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Nagash

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Supremo Señor de los No Muertos
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"No habrá escapatoria, ni el bendito olvido. Puedo acabar con tu vida tan fácilmente como puedo apagar una vela, y antes de que tu cuerpo se enfríe, puedo alargar mi mano y atrapar tu alma. Serás mi esclavo para toda la eternidad, y me reiré de la intensidad de tu dolor. Tal es el poder de Nagash."
Nagash, al Rey Alcadizzar

Nagash es el más poderoso de todos de los señores No Muertos existentes. Aunque en el pasado fue humano, al emplear durante demasiado tiempo la piedra bruja para aumentar sus poderes, Nagash acabó convirtiéndose en una criatura más parecida a un demonio que a un ser vivo. Tiene una estatura de más de 2 metros de altura; su consumo durante milenios de la piedra bruja, de efectos mutágenos, ha hecho que su tamaño aumentara considerablemente respecto a los seres ordinarios.

Su piel está arrugada, sus ojos son unos pozos de pus luminosos hundidos en sus cuencas, y su cuerpo sigue animado solo gracias a la oscura fuerza de voluntad y las energías que le proporciona su maligna hechicería. Sus enemigos tiemblan de terror cuando Nagash avanza hacia ellos, aterrorizados por su maligno rostro y sacudidos por las terribles náuseas que les provoca el enfermizo hedor dulzón a muerte que le rodea.

Nagash está armado con la inmensa Espada Mortis. Esta espada es tan grande y pesada que ningún hombre mortal podría levantarla. Nagash perdió su mano derecha en su legendaria confrontación con el rey Alcadizaar, y la reemplazó por una magnífica garra de hierro cubierta de runas mágicas. Su cuerpo está protegido por una armadura mágica formada a partir de plomo y hierro meteórico. Estos objetos mágicos tan potentes aumentan considerablemente la fuerza física y resistencia de Nagash, convirtiéndole en un mortífero oponente para cualquier guerrero que se enfrente a él en combate cuerpo a cuerpo. Nagash posee también el báculo del poder Alakanash, un ancestral artefacto construido por él mismo que vibra con la energía pura de la Magia Oscura. Uno de los Nueve Libros de Nagash cuelga siempre de su cinturón. Estos libros contienen textos arcanos que describen los secretos de sus numerosos hechizos.

OrígenesEditar

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Unos dos mil años antes del nacimiento de Sigmar, hace aproximadamente unos cuatro mil quinientos años, Nagash nació en Khemri, la ciudad más grande de Nehekhara. Era el primogénito del rey Khetep, y obedeciendo una antigua tradición de entregar al primer hijo a los dioses, fue entregado al Culto Mortuorio y se convirtió en su Sumo Sacerdote. Como todos los Sacerdotes Funerarios, buscó un modo de alcanzar la inmortalidad, y a pesar de ocupar un puesto tan influyente ansiaba aún más poder.

Aunque Nagash ya estaba versado en las artes mágicas de Nehekhara, se dice que un grupo de cautivos Elfos Oscuros fueron esenciales en su búsqueda de la inmortalidad, pues una de ellos era una Hechicera y le reveló todo lo que sabía sobre magia al Sumo Sacerdote de Khemri. Nagash se enteró así de la existencia del Portal del Caos en el Norte y de los Vientos de la Magia que soplaban desde él, y de cómo se podían someter a la voluntad de un mago cuidadoso. A diferencia de los encantamientos de Khemri, que requerían de la intercesión de los dioses, Nagash descubrió que los mortales podían manipular la magia por sí mismos, y empezó a utilizar la Magia Oscura. Cuando la Hechicera Druchii hubo dejado de ser útil, Nagash ejecutó a sus compañeros, cegó a la Elfa, le arrancó la lengua y las manos y la enterró viva en la pirámide de su padre. Con los conocimientos adquiridos, Nagash se había convertido en uno de los pocos humanos que dominaban realmente la Magia Oscura. Vagó por la Necrópolis de Khemri, invocando a los espíritus de los muertos y Demonios, y aprendió grandes secretos.

Rey de KhemriEditar

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Tras la muerte de su padre Khetep, el hermano menor de Nagash, Thutep, subió al trono de Khemri, pero Nagash estaba ahora decidido a intentar hacerse con el poder absoluto. Una noche, mientras las nubes cubrían el cielo, Nagash mató a su propio hermano, enterrándole con su padre. A la mañana siguiente, Nagash reclamó para sí el trono de Khemri, y como no habían más aspirantes que se le opusieran, nadie se lo impidió.

Nagash usó su nuevo conocimiento como la base de una nueva rama de la magia a la que llamó Nigromancia. Esta magia extendió enormemente su esperanza de vida y le permitió reanimar los cuerpos de los muertos. Nagash gobernó Khemri por medio del miedo, y obligó a incontables esclavos a trabajar durante cincuenta años en la construcción de la mayor pirámide de Nehekhara, empleando solo piedra negra: la Pirámide Negra de Nagash.

Nagash puso por escrito todo su saber y sus hallazgos en varios tomos hechos de piel humana y redactados con sangre, que se conocerían como los Nueve Libros de Nagash. Muchos otros hombres de Khemri acudieron en pos de su promesa de inmortalidad y poder, entre ellos Arkhan, principal lugarteniente de Nagash, y un tercio de los sacerdotes.

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Sin embargo, los otros reyes sacerdotes de Nehekhara estaban horrorizados por el reinado de terror instaurado por Nagash. Enfurecidos por la corrupción que le rodeaba, y temiendo la ira de los dioses, los reyes de otras siete ciudades se aliaron para derrocar a Nagash, y reunieron un gran ejército. En respuesta, Nagash usó su Nigromancia para alzar un ejército de No Muertos para destrozar a sus enemigos. Algo así no se había visto jamás, y para la cultura obsesionada con la muerte de Nehekhara era la mayor de las obscenidades. Centenares huyeron, aterrorizados por la idea de luchar contra los difuntos, pero no todo estaba perdido: los reyes consiguieron reagruparse y Nagash fue finalmente derrotado, aunque no murió.

Mientras Arkhan, el mayor espadachín de su tiempo, daba su vida para proteger a su amo, Nagash huyó al noreste para planear su venganza contra su tierra natal en el Pozo Maldito de Nagashizzar. Los reyes de Nehekhara decidieron destruir todas las obras del condenado reinado de Nagash: la cábala de retorcidos seguidores que había atraído a sus desagradables prácticas fue pasada a cuchillo, y grandes hogueras consumieron buena parte de lo que Nagash había hecho y escrito. Se creyó que sus preciados Nueve Libros estaban entre las cenizas, pero unas poquísimas copias se salvaron de la quema. Esto acabaría por acosar a Khemri y Nehekhara en el futuro, del mismo modo que la sombra de la Pirámide Negra siguió cerniéndose sobre la tierra.

Nagashizzar y el nuevo reino de NagashEditar

Portada El ascenso de de Nagash Nagash, el Invencible por Jon Sullivan.jpg

Nagash, Señor del Pico Tullido.

