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Masacre en Volganof

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Minios of Carnage por Brittain Scott Khorne Guerreros Caos.jpg
Llegaron del norte, trayendo consigo el fuego y la ruina. Desde la Gran Guerra contra el Caos, no se había visto en el Imperio una invasión tan fiera por parte de los bárbaros adoradores de los Dioses Oscuros. ¿Sería aquella guerra la simple búsqueda de venganza de un líder militar enloquecido, o sería el principio del fin para el Imperio?

PrecedentesEditar

Barco Largo Nórdicos por Mike Franchina.jpg

Hubo un gran número de señales y portentos advirtiendo sobre la invasión venida del norte que culminaría en la sangrienta batalla a la entrada de la ciudad de Volganof, pero eso sólo ha resultado obvio ahora, tras aquellos trágicos sucesos y gracias a la distancia otorgada por el paso del tiempo.

Cada año, cuando el invierno empieza a extender su helado manto sobre las cimas del mundo, las partidas de guerra del Caos lanzan sus incursiones hacia las tierras del sur. La única señal de advertencia de estos súbitos ataques es el tronar de los cuernos de guerra y los juramentos a los Dioses del Caos lanzados a voz en grito. Así es como ha sucedido siempre, y así es como lo han venido contando los padres de los padres de los más ancianos habitantes del Imperio. Nadie es capaz de recordar una época en la que las tierras no se hayan visto asaltadas por los hombres del norte. La primavera del 2512, trajo enemigos más mortíferos y un nivel de destrucción mayor del que se había tenido noticia desde eras muy antiguas. Pero aquello no era más que el principio, pues el terrible poder del Caos estaba creciendo de nuevo.

KisleviteHorseArcher.jpg

Jinetes arqueros de Kislev

Los primeros incursores fueron liderados por los Reyes del Mar de las tribus de Norsca, que llegaron en grandes barcos cruzando el Mar de las Garras para asaltar las costas de Nordland y Ostland . Otras partidas de guerras, más formidables en tamaño, llegaron desde las desiertas inmensidades del norte, el área prohibida que se encuentra sobre el Territorio Troll. Algunas de estas partidas, particularmente grandes, estaban atestadas de guerreros pesadamente acorazados y que mostraban abiertamente terribles mutaciones del Caos. Intentaron arrasar las tierras de Kislev, pero las tribus nómadas de aquellos lares demostraron ser enemigos muy escurridizos, así que los invasores siguieron viajando aún más al sur, hasta el rico y fértil Imperio. Las historias acerca de aldeas enteras destruidas por los ataques de espantosos Gigantes o monstruosidades aladas, seres legendarios de los que no se había tenido noticia desde hacía generaciones, volvieron a ser comunes en Ostland y Ostermark.

Los años siguientes fueron aún más siniestros. El invierno trajo mucho frío pero poca paz. Y con el frío, vinieron las manadas de hambrientos y antinaturales Mastines del Caos, que habían abandonado sus territorios de caza habituales en el lejano norte para atacar al ganado y a los viajeros imprudentes en las tierras del Imperio. Con el derretirse de la nieve, las incursiones empezaron de nuevo, sobrepasando rápidamente en violencia y crueldad a las del año anterior. En poco tiempo, numerosas partidas de guerra compuestas por despiadados invasores asolaban las tierras causando el pánico como lobos entre el ganado. Pero no todas sus víctimas estaban indefensas: la Armada Imperial envió una flota de barcos de guerra al Mar de las Garras, pese al número creciente de leviatanes y otros monstruos marinos que habían empezado a aparecer por aquellas aguas. Al mando de aquella flota se encontraba el almirante Kronenheim, y su objetivo era destruir los barcos invasores antes de que las tropas que llevaban a bordo tuviesen ocasión de tomar tierra. Nordland dobló el número de patrullas costeras, pero fue Ostland la región que adoptó la actitud más agresiva.

Valmir von Raukov por Chris Trevas.jpg

ilustración de Valmir von Raukov

Comandado por el fiero Conde Elector Valmir von Raukov, la provincia de Ostland se preparó a conciencia para la guerra. Von Raukov estaba en todas partes, reclutando nuevas tropas estatales, reforzando los Fuertes Fronterizos, y arengando a sus tropas para que hicieran Frente al enemigo con total determinación. Fue él quien sugirió la táctica de las incursiones de represalia, llevando la lucha hasta la propia región de Norsca. El primero de estos contraataques tuvo lugar en el 2513, y meses más tarde las tropas volvieron cargadas con restos de la proa de siete barcos y las vigas de un Gran Salón como prueba de que habían logrado destruir varias de las aldeas costeras de los invasores. Muchos jalearon a von Raukov como a un héroe, y brindaron en su nombre. Otros protestaron, susurrando temerosos que aquella insensatez acabaría por acarrear la ira de los bárbaros, o aún peor, la atención de sus siniestros dioses.

Sin embargo, los horrores que tuvieron lugar en el año 25 15 aún hoy día producen escalofríos a aquellos que sobrevivieron...

Los Ataques del 2515Editar

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Los ataques contra el Imperio del año 2515 fueron completamente diferentes a todo lo que se recordaba en años recientes. Las tormentas en el Reino del Caos se desataron con una furia desenfrenada. Los cielos estallaron con relámpagos multicolores que vibraban Cegadoramente contra la oscuridad circundante. Los deshielos primaverales trajeron una nueva oleada de bárbaros del Norte, aunque de hecho no eran nada mas que tribus desplazadas por las crecientes guerras internas que tenían lugar más al norte del Reino del Caos.

Animados por los rampantes Vientos del Caos, cada vez ocurrían más ataques. Un ejército descendió desde Norsca cruzando el Mar de las Garras, y arrasó asentamientos a lo largo de las costas de Nordland, aunque no era lo bastante grande ni astuto como para llegar a amenazar las ciudades y bastiones principales. Una segunda hueste aún mayor se precipitó en un ancho Frente directamente hacia Kislev, envolviendo a la región en una oleada de destrucción. Aunque casi todo el ímpetu de esta horda se disipó simplemente cruzando las interminables estepas, algunas partidas de guerra aisladas lograron sobrepasar los puestos Fronterizos de Ostland, causando considerables estragos en dicha provincia. El tercer ataque fue liderado por el Príncipe Sigvald el Magnífico.

El ejército de Sigvald arrasó la región de Kislev llegando hasta Ostland en una campaña de aniquilación que se extendió durante tres meses, hasta que fue por fin frenada en la batalla del Templo de los Cráneos. Una coalición de numerosos estados del Imperio llegó en ayuda de la maltrecha provincia de Ostland, que al verse asediada por tantos y tan grandes peligros no había tenido más remedio que lanzar una llamada de auxilio. Sin embargo, este ataque de las fuerzas del Caos sólo representaba una tentativa inicial, y no era más que un siniestro presagio de lo que aún estaba por venir.

El Corazón de la InvasiónEditar

La ofensiva más poderosa, el auténtico corazón de la invasión, se desplegó con toda su Fuerza poco después. No se trataba de una mera incursión de temporada aprovechando la llegada del clima cálido, y no se iba a dar por satisfecha con el mero saqueo puntual de las ricas tierras del sur. A la cabeza del ataque iba Lord Mortkin, un vástago del Caos que contaba con el Favor de los poderes oscuros, un rey de reyes y líder de muchas tribus. Aquella horda de guerreros blindados de metal, bárbaros y Demonios era el más poderoso ejército del Caos que había cruzado las fronteras del Imperio en muchos siglos. Una oleada de miedo avanzaba con ellos, y lo único que dejaban a su paso eran ruinas ardientes y espantosos tributos a los Dioses del Caos. Daba la sensación de que nada podría detener aquella ola de mal puro, y de que una nueva era de oscuridad estaba a punto de descender sobre el Viejo Mundo...

