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Ramhotep el Visionario

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Necrotecto de Quatar

Ramhotep el Visionario es posiblemente el mayor y más importante necrotecto de la historia. Su maestría era incomparable, y se dice que sus estatuas del Valle de los Reyes eran tan vividas que muchos reyes de Nehekhara pensaban que no eran simples representaciones, sino los propios dioses que habían vuelto al mundo mortal. Fue él quien diseñó la Gran Necrópolis de Rasetra, los Monumentos de la Muerte Eterna en Zandri, los Monolitos de las Grandes Llanuras y muchas otras maravillas arquitectónicas. Sin embargo Ramhotep no se arrogaba la autoría de ninguno de estos monumentos, pues hacerlo habría sido equivalente a firmar su propia sentencia de muerte. En la antigua Nehekhara, cuando un artesano completaba la construcción de una gran tumba funeraria se esperaba de él que cometiera suicidio ritual. A Ramhotep le horrorizaba la mera idea de matarse, pues ello privaría al mundo de las hermosas obras de arte que aún le quedaban por crear. Por tanto manipulaba a los más arrogantes necrotectos para que tomasen su lugar, mientras él se hacía pasar por un mero estudiante del maestro Ramakat el Creativo, un pupilo de Emrah el Artesano, y un asistente de una docena de otros legendarios arquitectos Nehekharianos. Poco después de entrar a trabajar al servicio de cualquiera de estos grandes artesanos. Ramhotep le empezaba a suministrar dosis de la potente droga Loto de Sangre, hasta convertirlo en un adicto consumido por un estado comatoso. Entonces Ramhotep creaba una máscara facial a imagen del maestro, tan perfecta que nadie pudiese notar la diferencia, y asumía su identidad para supervisar la construcción de sus grandes monumentos. Justo antes de que la obra estuviese completa Ramhotep desaparecía, y quien era sacrificado en su lugar era el confuso y aún semi-drogado necrotecto. Muchos de ellos, según se cuenta, estaban lo bastante conscientes como para protestar a voz en grito e intentar explicar lo que les había pasado, pero sus inconexas explicaciones siempre eran consideradas las típicas divagaciones de un artista loco.

En vida, Ramhotep estaba completamente obsesionado por crear y construir. No importa lo rápido que trabajasen sus subalternos, nunca era lo bastante rápido para él, pues siempre había otros proyectos más ambiciosos y majestuosos que requerían su atención. Sin embargo, la visión de futuro de Ramhotep se extendía mucho más allá de su vida mortal, y cuando ya era muy anciano se dio cuenta de que la única manera de completar su obra sería ganándose el honor de la momificación. Por tanto, tras muchas décadas de cuidadoso anonimato, Ramhotep salió a la palestra para acceder a construir una pirámide que rivalizase en majestuosidad con la Gran Pirámide de Khemri. Miles de esclavos murieron bajo el sol del desierto para alzar el Sepulcro de los Cielos en Quatar, trabajando a un ritmo inhumano para escapar a la ira de Ramhotep, que ere capaz de aplicar severísimos castigos a aquellos que hicieran peligrar su arte. En los últimos días de su vida, antes de que la última piedra fuese puesta en su sitio, Ramhotep diseñó para sí mismo una máscara mortuoria y se preparó para la momificación. El rey de Quatar estaba extremadamente complacido con la tumba que Ramhotep había creado para él, y le premió con una ceremonia funeraria exquisita. Durante incontables siglos, el cuerpo del maestro artesano reposó en el interior de este espléndido monumento.

Pocas de las creaciones de Ramhotep han soportado incólumes el paso del tiempo. Al menos la mitad yacen olvidadas bajo las arenas, y aquellas que aún siguen en pie han sido muy castigadas por los siglos de guerra y la erosión natural. Por supuesto, al despertarse de su sueño mortal Ramhotep se mostró completamente horrorizado por aquel decadente espectáculo, y se puso de inmediato a excavar y restaurar sus obras. Ramhotep ha demostrado tener en la no muerte el mismo talento que tuviese cuando vivía, y así las estatuas animadas que reciben sus atenciones suelen recuperar toda su majestuosidad original, volviendo a marchar a la batalla como si estuviesen recién esculpidas. Ramhotep trabaja sin descanso para mantener operativas sus obras maestras, y tal es el parecido entre estas efigies y los antiguos dioses a los que representan que dicho panteón aún las bendice y las protege en la batalla. Con su ejército de estatuas andantes, Ramhotep ataca a aquellas “civilizaciones bárbaras” que han profanado su trabajo, asolando sus primitivas ciudades, matando a sus incultos habitantes y utilizando sus huesos para construir un vastísimo mausoleo, sin duda el mayor monumento que el gran necrotecto ha creado hasta la fecha. Aquellos que se interpongan en el camino de Ramhotep lo pagarán caro, pues el antiguo maestro acostumbra a descargar su frustración arrancando a sus enemigos la carne a latigazos, hasta no dejar más que los huesos.

FuentesEditar

Libro de ejército: Reyes Funerarios (8ª Edición).

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