Nagash vagó por el desierto. La sed quemaba su garganta. El hambre roía sus entrañas. Terribles visiones bailaban ante sus ojos. Debería haber muerto entre las ardientes arenas, pero su formidable fuerza de voluntad y su vitalidad antinatural le permitieron seguir adelante. Según la traducción que Kadon hizo de su obra, Nagash aseguraba que había muerto y vagado sin rumbo durante cierto tiempo después de morir, hasta que encontró una forma de volver al mundo de los vivos. Muchos eruditos afirman que esto no fue más que una alucinación irreal causada por las privaciones y la sed, pero otros no están tan seguros. Finalmente, el Gran Nigromante dejó el desierto y llegó a las colinas de las Montañas del Fin del Mundo. Alguna oscura fuerza le había empujado hacia el Pico Tullido y hacia un nuevo paso en su carrera de incalificable maldad.

El territorio en el que se encuentra el Pico Tullido es una tierra de la que nadie ha regresado sin contar historias de gran horror. Es una montaña gigantesca y partida en las costas del Mar Sulfuroso. Antiguamente, un gran trozo de piedra bruja cayó del cielo y golpeó el pico, partiéndolo y haciéndolo hundirse en el corazón de la montaña. Con el paso del tiempo, el viento, la lluvia y la erosión llevaron el polvo de piedra bruja hasta el Mar Sulfuroso, envenenando el agua y causando horrendas mutaciones a los peces y serpientes que no murieron. El mar estaba rodeado de vegetación retorcida y atrofiada; árboles enfermos y zarzas venenosas competían por los escasos nutrientes del suelo. De noche, las aguas brillaban con un extraño color verde, y una espuma viscosa y tóxica cubría su superficie. Las tribus que habitaban en sus costas y bebían de aquella agua enferma mostraban los horribles signos de la degeneración y las mutaciones consecuencia de la exposición de muchas generaciones a la podredumbre del Caos.

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Cuando Nagash vio el lugar por primera vez, consideró que era el lugar idóneo: había hallado el lugar que buscaba. Al probar por primera vez el agua del Mar Sulfuroso, visiones incandescentes ardieron en su cerebro y la energía oscura recorrió sus venas. Allí tenía todo lo que necesitaba. Durante años Nagash vivió como un ermitaño en una cueva en la ladera de Pico Tullido, meditando sobre la naturaleza de la magia y recopilando sabiduría del oscuro pozo de su corrupta alma. Exploró el enorme sistema de cuevas del Pico hasta encontrar el oscuro lago bajo el que se encontraba la mayor parte de la piedra bruja. Mezcló la sustancia y hojas de Loto Negro, y utilizó la mezcla para incrementar su energía y agudizar su mente para seguir con sus reflexiones.

Los años pasaron inexorablemente, y su constante exposición a la piedra bruja provocó terribles cambios en el Gran Nigromante. Su piel se arrugó y agrietó, desprendiéndose de sus huesos. En algunas partes era translúcido, dejando las venas y los músculos expuestos. Sus ojos se fundieron y formaron pozos de pus luminosos en las cuencas. Sus uñas crecieron hasta convertirse en garras, sus dedos se curvaron formando zarpas. Su corazón dejó de latir y su sangre no circuló más. Su cuerpo seguía andando gracias a su oscura fuerza de voluntad y su maligna hechicería. Como había deseado desde hacía tanto, había escapado de la muerte, o eso creía.

Durante este periodo, Nagash alcanzó sus mayores logros en el campo de la nigromancia. A lo largo de los años perfeccionó los hechizos que más tarde utilizarían todos los nigromantes. De noche descendía hasta los cementerios de las tribus primitivas que vivían alrededor de Pico Tullido. Los que le veían huían, y los chamanes que osaron enfrentarse a él murieron con una palabra. Abrió las tumbas de piedra una a una, y uno a uno reanimó los cuerpos que encontró en su interior. Al principio apenas tuvo éxito. Los restos andaban sólo unos pasos antes de caer convertidos en polvo por la energía que los movía, pero el control de Nagash fue aumentando como lo hizo el tiempo de animación, hasta que logró esclavizarles para siempre. Puesto que ya estaban muertos y descompuestos, la piedra bruja afectaba poco a estos zombis y esqueletos animados. Nagash les hizo excavar las cuevas de Pico Tullido y construir una torre de piedra. Este fue el origen de Nagashizzar, el Pozo Maldito, la fortaleza más grande y maligna del mundo.

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Puesto que deseaba tener más lacayos No Muertos, Nagash dedicó sus legiones a capturar y esclavizar a las tribus locales. Durante la luna nueva, estos desafortunados fueron arrastrados mientras pateaban y gritaban hasta el altar de Nagash, donde éste les arrancaba el corazón. A continuación, sus cuerpos sin alma eran reanimados para servir eternamente a su siniestro señor.

Incapaces de resistir ante un ejército No Muerto, los hombres de las tribus empezaron a adorar al Gran Nigromante como a un dios, y enviaron pasivamente a las mejores doncellas y a los jóvenes más apuestos a la torre de Nagash como ofrendas. Esto halagó su vanidad y perdonó a las tribus, enseñándoles muchas cosas y levantando una nación maligna que obedecía sus órdenes. Para satisfacer su maligno humor, Nagash enseñó a los habitantes de la tribu el ritual del Festín Macabro que al final conduciría al pueblo a un terrible destino. En unos pocos cientos de años, Nagash había construido un imperio del mal alrededor de las costas del Mar Sulfuroso.

Legiones de vivos con armadura negra luchaban junto a los tambaleantes cadáveres animados de sus compañeros muertos. Las pequeñas aldeas crecieron hasta convertirse en grandes pueblos. Las minas que había bajo la torre de Nagash fueron ampliadas hasta formar una gran red de túneles que penetraban hacia el interior de la montaña. Las fortificaciones alrededor de la torre crecieron como un cáncer en un cuerpo enfermo hasta cubrir varios kilómetros a la redonda. Así nació la ciudad-fortaleza de Nagashizzar, una torre inexpugnable, un laboratorio y una biblioteca de las oscuras artes, capital de la nación humana más vil que nunca ha existido en el mundo conocido. En el centro, como una araña en medio de una telaraña, Nagash situó su trono, levantado con calaveras humanas. Desde él proclamaba edictos que podían destruir reinos y causar la muerte de naciones enteras. Avanzó hasta la Llanura de los Huesos y controló a un poderoso Dragón No Muerto con su voluntad. A partir de entonces, este monstruo sería su montura. Además, forjó muchos de sus infames artefactos de poder en esta época: su odiosa Espada Mortis, su Corona de la Hechicería y su báculo Alakanash.

Nagash y los SkavensEditar

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Pero incluso recluido en su inexpugnable fortaleza e ignorado por la mayor parte del mundo, Nagash seguía hallando enemigos.