Vinieron del NorteEditar

Heraldo Demoníaco de Hugh Jamieson Demonios Caos.jpg
Más allá del Territorio Troll y en lo profundo de los helados Desiertos del Norte residen las tribus bárbaras, divididas en innumerables facciones. En el año Imperial de 2515 estos guerreros se unieron bajo un único estandarte, y así empezó a tomar forma una épica historia de invasión y devastación.

Guerra en la Cima del MundoEditar

Cerca de la puerta dimensional en el helado norte, el mismo paisaje se estremecía debido a las legiones de seres sobrenaturales que empujaban para romper el velo entre ellos y la realidad, un velo que se había visto reducido hasta ser mas delgado que nunca. La energía mágica pura rebosaba de tal modo que se filtraba por el portal en un flujo constante, haciendo que todos los seres que guardaban alguna conexión con la magia sufrieran extraños sueños y visiones, y que aquellos que estaban realmente dispuestos a escuchar incluso recibieran propuestas de inmortalidad susurradas en el viento. Los ejércitos del Caos se congregaron, atraídos por la promesa de gloria eterna, y bajo aquel cielo atormentado dieron comienzo a su lucha por la dominación. Los Campeones del Caos se enfrentaron entre ellos en una batalla por hacerse con el poder absoluto, mientras que los hechiceros, teniendo a su disposición una fuente de energía mágica ilimitada, liberaron hechizos de un poder titánico. Así, la guerra eterna que siempre había rugido en el Reino del Caos se extendió por las tierras de los hombres, en un salvaje “todos contra todos” que divertía a los Poderes Oscuros. En medio de esa matanza, no obstante, ningún mortal se atrevía a dar un paso al frente para reclamar su derecho a mandar sobre todas las hordas allí reunidas.

¿Quién se Alzará para Liderarlos?Editar

Lord Mortkin Guerreros del Caos.jpg
Entre los más poderosos campeones de la oscuridad, hubo algunos que no se unieron a la tumultuosa refriega. Archaon y sus seguidores de élite, los Espadas del Caos, se encontraban lejos de allí, en las Montañas del Fin del Mundo buscando artefactos mágicos perdidos mucho tiempo atrás. Quixiom, el hechicero de tres cabezas y favorito de Tzeentch, había cambiado su forma física a fin de poder pasar desapercibido en las más lejanas ciudades de los hombres, y en ese momento en concreto estaba estudiando la endemoniada magia de los hechiceros de Arabia. Lord Mortkin, el Saqueador Negro, estaba completamente dominado por la melancolía.

Las noticias sobre las represalias del Imperio en la costa de Norsca habían viajado por todo el norte. Algunas tribus de bárbaros anillaron de rabia e indignación, mientras que otras dieron la bienvenida a aquellas incursiones, pues así podrían por fin enfrentarse a enemigos que estuviesen tan ansiosos como ellos por combatir. Por su parte Lord Mortkin, líder de la Legión de los Caídos y señor de muchos guerreros, aún no se había pronunciado respecto a las incursiones. Resultó ser que la población costera de Ulfetmik, que antaño había sido su hogar, era uno de los asentamientos que habían resultado arrasados hasta sus cimientos. Al saber esto Lord Mortkin se encerró en lo más profundo de su fortaleza negra como el carbón, y allí, apartado de todo y de todos, caviló durante largo tiempo.

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Se dice que finalmente, llevado por un arranque de furia, Lord Mortkin hizo un pacto con los Dioses del Caos; y que cuando emergió de su retiro auto-impuesto, lo hizo con un solo objetivo en mente: usar toda la Fuerza de su Legión de los Caídos para detener el absurdo enfrentamiento entre las distintas hordas del Caos, unirlas bajo su estandarte y dirigidas hacia el sur para destruir por completo las frágiles naciones de los hombres. A fin de ayudarle en esta terrible causa, una hueste de Demonios mandada por el Devorador de Almas Kargharak emergió en su flanco. Así pues, las fuerzas de Lord Mortkin llegaron hasta el lugar en el que las hordas del Caos se estaban enfrentando entre sí, y empezaron a aniquilar a todo aquel que se negaba a postrarse ante el Saqueador Negro.

Zakhar, el Maestro de la Hermandad del Ojo Eterno, fue el primero en unírsele, declarando que había visto a los mismos dioses prometer la victoria a Lord Mortkin. Esta era una afirmación bastante fácil de creer, teniendo en cuenta la facilidad con la que Lord Mortkin estaba aplastando a todos los campeones que se negaban a obedecerle. A las órdenes del Saqueador Negro ya se encontraban una legión de guerreros enfundados en negras armaduras, una hueste de Demonios, e incluso un poderoso Dragón. Lord Matabilis siguió rápidamente los pasos de Zakhar, poniendo a su ejército de plaga al servicio de Lord Mortkin. Muchos más Comandantes menores y reyes bárbaros doblaron la rodilla ante el nuevo líder; mientras que otros le desafiaron y Fueron rápidamente destruidos. Tras ocho días de carnicería Lord Mortkin había logrado unificar a una hueste gigantesca, y se dirigía hacia el sur.

Los poderes del Caos UnidosEditar

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A medida que el derramamiento desangre se incrementa en las tierras de los modales, el Reino del Caos crece por igual. Cada uno se alimenta del otro de forma cíclica, adquiriendo cada vez más empuje, más fuerza. Por aquel entonces, la corrupta magia del Caos se había convertido en una gigantesca ola que amenazaba con cubrir todo el mundo en un mar de violencia sin fin. Antes de que pasara esa oportunidad y el poder del Caos volviese a menguar; los Poderes Oscuros buscaron un campeón mortal que uniese a todas las facciones y destruyese las tierras civilizadas. Cada uno de los cuatro grandes Dioses del Caos, hermanos eternamente peleados entra ellos, contaba con sus propios campeones favoritos, y no eran capaces de ponerse de acuerdo sobre quien debía ser el elegido, pues sabían que cada campeón era además una poderosa herramienta para obtener el dominio sobre los otras tres dioses.

Ya había un campeón que había estado mucho tiempo postulándose en la senda de los elegidos: Archaon. Sin embargo, los Dioses del Caos consideraron que no había superado su prueba final, y por tanto su momento aún no había llegado. Papá Nurgle presentó como candidato a un Hechicero de Plaga, Khorne a un Rey Guerrero ensangrentado de pies a cabeza, y Slaanesh se decantó por su hijo predilecto, el Príncipe Sigvald. Tzeentch fue el único en proponer a un campeón que no había sido arado y moldeado por él mismo: el líder de la Legión de los Caídos, el poderoso Lord Mortkin. Sólo Lord Mortkin veneraba a los cuatro Poderes Oscuros en igual medida. No obstante, era también un hombre de fuertes ideas propias, que no conocía otro amo que él mismo y al que le preocupaba su propio beneficio por encima de ninguna otra cosa. Aunque los Dioses del Caos no estaban muy seguros de querer otorgar sus bendiciones a un campeón que parecía poco dispuesto a obedecerles ciegamente, finalmente acordaron elegirlo a él como solución de consenso. Así pues, cuando Lord Mortkin, solo y amargado en su fortaleza negra, imploró a los dioses por la posibilidad de vengarse del mundo civilizado, sus plegarias fueron atendidas...

Kislev en LlamasEditar

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A medida que los diferentes ejércitos bajo el mando de Lord Mortkin avanzaban, seguían absorbiendo en sus filas a más tribus de bárbaros y Demonios recién materializados. Aquellos que se negaban a engrosar la horda eran aniquilados o huían a su llegada. Las tierras de Kislev, aún cubiertas por las nieves a medio fundir, se vieron de pronto inundadas por partidas de saqueadores que incendiaban y asolaban todo lo que encontraban a su paso. Pronto, todo el horizonte estuvo en llamas. Varias tribus de nómadas kislevitas a caballo fueron capaces de evitar el peligro durante un tiempo, a base de mantenerse en constante movimiento; sin embargo, las diferentes partidas de guerra de la horda de Lord Mortkin eran tan numerosas y estaban tan extendidas, que incluso buena parte de estos nómadas kislevitas acabaron por verse atrapados, bañando con su sangre el suelo helado.

