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Orcos Akorazados de Ruglud (Relato)

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Orcos Akorazados de Ruglud por Alexandru Sabo.jpg
Ruglud se sentía satisfecho. Había oído rumores acerca de un gran movimiento de tropas al otro lado de las grandes montañas y había conseguido intimidar a los de la tribu de la Araña Negra para que le pagasen por ayudarles, después de que se hubiera enterado de que iban a emprender un viaje. Ruglud y sus mercenarios habían viajado por debajo de las grandes montañas con la tribu de los Goblins tatuados, aunque a aquellos habitantes de los bosques no les gustaba demasiado pasar tanto tiempo bajo tierra. Los supersticiosos Goblins se habían amedrentado ante el menor ruido producido en la oscuridad y se quedaban con los ojos abiertos como platos, presos de admiración, ante las ballestas que Ruglud y su compañía llevaban atadas a la espalda. Desde que habían aparecido en el bosque retorcido del otro lado de las montañas, la lucha había sido casi constante. Stikrit, el chalado chamán goblin, había pagado muy bien a Ruglud y le había dejado escoger los despojos de los cadáveres. Y no eran pocos los cadáveres que habían conseguido la semana anterior.

Bajo las oscuras copas de los árboles se escuchó un rugido salvaje y estridente. Ruglud cargó una saeta manipulando el mecanismo de la ballesta con una agilidad sorprendente. Su enorme figura estaba recubierta de pedazos de armadura de los enemigos derrotados; algunos trozos eran negros y tenían pinchos, mientras que otros estaban pintados de laca coloreada y otros estaban cubiertos de herrumbre. Los Orcos que se encontraban a su alrededor, vestidos también con trozos desiguales de armadura, hicieron lo mismo que él y cargaron sus ballestas. Unas formas oscuras y encorvadas aparecieron corriendo por entre los árboles hacia las filas de los Goblins. Las patas hendidas golpeaban el suelo húmedo cada vez que los malignos Hombres Bestia se agachaban para pasar por debajo de las ramas o saltaban por encima de los troncos caídos. Sus rostros eran máscaras retorcidas de odio desenfrenado y doblaban los labios manchados de baba espumosa hacia arriba para revelar unos dientes afilados. Unos cuernos muy largos les salían por encima de las cejas y llevaban unas hachas enormes y muy primitivas en las manos. Larva, el pequeño Goblin, que estaba de pie al lado de Ruglud, miró al enorme Orco.

“Los terceros de esta semana. El negocio marcha bien, ¿eh, jefe?”. Ruglud se limitó a emitir un gruñido como respuesta. Stikrit, el chamán de los Araña Negra, giró la cabeza para mirar a Ruglud. Los ojos le brillaban, tras el tatuaje en forma de araña que le cubría la cara, como consecuencia de las toxinas que él mismo se había inyectado y que le recorrían el cuerpo.

“Matadlos”, declaró el chamán con rotundidad. Ruglud esbozó una media sonrisa con expresión amenazante al líder de los Goblins, con los dientes rotos que le salían por todos los lados de su mandíbula, y apuntó su ballesta contra los Hombres Bestia que se aproximaban rápidamente. Una saeta salió disparada de una ballesta de los Orcos cortando el aire y fue a clavarse en un árbol sin dar en el blanco.

“¡No dizparéiz hazta que no dé la zeñal!”, rugió Ruglud mientras se giraba y le daba un tortazo en toda la cara, con su puño enorme y redondo, al Orco que había disparado. Refunfuñando, Ruglud volvió a levantar su ballesta y cerró un ojo para apuntar a una de las criaturas que se acercaban, una bestia maligna que llevaba su piel velluda repleta de pintadas sanguinolentas y retorcidas. Mientras los Hombres Bestia se acercaban a toda velocidad, el chamán drogado miró alarmado a Ruglud. La preocupación por su seguridad personal atravesó la barrera de las toxinas que le corrían por las venas y que le afectaban al cerebro. La lengua grande y gruesa de Ruglud le sobresalía por un lado de la boca mientras se concentraba en su objetivo.