Atraídos por la piedra bruja de Pico Tullido como polillas a una llama, los Skavens empezaron a infiltrarse sutilmente en la montaña. Los líderes de los hombres-rata, los misteriosos Videntes Grises, la utilizaban en sus siniestros rituales, y ahora intentaban conseguir la piedra bruja que allí se encontraba. Invadieron los niveles inferiores de las minas de Pico Tullido e intentaron tomar la fortaleza como lo habían hecho recientemente con las ciudades de los Enanos en el Norte. Pero Nagashizzar era mucho más difícil de conquistar.

Aquí tenían que enfrentarse con incontables legiones de cadáveres animados y humanos fanáticos que temían más a su oscuro dios que a la muerte, ya que sabían que en cualquier caso, su amo les volvería a llamar de la muerte para recompensarles o castigarles. Durante décadas se sucedieron las violentas escaramuzas en las profundidades de la fortaleza. Los ejércitos Skavens avanzaron por el reino de Nagash y asediaron Nagashizzar con sus terribles armas. Los ejércitos del Gran Nigromante y su maligna magia les estaban esperando.

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Al final la batalla resultó en una sangrienta guerra de desgaste sin vencedor a la vista. Nagash tenía otros planes y los Skavens lo distraían, así que cerró un infame pacto con los soberanos Skavens, el Consejo de los Trece. A cambio de su ayuda, él les proporcionaría piedra bruja extraída de Pico Tullido. No era lo que el Consejo deseaba, pero era preferible a continuar una guerra incierta, donde era posible no conseguir nada. Los Skavens aceptaron el trato.

Pero la constante exposición a la piedra bruja afectaba a Nagash. Construyó una gran armadura con una aleación de plomo y hierro procedente de un meteorito para protegerse de sus nocivos efectos, conocida como la Armadura Negra de Nagash. Sus seguidores no eran tan afortunados. El polvo de piedra bruja liberado por su explotación minera lo cubría todo. Penetró en el suelo y por las raíces pasó a las plantas enfermas, pasando así al cuerpo de los animales enfermos que las comían. Este polvo fue acumulándose en el cuerpo de los humanos que comían estas plantas, o los animales que previamente las habían ingerido, mutando lentamente. Perdieron el pelo y los dientes, adelgazaron y acabaron enfermando y muriendo. Los más afectados de todos fueron los que celebraron el Festín Macabro y se alimentaron de la carne de los suyos. Estos absorbieron la mayor parte de la sustancia del Caos y degeneraron lentamente hasta convertirse en perversiones nocturnas, en Necrófagos, los elegidos de Nagash, adorados y temidos a la vez por sus semejantes.

El aire y la tierra estaban saturados con polvo de piedra bruja. Todo el mundo empezó a enfermar y morir, dejando sólo un desierto recorrido por Necrófagos que las generaciones futuras denominaron la Desolación de Nagash. Al Gran Nigromante no le importaba. Vivos o muertos, los habitantes de esa tierra le servirían a él, de una forma o de otra. La propagación del polvo y la llegada de los No Muertos precipitaron una migración de Orcos y Goblins, que se alejaron de ese territorio.

La Venganza de NagashEditar

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Durante los cientos de años que pasaron entretanto, los reyes siguieron gobernando Nehekhara como habían hecho hasta entonces, pero en la ciudad de Lahmia la reina Neferata se encontró con una copia de uno de los Nueve Libros de Nagash y quedó cautivada por el oscuro saber contenido en él, comenzando a estudiar la Nigromancia. Empujada por su búsqueda de la inmortalidad, selló un oscuro pacto y creó el Elixir de la Vida. Desde el momento en que el brebaje alcanzó sus labios, su destino quedó sellado: su corazón dejó de latir, y se convirtió en algo a la vez mayor y menor que un ser humano. Se transformó en la primera vampiresa. Entonces reunió a las once mayores mentes y campeones de Lahmia y compartió con ellos su Elixir. Ellos serían los Vampiros Maestros, de los que descienden todos los demás vampiros del mundo.

Temeroso de la ira de los dioses, el afamado rey Alcadizaar de la VI Dinastía de Khemri reunió a todos los ejércitos de Nehekhara y emprendió la guerra contra la retorcida reina. A pesar de los poderosos hechizos y los ejércitos de No Muertos lanzados por los vampiros, la amenaza de Lahmia fue aplastada por Alcadizaar, y Neferata huyó de la ciudad con seis de los Vampiros Maestros. Los fugitivos se encontraron con Nagash en las montañas del norte, y él los acogió como hijos de su propia magia corrupta, convirtiéndolos en sus capitanes.

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Nagash ya había concebido su plan de ataque. Era un plan enloquecido y mortífero. Juró que convertiría a todo el mundo en el Reino de los Muertos, en el que nada sucedería ni nada podría hacerse si él no lo permitía. Gobernaría un cementerio tan grande como el mundo, habitado por los muertos sin descanso. El primer paso era eliminar a su antigua patria natal. Siguiendo sus órdenes, los vampiros avanzaron al frente de sus legiones hacia la guerra. Sobre extrañas naves construidas con huesos, la horda No Muerta navegó por el Mar Sulfuroso, atravesando los Estrechos de Nagash hasta el Mar Agrio, denominado así por el veneno que las aguas del Mar Sulfuroso habían arrastrado hasta él. Las legiones No Muertas desembarcaron en el abandonado puerto de Lahmia y marcharon hacia el enemigo.

Nagash subestimó a sus antiguos compatriotas. Durante su ausencia, la Tierra del Gran Río había pasado de ser un cúmulo de ciudades estado a convertirse en un poderoso imperio dirigido por Alcadizaar el Conquistador. Alcadizaar era el mejor general de su época y su imperio estaba en la cúspide de su poder. Cuando llegaron los No Muertos, se enfrentaron a la oposición de un Estado unificado con un único ejército. Además, los hechiceros del Gran Reino habían progresado en el arte de la magia, especialmente en la construcción de armas mortíferas. Contra ellos ninguna victoria podía ser fácil.

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Los vampiros eran hechiceros poderosos y peligrosos enemigos en el campo de batalla. Por donde avanzaban, el terror y el miedo atenazaban al enemigo, aunque no fueran invencibles. El frente de la guerra avanzó y retrocedió. Al principio, las legiones No Muertas avanzaron rápidamente. Después fueron los ejércitos de Alcadizaar los que ganaron terreno; sus carruajes atravesaban las filas de muertos como las guadañas siegan el trigo. Al final venció Alcadizaar, con su gran armadura dorada brillando por la energía mágica contenida y su cimitarra mágica, más rápida que la lengua de una serpiente del desierto. Libró batalla tras batalla hasta destruir la última de las legiones de Nagash, momento en el que los Vampiros Maestros decidieron huir, a excepción de W'soran, que permaneció junto a Nagash ansioso por aprender más sobre nigromancia. En su furia, Nagash maldijo a todos los vampiros para que ardiesen a la luz del sol.

La furia de Nagash se prolongó durante toda una década, en la que siguió maquinando nuevos planes. Odió con fuerza al hombre que le había desbaratado sus planes, e ideó un plan de venganza tan cruel que los propios dioses temblaron y dejaron de observar el mundo.

