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Muerte en los Nueve Demonios

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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos.jpg

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos.jpg

Elfo en Muerte en los Nueve Demonios.jpg

Eltharion frente a la barrera mágica

Los Elfos penetraron en la Cañada de las Penas como un rayo plateado en el cielo ennegrecido. Los hijos e hijas de Ulthuan sabían que los superaban en número, y sabían también que era poco probable que sobrevivieran a aquel día, pero igualmente entonaron cánticos y se lanzaron a la carga.

Eltharion el Sombrío los lideraba, y su leal grifo Ala de Tormenta parecía moverse de forma difuminada según la bestia saltaba de un enemigo a otro. Cada impacto esparcía huesos a lo largo y ancho de aquel páramo marchito; cada estocada de su Espada Colmillo aplacaba el alma inquieta de un espíritu. Tras el príncipe marchaban los Elfos de Yvresse: caminantes de la niebla, guardia cortesana y guerreros de la leva ciudadana. Ninguno mostró temor. Todos habían desenfundado sus aceros junto a Eltharion antes de aquel día. A las órdenes del príncipe habían quebrado las puertas de Naggarond, dispersado las inmensas hordas de Grom el Grande y llevado la muerte a las Tierras Yermas infestadas de pieles verdes; no le abandonarían ahora. Espoleados por alas de coraje y necesidad, se abrieron paso entre las filas de los muertos putrefactos, haciendo resplandecer sus aceros finamente forjados para hendir mortajas funerarias y armaduras oxidadas. Sin quedarse atrás, los magos infundieron virulenta vida a la marchita vegetación de la cañada, haciendo que raíces y matorrales se aferraran y despedazaran a las hordas no muertas.

Los Elfos continuaron avanzando, siempre hacia adelante a través de los muertos sin rostro, pues detenerse equivalía a perecer. Las abrumadoras legiones cerraban filas en torno a ellos, aprisionándolos entre un hervidero de muertos. Manos esqueléticas surgían del húmedo suelo, aferrándose a botas y grebas, sujetando a los Elfos mientras las lanzas y espadas de los que ya se habían alzado hacían su sangriento trabajo. Necrófagos de traza monstruosa, más altos que los Elfos y más anchos que los Ogros, se lanzaban hacia la refriega, aplastando esqueletos bajo sus pies rematados en garras con las ganas que tenían de llegar al enemigo. Los arcos cantaron y las lanzas golpearon hacia adelante cuando los necrófagos se acercaron. Muchas de aquellas brutales criaturas fueron rechazadas, con icor negro rezumando de sus heridas, pero otras ocuparon su lugar con furia redoblada. Garras cubiertas de veneno rajaron armaduras y carne con facilidad. Uno a uno, los Elfos iban sucumbiendo, y finalmente su avance se fue ralentizando.

Mas aquel día había más Elfos en el campo de batalla que los vástagos del Reino de las Brumas. Cuando el ataque de Eltharion comenzó a estancarse, la tierra tembló cuando la Princesa Eldyra lideró a los caballeros de Tiranoc hacia la batalla. Esta nueva acometida golpeó a la masa de No Muertos que se amontonaba en el flanco izquierdo de Eltharion, y los barrió de la misma forma que un día el mar había barrido Tiranoc. Corceles acorazados por armaduras de escamas y veloces carros abrieron brechas entre las filas no muertas mientras sus jinetes exclamaban gritos de batalla que ahogaban el sonido de los huesos haciéndose trizas. Los esqueletos se convertían en parte del suelo bajo ruedas chapadas en acero, y antiguas almas en pena encontraban la liberación a medida que sus cuerpos eran hechos pedazos.

