entonces era demasiado joven. Acababa de ser iniciado en los misterios de su orden. Nunca antes había degustado el refinado polvo de piedra de disformidad que le proporcionaba toda clase de visiones maravillosas de carnicería y muerte danzante en su cerebro. Aún no había aprendido los secretos rituales que afinarían sus poderes precognitivos, los cuales le permitirían desgarrar el velo del acontecer. No había sido instruido en las artes secretas de adivinación que le revelarían en su agudizada mente las conspiraciones de sus adversarios , o los mortíferos hechizos que aniquilarían los ejércitos de sus enemigos.

Entonces no sabía nada, pero era joven, sagaz y capacitado para el aprendizaje. Comenzó a destacar con rapidez entre el resto de aprendices. Había vivido mientras otros de su misma edad habían fracasado. Los recuerdos del destino que sufrieron aquellos que fueron iniciados al mismo tiempo que él solía arrancarle unas risitas en las momentos de mayor oscuridad. Squiktat se había vuelto loco por completo tras echarle un vistazo a los grimorios ocultos del Maestro Sleekit. Salió dando brincos y farfullando mientras echaba espuma por su boca. Se desvaneció entre los pantanos y no se le volvió a ver jamás. Thanquol se sintió aliviado de que Squiktat leyese esos libros. Él también había estado considerando saquear la biblioteca de su maestro.

Borkha se había convertido en un Engendro del Caos tras haber consumido demasiado polvo de piedra de disformidad en una batalla contra los Orcos. Había sido un desperdicio, ya que Borkha había resultado muy influenciable y podía haber llegado a ser un buen agente para Thanquol. El brillante Tisquik había sido asesinado por una espada supurante, seguramente empuñada por un asesino del Clan Eshin, una víctima más de las interminables intrigas del Consejo. Tal vez el Señor de la Videncia Kritislik tenía reticencias a que su progenie pudiera reemplazarle en su posición en el Consejo y lo mandó erradicar. Desde ese día, Thanquol procuró no demostrar demasiada ambición.

Mientras comenzaban a subirlos peldaños de la escalera llena de corrientes de aire hacia la cámara del Consejo, Thanquol maldijo hacia dentro al recordar todas aquellas ocasiones en las que había subido triunfante aquellas escaleras. No siempre había sido desaprobado por el Consejo. Podía recordar claramente los primeros días en los que había disfrutado de sus favores, en los cuales había competido con las intrigas de sus hermanos Videntes para obtener las más selectas misiones.

Con una cierta sensación de triunfo recordó haber sido elegido como emisario del Consejo en la fortaleza del Clan Eshin, en las lejanas tierras que los humanos llaman Catai. Allí pudo contemplar los extraños templos pagoda, observó el entrenamiento de los asesinos y aprendió a mostrar cierto respeto por las habilidades de los asesinos del clan.

Recordó ser elegido para estudiar las costumbres de los Humanos, lo cual fue un gran honor, ya que el Consejo consideró el rápido crecimiento de esa raza como una amenaza para el Imperio Subterráneo. Cierto, eran increíblemente estúpidos, aunque no tanto como los Orcos. Eran mejores hechiceros que la decadente raza de los Enanos, y muchísimo más numerosos que los Elfos en extinción. Pero también eran manipulables, y resultarían buenos esclavos una vez se encontrasen bajo el azote Skaven. Thanquol ha sido el cerebro de múltiples operaciones sobre ellos.

Al mismo tiempo que corrompió a los Burgomaestres Tileanos organizó la rebelión mutante en Mousillon en tierras Bretonianas. Había previsto el resurgir de la vieja rivalidad entre los templos de Ulrich y Sigmar. El Consejo se había mostrado más complacido con él entonces, pues lo recompensaron con los servicios de su rata-ogro guardaespaldas Quebrantahuesos. Maldijo a esa impotente y traicionera jugarreta del Clan Moulder. Casi le causó la muerte a Thanquol por su incompetencia. Thanquol siempre ha sospechado que las ratas ogro traen mala suerte.

Había estado demasiado cerca. El éxito final había estado entre sus garras. Estuvo a punto de enviar al Imperio, el más poderoso de los estados humanos, al borde de una guerra civil. Su peón humano, von Halstadt, habría asesinado al hermano del emperador. El asesinato de ese hombre a manos del jefe de la policía secreta del Elector de Nuln habría traído la guerra entre la poderosa ciudad estado de Nuln y las fuerzas del Imperio. Habría sido una guerra que debilitaría de forma fatal a ambos bandos y habría despejado el camino para la invasión Skaven en el mundo de la superficie.