Tras la nube de saqueadores marchaba una formidable punta de lanza, un ejército que enfilaba directo hacia Ostland. Al llegar a las ruinas de la arrasada localidad de Tzeskagrado, Lord Mortkin mandó detener a sus interminables columnas y encargó a Zakhar que llevase a cabo el Ritual de las Manos Marchitadas, un siniestro hechizo que le ayudaría a localizar a los Hombres Bestia y convocarlos para ir a la guerra.

Las Bestias de los BosquesEditar

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Atendiendo a lo que le decían sus consejeros demoniacos, Lord Mortkin decidió tratar de restablecer los ancestrales nexos de unión con los Hijos del Caos: los Hombres Bestia. A tal efecto, envió mensajeros para buscar aquello que se ocultaba en lo más profundo de los siniestros y retorcidos bosques del Imperio. Guiadas por abominables talismanes mágicos hechos con las manos cercenadas de las pobres gentes de Tzeskagrado, los mensajeros partieron al encuentro de Ul-Ruk el Rojo, caudillo de uno de los más grandes rebaños de guerra del Bosque de las Sombras.

Ante el montículo de trofeos de los Hombres Bestia, los mensajeros ofrendaron a los tres Chamanes del Rebaño los centenares de manos cercenadas y mágicamente marchitadas que portaban con ellos. Al ver la ofrenda, los Chamanes del Rebaño tuvieron súbitas visiones de masacre y destrucción, y de inmediato asintieron, transmitiendo a su líder que aquel pacto era propicio. Con un atronador bramido, Ul-Ruk convocó a su rebaño de guerra, y en pocos días una enorme cantidad de Hombres Bestia estaba marchando hacia el norte para unirse a las Fuerzas de Lord Mortkin.

Directos hacia OstlandEditar

Lord Mortkin mantenía a su horda junta, sin dejar que nadie se quedara atrás o se separara demasiado. Sus muchos consejeros demoníacos le habían susurrado numerosas veces cual era el plan más efectivo para aplastar al Imperio, pero Lord Mortkin tenía otras ideas, y no pensaba cumplir ningún otro plan más que el suyo propio.

Ostland bajo asedioEditar

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Ostland es la provincia más septentrional del Imperio. Se trata de una tierra dura, poblada de hombres con un espíritu bravo y atemperado por numerosas batallas. Aquí tienes que aprender a luchar desde muy joven, o hacerte a la idea de que morirás a las primeras de cambio. Aunque Ostland está dominada por el Bosque de las Sombras, una de las zonas boscosas más peligrosas del mundo, a lo que más temen los habitantes de la provincia es a la amenaza que viene del lejano norte.

El Conde Elector debe AusentarseEditar

Poco después de que las últimas incursiones hacia Norsca volvieran a casa a finales del año 2514, Valmir von Raukov, Conde Elector de Ostland, recibió una llamada urgente del Emperador Karl Franz. La tensión entre el Imperio y Bretonia estaba en un punto álgido debido a problemas fronterizos a lo largo de las Montañas Grises. Esperando que una demostración de Fuerza en las reuniones diplomáticas Fuese suficiente para intimidar al Rey Leoncouer, Karl Franz pidió la asistencia de sus más belicosos Condes Electores, entre ellos Valmir. Así pues, Valmir se vio obligado a marcharse lejos de sus tierras casi en el mismo momento que la invasión empezaba a tomar Forma. Dejó el control de la provincia en manos de sus hijos, confiando en su capacidad de juicio y en la resistencia de las fortificaciones de Ostland.

Los Hijos del Conde ElectorEditar

Se dice a menudo que Valmir von Raukov dejó numerosos hijos por todas partes, pero esas afirmaciones bien podrían ser simplemente los típicos rumores sobre un líder guerrero que se pasaba buena parte del año enfrascado en campañas bélicas. Lo cierto es que Valmir sólo reconoció a dos de estos niños como propios. Su mujer la Condesa Ivana le dio dos hijos, dos herederos al trono de Ostland: Vassilv y Oleg, dos hombres de carácter muy diferente.

Vassily era el hijo mayor y el primero en la sucesión para heredar el puesto de Conde Elector de Ostland. Se le tenía por una persona frágil, enfermiza y de poco fiar, lo cual representaba toda una vergüenza para su belicoso padre. Ciertamente Vassily era un hombre artero, que solía moverse en la sombra llevando a cabo tratos poco escrupulosos. En muchos casos, como por ejemplo el desastroso pacto fronterizo con el Conde Theoderic Gausser de Nordland, sólo la intervención militar de su hermano menor había sido capaz de salvar la situación.

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El hijo menor era más parecido a su padre, un valeroso líder y un guerrero nato. Desde que adquiriese la mayoría de edad, Oleg había liderado a incontables patrullas hacia el Bosque de las Sombras, ganándose enseguida su ascenso a Capitán. El más joven de los von Raukov era famoso por haber elegido combatir a pie, marchando al frente de su propia unidad de Grandes Espaderos, los Toros Tenaces. Durante la breve pero sangrienta batalla de la Marca Norte contra las Fuerzas de Nordland, Oleg y sus Toros Tenaces convirtieron la derrota en victoria, al diezmar a un buen número de unidades y finalmente eliminar al comandante enemigo, el Baron Nachtmann. En campañas subsiguientes Oleg rastreo y eliminó a diversos rebaños de Hombres Bestia que asolaban la zona cercana a Wolfenburgo, y destruyó su impío monolito. También derribó la Torre de los Cráneos en la Colina del Cuervo, un Faro que atraía a toda suerte de criaturas malignas hacia los lindes de las colinas del este.

Tras todos estos actos heroicos, Oleg fue ascendido a Gran Mariscal de Ostland, un importante cargo militar que le situaba como segundo en la cadena de mando, por debajo de su padre. Fue Oleg quien lideró las incursiones de represalia en Norsca, incluyendo el implacable ataque del 2514. Las casas de madera y huesos de leviatán de los Reyes del Mar fueron destruidas, y los importantes pueblos costeros de Aarvik y Ulfennik fueron arrasados hasta los cimientos. Los barcos dragón, con sus espectaculares mascarones de proa, ya no volverían a lanzarse en flotas de saqueo y pillaje desde esos puertos. Por todo Norsca se maldijo el nombre de Oleg, y aquellas salvajes gentes gritaron numerosos juramentos de venganza a sus brutales dioses.

La Guerra se AvecinaEditar

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Poco después de que el Conde Elector Valmir von Raukov partiera hacia el sur, antes incluso de que las nieves invernales comenzasen a derretirse, empezaron a correr siniestras historias por la Frontera de Ostland. Historias acerca de feroces criaturas que recorrían las llanuras de Kislev en partidas de guerra. Historias que decían que los Hombres Bestia del Bosque de las Sombras se estaban volviendo más astutos y atrevidos, y que junto a ellos se agitaban en la oscuridad de la noche muchas otras alimañas aún más siniestras.

En cuanto las noticias del norte empezaron a llegar, Oleg von Raukov no perdió ni un momento, y desplegó a buena parte de sus recién reclutadas tropas estatales en los fuertes por toda la frontera norte, y a continuación marchó con una fuerza considerable hasta Kislev, uniéndose a Pitr Sergeyev, un gran Kovnik (Capitán) de Erengrado. Allí, en las llanuras y con la ayuda de aquellos aliados que operaban en veloces unidades de caballería, Oleg esperaba poder destruir a los invasores antes de que alcanzasen Ostland.