Actuó con cautela. Sus agentes llevaron trozos de piedra bruja encantados con hechizos de muerte hasta las fuentes del Gran Río Vitae, corrompiendo los manantiales con su maldad, hasta que el agua se coaguló y fluyó lentamente, teñida de color rojo sangre, convirtiéndose en el Gran Río Mortis. El pueblo del Gran Reino tembló ante lo sucedido al río que constituía su vida. Uno a uno, todos los habitantes enfermaron y murieron. Después encargó a los Skavens atraer tribus de Orcos y Goblins desde las Montañas del Fin del Mundo hasta Nagashizzar. Estos no sabían para qué propósito quería Nagash a los Orcos, pero cobraron numerosos sacos de piedra bruja pura por su servicio. Alcadizaar estaba sentado en su sala del trono mientras veía como su reino era destruido por un enemigo al que no podía derrotar. La peste iba propagándose por el país. La gente moría con grandes pústulas por toda la piel. Los médicos enfermaban al intentar curar a sus pacientes. Los hombres huían de sus familias, muriendo mientras corrían. Durante algunos meses la muerte recorrió el país hasta que los muertos fueron más numerosos que los vivos, y los cadáveres permanecían pudriéndose por las calles. El ganado recorría los campos sin nadie que lo vigilase, hasta que también moría. Todas las cosas vivas en el Gran Reino enfermaron. Alcadizaar vio morir a sus amigos uno a uno, después a sus hijos, después a su mujer. Alcadizaar era una excepción, como si algún poder maligno lo quisiera vivo. Finalmente quedó solo en su palacio, sentado en su trono dorado, llorando mientras a lo lejos podía oírse a un infatigable ejército avanzando.

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Este ejército apareció cuando todo el mundo había muerto: un gran ejército de muertos, liderados por W'soran y Arkhan el Negro, resucitado por Nagash como un poderoso liche. Los pocos supervivientes del ejército de Alcadizaar estaban tan enfermos y demacrados que no podían impedir su avance ni un segundo. Los No Muertos, inmunes a la enfermedad, avanzaban de extremo a extremo del país, y no descansaron hasta haber matado a todo hombre, mujer y niño, e incluso a bestias, pájaros y perros. Todos excepto uno. Capturaron a Alcadizaar en su sala del trono y lo arrastraron cargado de cadenas hasta el Pozo Maldito. Lo arrojaron a los pies del trono de Nagash, y tuvo que enfrentarse a la horrorosa forma del Gran Nigromante en persona.

Nagash explicó a Alcadizaar lo que sucedería a continuación; todos los increíbles detalles de su demencial plan. Nagash le contó que pensaba reanimar a todos los muertos del Gran Reino, y utilizarlos como soldados en su plan para conquistar el mundo. Horrorizado, Alcadizaar fue arrojado a una de las mazmorras de Nagash a la espera de los deseos del siniestro hechicero. Las explicaciones de Nagash al rey no eran amenazas vacías. Estaba decidido a seguir con su plan, y podía hacerlo.

Durante un ritual que duró días, consumió cantidades ingentes de piedra bruja, hasta que su cuerpo ardió con la energía de la piedra, y su sangre quedó saturada. La poca piel que le quedaba ardió, y se convirtió en poco más que un esqueleto viviente con una negra armadura. Los Orcos y los Goblins fueron conducidos drogados desde las mazmorras hasta el negro altar donde uno a uno fueron sacrificados, y sus almas devoradas por el Gran Nigromante para aumentar su poder. Durante una noche y un día enteros, mientras Morrslieb brillaba en el cielo, Nagash cantó las sílabas de su último y más poderoso hechizo. En las mazmorras, los pocos orcos supervivientes temblaban y aullaban. Por todo el continente los seres vivos tuvieron pesadillas. En las profundidades del Mar Sulfuroso brillaron luces extrañas. Desde lo alto de su torre, Nagash lanzó al aire puñados del brillante polvo negro. Los fríos vientos lo alejaron de Nagashizzar, cayendo como si fuera lluvia sobre las ciudades y necrópolis del Gran Reino. Por unos instantes todo permaneció calmado.

Poco después, los muertos empezaron a moverse por todo el país. Una fría luz verde penetró en miles de ojos podridos. Los cadáveres de los apestados fueron levantándose uno a uno y caminaron. Los muertos se sacudieron el polvo de eones y salieron de sus tumbas. Los guerreros No Muertos emergieron de sus guaridas, reuniéndose todos los seres inmundos. Los innumerables muertos formaron en disciplinadas filas. Las amortajadas momias de los reyes muertos hacía mucho emergieron de sus pirámides para ponerse al mando de los restos de sus antiguos súbditos. Reanimado por la poderosa voluntad de Nagash, el ejército más grande que jamás ha visto el mundo empezó a converger sobre Nagashizzar.

Exhausto por la gran cantidad de energía que había necesitado para lanzar el hechizo, Nagash entró en un profundo trance sobre su trono. Mientras el ejército de No Muertos avanzaba hacia allí, un silencio sepulcral dominó Nagashizzar. Era como si la muerte hubiera llegado realmente a la capital del Gran Nigromante.

La descarga de energía fue tan grande que no pasó desapercibido en otras partes del mundo. El Consejo de los Trece entendió finalmente las intenciones de Nagash y sus miembros quedaron aterrorizados. Con los incontables guerreros muertos del Gran Reino bajo sus órdenes, Nagash sería invencible. Ya no necesitaría nunca más la ayuda de los Skavens. Seguramente les haría pagar caros sus anteriores ataques contra su reino. Descubriendo que, de momento, el Gran Nigromante también descansaba, decidieron aprovechar la que podría ser su única oportunidad de detenerle. Pese a que la misión era crucial, no encontraron a ningún Skaven en el que pudieran confiar para dar muerte al Gran Nigromante. Muchos miembros del Consejo dudaban de la eficacia de sus armas para matar a Nagash. Otros simplemente temían que despertara cuando entraran en su sala del trono. Todos conocían su temible poder, y nadie quería enfrentarse a él si despertaba.

Finalmente concibieron otro plan. El Consejo reunió rápidamente sus poderes y crearon la Espada Cruel, hecha de piedra bruja pura y cubierta de runas de un poder tan grande que al final sería tan mortífera para quien la empuñara como para Nagash. Esto no preocupaba al Consejo de los Trece ya que ninguno de ellos pensaba utilizar el arma. Enviaron a sus lacayos más audaces a las mazmorras de Nagash, con el arma dentro de una caja de plomo. Siguiendo caminos secretos, los Skavens llegaron al corazón de la fortaleza del Nigromante. Ningún centinela dio la alarma, y los hombres rata llegaron a la celda donde estaba Alcadizaar cargado de cadenas.

Sin explicación alguna, liberaron a Alcadizaar y le mostraron la espada. A causa de la magia del arma, cuando el rey la cogió, sintió el camino que debía seguir para llegar a la sala del trono del Nigromante. Ignorando a los hombres rata que huían, Alcadizaar atravesó los fétidos corredores de la mortalmente silenciosa torre. Finalmente llegó a la sala del trono del Gran Nigromante. Avanzó silenciosamente por el suelo de mármol negro hasta llegar frente a la enorme y silenciosa figura de Nagash.