Y así debía haber sido. En vez de eso todo salió terriblemente mal. Von Halstadt había sido asesinado por algunos hombrecillos. Antes de que Thanquol y Destripahuesos pudieran intervenir y salvar a von Halstadt, Destripahuesos había muerto a manos del hombrecillo que acompañaba al enano y Thanquol se vio obligado a realizar una prudente retirada. Después de eso hizo todo lo posible por salvar la situación.

Guerreros Skavens por Karl Kopinski
Negó rotundamente aquellas pérfidas almas susurrantes que tan solo querían venganza sobre el enano por tal humillación. Sencillamente no era cierto. tenía una visión muy certera sobre eso. La invasión de Nuln había sido un plan meticulosamente trazado. Debería haber funcionado. Al mantener sus órdenes sus subordinados habían emergido en el palacio del Elector en medio de la Gran Cámara. Mantuvo con una estocada a todos los líderes de la ciudad entre sus garras y podía haberles obligado a seguir su voluntad. De nuevo vio frustradas sus ambiciones por la incompetencia de sus subordinados. ¿Quién habría pensado que aquel hombrecillo haría abalanzarse a un grupo de hombres a atacar el palacio? ¿Quién habría pensado que él y el enano podrían abrirse camino hasta la Gran Cámara y liberar a los nobles? Ni siquiera un Skaven con la perspicacia de Thanquol podría haber imaginado el desenlace de tales acontecimientos.

Después de eso a Thanquol no le quedó otra opción que la de ordenar una invasión a gran escala sobre la ciudad. Había sido una decisión perfectamente racional. De ningún modo había sido tomada por la ira o la venganza, como algunos de sus enemigos han hecho correr el rumor. La sincronización había sido correcta y cogieron desprevenidos a los humanos al aparecer entre ellos esa fuerza Skaven de forma masiva.

Todavía se le llenaba el corazón de orgullo al recordar aquel enorme ejército de hombres rata moviéndose entre los desagües. Todos ellos formaban una horda invencible. Los desorganizados humanos no podían oponerse al fanatismo de los monjes de plaga del Clan Pestilens. Habían sido masacrados por las máquinas de guerra del Clan Skryre y habían sido expulsados de sus barricadas por los lanzadores de viento envenenado. Su ejército había sido invencible. Durante una hora, la clamorosa horda arrasó como una marea las calles de Nuln. La ciudad habría caído en pocas horas de no haber sido por aquel maldito enano que alertó al cuartel de la ciudad del ejército que había surgido, obligándoles a dirigirse velozmente hacia los regimientos que acechaban tras las zonas más luminosas. Casi podría haber sido una emboscada bien preparada, aunque Thanquol dudaba de que ningún humano tuviese el ingenio para prepararlo. Ahora, más que nunca, tenía sospechas de haber sido traicionado. Las bajas Skaven eran cuantiosas pero la devastación sufrida por el bando humano también lo había sido. Había sido un duro revés para la raza de los hombres. Desde el punto de vista correcto había sido un éxito. Absoluta y definitivamente un éxito, y eso es lo que le diría al Consejo.

Se detuvieron frente a dos enormes portones negros que tenían grabadas las marcas de la Rata Cornuda. Al lado de la puerta se encontraba un enorme gong de latón. Mientras Thanquol observaba una gigantesca rata ogro golpeó el instrumento y sonó una única nota terrorífica. Las puertas se abrieron de par en par mediante algún tipo de mecanismo oculto, revelando la Cámara de los Trece. Thanquol respiró profundamente y comenzó a realizar los ejercicios que el viejo Sleekit le había enseñado para regular los latidos de su corazón. Forzándose a avanzar una pezuña tras otra, caminó hacia la cámara, forzando su aguda visión para perforar la oscuridad. La cámara era amplia, de forma circular y apenas iluminada. Un estrado hemisférico bordeaba la sala. Sobre éste había un gigantesco podio tapizado de rojo y negro. Tras el podio había trece sillones. Algunos de los sillones estaban ocupados, y otros estaban vacíos. Resultaba difícil hacer cualquier tipo de descripción sobre sus ocupantes debido a la escasa luz. Detrás de cada respaldo se repetía el símbolo de la Rata Cornuda. Frente a cada sillón había un estandarte con los símbolos del clan o de la facción de cada ocupante. Todas las paredes estaban cubiertas por un inmenso tapete rojo.

