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Melekh el Transmutador

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La Tormenta del Caos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la campaña mundial de La Tormenta del Caos, que recientemente ha sido sustituida por la de El Fin de los Tiempos.

Valten vs Archaon.jpg

Melekh el Transmutador por Adrian Smith.jpg

La historia de Melekh el Transmutador empieza en una furiosa noche de tormenta en Norsca. Melekh era el hijo del herrero, y su mujer Keyla estaba embarazada. Fue justo en esa noche cuando el niño decidió venir al mundo. El parto se complicó y se tuvo que pedir ayuda a Gaerkkol, el chamán de la tribu. Desgraciadamente Gaerkkol estaba demasiado ebrio aquella noche y lo que debía ser un sencillo ritual salió terriblemente mal. Keyla, tras sufrir terribles dolores, desapareció tras una explosión de luz, pero el niño nació.

Al posar sus ojos en él Melekh quedó horrorizado. Su hijo había nacido deformado. El infante tenía el semblante de un pájaro. A un lado de la cabeza, se encontraba el rostro de un niño que no cesaba de chillar, a pesar de que eran los ojos negros e inertes del ave los que contemplaban a su padre.

Melekh estaba seguro que el jefe del poblado insistiría en echar al niño, pero se tomó como un buen augurio para el pueblo. El niño se llamó Cyspeth, y el jefe anunció que su dios demoníaco Zarechgor había bendecido a Melekh y a su hijo. Después se organizó un funeral por la madre, a lo que siguió un gran festejo. Nadie se dio cuenta de la expresión desaprobadora del rostro del chamán. En el punto álgido de la fiesta, el jefe declaró que Zarechgor le había hablado en sueños la noche anterior, pidiéndole una competición de fuerza para escoger al nuevo aprendiz del chamán. La expresión de Gaerkkol se torció de horror, y tras coger un libro forrado en piel de su cabaña, relató la profecía de Necromundo el Loco, que hablaba de la llegada de un poderoso guerrero que uniría a las tribus para conducirlas a un sinfín de victorias. Tras leerle las tripas a un conejo sacrificado, declaró que el momento había llegado.

Comenzó el día de combates, y Melekh derrotó a todos los que se le opusieron, incluso en el combate final, matando a su amigo de la infancia Deren, al que el chamán le había dado un amuleto de protección. Gaerkkol quería evitar que la profecía se cumpliera, por lo que como nuevo maestro de Melekh, podía enviar a su aprendiz en una misión para probar su valía ante los dioses. Así que, tras pedirle que al siguiente día trajera a su hijo, Gaerkkol le arrebató al niño y le puso como misión descubrir el verdadero nombre demoníaco de Zarechgor, su semidiós protector. El terror inundó el alma de Melekh pues sabía que se trataba de una misión suicida, que implicaba penetrar en el Reino del Caos. Sabiendo que no tenía elección, Melekh cogió sus armas y partió al Norte.

Tras un mes de combates y peligros Melekh llegó ante un gran portal construido con cráneos humanos. El aire crepitaba en torno a él y siniestros aullidos surgían del portal. Adentrarse en ese portal suponía una muerte segura, pero Melekh sabía que si no lo hacía no volvería a ver a su tribu y a su hijo. Con el miedo inundando su corazón Melekh penetró en el Reino del Caos.

Al principio, Melekh solo podía ver una espesa niebla que cambiaba de color, pero tras oír gritos inhumanos de origen desconocido, el miedo se apoderó de su ser. Lo que es peor, las nieblas y las sombras empezaban a tomar forma de Demonios en reacción a su miedo, y a medida que su miedo crecía más Demonios se acercaban. Horrorizado, sabía que iba morir, pero como guerrero aesling no lo haría como un cobarde, así que tras tratar de dominar su miedo, hizo frente a la amenaza. Para su sorpresa, los Demonios retrocedieron y Melekh se dio cuenta que estos reaccionaban a sus emociones y retrocedían, así que tras tratar de controlar su emociones, los Demonios se inclinaban a su paso. Melekh pronto descubrió que podía invocar y controlar a más de esas criaturas, y pronto tuvo un pequeño ejército que lo defendía del ataque de otros Demonios que se acercaban como polillas para arrebatarle su alma. Pronto también aprendió que podía solidificar el aire y darle forma, por lo que creó un disco volador con el que avanzar a la cabeza de su ejército.