Mannfred en Muerte en los Nueve Demonios.jpg

Mannfred localiza a Belannaer

En el corazón de la cañada, en el centro del círculo de piedra conocido como los Nueve Demonios, Mannfred von Carstein contemplaba la carnicería producida por el asalto élfico, y comprendió que necesitaba actuar ya. Había conocido a Eltharion en la batalla bajo Nagashizzar, y sabía que el príncipe no era un oponente a quien se debiera subestimar. Al vampiro no le agradaba en absoluto tener que abandonar el círculo, pues si no se encontraba allí no podría arrebatar a Arkhan el control del ritual. Sin embargo, Mannfred también sabía que si no se detenía a los Elfos no habría ningún ritual, y todo por lo que había trabajado sería destruido. Pese a todo, el vampiro confiaba en que aún había tiempo para rechazar a los insolentes Elfos y confundir al ancestral nigromante. Saliendo del círculo, llamó a los Templarios de Drakenhof a su lado y cabalgó para unirse a la batalla.

Si bien la atención de Arkhan estaba centrada en el ritual, no pudo sino regocijarse por la partida del vampiro. Todo estaba sucediendo según el liche lo había planeado. Poco le importaba la batalla que se desarrollaba más allá de aquellas piedras retorcidas. Los primeros pasos de la invocación estaban completos: un Libro de Nagash había sido colocado a los pies de cada uno de los Nueve Demonios, y Arkhan había empleado a Alakanash, el báculo del Gran Nigromante, para despertar su poder uno a uno. En aquellos momentos, una luz escarlata latía en lo profundo de las piedras, y una barrera de magia se arremolinaba en los lindes del círculo ritual.

El primero de los sacrificios, Morgiana le Fay, yacía muerta a los pies de Akrhan, y su sangre llenaba el gran caldero ubicado en el corazón del círculo. Aquel rico fluido centelleaba y brillaba con la magia de la vida, y Arkhan había sido extremadamente cuidadoso para asegurarse de que ni una sola gotita tocase su cuerpo ancestral. En el centro del caldero, sumergido hasta los tobillos en la sangre del Hada Hechicera, se encontraba el segundo sacrificio, el Gran Teogonista Volkmar. Morikhane, la armadura negra de Nagash, estaba amarrada a su cuerpo con la misma maraña de cadenas de hierro que mantenían erguido al viejo. Volkmar había sido despertado de su trance algunas horas antes, pues era necesario que estuviese despierto y consciente para que el ritual fuera un éxito. Aunque debilitado por meses de tortura y abusos, perjuraba y maldecía contra Arkhan, intentando una y otra vez invocar el poder sagrado de Sigmar para golpear a su captor. Nada funcionaba. Por lo pronto, al menos, el encantamiento apostático aún funcionaba, y las maldiciones de Volkmar afectaban a Arkhan tanto como el zumbido de las moscas.

Mannfred contra elfos el ritual.jpg

La carga de Mannfred

La última víctima yacía presa en el límite del círculo de piedra. Aliathra, Niña Eterna de Ulthuan, aún estaba viva y, aunque no despotricaba como hacía Volkmar, igualmente se mantenía desafiante ante el liche. La llegada del Eltharion le había dado esperanzas, pues sabía que la determinación del guardián sólo era inferior a la de su padre. Lo que Aliathra desconocía era que Arkhan había percibido el canto silencioso con el que ella había guiado a los Elfos y, en realidad, se había esforzado por evitar que Mannfred lo descubriera. Arkhan no temía a los Elfos; de hecho, con gusto aceptaba su presencia como medio para postergar la inevitable traición del vampiro.

Nada de aquello sabía Mannfred, cuya vil montura lo transportaba a través del páramo. El vampiro convocó las arremolinadas corrientes de magia y concedió nueva vida a sus sirvientes. O más bien, lo intentó. Por dos veces estuvo a punto de completar un conjuro, mas los Vientos de la Magia soplaron de manera inesperada y el poder se deslizó por entre sus dedos. Lo intentó una tercera vez, y de nuevo las corrientes cambiaron para impedírselo. El vampiro supo de golpe que no se trataba simplemente de la naturaleza voluble de los ocho vientos, sino de la astucia de magos Elfos que creían poder hacer frente a su talento. Emitiendo un gruñido, el vampiro se alzó sobre su silla, rastreando el campo de batalla con su mirada. Divisó a un mago, y en un instante una manada de salivantes Lobos Espectrales se precipitaron contra el Elfo y lo arrastraron hacia el suelo. Mannfred se permitió una fina sonrisa, y de nuevo convocó a los Vientos de la Magia, pero no sirvió de nada. Todavía estaba bloqueado.

