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Noche de la Muerte (Relato)

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Elfa bruja con dagas.jpg

Suriak Blackblade caminó a grandes zancadas por la calle desierta. La luz de la luna llena proyectaba siniestras sombras sobre los oscuros callejones que se ramificaban a partir de las calle principal. Aunque hacía varios meses que no pisaba su ciudad natal, Ghrond, le extrañó que las calles no estuvieran atiborradas de Elfos dándose al libertinaje más salvaje y retorcido, como habría sido habitual. Un ruido de algo que se arrastraba lo apartó de esa línea de pensamientos y lo hizo girarse para captar la dirección de donde provenía. Una sombra desapareció tras una callejuela. Probablemente solo sea una rata, se dijo Suriak, riéndose de su nerviosismo. Aun así no estaba muy lejos de su casa, así que apretó el paso para llegar lo antes posible a la calidez de su hogar.

Se había separado de su familia para unirse a una de las incursiones para capturar esclavos. Durante nueve meses, el Arca de la Perdición había navegado por las aguas del Mar del Caos, lanzando sus ataques contra cualquier asentamiento con el que topaba. Había sido un viaje muy provechoso se mirara como se mirara: el porcentaje de beneficios que le correspondían a Suriak les permitiría ascender de categoría a él y a su familia. Los esclavos se cotizaban muy bien en el mercado de Ghrond y Suriak estaba muy satisfecho con su parte. Por lo menos, le permitiría dejar las afueras más miserables de la ciudad y trasladarse a una de las torres que se divisaban a lo lejos desde ese peligroso barrio. Le embargaba una sensación de gratitud por poder abandonar aquella ruda zona en la que el asesinato y el robo estaban a la orden del día. Quizá incluso le sobraría suficiente de sus ganancias como para quedarse con uno de los esclavos que había capturado.

Otro ruido le hizo volverse a girarse. Esta vez el ruido no podría confundirse con el de una alimaña. A poca distancia atisbó la silueta de un Elfo que lo miraba de frente. Por la longitud de su cabello, dedujo que se trataba de una Elfa. En sus manos llevaba dos cuchillas siniestramente curvadas y lo miraba sin mover un músculo. Cuando Suriak miró hacia atrás, una idea terrible hizo que su corazón se desbocara. Las calles desiertas... luna llena... ¿Cómo había podido ser tan estúpido? Era la Noche de la Muerte, la noche en que las Elfas Brujas salían a recrearse en el asesinato y la masacre de inocentes.

Las dos Elfas empezaron a caminar hacia Suriak. Sus movimientos eran gráciles y, de no haber sido porque llevaban mortíferas espadas habrían resultado incluso seductores. Cuando se le acercaron más, Suriak pudo comprobar el atractivo de sus rasgos afilados. Eran visiones de una belleza que quitaba el aliento y sus negras melenas parecían moverse con vida propia. Sus cuerpos delgados y voluptuosos apenas estaban cubiertos por un puñado de retazos de seda púrpura y llevaban botas de cuero negro que llegaban hasta las rodillas de sus largas y pálidas piernas. Si Suriak no hubiera sabido cuáles eran sus aviesas intenciones, habría creído estar en el paraíso: pero eran Elfas Brujas. Si quería tener alguna posibilidad de sobrevivir a aquel encuentro, no podía dejar que su impresionante aspecto nublara su juicio. Desenvainando su espada con cuidado, retrocedió lentamente hacia una pared para utilizarla para proteger su retaguardia. Ahora las dos Elfas Brujas estaban frente a él. Podía ver por sus ojos inyectados en sangre y sus pupilas dilatadas que se encontraban bajo la mágica influencia de las legendarias pociones que les inducían la sed de sangre.