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El fuego de los ojos del Nigromante No Muerto estaba apagado. No se movía. Las runas de su corona no tenían ningún brillo interior. Por unos instantes Alcadizaar se preguntó si eso no sería algún perverso truco, alguna forma nueva de tortura, pero en el fondo no le importaba. Levantó su espada y golpeó describiendo un arco.

En el último momento, avisado por un sexto sentido, Nagash levantó su brazo para evitar el golpe mortal. La espada Skaven atravesó su muñeca y su garra cayó al suelo. La hechicería que empapaba el cuerpo del Nigromante No Muerto era tan maligna que la mano mantuvo una cierta animación y huyó por el corredor como una gigantesca y horrible araña. Nagash todavía estaba exhausto por el Gran Ritual, pero su poder era enorme. Lanzó terribles hechizos a Alcadizaar que casi arrancaron la piel de su cuerpo.

El Consejo de los Trece utilizaba todo su poder desde muy lejos para proteger a su instrumento humano. Utilizaron desesperadamente todas sus fuerzas para desviar los rayos de Nagash. Los labios descarnados del Nigromante emitieron un silbido de frustración. Alcadizaar volvió a atacar, atravesando las costillas de Nagash, y le partió el espinazo. Nagash le arañó con la garra que le quedaba, y agarró a Alcadizaar por el cuello, estrangulándole. Donde las garras del Nigromante No Muerto profundizaron más, el cuello del hombre acabó manchado de sangre. Nagash le levantó con una mano hasta que los pies de Alcadizaar no tocaban el suelo.

No podía respirar, la oscuridad se cernía sobre él, y Alcadizaar intentó frenéticamente liberarse, cortando el brazo del Nigromante a la altura del codo. Cayó al suelo y atacó desesperadamente a Nagash. Las runas Skaven de la espada afectaron finalmente a Nagash, que empezó a perder su vitalidad sobrenatural. Su cuerpo, que había desafiado el paso del tiempo, empezó a convertirse en polvo. Al sentir cercana la victoria, Alcadizaar siguió atacando, partiendo al Nigromante en miles de pedazos.

Finalmente, cuando ya no se movía, Alcadizaar cogió la Corona de la Hechicería de la cabeza de Nagash y salió tambaleándose de la fortaleza. Éste era el momento que los Skavens estaban esperando. Sus tropas atacaron rápidamente y llevaron los restos despedazados del cuerpo de Nagash a sus forjas. Cada trozo del Gran Nigromante fue quemado en los fuegos de piedra bruja que había utilizado para crear sus artefactos. El único pedazo de Nagash que nunca pudieron encontrar fue su garra, por lo que una parte de Nagash seguía viva.

Con la muerte del Gran Nigromante, muchos de los cadáveres animados por él cayeron, convertidos en polvo. Sin embargo, las energías liberadas por Nagash en la gran invocación eran tan grandes que no pudieron disiparse totalmente. Muchos de los antiguos habitantes de Nehekhara siguieron atrapados en su espectral no-vida, y algunos de ellos regresaron lentamente al lugar que mejor conocían, sus propias necrópolis, donde retomaron una siniestra no-vida que era el reflejo de sus días como seres vivos. Así nació el Reino de los Muertos. Algunos siguieron vagando por el mundo, propagando el terror y la desolación por donde pasaban. Sin embargo, por el momento, la amenaza del Gran Nigromante había terminado.

La aparente derrota de NagashEditar

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Después de la destrucción de Nagash, Alcadizaar vagó por Nagashizzar medio enloquecido por el horror que había presenciado y por su exposición a la perniciosa influencia de la Espada Cruel del Consejo de los Trece. Aunque la fortaleza estaba llena a rebosar de Skavens, sólo los más locos intentaron impedirle el paso cuando vieron el arma. Los pocos que intentaron impedirle el paso murieron casi instantáneamente.

Alcadizaar abandonó la ciudadela del Gran Nigromante. Había destruido al enemigo más peligroso al que ningún hombre se hubiera enfrentado nunca, pero el precio fue muy elevado. Las energías letales del arma lo estaban matando lentamente. Su mano estaba quemada por donde empuñaba el arma, que finalmente lanzó a una grieta en el exterior del Pozo Maldito (y después sería recuperada por el clan Mordkin). Conservó la Corona de la Hechicería.

Enloquecido y agonizante, caminó hacia el Norte, hacia las Montañas del Fin del Mundo, desplomándose en las aguas del río Ciego, y ahogándose en él. Su cuerpo congelado fue arrastrado hacia las Tierras Yermas, agarrado todavía a la corona en un feroz abrazo de muerte. En esa época, las Tierras Yermas eran un país dividido, con guerras continuas entre tribus de nómadas humanos y clanes de brutales Orcos. El cuerpo congelado y medio devorado de Alcadizaar fue encontrado al fundirse la nieve en primavera, junto a la orilla del río Ciego. Lo encontró Kadon, el chamán de la tribu Lodringen. Kadon vio que Alcadizaar era un poderoso rey y ordenó que construyeran un túmulo para su cadáver. Sintió una extraña atracción hacia la corona y se quedó con ella, para su eterna condenación.

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La corona conservaba parte del espíritu del Gran Nigromante, y enseñó a Kadon algunos de los secretos de Nagash. Los sueños de Kadon estaban llenos de promesas susurradas, y su mente empezó a soñar con un imperio. Su noble alma pronto quedó corrompida por el mal latente en la Corona de la Hechicería. Explicó a los miembros de la tribu que tenía visiones que le ordenaban construir una ciudad junto al túmulo de Alcadizaar.

La ciudad debía llamarse Mourkain, que en el idioma de su pueblo quería decir Lugar del Muerto. Por un breve periodo de tiempo, en las Tierras Yermas floreció una débil civilización que abarcaba desde las costas de la Bahía Negra hasta la entrada del Paso del Perro Loco, desde el Río de la Sangre hasta el borde de las Marismas de la Locura. Incluso establecieron colonias en el área que posteriormente sería conocida como los Reinos Fronterizos. Los Orcos fueron expulsados de las Tierras Yermas hacia las Montañas del Fin del Mundo.

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La mente de Kadon estaba llena de terribles visiones; empezó a recrear los Libros de Nagash, a escribir la oscura historia del Gran Nigromante y a dejar constancia sobre el papel de muchos de sus secretos conocimientos. Sus visiones estaban deformadas por la corona, y acabó adorando a Nagash como a un dios, obligando a sus seguidores a hacer lo mismo. El culto de Nagash pronto renació, y las criaturas No Muertas vigilaban sus templos. El propio Kadon vivía en un palacio de mármol negro construido sobre la entrada al túmulo de Alcadizaar, y era considerado el adorador más devoto de Nagash.

Las Tierras Yermas no eran fértiles, y la población de Mourkain nunca fue demasiado grande, pero con el trabajo de los infatigables Zombis, pudieron construirse ciudadelas y excavarse túmulos. Se construyeron carreteras para comunicar los rincones más alejados del país con su capital.