Apenas un instante después, sus ojos encontraron aquello que estaban buscando. Un grupo de Elfos equipados con altos penachos luchaban a cierta distancia de la retaguardia de Eltharion, moviendo sus espadas con letal maestría. En el corazón de la formación de los Maestros de la Espada de Hoeth, un anciano Elfo inspeccionaba el campo de batalla desde lo alto de una columna de rocas flotantes, moviendo sus manos a endiablada velocidad trazando runas ardientes en el aire. Mannfred supo inmediatamente que ese era quien mostraba la temeridad de frustrar sus esfuerzos; en cuanto aquel necio decrépito muriese, podría deshacerse de los otros magos con facilidad. Aquella porción de la batalla se encontraba a bastante distancia de Mannfred, mas poco importaba pues ¿acaso no se encontraban a sus órdenes todas las almas malditas de Sylvania? Con un aullido gutural, el vampiro encargó a sus esbirros que acabaran con aquel mago entrometido.

En toda su larga vida, Belannaer nunca había visto a la magia fluir de forma tan libre como lo hizo aquel día. Había demasiado poder. Desde incluso antes de que se diera el primer golpe, se había esforzado por calmar los Vientos de la Magia, pero todavía quedaba un exceso del que se podía aprovechar su enemigo. Únicamente con una concentración absoluta podía el mago contrarrestar los hechizos del vampiro; la más mínima distracción y sería aniquilado. Y aquella distracción se materializó en forma de una aullante Hueste Espectral que fluyó como el agua sobre las filas de Elfos, estirando sus gélidos dedos hacia el mago. Las armas de los Maestros de la Espada resultaban inútiles contra aquellos oponentes, y Belannaer supo que debía ocuparse de su propia defensa. Con un rugido, una oleada de llamas surgió de las manos alzadas del mago y salió despedida en todas direcciones. El fuego no tuvo efecto alguno sobre los vivos, pero su abrazo achicharró a los muertos. Los espíritus crepitaban y estallaban en nubes de ceniza, y los zombis ardían como antorchas según los fuegos consumían sus carnes. En un abrir y cerrar de ojos, los Elfos se vieron rodeados por un creciente anillo de muertos ennegrecidos. Algunos estallaron en gritos de ánimo ante aquel momento de respiro, pero el rostro de Belannaer se mantuvo desapacible. Podía sentir la magia nigromántica desplazándose y revolviéndose por el campo de batalla, y sabía que no podría recuperar la concentración con suficiente rapidez como para resistirla. Había sido derrotado tácticamente, y ahora los Elfos pagarían el precio de su error.

Caballero del dragon sangriento.jpg

Caballero Vampírico

Mannfred se sintió exultante cuando se colapsó la resistencia a sus hechizos: el dominio del campo de batalla era suyo ahora. Con una floritura, entonó la última sílaba de la invocación y contempló con satisfacción cómo los calcinados y destrozados cuerpos de sus esbirros se agitaban con renovada no-vida. En apenas un instante, la mitad de las bajas de su ejército habían sido repuestas, y más se alzaban constantemente. Incluso entonces, Mannfred pudo sentir a Belannaer tratando otra vez de anular sus ligaduras nigrománticas, y tomó la decisión de encargarse del mago personalmente. El Señor de Sylvania alzó su espada, y la horda de esqueletos que se amontonaba alrededor de los elfos se apartó siguiendo sus órdenes silenciosas. Mannfred mantuvo su hoja en el aire, saboreando aquel momento de control. Entonces dejó caer su mano, y la espada describió un arco descendente. Ante aquella señal, los Templarios de Drakenhof bajaron sus lanzas y cargaron.