Mientras Thanquol avanzaba, una mortecina luz verdosa comenzaba a señalar un punto en el centro de la sala. Apuntaba directamente a un gran círculo donde una vez más estaba grabado el símbolo de la Rata Cornuda. Thanquol supo sin que nadie se lo dijese que era ahí donde debía situarse. Caminaba con calma, peleando contra los impulsos de salir huyendo e incluso contra la imperiosa necesidad de mostrar sus dientes en forma de amenazadora sonrisa. El Hambre Negra hacía rugir su estómago y fue en ese momento cuando supo que estaba preparado incluso para luchar contra el Consejo de los Trece, si fuera preciso.

El suelo crujía bajo su peso y supo que donde se había situado era hueco e inestable. Bajo sus pies emanaba un leve olor a agua estancada y a algo más, algún tipo de reptil. Estaba seguro de haber escuchado el sonido de un distante chapoteo y un leve siseo. De modo que era cierto, el Consejo tenía aquí un dispositivo secreto. Había oído terribles rumores sobre una trampa de foso para arrojar a aquellos que les decepcionaban a una piscina plagada de mutados monstruos hambrientos, horribles híbridos que mezclaban Skaven y cocodrilos. se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de que descubriera la verdad.

Permaneció de pie mientras observaba la luz con los ojos entrecerrados. Ahora, con la luz en sus ojos, definitivamente no podía ver nada. Las figuras apostadas en los sillones aparentaban ser meras formas sombrías. Supo que estaría en terrible desventaja si se veía obligado a combatir.

Era un blanco perfecto para armas o hechizos mientras que él no podía apuntar a nada. Decidió a regañadientes que la lucha no era una opción. Cualquiera que fuese su destino, ya estaba sellado.

- Saludos-saludos, Vidente Gris Thanquol - dijo una profunda y aguda voz, llena de vieja maldad.

-Sí, saludos - dijeron otras voces. Algunas eran sibilinas y aflautadas, y tan débiles que eran casi inaudibles. Otras eran tan graves que parecían salir de la garganta de un troll. - Saludos y felicitaciones.-

La voz de Thanquol casi se rompió al responder. Luchó para que no sonase chirriante. -Saludos, grandes y poderosos Señores de la Descomposición.-

-Deseamos hablar contigo sobre tus recientes actos en la ciudad humana de Nuln...-

- Puedo explicarlo- interrumpió Thanquol. - Mis incompetentes subordinados...-

- No necesitas ser modesto, Vidente Gris Thanquol, la responsabilidad de los planes era completamente tuya.-

- Sí... ¡no! Ha sido un ligero contratiempo, eso es todo. Puedo rectificar la situación.

- No es necesario. La ciudad está medio en ruinas y los guerreros del Clan Skab han sido reducidos a una décima parte de su potencia. Ya no son una amenaza para el Consejo.-

Rápidamente Thanquol se dispuso a realizar cálculos. Vio un destello de luz al final del tunel. -

Ellos planearon la rebelión.- Intentó hablar a medias entre una afirmación y una pregunta.

-Sí-sí, Vidente Gris Thanquol. Ya no maquinarán nunca más. Felicidades. Tenemos otra misión para ti. Una de suma importancia. Para ayudarte te proporcionaremos un nuevo guardaespaldas.-

Thanquol intentó examinar la situación desde todos los ángulos. Parecía muy improbable que el Consejo conociera las traicioneras expectativas del Clan Skab cuando él no las tenía. Estaban demasiado bien informados para eso. Sin embargo debía adaptarse a las sugerencias y fingir que había destruido al Clan Skab premeditadamente. Tal vez el clan estaba bajo el mandato de alguno de los Señores de la Descomposición que había planeado algún tipo de movimiento contra el Consejo. Si ese fuera el caso, admitir abiertamente que alguien había operado en contra del Consejo provocaría una nueva y desastrosa guerra civil. Nadie en el Consejo quería tal cosa. Por lo tanto se preparó para aparentar que había desbaratado la situación por sus propios medios.

Thanquol
De todos modos, ¿acaso no era cierto? Thanquol se sintió henchido de orgullo. Lo asaltó otro pensamiento. Su misión había sido saboteada para asegurar su fracaso. Ahora estaba en lo cierto.

Tal como él sospechaba todos sus planes habían sido echados a perder por la traición de alguien más.

Mientras el consejo le detallaba su nueva misión permitió que sus pensamientos trazaran nuevos planes de venganza. Primero debería descubrir a su enemigo y entonces... También decidió que llamaría a su nuevo guardaespaldas Quebrantahuesos, en honor a su leal y tristemente finado seguidor de confianza. Sí, Thanquol siempre había pensado que las ratas ogro traían buena suerte.

FuenteEditar

  • Libro de Ejercito: Skaven (4ª Edición), recopilado por la Biblioteca del Gran Nigromante.

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