Batalla a Orillas del LynskEditar

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En un principio la alianza se mantuvo firme contra la amenaza del norte. Las partidas de guerra del Caos cian sin duda fuerzas poderosas, pero les faltaba liderazgo para actuar de forma coordinada, lo cual permitía que la rápida y maniobrable caballería kislevita y el tácticamente dotado Gran Mariscal Raukov pudiesen concentrarse en destruirlas una por una.

Sin embargo, un día los cielos se oscurecieron, anunciando la llegada de una nueva fuerza. Los jinetes exploradores kislevitas establecieron contacto visual con la vanguardia del ejército de Lord Mortkin. Contra el inmenso poder de tal enemigo, Pitr Sergeyev sugirió protegerse tras una pantalla de arqueros a caballo (una clásica maniobra de los ejércitos de Kislev). Pero Oleg, siempre temerario, convenció al kovnik para que se uniera a las tropas de Ostland en una posición defensiva en la línea de colinas que se alzaban justo antes del río Lynsk. Como se demostraría más tarde, aquella elección fue un error.

Mientras tanto, Lord Mortkin desplegó a los jinetes de la tribu Azote del Norte por su flanco derecho, mientras que su propia Legión de los Caídos formaba el centro del ataque. E] acero y la fuerza de los humanos chocaron contra las armaduras del Caos y las corruptas mutaciones de los Dioses Oscuros. Las tropas del Caos eran demasiado numerosas. Con una carga que hizo temblar la tierra, los jinetes de Bronce, oscuros caballeros montados sobre Behemoths metálicos, rompieron el centro cie las posiciones de los humanos. Lo que Siguió fue una masacre en toda regla.

Retirada Hacia los FuertesEditar

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Los lanceros kislevitas intentaron huir hacia Erengrado, sólo para ser cazados y eliminados por los jinetes del Azote del Norte. Lord Mortkin liberó a la Hueste de Demonios para dar caza al resto de soldados de Ostland que se daban a la Fuga. Las más rápidas de entre las criaturas demoniacas, mastines del color de la sangre y espantosos diablos con cuerpo de mujer y montados sobre lagartos de largas lenguas bífidas, destruyeron a la mayor parte del ejército en fuga. El cauce del Lynsk se tiñó de rojo. Las empalizadas de troncos de los fuertes demostraron no ser defensa alguna contra la Furia de tales enemigos antinaturales. Para cuando llegó la noche, las llamas y las torres de vigilancia en ruinas señalaban el lugar en el que antes se había alzado cada uno de los fuertes fronterizos. Los supervivientes escapaban en tropel y Oleg von Raukov, reorganizando a todos los que pudo, emprendió camino hacia la ciudad amurallada de Volganof, donde esperaba ser capaz de rehacer su maltrecho ejército. Se enviaron mensajeros a las provincias cercanas, para avisar de que aquello no era una incursión común sino una invasión a gran escala, con capacidad suficiente para barrer del mapa todo Ostland.

A la Caza de Von RaukovEditar

De entre las ruinas se alzó un rumor, que decía que el señor de la Legión de los Caídos estaba buscando a Oleg von Raukov, pues por doquier los invasores intentaban hacerse con toda la información posible sobre cualquier miembro de la familia von Raukov. Tras cruzar el río Lynsk, Lord Mortkin ordenó a su ejército que se abriera para ejecutar una operación de búsqueda y destrucción. Los Demonios de Kargharak asesinaron a todo enemigo que encontraron en la aldea de Zoppen. Otra aldea, Bohsenfels, sufrió un feroz ataque por parte de los supurantes guerreros de plaga de Lord Matabilís, y sólo la oportuna llegada desde Ferlangerl de las tropas del Barón Beckburg impidió otra masacre. Todo Ostland ardía.

Ostland no Resiste SolaEditar

Aunque no estén exentas de tiranteces políticas entre ellas, las provincias y ciudades estado del Imperio siempre empujan en la misma dirección en los momentos de necesidad. Con Ostland bajo asedio, numerosos ejércitos fueron reclutados a lo largo y ancho de toda la nación. Las carreteras retumbaron al compás de los tambores de guerra mientras las tropas marchaban hacia el norte. Los ríos, considerados las grandes arterias del Imperio, se abarrotaron de embarcaciones que se dirigían a toda prisa en ayuda de sus compatriotas.

Hombres Bestias atacando Castillo del Imperio.jpg

Ninguna de esas ayudas llegaría a tiempo para salvar el Castillo Raukov. La Legión de los Caídos avanzó hasta ese ancestral bastión esperando poder atrapar a algunos de los miembros de la Familia real. De hecho, Vassily von Raukov había albergado la esperanza de poder evitar la invasión, protegiéndose tras los muros de sus antepasados. Pero eso no iba a suceder. Las metálicas torres de asedio de los ejércitos del Caos, impulsadas por sus potentes motores a vapor, cayeron sobre la Fortaleza, inundándola bajo una lluvia de cañonazos. Jamás antes se habían visto en todo el Imperio artefactos infernales como aquellos: su manufactura tenía la marca inequívoca de los Enanos, pero estaban decorados con espantosas caras y terribles runas del Caos. Cuando finalmente las informales máquinas redujeron los muros a escombros, Vassily y su guardia personal huyeron por los túneles secretos bajo la fortaleza, dirigiéndose hacia la ciudad de Volganof. De los demás habitantes del Castillo Raukov, incluyendo a Ivana von Raukov, nunca más se supo.

Todas la Fuerzas se dirigen a VolganofEditar

Volganof es una de las mayores ciudades de Ostland, pero a diferencia de la capital provincial Wolfenburgo, se encuentra rodeada por un grueso muro enorme repleto de torres y almenas.

Los refugiados fueron hacia Volganof, atestando sus estrechas y adoquinadas calles. Los soldados también se precipitaron hacia el interior de la ciudad, dejando tras de sí tanto Fortalezas como aldeas, destruidas y en llamas. En algunos casos, los mastines del Caos se lanzaban a perseguir a los andrajosos supervivientes, pisándoles los talones hasta las mismísimas puertas de la ciudad. Cuando Lord Mortkin descubrió que la población se estaba concentrando en aquella ciudad-bastión, ordenó a todos sus ejércitos converger hacia Volganof.

A las puertas de VolganofEditar

Mapa Volganof.jpg
El terror que atenazaba a los guardias en las almenas de Volganof se crecía con el espectáculo de ver como las hordas del Caos salían del Bosque de las Sombras. Los muros de la ciudad nunca habían sido derribados, pero esta vez se enfrentaban a una oposición sin precedentes.

Con la Soga al CuelloEditar

Los rumores referentes a los ejércitos del Caos que se cernían sobre la populosa ciudad de Volganof se extendieron como la pólvora. Cada refugiado que buscaba cobijo tras los portones de la ciudad traía nuevas y escalofriantes noticias: los bárbaros lo incendiaban todo a su paso y devoraban vivos a los prisioneros. Los supervivientes de las poblaciones de Bohsenfels y Zoppen aseguraban que todo tipo de Demonios y demás criaturas monstruosas acompañaban a los norteños, mientras que los de los pueblos más al sur relataban historias de Hombres Bestia emergiendo del Bosque de las Sombras; los caminos ya no eran seguros. Los pocos que llegaron desde Kludburgh se negaron a hacer declaraciones acerca de lo que habían contemplado. Todos estaban atrapados en Volganof.

Hombres Bestias y Guerreros del Caos.jpg
En esta atmósfera de creciente desolación, un sólido muro de sobrenaturales nubes negras cubrió el horizonte sobre Volganof. Las tinieblas se tornaron tan oscuras que los Vigías en las almenas apenas podían distinguir las lindes del Bosque de las Sombras. Había algo allí fuera, porque los primeros árboles del bosque maldito se agitaban inquietos, como si enormes ejércitos de bestias profanasen sus dominios en una reunión impía.