Kadon no era un mero acólito, sino un potente hechicero por derecho propio. Cuando su mente adquirió los conocimientos del Nigromante, empezó a crear sus propios hechizos. Escribió su infame Grimorio con tinta obtenida de destilar sangre, en un volumen forrado con piel humana. En Mourkain tuvieron lugar actos malignos mucho más siniestros aún. Los Enanos que anteriormente comerciaban con estos humanos dejaron de hacerlo y les evitaron.

Gracias a la energía de la corona, los acólitos de Kadon encontraron la garra amputada de Nagash. Kadon recogió la garra y la cubrió de temibles hechizos, convirtiéndola en un artefacto del mal que utilizó para intimidar a sus seguidores. Los ejércitos de Mourkain asediaron la fortaleza Enana de Barak-Varr, pero sus muros revestidos de metal resistieron y finalmente tuvieron que retirarse. Los nigromantes de Mourkain se volvieron introvertidos y decadentes, y el periodo de expansión concluyó.

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Entonces empezaron las invasiones de las salvajes hordas de Orcos de las montañas al mando del Kaudillo Dork Ojo Rojo. Ojo Rojo estaba armado con un arma mágica que le protegía de la magia maligna, y los lacayos de los No Muertos no pudieron detener a su salvaje horda. Los aullantes demonios de piel verde pasaron al reino de Kadon a sangre y fuego, haciendo huir a los supervivientes hacia el Norte. Kadon murió a manos del propio Ojo Rojo en un mítico duelo entre las calles en llamas de Morgheim. A su muerte, el reino desapareció. El principal discípulo de Kadon cogió la cabeza de su maestro muerto y huyó hacia el Norte, habiendo de esconderse a menudo de la persecución de los Orcos.

Actualmente no queda casi ningún rastro del perdido reino de Morgheim, excepto unas cuantas ruinas chamuscadas y túmulos embrujados, en el interior de los cuales habitan seres malignos. Estos restos enfermizos del reino perdido forman parte de los túmulos que están dispersos por las Tierras Yermas y los Reinos Fronterizos. Algunas criaturas sobrevivieron enterrándose vivas en los túmulos, mientras sus espíritus malignos todavía vagan por los alrededores. Otros sobrevivieron a la caída del reino, llevándose sus conocimientos hacia el Norte, hacia las tierras donde estaba despertando un nuevo poder. El humano llamado Sigmar había unificado las tribus salvajes de los hombres, forjando un imperio a sangre y fuego. En el interior de su reino había muchos rincones apartados donde los Nigromantes podían practicar sus malas artes.

Nagash ReapareceEditar

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A la vez que Sigmar Heldenhammer fundaba su Imperio, por el Norte circularon extraños rumores sobre el renacimiento de un viejo mal. El Consejo de los Trece creía que había destruido a Nagash. Estaban equivocados: un ser tan poderoso, tan conocedor de la No Muerte, no podía ser eliminado tan fácilmente. Su forma corpórea había sido destruida, pero su espíritu seguía vivo. Esperó más allá de la muerte, todavía ligado al mundo por la presencia de su garra, su corona y su tumba. Nagash había planeado hacía mucho tiempo la posibilidad de su muerte, y parte de su espíritu y su poder saturaba su corona, permitiéndole seguir en contacto con el mundo de los vivos. Aunque tardaría siglos, Nagash volvería, y al hacerlo, lo haría de la forma más espectacularmente horrible.

Su cuerpo había sido incinerado en los hornos de Nagashizzar. De su cuerpo sólo quedaron unas partículas de fino polvo negro, esparcidas por el mundo. Estas partículas fueron atrayéndose entre sí una a una. A lo largo de los siglos, estos fragmentos minúsculos empezaron a condensarse sobre la Desolación de Nagash, formando putrescentes gotas negras que poco a poco fueron desplazándose centímetro a centímetro por todo el país hasta la Pirámide Negra de Nagash en Khemri. El sarcófago fue llenándose poco a poco, a razón de una gota al año, de este líquido negro, formando una oscura crisálida de la cual renació su maligno ser.

Cuando el fluido se solidificó, algunas partes siguieron endureciéndose hasta formar huesos. Por encima de este oscuro esqueleto crecieron órganos antinaturales. Trozos de venas como gusanos penetraron en los músculos recién formados. Un siniestro caparazón de piel ósea empezó a cubrir su masa. Sólo la mano derecha, amputada por Alcadizaar, no volvió a crecer. Una fría noche, 1.111 años después de ser derrotado por los Skavens, la tapa del sarcófago se abrió y Nagash surgió de él, renacido una vez más en el mundo.

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Cuando emergió de su pirámide, halló las tierras de Nehekhara defendidas por muchos Reyes Funerarios y sus ejércitos de esqueletos tan poderosos como cualquiera de los que él podía invocar. Nagash retó al rey supremo de Khemri, Settra, el Imperecedero, pero este y los demás reyes, furiosos por lo que había hecho, le echaron de la Tierra de los Muertos. No sentían miedo de su monstruosa forma ni de las hordas No Muertas que comandaba, pues disponían de legiones esqueléticas propias y se habían vuelto tan horrendos como él.

Por segunda vez en la historia de su larga no-vida, Nagash era expulsado de su país natal. Meditó sobre su derrota y decidió que volvería a utilizar la energía de la piedra bruja para aumentar su fuerza y vengarse de sus enemigos. Una vez más viajó hacia el Norte, siguiendo el camino que tanto tiempo atrás le condujo a las orillas del Mar Sulfuroso. Esta vez estaba acompañado por un ejército de leales seguidores No Muertos.

Cuando llegó a las puertas de su antigua fortaleza y exigió que se rindiera, el comandante Skaven de la guarnición le miró y le maldijo, insultándole en su propio idioma. Nagash le mató con una palabra, y abrió las puertas de Nagashizzar con otra, ya que él mismo las había forjado y conocía todas las órdenes secretas a las que responderían. En una noche, las fuerzas de Nagash barrieron el Pozo Maldito y aniquilaron a los sorprendidos Skavens, expulsándoles de la ciudad.

Nagash controlaba su ciudadela, pero inmediatamente quedó preso de una furia incomprensible para ningún mortal, ya que descubrió que los Skavens habían casi agotado la piedra bruja. Las instalaciones que había utilizado para refinar, concentrar y purificar la piedra para sus propios fines estaban completamente destruidas. Aunque no estuvieran destruidas, no quedaba suficiente piedra bruja para repetir el Gran Ritual. Los Skavens intentaron muchas veces recuperar el Pico Tullido, pero tras ser derrotados por Arkhan el Negro, retornado de nuevo junto a su amo, acabaron por decidir que ya habían reunido suficiente piedra bruja y abandonaron para siempre el Pico Tullido.