Eldyra vio el peligro y ordenó a sus caballeros que interceptaron el asalto de los Drakenhof a todo galope. Los escudos se hicieron trizas y la sangre manó a borbotones cuando las dos líneas de caballería se encontraron. Los vampiros maldijeron por última vez y encontraron la muerte cuando las lanzas de madera estrellada encontraron sus corazones. Los caballeros de Tiranoc exhalaron su último aliento y cayeron de sus sillas cubiertos de sangre. La lanza de Eldyra se hizo añicos contra la pechera de placas de un templario. Dejando caer el arma inutilizada, la princesa desenvainó su espada rúnica y segó la cabeza del vampiro con un único tajo. Antes de que el cuerpo hubiese caído de su silla, Eldyra ya avanzaba de nuevo, haciendo centellear su espada según se internaba entre las filas de los templarios. Vio a Mannfred von Carstein combatiendo bajo los andrajosos pliegues del estandarte de Drakenhof, y supo que la muerte del vampiro podría dar un vuelco a la batalla. Eldyra era una guerrera orgullosa y pertenecía a una dinastía antigua y honorable; no titubeó.

Mannfred escuchó un grito desafiante, e hizo volverse a su montura para enfrentarse a la carga de la princesa. Como un tañido de acero, su hoja chocó con la de ella y la apartó a un lado sin esfuerzo. La Elfa le golpeó de nuevo, y esta vez el vampiro agarró la espada por el plano. Por un instante, la espada ardió y silbó contra su piel, mas entonces Mannfred arrancó el arma de las manos de su oponente, derribándola además de la silla. Arrojando la hoja hurtada en el fragor de la batalla, Mannfred se inclinó hacia adelante para asestar el golpe final, pero Eldyra aún no estaba acabada. Esquivando el ataque, tomó una daga de su cinturón y se lanzó contra el vampiro. Mannfred siseó cuando la hoja le cortó en el hombro, y silbó otra vez cuando la Elfa, todavía en pleno salto, giró la daga y le abrió una herida profunda en el brazo. Eldyra aterrizó, se dio la vuelta y atacó de nuevo, pero esta vez Mannfred estaba preparado. Con un movimiento vertiginoso, golpeó a la Elfa en la mano obligándola a soltar la daga y aferró una garra alrededor de su garganta. Mas aunque la mano derecha de Eldyra había perdido su daga, el guantelete de su mano izquierda le asestó un puñetazo en la cara, y el vampiro sintió como el impacto quebraba uno de sus colmillos. ¡Esta sí que tenía brío! Según la experiencia de Mannfred, la mayoría de los Elfos no eran más que un amasijo de vanidad y orgullo que se hacía añicos como el cristal, pero aquella podría serle de utilidad.

Mannfred contra elfos ritual.jpg

Mannfred prepara su trampa sobre Belannaer

Por orden del vampiro, los murciélagos se precipitaron desde la oscuridad, envolviendo a la elfa, que aún se resistía, con sus alas membranosas. Cuando la bandada se dispersó, no había rastro de Eldyra, y el vampiro volvió su atención a Belannaer una vez más.

No contento con imponerse a una princesa guerrera en un enfrentamiento físico, Mannfred pretendía ahora demostrar ser mejor hechicero que un Señor del Conocimiento de Saphery. Durante largos meses los Libros de Nagash habían permanecido en su poder, y le habían enseñado muchas cosas que se encontraban más allá de los sueños más oscuros de cualquier mago Elfo. Ignorando la batalla que se desarrollaba a su alrededor, el vampiro comenzó a cantar en una lengua gutural. A medida que la entonación aumentaba de volumen, una tormenta de pura magia se iba formando sobre las manos extendidas de Mannfred. Allí la contuvo durante un instante, sintiendo como el poder crecía y se desataba fuera de control; entonces, con un gesto casi desdeñoso, el vampiro lanzó la tormenta en dirección a Belannaer.