Un millar de cuernos de guerra sonaron atronadores, anunciando el momento en el que Lord Mortkin aparecía desde las sombras más impenetrables. Lo hacía acompañado de un gigantesco demonio, una monstruosidad con alas de murciélago que rugía sus sangrientas amenazas a todos aquellos que pudieran escucharlas. A la izquierda del Señor del Caos, suspendida en el aire, flotaba una enorme isla de tierra arrancada del suelo que servía de montura a Zakhar, un Hechicero del Caos sin parangón, Maestro de la Hermandad del Ojo Eterno. A pesar de la enfermiza atracción que generaban tan siniestros lugartenientes, todas las miradas se dirigían inexorablemente sobre Lord Mortkin.

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Cabalgando sobre una bestia demoníaca hecha de odio y metal orgánico se alzaba la imponente silueta acorazada del Señor del Caos, envuelto en un aura de poder tan amenazadora que su mera presencia arañaba las almas de los presentes. Tal era la cantidad de energías místicas que se arremolinaban a su alrededor que se podían ver llamas iridiscentes que parpadeaban cubriendo su adusta figura. Sin duda se trataba del campeón elegido por aquellos que no deben ser nombrados. Rey de reyes, coronado en fuego. Desde el interior de su casco de hierro atronó un desafío que se extendió en la distancia, tan ensordecedor que nadie pudo evitar escucharlo.

“Entregadme a von Raukov o aplastaré vuestra ciudad. Todos los habitantes de Volganof morirán. Juro a los dioses que vuestros sufrimientos serán monumentales. Disponéis de un solo día para decidir vuestro destino."

Dicho esto, contempló durante unos instantes las altas murallas de Volganof y se dio la vuelta regresando de nuevo a las tinieblas.

UltimátumEditar

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Aturdidos por el despliegue de poder mostrado por el Señor del Caos, todos los habitantes de Volganof empezaron a murmurar. Desde el mas pío entre los nobles hasta el último de los soldados, los artesanos y los posaderos, ninguno de ellos tenía el menor rastro de duda sobre la persona a la que se refería el rey bárbaro: Oleg von Raukov, el hijo del Conde Elector y orgullo de todo Ostland. No debía permitirse que Oleg abandonara los muros de Volganof. Tal exclamación fue pronunciada con tanta indignación y energía, que los pocos desertores cobardes que habrían preferido entregar a su comandante sin ofrecer resistencia no se atrevieron a pronunciar palabra alguna. Este espíritu obstinado ha caracterizado a los Ostlandeses desde siempre, y fue el que consiguió convencer a Oleg von Raukov para que no se entregase. Sin duda los despiadados invasores le asesinarían sin contemplaciones, y a continuación atacarían Volganof de todos modos. El dicho local, “Un lobo en el cobertizo sigue siendo un lobo”, estaba en boca de todos. Sabían que los rabiosos lobos del norte no partirían sin antes provocar un gran derramamiento de sangre.

Al día siguiente, cuando una vez más Lord Mortkin emergió de los bosques al son de los cuernos de guerra, obtuvo su respuesta. Esta no fue pronunciada con voz humana, sino con lenguas de fuego. Todos los cañones en los muros de Volganof dispararon al unísono, iluminando con sus explosiones las tinieblas que se habían aposentado sobre la ciudad.

Los disparos realizados a tan larga distancia contaban con muy pocas posibilidades de resultar efectivos, y pareció que los proyectiles se perdían devorados en la oscuridad. En cualquier caso, Volganof había dado su respuesta...

Zakhar DesencadenadoEditar

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Lord Mortkin alzó su hacha y las llamas prendieron en su filo. Con este gesto, los árboles gimieron mientras el Bosque de las Sombras vomitaba las hordas ocultas en su interior. Todas las tropas del Caos avanzaron como una sola entidad de pesadilla: tribus bárbaras totalmente pertrechadas, hombres con cabezas de bestia y legiones de enormes guerreros envueltos en armaduras forjadas en los infiernos. Hediondos Trolls de extremidades desgarbadas surgían de la espesura, acompañados por Minotauros con cabeza de toro y jaurías de mastines demoníacos que no dejaban de ladrar y gruñir. Elevándose por encima de las copas de los árboles avanzaron los Gigantes, derribando árboles a su paso corno lo haría un hombre al caminar en un campo de trigo. El suelo tembló cuando las huestes se formaron en compañías encabezadas por siniestros estandartes, en los que se proclamaban leyendas dedicadas a los poderes oscuros.

La muchedumbre se detuvo respondiendo a alguna orden no pronunciada, y todos los ojos se volvieron hacia Zakhar. Los cánticos de sus impíos acólitos subieron de ritmo y volumen, tal como la isla flotante fue ganando altura lentamente. La masa de tierra empezó a girar, rotando sobre un eje invisible. Siete truenos relampaguearon en las amenazantes nubes del cielo. Alzándose en medio de sus adláteres, Zakhar levantó sus brazos y empezó a brillar con un fulgor azulado. Se podían escuchar carcajadas agudas que convergían junto a misteriosas energías en las manos extendidas de Zakhar. Cuando ya no pudo contener más la sobrecarga, el Maestro de la Hermandad arrojó una esfera multicolor de relámpagos vivientes sobre los muros de Volganof. Los partió en dos, vaporizando a hombres y rocas por igual. Los poderes mágicos de Zakhar golpearon siete veces las defensas de la ciudad, y siete fueron las brechas que se formaron en los muros.

Adelante, por OstlandEditar

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Los supervivientes se levantaron del suelo, sacudiéndose el polvo de las piedras molidas por los impactos. Se escuchó un profundo suspiro de desaliento entre los defensores. Habían puesto todas sus esperanzas en los altos muros de Volganof presuntamente inexpugnables, y a estas alturas, aún con la batalla todavía por empezar, yacían devastados más allá de toda reparación. Tan pronto como los aullidos de los invasores del norte se elevaron sobre la polvareda, Oleg von Raukov se encaramó hasta lo alto de los restos de uno de los muros de aquella antaño orgullosa fortificación y lanzó su proclama:

“Mantened firmes vuestras posiciones, habitantes de Ostland. Allí donde flaqueen los muros deberá imponerse la voluntad de los hombres. ¡No me arrastrarán de Volganof como se saca a un animal de una trampa! ¿Quién me ayudará a derrotar al enemigo? ¿Quién combatirá conmigo?”

Semejante arrojo no podía ser contrariado, y todos cuantos estaban en los muros que seguían en pie, capitanes y campeones adustos y resueltos, se unieron en un clamor guerrero. Todo Ostlandés supo que era mucho mejor morir luchando. Así, en la preternatural oscuridad que les envolvía, Se trazo apresuradamente un nuevo plan de acción. Era necesario reforzar las posiciones en las que el muro había caído, y a la vez debía prepararse un poderoso contingente para contraatacar en las posiciones del sur enfrentándose directamente a Lord Mortkin. Las fuerzas imperiales se abrieron paso entre las brechas.

Guerra DescarnadaEditar

Así empezó la Batalla de Volganof. Ningún bando pidió cuartel ni estaba dispuesto a darlo. Hazañas heroicas y actos ruines se sucederían a diestro y siniestro, y muchas sagas y canciones celebrarían (o lamentarían) los actos queiban a tener lugar en ese aciago día.

La Ciudad AsediadaEditar

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Las tropas invasoras del Caos avanzaron a señal de Lord Mortkin. La carga estaba encabezada por docenas de tribus de hombres del norte, ansiosos todos ellos de obtener glorias de combate. Confiaban que sus logros en batalla atraerían la mirada y los favores de sus dioses oscuros. Por su parte, los defensores destacados en los muros de la ciudad no estaban ociosos. Los arcabuceros disparaban constantemente, cedían sus armas a alguien encargado de recargarlas, recogían un nuevo arcabuz y volvían a abrir fuego a discreción sobre la masa que se abalanzaba sobre ellos. Había dotaciones afanándose a disparar y recargar las máquinas de guerra, mientras muchos llevaban piezas de artillería a las brechas del muro, dispuestos a repeler los ataques con andanadas de disparos y metralla.

