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Mordheim town cryer 1

-¿No estás todavía lo suficientemente asustado? -se burló Klauten, el dueño de una espesa y sardónica sonrisa desdentada que le confería un aspecto aún más amenazador.

El joven Rauter se estremeció y su fingida indiferencia ante el aguijonazo de Klauten no sonó demasiado convincente.

-N...no -farfulló mientras se ajustaba el incómodo cinturón con las armas alrededor de la cintura.

La noche era muy oscura, la más oscura que Rauter había visto, y estaba impregnada de un frío que le helaba hasta el corazón. Las ruinas esqueléticas se proyectaban como una silueta oscura sobre la luna plateada y las sombras tomaban forma en la mente de Rauter mientras atravesaba las ruinas en busca de tesoros olvidados. Era mejor buscar por la noche, ya que la oscuridad proporcionaba secretismo y con ello se evitaban las miradas de los curiosos...

Un silencio ensordecedor lo dominaba todo, silencio que crispó los nervios de Rauter mientras rozaba el talismán sigmarita que rodeaba su cuello.

-No te asustes chico -susurró Klauten-. Nadie puede hacerte daño y, si tenemos problemas, los otros no está muy lejos.

-No estoy asustado -mintió Rauter.

-Por supuesto que no, chico. Entonces, ¿te gustaría oír otra historia?

-S...sí -admitió Rauter a regañadientes, dispuesto a mostrar una valentía que no iba a derrumbarse por pesadillas de niños.

Klauten se había pasado toda la noche contándole historias entre susurros para pasar el tiempo y, secretamente, también para divertirse un poco con el joven que tenía a su cargo.

-Corre el rumor... -empezó Klauten.

Los ojos de Rauter se fijaron en las profundas sombras proyectadas por el aura de la luna. No paraba de imaginarse a muchos de los horribles engendros del infierno que querían beberse su sangre y robarle el alma, pero no reveló sus miedos a Klauten.

-... de que hay un pregonero que vaga por las calles de nuestra querida Mordheim al caer la noche.

-¿Un fantasma? -Rauter siseó volviendo la mirada hacia su camarada, que, impasible, explicaba la historia como si se tratara de un melodrama.

-Una aparición. Se trata de un hombre cuya vida acabó en tragedia. Verás, este hombre tenía el don de la segunda visión. Como era capaz de predecir los acontecimientos del futuro, vio que Sigmar iba a desatar su furia sobre este lugar. Intentó avisar a los patrones de la ciudad, pero estos no le prestaron atención y sus esfuerzos fueron en vano. La mayoría se mofaron de su advertencia y él los maldijo a todos. Cuando el cometa se estrelló, permaneció impasible en el corazón de furia jurando regresar como una sombra para acechar las calles vacías de la ciudad y llevar la condena y la pena a cuantos encuentre aquí.

Rauter observó a su alrededor frenéticamente mientras asía la empuñadura de su espada, ya que creía que en cualquier momento la aparición podía presentarse ante él.

-Se dice que el tañido de su campana anuncia su aparición y todo aquel que lo escucha está condenado a morir o a perder el juicio...

Rauter había palidecido y un sudor frío le caía de la frente.

-Es solo una historia, chico -dijo Klauten. El miedo del muchacho parecía sobrenatural y se le notaba desconcertado.

Rauter seguía inmóvil y hacía esfuerzos por mantenerse en pie escuchando. Klauten observó que la mano del muchacho temblaba mientras apretaba la empuñadura de su espada y sus anillos de plata de Reikland tintineaban contra el pomo de la espada.

-En el nombre de Sigmar, ¿qué es lo que ocurre? -preguntó Klauten haciéndose evidente su agitación.

-¿Puedes oírlo? -murmuró Rauter, sus palabras apenas un susurro.

-Escucha lo que... -Klauten se detuvo como si la muerte le paralizara. Era más viejo que Rauter y su oído no era tan bueno, pero todavía podía distinguir el profundo y ominoso tañido de la campana que parecía acercarse cada vez más.

-Dime que se trata de una broma -suplicó Rauter mirando en todas direcciones.

-No es una broma. ¡Mira! -Klauten siseó mientras apuntaba hacia el caballete de un tejado. Era el edificio de una escuela en ruinas y las vigas se amontonaban como una caja torácica. En el interior del edificio había una figura brillante que avanzaba inexorablemente hacia ellos. Su rostro era de un pálido fantasmal, descompuesto y pútrido. Su ropa eran unos andrajos y en la mano izquierda sostenía una campana oxidada que tañía con un vigor ultraterrenal.

-¡Es el pregonero¡ ¡Y nos ha encontrado! -Rauter gimió y salió huyendo.

-¡Por Sigmar, pensé que era tan solo una historia! -Klauthen suspiró incrédulo-. ¡Que Sigmar nos asista! - gritó y salió corriendo detrás de Rauter.

Rauter huyó como si el demonio le pisara los talones y corrió rápidamente de un lado a otro en una carrera desenfrenada a través de las ruinas. Miró hacia atrás y se dio cuenta horrorizado de que se había quedado solo.

-¡Klauten! -gritó. Las lágrimas recorrían sus mejillas y los latidos del corazón se aceleraron de tal forma que podía notarlos en su boca-. ¿Dónde estás, Klauten? -su voz resonó en la noche, pero no hubo respuesta alguna. Todavía seguía oyendo el tañido de la campana y corrió como alma que lleva el diablo.

Corrió a través de calles atestadas de escombros y de edificios ruinosos tropezando constantemente. Su rostro y sus manos estaban llenos de cortes y arañazos. Se deslizó por una callejuela y se escondió. Allí, Rauter vio a una figura delante de él. El corazón le dio un vuelco cuando comprobó que era Klauten.

-Gracias a Sigmar, Klauten -suspiró aliviado alcanzando a su camarada-. Te había confundido con...

Klauten no se movía. Cuando Rauter le agarró del brazo se dio cuenta de que el hombre estaba rígido y frío como el hielo. El rostro de Klauten estaba deformado y exhibía una expresión horrorizada y su corazón se había detenido congelado de terror.

A Rauter se le revolvió el estómago cuando se percató de que había alguien a su espalda. Le castañetearon los dientes y, mientras se daba la vuelta, empezó a musitar una plegaria a su dios.

El rostro de la muerte le saludó brillando con una palidez y un aura sobrenatural, esquelético y con un pelo lacio que le sobresalía por debajo de una antigua gorra de pregonero.

-¡Oh, sí! ¡Oh, sí! -su voz resonó como un retumbar en el suelo-. ¡Son las doce y estáis condenados!

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