El mago Elfo estaba preparado. Había sentido el movimiento en los Vientos de la Magia mientras Mannfred conjuraba su hechizo, y ahora se esforzaba vertiginosamente, llevando su incomparable intelecto al límite según buscaba la combinación adecuada de maldición y contrahechizo. Un instante después, el mago había descartado un ciento de posibilidades; tras otro, cien más habían sido igualmente desechadas. Finalmente, Belannaer dio con la solución y se afanó desesperadamente a trenzar un escudo que desviara el ataque de Mannfred. Lo consiguió, pero por los pelos, e incluso entonces su escudo no dispersó la tormenta, sino que solo la mantuvo a raya. A Belannaer no le preocupó; ahora que lo peor del ataque había pasado, disponía de unos pocos instantes para dispersar el resto de su fuerza; o eso pensaba.

La tormenta había sido la estocada principal de Mannfred, pero no fue su único golpe. Incluso mientras Belannaer conjuraba su escudo, el vampiro había concentrado su oscura voluntad en uno de los Maestros de la Espada que servían como guardaespaldas. No fue una batalla sencilla, pues los adeptos de Hoeth poseían mentes adiestradas y disciplinadas, pero Mannfred no estaba de humor para ser vencido en una batalla de voluntades, y ciertamente no en una batalla de voluntades contra un mortal. Apartando bruscamente las defensas del Maestro de la Espada, plantó una compulsión irresistible en la mente del Elfo. Inconsciente de sus propias acciones, el Maestro de la Espada alzó su gran hoja, preparado para seccionar la cabeza de Belannaer de sus hombros. Fue puro instinto lo que advirtió al mago del peligro en el último momento, y así un golpe con intención de decapitar tan solo abrió una herida lívida a lo largo de su espalda. Tampoco importó mucho. A medida que el dolor se extendía como una llamarada por el cuerpo del mago, su concentración se derrumbó y el escudo que había conjurado se desvaneció. Belannaer apenas tuvo el tiempo necesario para darse cuenta de que había sido derrotado, antes de que la furibunda tormenta mágica barriese lo que quedaba de su escudo y lo consumiera.

En el centro de los Nueve Demonios, Arkhan sintió la explosión de poder que anunciaba la muerte de Belannaer. Un momento después, escuchó un suspiro silencioso, casi nostálgico, según los Vientos de la Magia arrastraban el alma del mago hacia Ulthuan. Por un instante, el liche se sintió tentado de atrapar aquel residuo inmortal y añadirlo a su colección, pero asuntos mayores requerían ahora su atención. Nubes ominosas se arremolinaban en las alturas, espíritus chillones se amontonaban alrededor del círculo como luciérnagas fantasmagóricas y el viento aullaba; no con la furia tosca de un vendaval natural, sino con el eco de las agonías mortales de una criatura asesinada muchos siglos atrás. Dándose la vuelta, el liche tomó con reverencia la Corona de la Hechicería de su cojín de carne humana y la colocó sobre la cabeza de Volkmar. El anciano sacerdote se quedó entonces inmóvil, convertidos sus ojos en pozos de agonía a medida que iba sintiendo una mente mucho más antigua que la suya arañando sus pensamientos.

Mannfred oyó la voz de Nagash en los vientos, y supo que el ritual se encontraba en su momento culminante. ¡Tenía que regresar al círculo! Tirando de su espada para desclavarla de la garganta de un Yelmo Plateado, el vampiro hizo girar a su montura y la espoleó hacia los Nueve Demonios. El liche no le arrebataría su premio.

Eltharion sabía que, si la situación no había sido muy prometedora en un principio, ahora se había vuelto desesperada. Los Elfos yacían muertos o moribundos alrededor del Guardián de Tor Yvresse. De los miles que habían marchado junto a él a Sylvania, tan sólo unos pocos cientos conservaban aún las fuerzas para empuñar una espada. Habían luchado como auténticos héroes; por cada guerrero de Ulthuan que había caído, media docena de los esbirros de Mannfred habían sido arrojados de vuelta al abismo, mas los No Muertos pronto se alzaban de nuevo. Eltharion sabía que sin Belannaer para mantener a raya la hechicería del vampiro, la batalla estaba perdida. La victoria era imposible; la supervivencia, un sueño lejano. Mientras los vientos sobre los Nueve Demonios alcanzaban un crescendo aullante, Eltharion tomó una decisión fatídica. El príncipe ya no podía salvar a Aliathra tal y como había prometido, pero al menos podría acabar con el sufrimiento de la Niña Eterna, y quizás desbaratar cualquiera que fuera el mal que sus captores habían planeado. Espoleando a Ala de Tormenta hacia las alturas, de mala gana abandonó Eltharion a sus guerreros a su destino y se apresuró hacia el círculo de piedra.

