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Morghast

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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos.jpg

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos.jpg

Morghast Archai.jpg

Heraldos del Detestado

Los orígenes de los morghast se remontan muy al pasado, a mucho antes de la época de Sigmar. Nagash, tras haber fracasado en su intento de reclamar Nehekhara, mediante una guerra abierta, extendió una plaga por los reinos del sur, a fin de debilitar a sus enemigos hasta el punto de poder luego derrotarlos en batalla. Millares perecieron mientras Nagash esperaba el momento más apropiado para volver a lanzar su asalto. El orgullo del Gran Nigromante no le permitía sufrir otra derrota, pero tampoco quería que su victoria sobre el Rey Alcadizzar fuera a distancia.

No obstante, Nagash no era el único que contemplaba la devastación de Nehekhara. Ptra, Dios de la Luz, veía impotente cómo la plaga asolaba los Reinos del Sol. Ptra deseaba fervientemente liberar los fuegos solares contra Nagash, desintegrarlo con una ardiente columna de luz, pero al igual que muchos otros de los antiguos dioses, la capacidad de Ptra para intervenir de forma directa en los asuntos mortales había ido menguando a medida que los Dioses Oscuros del Caos crecían en poder. Aún así, tampoco estaba completamente indefenso.

Ptra reunió a sus heraldos alados, los hammurai, y los envió a destruir al Gran Nigromante. El poder de Nagash era tal, sin embargo, que ni siquiera esos guerreros divinos pudieron liquidarlo. Durante cuarenta días y noches, los hammurai combatieron contra Nagash sobre las torres de Nagashizzar, pero ni la luz ni el acero forjado en el mismísimo sol pudieron prevalecer. Al amanecer del cuadragésimo primer día, Nagash alzó victorioso entre las ruinas de lo que había sido las huestes de Ptra.

Bajo un sol que brillaba rojo con la impotente ira de Ptra, Nagash contempló los cadáveres de los hammurai y vio una oportunidad. La última vez que había marchado sobre Nehekhara, sus planes se habían visto frustrados por la cobardía de los vampiros. Aquellos caminantes de la noche demostraron ser lugartenientes mediocres, pero ahora el Gran Nigromante sabía cómo crear sirvientes más efectivos. Usando su poder, Nagash reconvirtió a los hammurai caídos en emisarios dignos de él. A sus ordenes, los huesos se retorcieron y la piel bronceada se desprendió. Las plumas que una vez habían soltado destellos dorados por el reflejo de los rayos del sol se pudrieron hasta quedar reducidas a polvo, dejando solo unos pocos restos resecos y membranosos. Para cuando el encantamiento final hubo sido completado, los hammurai habían quedado convertidos en parodias osificadas de lo que habían sido, una imagen horrenda para los dioses pero muy del agrado de Nagash.

Fuese lo que fuese lo que Nagash hiciese a los cuerpos de los hammurai, dejó intactas sus mentes. Ya disponía de más que suficientes siervos sin inteligencia ni personalidad, y lo que necesitaba ahora eran vasallos lo bastante inteligentes como para comandar sus ejércitos. Borró de sus mentes la lealtad a Ptra, reemplazándola con una obediencia ciega a él. Estos hammurai modificados no fallarían a su amo tal como habían hecho los vampiros, pues no sentían miedo ni arrogancia. Así nacieron los morghasts.

Poco después, Nagash entró en Nehekhara victorioso, y los morghasts iban con él. Luchaban principalmente en bandadas de entre dos y veinte, aunque en los anales de Khemri hablan de una legión de hasta trescientos que sirvió como protección a Nagash en la batalla de Ashkaron. Las batallas más sanguinarias de aquella campaña tuvieron lugar allí donde combatían los morghasts. Estos seres no contaban con ningún liderazgo ni capacidad para lanzar hechizos, pero estaban tan imbuidos de la magia de la muerte que su mera presencia urgía a los muertos a levantarse de sus tumbas. Incluso sin aquella capacidad, los humanos no habrían tenido ninguna posibilidad contra los morghast, pues aunque estas criaturas sirviesen ahora a la oscuridad y no a la luz, seguían ostentando el poder de semidioses. Sus espadas y alabardas, creadas mucho tiempo atrás en la fragua solar de Ptra, rugían ahora con las energías espirituales de los caídos, y las almas atrapadas en su interior se encargaban de atraer a otros para que compartiesen aquel cruel destino. Los enfermos y maltrechos restos de los ejércitos de Alcadizaar fueron barridos sin problemas y Nagash alcanzó por fin su victoria.

