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Mironia, la aldea condenada

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Mientras la aldea de Mironia dormía, la niebla se alzó desde los fétidos pantanos que la circundaban, y envolvió por completo a la villa tileana. Los faroles de la Guardia Nocturna apenas eran puntos de luz en el mar de espesa bruma, y tanto el ocasional tañir de sus campanas como sus voces de “Todo tranquilo” sonaban apagados y distantes. Los hombres de la guardia nocturna se movían con cautela, atentos a todo, porque aquella niebla parecía ocultar algo siniestro y completamente sobrenatural. Sin embargo, los únicos sonidos que se alcanzaban a oír eran el suave correr de las aguas del canal y el rítmico goteo de la humedad concentrada.

Nadie se percató de los furtivos ruidos de pies con garras que se movían sobre los adoquines. Ya hacía un buen rato que muchas de las patrullas de la guardia nocturna no daban señales de vida, cuando algún tipo de sexto sentido hizo que el Capitán Rizzilo se diese la vuelta en redondo y mirase a su espalda. Justo allí, apenas perceptibles en la niebla, había docenas de misteriosas figuras embozadas en ropajes oscuros, sus pequeños y bestiales ojos lanzando reflejos de color carmesí ante las parpadeantes luces de los faroles. El choque de aceros que siguió a ese momento de tensa calma fue breve, pero suficiente para hacer saltar la alarma.

Cada grito de alerta de los guardias era a su vez respondido desde la niebla por un escalofriante y discordante clamor de agudas vocecillas. Finalmente, abandonando ya toda pretensión de sigilo, la chillona horda de criaturas se abalanzo sobre Mironia. Y así fue como tanto los soldados como el resto de habitantes del lugar se despertaron en plena noche para verse sometidos a un ataque sin cuartel. Un muro de escudos cubiertos de runas se abrió paso por las estrechas calles. Todas las puertas y ventanas fueron derribadas sin contemplaciones, y hombres, mujeres y niños fueron arrastrados fuera de sus casas mientras gritaban de horror. Cerca de las guarniciones la resistencia resulto especialmente fiera. Las improvisadas barricadas lograron contener a la interminable oleada de hombres rata... al menos durante un rato. Fue entonces cuando un espectacular estallido de llamas verdosas y arcanos relámpagos en cadena cruzó los cielos, parpadeando.

Por la mañana todos los ciudadanos de Mironia habían desaparecido, al igual que la niebla. Lo único que quedaba de la pequeña aldea eran ruinas humeantes, e incluso estas, con el pasar del tiempo, acabaron siendo reclamadas por el creciente pantano.

FuenteEditar

  • Libro de Ejercito "Skavens" 7ª Edición

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