Mannfred contra eltharion.jpg

Eltharion lucha contra Mannfred

Tan consumido estaba por su rabiosa carga hacia los Nueve Demonios, que Mannfred no sintió acercarse a Ala de Tormenta hasta el momento en que el grifo estuvo sobre él. Sin embargo, para alguien como él, la sombra del golpe del grifo fue suficiente aviso. Mientras las garras arañaban su espalda, el vampiro se lanzó hacia adelante sobre el cuello de su corcel: un ataque con la intención de hacer pedazos a Mannfred sólo lo derribó de su silla. Apenas hubo tocado tierra el vampiro, ya estaba en pie de nuevo. Ala de Tormenta se inclinó con fuerza, barriendo un gran arco para que Eltharion pudiera asestar un buen golpe con su lanza. Así se movió el grifo, demasiado rápido para que un ojo mortal pudiera seguirlo, pero Mannfred estaba preparado. Un instante antes de que la punta de la lanza atravesara su negro corazón, el vampiro se deslizó a un lado, estocando al mismo tiempo hacia arriba con su propia espada. La lanza de Eltharion no alcanzó a su objetivo por un pelo, pero el ataque de Mannfred si dio en el blanco, clavándose profundamente en el pecho de Ala de Tormenta y propinando al grifo un golpe mortal. Las fuerzas de Ala de Tormenta lo abandonaron de golpe y, con un chillido lastimero, se estrelló a unos pocos pies de distancia de la barrera que rodeaba los Nueve Demonios. Eltharion salió despedido cuando el impacto del grifo abrió un gran surco en aquel suelo maldito. Magullado pero indomable, el príncipe se levantó y se lanzó contra Mannfred.

El vampiro era el más grande de toda su retorcida parentela; no sólo era más fuerte que el Elfo, sino también incansable. Por su parte, la batalla había fatigado a Eltharion, drenado sus fuerzas y ralentizado sus reflejos mediante una docena de heridas envenenadas. Parecía que el príncipe no tenía posibilidad alguna de vencer. Sin embargo, aquella no era simplemente una batalla de músculo; era también una de voluntad, y la de Eltharion era indomable. Mientras que Mannfred luchaba en busca de poder para satisfacer su egoísta y desmedida ambición, Eltharion se afanaba por proteger el futuro de su gente y cumplir el juramento hecho a un amigo. Uno nunca podría compararse al otro.

Mannfred obtuvo primera sangre, y segunda, cuando su espada burló la guardia del Elfo. Eltharion se tambaleó ante cada golpe, pero no se derrumbó, y volvió al ataque. Tyrion habría enloquecido en aquel momento: su ira siempre se mantenía a flor de piel, y habría empleado y sometido aquella rabia a su voluntad. Sin embargo, Eltharion estaba cortado por un patrón distinto: no ganaba sus batallas mediante la furia, sino con precisión clínica y una habilidad lejos del alcance de las razas inferiores. El príncipe cambiaba su estilo a medida que combatía, en un momento apartando con brusquedad la hoja de Mannfred, para luego recurrir a una parada elegante en el siguiente. Un gran tajo digno de un Kaudillo Orco fue seguido por una estocada tan grácil como las que se enseñaban en las escuelas de esgrima de Tilea, y lentamente el vampiro fue obligado a retroceder.