Pero fue en los muros del sur, allí donde Oleg von Raukov se encontraba comandando la contraofensiva, donde Lord Mortkin hizo una verdadera ostentación de fuerza. Allí fue donde desplegó la furia de Karghaiak y su hueste demoníaca. Se enfrentaron directamente con el enemigo y la masacre fue enorme. Era un espectáculo dantesco, y Lord Mortkin todavía no había puesto a funcionar a su propia Legión de los Caídos.

Hombre contra DemonioEditar

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Las andanadas de disparos surgidas desde los muros de Volganof no fueron capaces de mitigar el empuje de los Demonios. Kragharak, lleno de ira hasta más no poder, avanzó entre los norteños, aplastando y desmembrando a todo aquel que se interponía entre él y el enemigo. Los regimientos huían presa del pánico, escapando de semejante Furia monstruosa sólo para caer en manos de los espantosos diablos que formaban la vanguardia del asalto. Ahí es donde medraban los Desangradores de color rojo brillante, y donde se contorneaban las pálidas Diablillas junto a una infinidad de criaturas de pesadilla ansiosas de destruir todo aquello que los hombres amaban. Regimientos enteros de la guardia de la ciudad de Volganof cayeron, muertos y pisoteados antes incluso de que la matanza se desatase en todo su enfermizo esplendor.

Los demonios venían escoltados por enormes torres de asedio metálicas, que avanzaban ruidosamente impulsadas por algún poder siniestro o tal vez algún hechizo ruinoso. Si los Demonios eran capaces de acabar con cualquier hombre que se enfrentase a ellos, esas infames máquinas podrían derrumbar las fortificaciones que quedasen en pie. Los disparos de los monstruosos Cañones infernales del Caos trazaban parábolas sobre los muros, prendiendo fuego a la ciudad. Los hombres del Imperio eran empujados a retroceder, pero aún no estaban dispuestos a escapar. Valientes Capitanes aguantaban las posiciones mientras los soldados se aprestaban uno tras otro a reemplazar a sus compañeros caídos. No obstante ningún ataque había resultado exitoso en combate contra Kargharak. Las lanzas se partían al impactar contra su piel impenetrable, mientras su hacha segaba filas enteras con cada barrido. La decidida contraofensiva amenazaba en convertirse en una derrota aplastante en cualquier instante.

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Ese fue el momento en el que los Alabarderos de Bechafen se convirtieron en leyenda. Tras haber marchado desde Ostermark para ayudar a sus hermanos, los soldados vestidos de púrpura y amarillo entraron en liza a tiempo para repeler una carga de Desangradores. Al ver como sus secuaces eran rechazados, Kargharak volvió su atención hacia los hombres de Ostermark. Sin la más mínima sombra de duda, la unidad imperial alzó sus alabardas como un solo hombre, presentándolas como un bosque de ramas afiladas. El Devorador de Almas cargó con la decisión de un trueno, y su impacto lanzó por los aires a muchos soldados, incluido el Capitán de la unidad. Aun así, los orgullosos hijos de Bechafen siguieron firmes, golpeando a la infernal criatura una y otra vez. La piel del Gran demonio pronto empezó a teñirse con los fluidos procedentes de sus muchas heridas. Reuniendo las pocas fuerzas que todavía le quedaban, el sargento Oberwald hundió su espada hasta la empuñadura en el pecho de la aberración. Loco de rabia, Kargharak agarró al sargento y lo aplastó. Oberwald terminó triturado bajo una fuerza y una furia jamás vistas, hasta el punto de que era imposible adivinar que sus restos podían haber pertenecido alguna vez a un ser humano. No obstante, este atroz espectáculo no hizo más que inspirar a los Alabarderos del Bechafen aún en pie, que cortaron y sajaron al Gran demonio. Este todavía fue capaz de llevarse a muchos soldados imperiales por delante mientras suspiraba los últimos estertores de vida que le quedaban, pero una vez cayó, jamás volvió a levantarse.

La Esperanza más FugazEditar

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La hueste demoníaca se vio sorprendida por la caída de su campeón. La voz de Oleg von Raukov volvió a imponerse en la batalla.

"¡Conmigo!, ¡conmigo, hombres del Imperio! ¡Presionad y no temáis a nadie!, ¡Podemos hacernos con la victoria, combatid!"
Oleg von Raukov.

Una vez más los corazones henchidos de los Ostlandeses y sus aliados palpitaron, y una vez más las tropas imperiales presionaron a sus enemigos. Una de las torres de asedio fue destruida, derrumbándose con un gran estallido. Los bárbaros, que llevaban poca armadura, cayeron fácilmente frente al empuje de los defensores, pero resulto evidente que los guerreros enfundados en armaduras infernales eran harina de otro costal. Siempre que estos individuos se trababan en combate conseguían detener el empuje inicial. La hueste demoníaca, forzada a retroceder y ya muy menguada, estaba vendiendo cara la posición en la que se había fortalecido alrededor de su estandarte sangriento; no obstante acabó cayendo igualmente, hecho añitos a manos de la unidad de Grandes Espaderos, los Toros Tenaces. En este punto se pudieron escuchar vítores entre los soldados que combatían en el exterior de la ciudad, que fueron coreados por los defensores apostados en los muros. Tal vez por primera vez, los hombres de Volganof albergaron la pequeña esperanza de volver a ver la luz del sol.

La Legión de los CaídosEditar

Lord Mortkin, con su armadura crepitando por energías negras, supo que había llegado e] momento de involucrarse en la refriega. Finalmente, la Legión de los Caídos avanzo bajo sus estandartes negros y rojos. Nadie podría interponérseles.

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Los Saqueadores Negros eran totalmente inmunes al daño gracias a sus corpulentas armaduras. Los Segadores Rojos arrebataban la vida de los hombres con sus gigantescas hachas sin dificultad alguna. Los muros de Volganof se estremecieron cuando los pesados Juggernauts de los jinetes de Bronce iniciaron su atronadora carga. Ahí fue donde aterrizó Shulex el Grande, arrojando llameantes bocanadas de fuego sobre los soldados de Ostland.

Las líneas del contraataque se estaban derrumbando, y ni siquiera Oleg von Raukov pudo evitar que las tropas escapasen hacia la pobre seguridad que ofrecía el abrigo de los muros. Muchos de los soldados supervivientes soltaron las armas y salieron huyendo, y únicamente aquellos más próximos al Gran Mariscal y sus Toros Tenaces fueron reticentes a rendir un solo palmo de tierra. Esta acción de retirada permitió que muchos regimientos corrieran a refugio de la muralla de Volganof.

Espaldas contra el MuroEditar

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Al final, sólo los Toros Tenaces permanecían fuera de los muros, aunque pronto se vieron también obligados a replegarse hasta la brecha. Por dos veces los Saqueadores Negros cargaron y por dos veces fueron rechazados, aunque a costa de muchas vidas. El suelo se volvió resbaladizo por la ingente cantidad de sangre derramada. La espada de Oleg, un regalo personal de la Reina del Hielo de Kislev, brillaba fríamente a la tenue luz. Jadeando pesadamente, los agotados Espaderos apretaron los dientes y esperaron el siguiente ataque. Entonces, las hordas abrieron un corredor entre sus filas, y todos los presentes pudieron ver por qué se les había concedido aquel pequeño respiro a los defensores. Lord Mortkin, a la cabeza de los Segadores Rojos, había llegado. Se lanzó contra la brecha, con una mirada que parecía la de la misma muerte, y se abrió paso cortando armaduras, espadas y cuerpos enemigos, hasta plantarse directamente frente a von Raukov, quien, aunque cansado tras un largo día de batallar, no se amilanó ni por un momento y saltó de inmediato hacia adelante para hacer Frente al ataque.