Nagash, aún débil tras su resurrección, se dio cuenta de que necesitaba sus antiguos artefactos mágicos para reafirmar su poder, y en especial su Corona de la Hechicería. En consecuencia, Nagash forjó una nueva mano para reemplazar su garra derecha perdida a partir de una aleación de piedra bruja. La garra artificial estaba astutamente elaborada y cubierta por inquietantes runas que hacían imposible mirarla. Era flexible y podía utilizarse como una mano normal, pero era mucho más fuerte. Nagash podía empuñar nuevamente un arma, y crear más artefactos con sus propias manos. Después invocó a los espíritus de los muertos y les interrogó sobre lo sucedido, reconstruyendo poco a poco los acontecimientos que habían tenido lugar en su larga ausencia. Supo de la desaparición de Alcadizaar, de cómo había enloquecido y muerto por la exposición a la Espada Cruel de los Skavens, y de cómo la Corona había acabado en las Tierras Yermas. Allí había sido tomada por los Orcos, que después parecían haber desaparecido más allá de las Montañas Negras.

Portada La leyenda de Sigmar El Rey Dios por Jon Sullivan Nagash.jpg

Cubriéndose con una capa negra y protegido por numerosos hechizos de gran poder, Nagash marchó de incógnito hacia las tierras del Norte decidido a reclamar lo que era suyo. Largo fue el camino, y muchas las batallas que libró durante su duro viaje hacia las frías tierras del Norte. Nagash atravesó tierras donde los robustos Enanos combatían contra Orcos y Goblins, y donde los seguidores del Caos todavía acechaban. Al final llegó a las tierras del recién nacido Imperio y estableció su residencia en las ruinas de la ciudad élfica de Athel Tamara, abandonada desde hacía mucho tiempo. Convirtió la ciudad en su base de operaciones, desde la cual exploró todo el Norte en busca de su corona.Decidido a encontrar por cualquier medio su antiguo símbolo de poder, Nagash lanzó una invasión a gran escala del Imperio.

En respuesta al avance de los No Muertos, Sigmar reunió a sus ejércitos y pidió ayuda a sus aliados Enanos, y estos forjaron muchas armas con magia poderosa contra sus enemigos No Muertos. Los dos ejércitos se enfrentaron en las orillas del río Reik, a finales de la primavera del año 15 CI. Era un enfrentamiento equilibrado que causaría grandes sufrimientos. Los humanos y los Enanos eran tropas decididas. Los regimientos de esqueletos animados y cadáveres andantes avanzaban como autómatas, cada paso iba perfectamente sincronizado con el ritmo de un tambor de piel humana. Los Carroñeros oscurecían el cielo sobre sus cabezas. Los Necrófagos devoraban a muertos y a heridos indistintamente. Los caballeros no muertos agarraban a los hombres con su frío abrazo. El ejército de Nagash cargó y rompió como una ola contra el imperturbable muro de escudos Enanos. Las fuerzas de Sigmar contraatacaron, y empezó un combate cuerpo a cuerpo generalizado que enfrentó a hombres contra monstruos por todo el campo de batalla.

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Entre todos los muertos andaban dos seres poderosos como dioses. Sigmar dirigía carga tras carga de los Unberogenos. Su temible martillo de guerra le hacía una máquina de destrucción viviente, dejando un rastro de muerte tras él mientras atravesaba las líneas enemigas. Nagash, montado en un gran carruaje negro, se abría paso entre los combatientes, empuñando su negra espada rúnica aullante que sostenía con su garra metálica. Estos dos titanes se enfrentaron en el centro de la batalla. Sigmar saltó sobre el carruaje en marcha, y luchó contra el liche. Fue una lucha entre seres con fuerzas extraordinarias que hizo que los dos cayeran rodando del vehículo al suelo.

Los dos combatieron durante una hora mientras la batalla rugía a su alrededor. Nagash golpeó a Sigmar en el brazo, causándole una herida envenenada. Notando como le fallaban las fuerzas, Sigmar arremetió en un enloquecido ataque final. El martillo era como un trueno en sus manos. Golpeó una y otra vez al Gran Nigromante, que retrocedió hasta el río. Nagash invocó a sus esbirros más poderosos para que le ayudaran. Sigmar golpeó a diestro y siniestro, derribándoles y matándoles de un golpe.

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Notando la debilidad de su enemigo, Nagash se puso en pie. Sigmar jadeaba delante de él. Ambos sabían que éste era el duelo final. Sigmar, aunque herido, atacó de nuevo. Su martillo descendió como un meteoro. Nagash detuvo el ataque y el martillo no le alcanzó. Durante bastante tiempo, los dos forcejearon. Cuando sus armas chocaban, saltaban chispas. El atronador sonido de metal chocando contra metal acallaba los gritos de los moribundos. Sus tendones, duros como el acero, empujaban con vitalidad sobrenatural. Los ojos azules y fríos estaban trabados con el interior de unas horrendas cuencas vacías. Al final ganó Sigmar, desarmando al Gran Nigromante y golpeando con su arma la cabeza de su enemigo.

Al morir el Nigromante, de su cráneo roto surgió una oscura nube que subió como una columna de gas envenenado sobre el campo de batalla; el humo se dirigió hacia el Sur. Las legiones animadas por su oscura fuerza de voluntad quedaron destruidas. Los esqueletos quedaron desechos en montones de huesos, los zombis trastabillaron y cayeron, descomponiéndose ante los ojos de los hombres hasta convertirse en montones de carne podrida. Los necrófagos huyeron hacia lo más profundo de los bosques. Al acabar la batalla, Sigmar se tambaleó y cayó.

El hombre-dios necesitó varios meses para recuperarse de la herida causada por Nagash, aunque nunca pudo recuperar por completo su fuerza. Según Mannfred von Carstein, la derrota de Nagash a manos de Sigmar hizo que recayese una nueva maldición sobre todos los vampiros: por haberse negado a apoyarle, siempre serían débiles ante el poder de Sigmar. Desde hace mucho se ha afirmado que la suficiente fe en cualquier deidad es un apoyo en la lucha contra los vampiros, pero parece que la fe sigmarita tiene un poder adicional contra los No Muertos.

En el 2.515 CI, el poderoso Kaudillo Orco Azhag el Carnicero murió a manos del Senescal Kessler de los Caballeros Pantera. Su corona, que le daba poderes mágicos además de visiones de pesadilla y conocimientos poco comunes entre los Orcos, fue llevada a Altdorf y sellada en las criptas imperiales, donde permanece hasta el día de hoy. Esta es en realidad la Corona de la Hechicería de Nagash.

El Fin de los TiemposEditar

Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos.jpg

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos.jpg

Nagash ha regresado, y su primer objetivo es traer de vuelta el orden al mundo.

El fin de los tiempos ha traído la devastación a todo el mundo de Warhammer. Los asur y druchii se encuentran devastados, mientras sus primos asrai se han enclaustrado en Athel Loren, para defenderlo de las acechanzas de Hombres Bestia. El Imperio se encuentra azotado, con Kislev totalmente arrasado por las hordas bárbaras del norte, y una Bretonia consumida en las llamas de su propia guerra civil. Los pieles verdes se han unido en el más grande WAAAGH! de la historia, mientras los viles Skaven han salido de sus madrigueras para dominar todas las tierras sureñas (Estalia y Tilea han caído ya bajo sus garras). En la áspera Lustria, hordas de demonios asechan los selváticos dominios de los Hombres Lagarto, y su gran patriarca Mazdamundi ha declarado que el gran plan de los ancestrales, finalmente, ha fracasado; un gran éxodo se prepara. Los enanos, por su parte, se han encerrado así mismos en sus montañas. E incluso terrenos lejanos como Nippon y Cathay se han sumido en la guerra, este último, entre los adoradores de Tzeentch y los fieles a su corona.