Mannfred no podía igualar la habilidad del elfo. Durante demasiados años se había servido de una fuerza y reflejos antinaturales para imponerse a sus adversarios: había jugueteado con demasiados enemigos como si fueran presas, no sus iguales. Y ahora se encontraba en una posición peligrosa. El vampiro levantó su espada para bloquear un potente tajo, pero Eltharion se aprovechó de la intensidad de la parada para girar rápidamente la Espada Colmillo y abrir en canal el pecho de Mannfred. Con un gruñido, el vampiro lanzó una gran estocada destripadora, pero Eltharion apartó el golpe y propinó una cuchillada salvaje que habría rebanado la cabeza de Mannfred si el vampiro no hubiese alzado su mano libre para recibir el golpe en su lugar. El vampiro aulló de dolor cuando la Espada Colmillo hendió su antebrazo. La hoja encantada atravesó la carne no muerta como la luz del sol se abre paso a través de la oscuridad, destrozando el hueso y dejando la extremidad colgando de un torturado hilo de carne.

En aquel momento, Mannfred supo que no podría imponerse al Elfo en un enfrentamiento físico. Sujetando su brazo lisiado, el vampiro dio varios pasos hacia atrás, convocando a los Vientos de la Magia según retrocedía. Por orden de Mannfred, la magia de muerte se concentró en el aire, formando seis espadas negras atadas a su vengativa voluntad. Cuando las brillantes espadas negras cayeron sobre Eltharion, el Elfo tuvo que afanarse en parar los golpes. Si hubiera dispuesto de un segundo para pensar, el príncipe podría haber empleado el Talismán de Hoeth, y disipado la magia que insuflaba vida a las espadas. Pero los instintos de Eltharion eran los de un guerrero; ante una amenaza física, respondía de manera física.

Mannfred sabía que aquellas espadas negras como el azabache no supondrían sino una distracción temporal, y comenzó a preparar un convulso rayo de pura magia para acabar con la vida de su adversario; Eltharion compartiría el destino de Belannaer, se juró el vampiro. Eltharion no vio nada de todo aquello. Estaba demasiado ocupado luchando para sobrevivir, y seguramente habría perecido en aquel momento de no ser por la intervención de Ala de Tormenta. Aunque el noble espíritu del grifo se encontraba al borde de la muerte, fue capaz de levantar su cuerpo quebrado para un último acto de lealtad. Con un último chillido, Ala de Tormenta se lanzó contra Mannfred. El grifo murió antes de llegar a golpear, finalmente sofocada su audaz vida por el hechizo dirigido hacia su amo pero, incluso muerto, el grifo acertó en el blanco. Mannfred von Carstein fue derribado, con las garras de Ala de Tormenta clavadas profundamente en el pecho.

Al instante, las espadas que amenazaban a Eltharion se desvanecieron. Ensangrentado y fatigado, el príncipe contempló los cuerpos inmóviles que se encontraban ante él. Al príncipe le habría gustado despedirse de su viejo amigo, mas Eltharion sabía que no había tiempo para aquello. Podía sentir cómo la magia del interior del círculo de piedra llegaba a su cénit; a través de la arremolinada barrera pudo ver al liche llevando a Aliathra hacia el caldero. Tendría que actuar ya, o todo lo hecho no habría servido para nada.

Posando una mano sobre la barrera mágica, Eltharion supo al instante que no poseía el conocimiento para deshacerla, así que de nuevo recurrió a sus instintos de guerrero. La Espada Colmillo le había servido bien durante todos aquellos años, y no le fallaría ahora. Blandiendo el arma con sus dos manos, Eltharion clavó la punta de la espada en la barrera. La energía mágica crepitó y chisporroteó cuando las dos hicieron contacto, resplandeciendo las runas sobre la Espada Colmillo con un feroz brillo rojo mientras su magia luchaba contra el encantamiento de Arkhan. Nada sucedió por un instante, y entonces una sección de la barrera se dispersó alrededor de la antigua espada y Eltharion se abrió camino a través del anillo de los Nueve Demonios.

Tras él, los ojos de Mannfred von Carstein se abrían de par en par.

Nota: Leer antes de continuar - Una de los nuestros

Nota: Leer antes de continuar - El Ritual

FuenteEditar

  • The End Times I: Nagash


Capítulo 2: El Ritual
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