“¡Perforadloz!”, gritó Ruglud en el último segundo. Una ráfaga de saetas negras salió disparada por el aire. Muchas de ellas se clavaron en los árboles, pero la mayoría consiguió dar en el blanco, así que la primera oleada de Hombres Bestia se desplomó al suelo lanzando unos gritos de dolor que parecían extrañamente humanos. El blanco que el mismo Ruglud había escogido se revolcó por el suelo mientras la sangre le chorreaba por donde la saeta le había atravesado la garganta.A la vez que agitaba un racimo de huesos unidos con pelos, el chamán realizó un hechizo soltando un grito. Un par de Hombres Bestia que corrían hacia él cayeron al suelo como si les hubiera golpeado una alabarda y empezó a salirles abundante sangre por las orejas y por los grandes hocicos. Cuando empezó a enturbiársele la visión, Stikrit sonrió maníacamente al sentir el poder que lo llenaba y una gota de baba le resbaló por la barbilla. Los Orcos, rápidamente, empezaron a cargar más saetas en sus ballestas al ver que se acercaba otra oleada de Hombres Bestia. El aroma de la sangre parecía volverlos locos y saltaban por encima de los cuerpos de sus camaradas muertos, resoplando y rugiendo.

A ambos lados de los Orcos de Ruglud, los Hombres Bestia ya habían alcanzado las filas de los Goblins y habían empezado a descuartizar a los diminutos pieles verdes levantando y dejando caer sus hachas dibujando arcos brutales y sangrientos. El chamán Stikrit sonrió para sí, contento de estar al lado de sus mercenarios orcos. Entonces, unas arañas grandes y negras, montadas por unos Goblins llenos de tatuajes que no paraban de botar sobre ellas, cayeron del follaje oscuro que se encontraba encima de los Hombres Bestia y se agarraron a las figuras musculosas de estos con sus patas negras y larguiruchas para acto seguido pasar a morderlos con unos colmillos inmundos y recubiertos de veneno. Ruglud y sus Orcos dispararon otra ráfaga de proyectiles contra la caótica masa de criaturas. A una distancia tan corta, la mayoría de las saetas cortantes atravesaron sin problemas aquellos cuerpos sin armadura y otra fila de seres malvados cayó al suelo gritando entre la maleza. Ruglud se dio cuenta de que no todas las criaturas eran iguales, como había creído en primer lugar. Algunos de ellos no se parecían en absoluto a animales, sino que eran más parecidos a humanos, aunque especialmente deformes. Uno de ellos tenía una serie de tentáculos cortantes que le salían del pecho, cada uno de los cuales se retorcía de manera descontrolada haciendo que Ruglud se sintiera extrañamente incómodo. El rostro de la criatura era una máscara de agonía y desesperación.

“¡A por elloz!”, rugió Ruglud. No necesitó alentar más a sus Orcos, ya que estos se colgaron las ballestas a la espalda y sacaron sus mazas y sus rebanadoras, muy bastas, pero brutalmente efectivas. Saltaron hacia delante para enfrentarse a los Hombres Bestia y a los mutantes cara a cara y los dos bandos chocaron entre sí con una fuerza y un salvajismo terribles. Ruglud blandió su espadón enorme con una fuerza inmensa. El arma se clavó profundamente en el hombro de una criatura con unos músculos grandiosos y estuvo a punto de cortarle el brazo de un tajo. Luego le pegó en la cara con la ballesta que sostenía aún en la mano derecha. Y, antes de que la criatura tuviera tiempo de reaccionar, Ruglud arrancó el espadón, lo volvió a blandir y esta vez le provocó un corte profundo en el cuello. Los Orcos y las criaturas del Caos intercambiaron golpes, a la vez que ignoraban las heridas que habrían derribado instantáneamente a un humano. La sangre fluía libremente y los Orcos disfrutaban de la lucha contra unos oponentes tan duros. “Casi tan duros como Orcos”, pensó Ruglud con una mezcla de odio y respeto e inmediatamente derribó al suelo a otro adversario con una tunda de fuertes golpes. A través de la masa de cuerpos pudo observar una figura grande que avanzaba a empujones hacia el frente de la batalla. Tanto los Hombres Bestia como los mutantes se apartaron de dicha figura y bajaron la vista cuando esta pasó por delante de ellos. Este nuevo enemigo llevaba una capa de pieles muy pesada sobre una armadura negra ornamentada que le cubría todo el cuerpo. Sostenía con fuerza, en sus manos cubiertas por guanteletes negros, un par de espadas dentadas y maliciosamente curvas. Ruglud se quedó mirando la armadura finamente construida del guerrero, lleno de avaricia.

“¡Eza ez para mí!”.

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