Una ves logrado su triunfo, Nagash empezó su Gran Ritual para alzar a los muertos de Nehekhara como un ejército que pudiese conquistar el mundo. Deseoso de que los morghast sirvieran de nuevo como heraldos, envió a la mayoría de ellos al sur, a Nehekhara, para que se unieran a las filas de los muertos recién alzados. Otros pocos fueron enviados al norte, al fin de agilizar las conquistas en esa zona. Sin embargo, esa invasión no llegó nunca, pues los Skavens asesinaron a Nagash, y con la desaparición del Gran Nigromante los No Muertos a los que había animado quedaron liberados. Siguiendo las últimas órdenes de su amo, los morghasts intentaron imponer su propia voluntad sobre los reyes del desierto, pero fueron superados. En la victoria, los reyes de Nehekhara, incapaces de encontrar un ritual para hacer desaparecer los restos de los morghasts, enterraron sus huesos en tumbas de obsidiana a mucha profundidad bajo las arenas, y las llenaron de maldiciones para que esos seres no volvieran a despertar.

Aquellos morghasts que habían ido al norte corrieron mejor suerte, al menos durante un tiempo. Sus ejércitos de muertos crecían a cada paso que daban, y los morghasts enviaban al olvido a todas las tribus con las que se enfrentaban. Aún así, sin Nagash, la magia que daba poder a los morghasts se iba disipando como la sangre manando por una herida abierta. Uno por uno, se desmoronaron y ya no volvieron a alzarse. Los mejores de entre ellos, los archai (la guardia de élite de Nagash) creados a partir de los más poderosos heraldos de Ptra, sintieron que su final estaba cerca y ordenaron a sus esbirros que les forjaran armaduras de ébano para poder canalizar la magia del mundo hacia sus cuerpos malditos. Pero la mayoría de los morghasts, obsesionados con hacer la guerra contra los enemigos de Nagash, no se dieron cuenta de su creciente debilitamiento hasta que fue demasiado tarde.

Pasaron siglos. Los morghasts fueron olvidados, convirtiéndose en materia de leyendas. De vez en cuando algún explorador o prospecto se topaba con los restos de uno de ellos entre las ruinas de alguna cripta-fortaleza vigilada por esqueletos y adorada por tribus de Necrófagos. Pero aparte de eso eran ya considerados meras curiosidades, huesos cuyo origen no podía ser explicado de manera satisfactoria por ningún estudioso. A lo largo de los años, muchos Nigromantes pagaron sumas desorbitadas o arriesgaron sus vidas para hacerse con dichos cadáveres, solo para acumular frustración con cada intento fallido de resucitarlos. No les habría servido de mucho consuelo saber que el fallo no era culpa suya, sino de la magia que estaba abandonado el mundo por el empeño constante de los Elfos. De hecho, incluso cuando el propio Nagash volvió durante la era de Sigmar, descubrió que la magia en el mundo era ya demasiado tenue como para sostener el espíritu de semidioses como los morghast, por lo que tubo que fijar su atención en los muertos mortales, como el señor de la guerra Krell y sus nuevos siervos.

Solo ahora, en la tercera y definitiva resurrección de Nagash, cuando el poder de los Dioses Oscuros crece y los cielos arden con magia en estado puro, están empezando los morghasts a despertarse. En Nehekhara, se oye un constante golpeo en los muros de tumbas enterradas desde hace mucho. Bajo las montañas, los huesos vuelven a unirse ante la atónita mirada de sus adoradores. Alas esqueléticas oscurecen los cielos, y armas impías aúllan de placer ante la perspectiva de poder robar nuevas almas.

Solo los lugartenientes más cercanos a Nagash pueden comandar a los morghasts, y solo los héroes más poderosos de las razas mortales pueden derrotarlos. Allí por donde pasan, los vivos perecen y los muertos se alzan. Los morghasts están volviendo, y son los heraldos de la muerte.

Heraldos MorghastEditar

Conocidos antaño como hammurai, los heraldos alados de Ptra, Dios de la luz, fueron enviados a destruir al Gran Nigromante. Cuando fallaron, Nagash tomó sus cuerpos destrozados y creó una hueste de vasallos sintientes para liderar sus ejércitos. Así nacieron los Morghasts.

Morghast ArchaiEditar

Los Archai son la guardia de élite y los más grandes entre los Morghast. Solo los lugartenientes más cercanos a Nagash pueden comandarlos y únicamente los héroes más poderosos de las razas mortales tienen el poder para vencerlos.

MiniaturasEditar

  • Archai de octava edición
  • Heraldos de octava edición

ImágenesEditar

FuentesEditar

  • Pagina web de Games Workshop
  • The End Times I - Nagash

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