Hasta tres veces el arma de Oleg von Raukov logró impactar a Lord Mortkin, pero estaba claro que destruir al líder de la Legión de los Caídos no era tarea para ningún mortal. Así, tras haber encajado sin inmutarse la desesperada lluvia de golpes de aquel pequeño hombre, Lord Mortkin contraatacó y, con un único espadazo que podría haber hecho caer a un Gigante, impactó a Oleg, cuyo cuerpo se derrumbó destrozado. Aunque mortalmente herido, el valeroso hombre empleó todas las fuerzas que le quedaban para intentar levantarse, para golpear una vez más. Sin mostrar la menor piedad, el Señor del Caos aplastó su último hálito de vida bajo una bota metálica. Durante un surrealista instante, el frente de batalla quedó en silencio; y a continuación, desde la distancia, empezó a llegar el sonido de unos cuernos de guerra.

La Llegada de la ReiksguardEditar

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Surgiendo en tromba del Bosque de las Sombras y siguiendo la Carretera Tenebrosa, haciendo sonar sus cuernos de guerra y lanzando gritos de “¡Por el Emperador!”, la Reiksguard hizo aparición. Enfundados en sus plateadas armaduras, arrollaron a varias unidades de bárbaros que acechaban cerca del bosque. A la cabeza de la formación iba Kurt Helborg, Gran Maestre de la Orden y Mariscal del Reik. A su lado galopaba Ludwig Schwarzhelm, portador del estandarte personal del Emperador, una sagrada tela que brillaba poderosamente en la oscuridad, inspirando temor en todos los enemigos que posaban la vista en ella. Junto a ellos se encontraba Valmir von Raukov, el Conde Elector de Ostland, su estandarte agitándose al viento y sus ojos ardiendo con el fuego de la venganza.

La Encarnación del PoderEditar

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Lord Mortkin permanecía de pie contemplando el cuerpo caído y roto de Oleg von Raukov. Oleg era el orgullo de Ostland, y había demostrado con creces tal condición luchando bravamente contra un enemigo al que sabía que no podía derrotar. En la distancia los cuernos de la Reiksguard seguían sonando nítidamente. Era tal y como los susurros demoniacos se lo habían profetizado. Lord Mortkin sabía que la Reiksguard llegaría en ese momento, y para recibirla había mantenido en reserva a la mitad de la horda de Hombres Bestia de Ul-Ruk el Rojo (una orden dolorosa de cumplir para los Hijos del Caos, siempre sedientos de sangre y batalla). Ahora, todo lo que tenía que hacer era dar la señal para que avanzaran desde los bosques contra la caballería del Imperio, y la victoria estaría asegurada. Lord Mortkin sintió el poder corriendo por sus venas, los Vientos de la Magia alimentándole con tanta energía que incluso se concentraba en una pulsante corona en torno a su cabeza. Aquello, y él lo sabía, era sólo el principio de la auténtica batalla. En ese mismo momento, lejos al norte, una hueste aún mayor de Demonios estaba abriéndose camino a través del menguante velo entre los mundos, y una reunión aún mas masiva de tribus bárbaras se estaba congregando, lista para marchar hacia el sur y unírsele. Él era el poderoso recipiente elegido por los Dioses del Caos para hacer realidad sus planes. Y sin embargo, su mente estaba más Limpia y clara que nunca. Lord Mortkin había tenido ya la venganza que buscaba, y snitía que su papel había finalizado.

Lord Mortkin había superado cada desafío que le había salido al paso. Había oído a centenares de miles de voces corear su nombre al unísono. Pero ahora, todo lo que quería era acabar de una vez por todas. Dejó caer su hacha y con ambas manos se quitó el casco arrojándolo sobre las pilas de guerreros caídos. A continuación pronunció en voz alta estas palabras, para que todos le oyeran:

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'“La deuda esta pagada. Dejad que Volganof arda, como compensación por lo que ocurrió en mi hogar, en Ulfenník. Jamás volveré a pisar estas tierras. Mi saga concluye aquí, en este instante. Elijo morir como un hombre, obedeciendo mi propia voluntad. Elijo partir, aunque quizás ya sea tarde para eso, hacia el lugar donde reposan mis padres, dondequiera que sea.”

Tras pronunciar este juramento, el aura que rodeaba a Lord Mortkin se desvaneció. Quizás eran los propios Dioses Oscuros, iracundos por su traición, retirándole el favor que habían depositado en él. Los Segadores Rojos surgieron de su estado de estupefacción demasiado tarde para intentar proteger a su señor, y la ola de la batalla arrolló violentamente al Campeón del Caos. Una vez más el combate se reemprendió con toda su furia.

Con la caída de Lord Mortkin, el velo de tinieblas se desgarró y los penetrantes rayos del sol bañaron de nuevo la tierra. Los dispares ejércitos del Caos perdieron de inmediato la fuerza de voluntad que les había mantenido unidos. Al menos la mitad de los invasores, incluyendo a Skulek el Grande, abandonaron la batalla, algunos huyeron intentando ocultarse en los bosques, mientras que otros empezaron a enfrentarse entre ellos mismos, aprovechando el desconcierto para resolver viejas rencillas por la fuerza de las armas. No obstante, tal era el tamaño de la hueste del Caos, que ni así podía decirse que la batalla estuviese decidida.

Ul-Ruk el Rojo entra en AcciónEditar

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El Caudillo de los Hombres Bestias Ul-Ruk el Rojo había estado esperando en los bosques una señal que nunca llegó. Su ira bestial le estaba devorando, y decidió que ya no iba a esperar más. En vez de eso, ordenó a su horda que se lanzara sobre la humeante ciudad. Solo saqueando Volganof alimentándose de la carne de sus ciudadanos y derribando sus edificios, podrían los Hombres Bestia aliviar la angustia que les había producido tener que obedecer órdenes. Surgiendo de los bosques como una marea de pelo y cuernos, volvieron a decantar la balanza en favor del Caos. Los Hombres Bestia consiguieron expulsar a los defensores de muchas de las brechas y se colaron la ciudad, donde causaron estragos, descargando su rabia vengativa sobre todo el que se cruzó en su camino, sin importar si eran soldados del Imperio u Hombres del Norte.

¿Ha Caído el Rey?Editar

Habían sido los Perros Escarlata, llenos de odio por la muerte de Oleg von Raukov, quienes habían aplastado al desencantado Lord Mortkin junto a la brecha del muro sur. Los Segadores Rojos, la guardia personal de Lord Mortkin, se había mostrado demasiado desconcertada y lenta para poder intervenir: Y ahora su señor había caído. Coléricos por su pérdida, los Segadores Rojos se lanzaron de nuevo al fragor de la refriega, abatiendo a todo el que encontraron entre ellos y su querido amo. Bañados de pies a cabeza en sangre, tanto propia como enemiga, se abrieron camino por entre el grueso de las tropas del Imperio hasta formar un círculo en torno a la destrozada forma de Lord Mortkin. El resto de los Toros Tenaces dejaron caer sus espadas y se dieron a la fuga. Ningún enemigo se atrevía a avanzar para desafiar a la guardia personal del líder caído, aunque las salvas de cañonazos abrían cada vez más claros en sus maltrechas filas. Sin embargo, los Segadores Rojos no parecían inmutarse. Desolados por la pena, llevaron el cuerpo tras los muros Volganof y allí, durante un tiempo, nadie osó acercárseles.