Es en este panorama desolador que Arkhan el Negro ha decidido recurrir a Manfred von Carstein. Juntos han reunido las reliquias y sacrificios necesarios, y ahora Nagash ha resurgido de nuevo. El amo de los nigromantes ha tenido mucho tiempo para meditar durante su destierro, y esta decidido a convertirse en El Salvador que el mundo requiere. Para ello, su primer paso ha sido invadir Nehekhara, aniquilando las huestes de su archinémesis, Settra el Imperecedero. Su avance no ha pasado desapercibido para Archaon quien en persona ha comandado sus ejércitos para detener la amenaza de Nagash. Mientras tanto, Neferata ha despertado a todo su ejército de su letargo, y avanza con sus huestes de no muertos a lo largo del mundo. Pero por ahora, la reina no ha dejado en claro sus lealtades. Por un lado, podría seguir a Nagash en su camino por convertirse en el Dios de los No Muertos, pero por el otro, detesta la esclavitud del servicio; pero Nagash la ha seducido, deseosa de convertirla en su Motarca de la Sangre, y la reina sabe el poder que tal nombramiento representa, habrá de unirse a los Motarcas.

Nagash ha planeado bien su regreso; el primero de sus Motrarcas ha sido Arkhan el Negro, quien también es el más fiel de sus sirvientes, y se ha convertido en el Motarca del Sacramento. Arkhan ha liderado el grueso del ejército de su señor en contra de las fuerzas que azotan al mundo. Mientras tanto, Vlad von Carstein, Motarca de las Sombras renacido por el poder de su señor, lidera un estancamiento de No Muertos en auxilio del Imperio, para asegurarse que las tropas del caos no dominen la nación de la humanidad; si bien su apoyo ha sido notable, los imperiales no saben aún como tomarse la ayuda de tan inesperado aliado; Vlad no ha revelado sus intenciones, pero ayuda a los humanos para impedir que las fuerzas del Caos interfieran con el ritual de su señor. El conde von Carstein también ha recuperado su mandato entre los vampiros de su estirpe, sustituyendo a su hermano Mannfred, si bien solo sirve a Nagash por su interés de tener a Isabela de nuevo a su lado.

Mientras tanto, Nagash ha enfrentado y vencido al dios humano de la muerte; con su nuevo poder, ha hecho pedazos a Khemri, obligando a Settra a ver la destrucion de su tan amada tierra. Nagash, entonces, subyuga al resto de Reyes Funerarios, aniquilando a todo aquel que se la ha opuesto, y haciéndose con el poder del Monolito anecdótico de la Pirámide Negra. El Rey Nigromante ha trasladado la misma pirámide hasta Silvania, para que sirva de anclaje al viento de la muerte que desea unir a la tierra de los von Carstein. Mientras este ritual, destinado a robar el viento de la muerte y, en el proceso, convertirlo en el primer Encarnado, surte efecto, Arkhan se encarga de mantener las huestes de su señor.

Por su parte, Vlad sufre un gran revés. Isabela ha sido resucitada por el poder de Nurgle, y dominada por uno de sus demonios. Isabella sufre también de amnesia y engaño, creyendo a su otro amado como el culpable de todos sus males. Isabella lidera un grupo de demonios de Nurgle en su ataque sobre Silvania. La hueste es tan poderosa, que Arkhan y Krell son arrasados; entonces Nagash hace, finalmente, su aparición ante el Caos. Pero Isabella es astuta, y decidida a cobrar venganza sobre Vlad (pues Nurgle le ha engañado, arguyendo que el vampiro la secuestro, violo, y convirtió en una No Muerta después de haber asesinado a su familia, para convertirse así en señor de Silvania), lanza las huestes de sus aliados Skaven que irrumpen y destruyen la Pirámide Negra.

La intromisión en su plan enfurece a Nagash, quien destruye a todos los demonios con una única descarga de poderosa magia negra. Su plan no ha salido como lo previsto, y si bien logró atar la magia de la muerte a Silvania, esto no será suficiente para convertirlo en el dios que deseaba ser. Sus opciones son simples: subyugarse y servir a los poderes del Caos, o aliarse a los vivos para sobrevivir. Tras traer de vuelta a Arkhan y Krell, opta por la segunda opción.

Nagash deja Silvania bajo mandato de Neferata, y larte con dirección a Athel Loren. En su reunión con los refugiados elfos (altos, oscuros y silvanos, que ahora viven juntos en el gran bosque), Nagash ofrece la vida de Mannfred, como compensación por la muerte de Aliathra, ocultando la participación de Arkhan, a quien aún necesitaba. Su ejército acampa afuera del bosque, en espera de su señor, quien acompañado por Vlad y Arkhan se enfrenta a un grupo de Hombres Bestia y demonios que azotan Athel Loren. Tras la batalla, Nagash se teletransporta con sus dos Mortarcas Arkhan y Krell a Middenheim, donde se llevará a cabo, sobre un artefacto dejado por los ancestrales, un ritual que puede tanto destruir al mundo como salvarlo; juntos se abren paso entre el ejército del Caos. Sus propias tropas sufren grandes pérdidas, incluyendo la de Krell a manos del Hermoso Sigvald. Entonces se topa nuevamente con su némesis Settra, quien ha sido restaurado gracias al poder del Caos. Pero el Rey Funerario arguye que nadie lo controla, y carga, seguido de Nagash, en contra del Ejército del Caos. Mientras Arkhan cubre a su señor, Nagash se une a los demás Encarnados en su camino a por el artefacto  de los ancestrales escondido en Middenheim. Pero el artefacto es caprichoso, y se desestabiliza, creando una falla mágica que poco a poco consumirá al mundo. Los Encarnados y Teclis tratan de contener la falla, pero Mannfred interrumpe el ritual asesinando a Balthazar Gelt. Esto desencadena la muerte del propio Teclis, quien no puede contener la magia y es hecho pedazos. Libre de control, la falla se expande, absorbiendo toda la magia de los Encarnados (incluyendo la del propio Nagash). Así, lo último que se ve del Gran Nigromante es su rostro lleno de pánico, mientras el vórtice consume su cuerpo, que se convierte en polvo.

[En construcción, disculpen las molestias.]

Relato RelacionadosEditar

MiniaturasEditar

  • Miniatura de 8ª Edición (El Fin de los Tiempos).
  • Miniatura de 4ª Edición .

ImágenesEditar

FuentesEditar

  • Ejércitos Warhammer: No Muertos (4ª Edición).
  • Ejércitos Warhammer: Reyes Funerarios (8ª Edición).
  • Liber Necris: The Book of Death in the Old World, por Marijan von Staufer.
  • The Return of Nagash, por Josh Reynolds.
  • The End Times I - Nagash.

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