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Miniatura de hechicero de Tzeench en disco, mpleada para representar a Melekh

Melekh comenzó a llamar a su dios en desafío, pero lo único que hacía era atraer a más Demonios. Cuando empezaba a perder toda esperanza, Zarechgor apareció ante él, le derribó del disco y dispersó al ejército de Melekh. Melekh temblaba de miedo ante la presencia del Demonio. De extremidades largas y de aspecto frágil, asiendo un báculo con sus garras, vestido con una túnica, y con una cabeza de ave mirándolo fijamente, el Demonio exigió saber quien le había invocado. Luchando contra el miedo, Melekh gritó su nombre y pidió al Demonio que le dijera su nombre verdadero. El Demonio sabía que si le decía su verdadero nombre a aquel mortal, tendría poder sobre él. Riendo ante su temeridad, lanzó conjuros contra él. Aunque retorciéndose de dolor, Melekh no paraba de exigirle su nombre, recibiendo nuevos ataques mágicos como respuesta. Sin embargo, las insistentes preguntas del mortal inundaron los pensamientos y empezaron a tomar forma en la neblina. Los Horrores que estaban atados a Melekh no cesaban de repetir su nombre una y otra vez. Y con su último aliento, Melekh repitió las palabras de sus esbirros.

El Demonio aulló de rabia al ver que lo habían engañado. Su poder fue arrastrado hacia el interior del cuerpo de Melekh, los conocimientos del Demonio inundaron su mente y la sabiduría arcana se unió a su consciencia. Melekh se desmañó ante la experiencia, siendo protegido por Zarechgor. Cuando despertó, el Demonio le contó la profecía, le regaló una espada encantada y lo devolvió a su mundo.

Cyspeth mini.jpg

Miniatura de hechicero de Tzeench, empleada para representar a Cyspeth

Melekh invocó a un ejército de Demonios, se elevó sobre un disco volador y regresó victorioso a su pueblo. Allí le esperaba Gaerkkol, que se había convertido en el líder de la tribu en su ausencia. Había previsto el regreso de Melekh, por lo que formó un ejército de guerreros para recibirle y a su lado estaba el aprendiz del chamán, su hijo Cyspeth, ya hecho un hombre adulto, pues lo que Melekh pensaba que habían sido pocos meses en realidad fueron 20 años. Antes de que los dos ejércitos se enfrentaran, se formó una terrible tormenta, y la figura de Archaón apareció, se subió a una colina para presenciar la batalla y proclamó: "Y con la llegada del Fin de los Tiempos, lo viejo caerá en manos de lo nuevo." Tras esto los dos ejércitos se enfrentaron.

Los guerreros mortales se enfrentaron a las huestes demoníacas y, en medio de todo aquello Melekh se enfrentó contra Gaerkkol. Ninguno podía superar al otro hasta que Gaerkkol golpeó el disco volador y derribó a Melekh de su plataforma. Gaerkkol, creyendo haber logrado burlar la profecía, se abalanzó sobre él para darle el golpe de gracia, pero mientras levantaba su espada para cortarle la cabeza, una expresión de horror e incredulidad se formó en el rostro del chamán. Gaerkkol cayó muerto y detrás de él estaba Cyspeth con una daga ensangrentada y mirando a su padre de igual manera que el día de su nacimiento. Lo viejo había muerto en manos de lo nuevo. Melekh ordenó que se detuviera el combate y al hacerlo, Archaón se acercó a Melekh y a su hijo, quienes se unieron al ejército de Archaón, que ahora estaba completo.

Tormenta del CaosEditar

Melekh fue uno de los principales lugartenientes de Archaón en la invasión del Imperio conocida como la Tormenta del Caos, dirigiendo uno de los tentáculos de la misma.

Tras tomar fácilmente el Torreón de Latón en las Montañas Centrales, las huestes de Melekh sitiaron el castillo de Bohsenfels. Lo que debería haber sido una simple molestia en el camino retrasó las huestes de Melekh un tiempo considerable. A pesar de emplear toda clase de trucos y hechicería, los defensores de Bohsenfels conseguían rechazar todos los envites de Melekh.

Esto provocó un enorme descontento en Archaón, quien se dirigió en persona al lugar para encargarse él mismo de los problemas de Melekh. Archaón llegó en las horas del ocaso del decimotercer día a las afueras del sitiado castillo de Bohsenfels acompañado por los temidos jinetes de Las Espadas del Caos. Hubo un alto en el combate cuando llamó a los soldados de Melekh para que se retiraran de los muros y atendieran a sus palabras. Se escucharon vítores de los defensores, especialmente de los mercenarios a los que inicialmente se había pagado para defender el castillo y que ahora luchaban solo para sobrevivir. Archaón profirió las maldiciones de los Dioses sobre los seguidores de Tzeentch por no ser capaces de tomar el castillo, y para servir de ejemplo para los demás, Las Espadas del Caos asesinaron a quinientos guerreros. Mientras las cabezas goteantes de los seguidores muertos de Tzeentch eran apiladas en una gran pira, Archaón en persona decapitó a Melekh. Un silencio ominoso descendió sobre el lugar mientras Archaón ordenaba al hijo de Melekh, el mutado Cyspeth, que dejara tan solo una pequeña fuerza atrincherada y avanzara a través de Ferlangen hacia el Nordbergbruche. No había necesidad alguna de advertirle del destino que le esperaba al nuevo campeón de Archaón si fallaba como hizo su padre.

FuenteEditar

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