La Carga de la ReiksguardEditar

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Siguiendo las órdenes del Emperador; la Reiksguard había marchado toda la noche hacia el norte, a fin de llegar a Ostland y entablar contacto con el enemigo cuanto antes. Cuando Kurt Helborg, el líder de la Reiksguard, pudo ver por fin el tamaño de la horda que se desplegaba ante ellos, no se cuestionó sus órdenes ni por un momento, sino que gritó la única ¡palabra necesaria en aquellos momentos: “¡Carguen!”. Antes incluso de poder alcanzar las puertas de Volganof, los jinetes tendrían que atravesar las filas de múltiples tropas invasoras. Allí estaban los Demonios que aún quedaban en batalla, Lord Matabilis y su ejército de plaga, y una innumerable cantidad de bárbaros, ansiosos por hacerse con su parte del botín que aún prometía la destrozada e incendiada ciudad. Contra esta infernal multitud se lanzaron como una exhalación los Caballeros del Imperio, golpeando a diestro y siniestro hasta llegar a las ruinas del muro sur. Allí, les esperaba un último gran desafío.

Los Juggernauts metálicos avanzaron escupiendo vapor y abriendo pequeños cráteres en el suelo con cada una de sus zancadas. Los asesinos jinetes de Bronce estaban ansiosos por aplastar a las más orgullosas tropas del Imperio bajo una avalancha de pezuñas metálicas. Kurt Helborg, sintiendo la llegada de la carga enemiga como el que siente la llegada de un trueno en una tormenta, ordenó a la Reiksguard que dispusiera sus lanzas y galopase para contracargar. La salvaje colisión de aquellas dos unidades hizo temblar la tierra. Muchos fueron los que murieron, ya fuese atravesados por el acero o triturados por la estampida, pero en última instancia lo que marcó la diferencia fueron los Colmillo Rúnico de Kurt Helborg y Valmir von Raukov. Rajando por igual las armaduras y los cuerpos de las bestias metálicas, aquellos dos guerreros sin par, ayudados por Ludwig Scwarzhelm, se aseguraron de que ni un solo jinete de Bronce escapase a la matanza.

Con la derrota de los jinetes de Bronce, todos los demás invasores que aún permanecían en batalla vieron desvanecerse todas sus esperanzas de victoria. La lucha en torno a los muros aún era cruenta, pero las fuerzas que a esas alturas todavía no habían logrado penetrar en la ciudad empezaron a retirarse de vuelta hacia el bosque. Sin embargo, para Volganof era demasiado tarde.

Pira Funeraria por un Líder CaidoEditar

Mientras los estertores de la batalla se desarrollaban en la llanura, de puertas para adentro Volganof estaba sumida en un caos compuesto por numerosas pequeñas batallas. Los desesperados defensores intentaban alzar barricadas improvisadas con lo que tenían a mano, pero la ciudad había sido ya tomada por un número demasiado grande de invasores. Por todas partes había edificios ardiendo, y partidas de guerra que recorrían las calles sembrando la muerte. Tanto los ciudadanos como los soldados empezaron a manar por todas las salidas de la ciudad, tratando de escapar de aquel infierno.

Durante muchas horas los Segadores Rojos siguieron combatiendo contra los soldados del Imperio, pero también contra Hombres Bestia y Hombres del Norte a los que acusaban de haber traicionado su causa. Sin embargo, lo que no hicieron los Segadores Rojos fue e] menor esfuerzo por huir, ni siquiera cuando las llamas crecieron fuera de control hasta envolver por completo a Volganof. Las altas torres y orgullosos muros de la ciudad acabaron por colapsarse, y las llamas engulleron la ciudad, consumiendo por completo los últimos y leales supervivientes de los Segadores Rojos. Y así, con un último estertor, la ciudad de Volganof se convirtió en una gigantesca pira funeraria para la Legión de los Caídos y su poderoso Señor.

Tras la BatallaEditar

La ciudad de Volganof ardió durante tres días seguidos. Todo lo que quedaron fueron cenizas, pilas de escombros y maderos ennegrecidos. Varias columnas de tropas de refresco llegaron a tiempo de ayudar a los supervivientes. Pronto empezó a organizarse un gran campamento de refugiados, aunque situado a algunas millas de distancia de la ciudad. El sol volvía a brillar en un cielo que lucía claro, o así lo habría hecho de no ser por las enormes bandadas de aves carroñeras que sobrevolaban la zona del desastre en amplios círculos. El festín que se dieron fue tan abundante, que hasta el día de hoy los cuervos, grajos y demás aves de carroña del Bosque de las Sombras parecen especialmente grandes y bien alimentados.

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De los enemigos, pocos fueron vueltos a ver; salvo aquellos que estaban demasiado heridos para huir; y con éstos no hubo la más mínima piedad. Se dice que Lord Matabilis y su ejército de plaga lograron abrirse paso atravesando Volganof para escapar por las brechas de la muralla norte, llegando hasta Kislev y el lejano norte. Algunos bárbaros escaparon con ellos, pero la mayoría murieron durante el azaroso viaje, cazados por las vengativas tribus de jinetes kislevitas. Respecto a las Hombres Bestia, tras llenarse la panza con carne humana habían corrido a refugiarse al bosque, antes de que el fuego consumiera por completo la ciudad. Los muchos vecinos de Volganof que habían perdido a familiares y amigos en la masacre de la ciudad albergaban la esperanza de que al menos, sus seres queridos hubiesen sido víctima de las llamas purificadoras, y no de la locura de aquellos monstruos bestiales. Incluso hoy en día, mentar el nombre de Ul-Ruk el Rojo es suficiente para ganarse las maldición y los insultos de cualquier Ostlandés.

Para Valmir von Raukov la vuelta a casa fue una experiencia amarga. Sus fuertes estaban en ruinas, y sus tierras devastadas. Valmir lloró como un niño por la pérdida de su mujer y su hogar ancestral, pero muchos dicen que el golpe más duro para él fue la muerte de su hijo predilecto. Desde entonces, el luto del Conde Elector sigue siendo inconsolable. Vassily, que fue encontrado inconsciente entre las ruinas, ha recuperado su salud, pero aún no ha podido ganarse el perdón de su padre.

Antes de partir de vuelta hacia Altdorf al mando de su muy menguada Reiksguard, Kurt Helborg echó una última mirada al improvisado campamento, lleno de refugiados y heridos. Luego, volviéndose hacia su viejo amigo y camarada de armas Ludwig Schwarzhelm, le dijo: "estoy sobrecogido, Ludwig. No creo, a diferencia de lo que piensan muchos otras, que fuese nuestra llegada al campo de batalla la que propició la victoria, si es que siquiera podemos llamar victoria a esto. Si su Señor no hubiese abandonado la lucha, no creo que hubiésemos podido derrotarle. La gloria estaba al alcance de su mano y aún así, según todos los testimonios, simplemente se dio por vencido. ¿Qué tipo de hombre era, para comportarse de tal modo?"

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Ludwig, un hombre de carácter taciturno y de pocas palabras, quedó pensativo un momento, pues opinaba igual que su camarada. Nadie parecía querer mencionarlo, pero lo cierto era que si el ejército invasor se hubiese mantenido unido, podrían haber marchado invictas hasta la mismísima Altdorf. Tras una larga pausa, Ludwig contestó: "¿Quizás sea esa la respuesta? Tal vez, en el fondo de su alma, Mortkin no era una de esas... cosas. Tal vez sólo era un hombre."

"Tal vez”; dijo Helborg, al tiempo que espoleaba su caballo e iniciaba la marcha, "Sea como sea procura descansar un poco, Ludwig; y consuélate pensando que, tras esta batalla, las tierras del norte permanecerán tranquilas durante una buena temporada."

Sin embargo, tal como se demostraría a lo largo de los años siguientes, dicha afirmación estaba lejos de ser cierta...

FuenteEditar

  • Reglamento de Warhammer 8ª edición

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