- Tienes dos opciones -le dijo una de las Elfas. Incluso su voz sonaba seductora-. Puedes venir voluntariamente con nostras y experimentar placeres que van más allá de tus sueños más increíbles, antes de aprender el verdadero significado de la palabra dolor, o bien... -la Elfa hizo pasar la punta del dedo índice por el filo de su cuchilla- Podemos ofrecer tu cuerpo en sagrado sacrificio a Khaine... aquí mismo.

La invitación de las Elfas Brujas era una oferta tentadora, pero prefería seguir con vida y ninguna de aquellas dos opciones le daba esa alternativa. Lanzó un golpe contra una de las Brujas y se preparó para el combate. Ella detuvo el golpe con facilidad y blandió ambas cuchillas en un sesgo ascendente hacia su pecho. Apenas un segundo después de que esquivara, a duras penas, aquel ataque, la segunda Elfa Bruja ya estaba encima de él, blandiendo sus cuchillas en un ataque que de haber impactado, le habría cercenado el cuello. Consiguió agacharse al mismo tiempo que sacaba una pequeña daga de la bota. De nuevo, la primera de las Elfas Brujas se encontraba sobre él. Se anticipó a sus acciones y se hizo a un lado. La Elfa Bruja llevaba demasiado impulso y, cuando pasó junto a él, la atravesó con la daga, que enterró profundamente en sus costillas. Todo lo que podía hacer contra la segunda asaltante que se arrojaba contra él era darle una patada con la bota; tuvo suerte y le golpeó la rodilla, con la cual la Elfa tropezó, fue a dar contra el suelo y perdió varios segundos intentando levantarse.

Suriak huyó como alma que lleva el diablo, dando gracias a su buena fortuna y a la experiencia que había adquirido en combate durante los meses pasados. Su hogar estaba cerca, pero, si no lo alcanzaba pronto, encontrarían su cadáver al amanecer. Al doblar una esquina, su corazón dio un vuelco. Frente a él encontraba su hogar, pero la puerta colgaba precariamente de sus goznes. Suriak entró de un salto en su vestíbulo. La runa de Khaine había sido dibujada con sangre en cada una de las paredes de la pequeña casa. Cuando llegó corriendo a su dormitorio, una masa manchada de sangre en la esquina de la habitación confirmó sus peores temores. Su esposa yacía muerta, con una espada en la mano, muda evidencia de que había intentado defenderse de los intrusos homicidas. En el centro de la habitación había una cuna destrozada y vacía. Suriak cayó de rodillas, abatido, deshecho. Si al menos hubiese estado allí para proteger a su familia, en lugar de estar buscando riquezas por el ancho mundo... No oyó a la Elfa Bruja que entraba detrás de él ni le importó que su hoja envenenada le hiciera un pequeño arañazo en la espalda desprotegida.

Suriak abrió los ojos soñolientamente. No podía mover los brazos ni las piernas y su mente estaba poblada de visiones borrosas. Un penetrante olor a incienso llenó sus fosas nasales y pudo ver una enorme estatua de Khaine alzándose sobre el altar al que se encontraba atado.

- Por fin, el bello durmiente se despierta -había oído aquella voz suave y sensual antes. Los acontecimientos de aquella noche empezaron a fluir hacia su memoria y Suriak luchó por liberarse.

- Es inútil que intentes escapar, te hemos atado bien. Si luchas, solo conseguirás prolongar tu agonía. Vamos, relájate; créeme, disfrutarás más de la experiencia si liberas tu mente para nostras -la Elfa Bruja se reclinó sobre Suriak y le besó la frente con sus labios de un intenso color rojo, mientras le echaba atrás con dulzura el pelo largo y oscuro.

- Tu esposa luchó bien, debió de haber sido una guerrera de gran valor antes de dar a luz -la Elfa Bruja soltó una carcajada al ver cómo Suriak dejaba de luchar contra la presa de las cadenas al oír aquella mención de su hija. Alzó una daga ceremonial curvada y recorrió el pecho expuesto de Suriak con el frío filo de acero.

- Oh, no te preocupes, tu vástago vive: será una buena adición para nuestro culto.

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