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Reclutamiento de Mercenarios (Relato)

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Mercenario primera edicion .jpg

El Conde había requerido la presencia de Arnulf Schwarz. Éste subió los escalones de piedra y abrió la gran puerta de roble de la fortaleza, situada en medio de las desoladas tierras de los Reinos Fronterizos. El Conde Einhard estaba allí con los otros oficiales, estudiando un mapa de pergamino como era habitual.

"Ah Schwarz, te estábamos esperando. Tengo una pequeña misión para ti," dijo el Conde con su aristocrático acento de Reikland. Arnulf se preparó para encargase de cualquier extravagante misión que su Señor tubiera en mente para él ¡Ya no le quedaba duda alguna de que el Conde era un completo petimetre!

"A vuestras órdenes, mi Señor," dijo Arnulf.

"Ja, rrrecuerdas ese pequeño forrrtín Orco en las colinas? Quierrro conquistarlo."

"Bien mi Señor: pero..." Dijo Arnulf.

"¿Perrro qué?" dijo el Conde.

"¡Pero no tenemos tropas suficientes, mi Señor! - respondió Arnulf, permaneciendo en posición de firmes como era su costumbre.- Perdimos quinientos setenta y dos hombres en el último ataque..."

"Ja, ja, ¡muy observadorrr, Schwarz! Porrr eso coy a enviarte a Tilea parra que reclutes mercenarios. Toma este orro y contacta con los agentes Tileanos en Luccini. Sólo es un adelanto porr supuesto. Diles que hay mucho más ¡Asegúrrate de que reclutas a los mejorres!" dijo el Conde.

"Jawohl mi Señor!" dijo Arnulf, tomando la pesada bolsa de cuero repleta de monedas de oro, bastante orgulloso de que se le hubiera confiado tan importante misión. Por otro lado, era el único de los oficiales de Einhard que tenía algunas nociones mínimas de Tileano que había aprendido mientras servía con ballesteros en el Imperio.

"Ja Arnulf, ¡pásalo bien y no te gastes el dinerro en bebida o froilains!" le gritaron los otros oficiales mientras iba a por un caballo. Eran todo unos bufones y Arnulf les odiaba con todo su ser.

Una semana más tarde Arnulf seguía un sendero que descendía por las laderas occidentales de los Montes Apuccini. Ante él se extendía la ondulante llanura verde de Tilea, bastante reseca por el ardiente sol. Un par de días más tarde, sin haberse encontrado con nadie excepto pastores (quienes huyeron) y cabalgando a través de inacabables viñedos y olivares, Arnulf pasó por una destartalada taberna de camino. Dejó que su caballo bebiera del pilón y preguntó por el camino a Luccini. El tabernero le orientó en la dirección correcta. Un poco más adelante en la carretera, Arnulf fue asaltado repentinamente por todos lados por una docena de bandidos con porras. Pocos momentos después estaban todos desperdigados por la carretera, muy muertos. Arnulf limpió su espada y la envainó. Entonces se dio cuenta de que la bolsa de cuero atada a su silla probablemente estaba atrayendo el tipo de atención equivocada, así que Arnulf la metió en el sitio que consideraba más seguro, ¡su coquillera!

Arnulf continuó su camino hacia las distantes torres de Luccini, bastantes de las cuales parecían estar inclinadas en diferentes direcciones. Oyó el sonido de una campana tañendo a lo lejos. Ese atardecer Arnulf llegó a las puertas de Luccini, que estaban a punto de cerrarse por toda la noche. Los guardias, que estaban armados con lanzas increíblemente largas, le preguntaron qué le traía a la ciudad. "He venido a reclutar mercenarios", replico Arnulf con la franqueza típica de un habitante de Ostland. Esto pareció servir, y los guardias sonrieron y le indicaron que pasara ¡Incluso se inclinaron y le dieron al bienvenida a su bella ciudad!

Arnulf se encontró cabalgando a lo largo de estrechas callejuelas flanqueadas por altas casas con balcones que sobresalían por todos los ángulos. Había todo tipo de extrañas gentes en las calles. Un joven de largo cabello estaba tocando el laúd y cantando con voz aguda bajo una de los balcones. Apareció una señora muy rotunda y le tiró un balde repleto de algo desagradable, casi alcanzando a Arnulf también. Después otro joven de aspecto noble pasó corriendo a su lado, vestido con la indumentaria llena de lacitos típica de los Tileanos, y perseguido por un grupo de aspecto torvo con las dagas desenvendas gritando "¡Vendetta! ¡Vendetta!"

Arnulf estaba a estas alturas completamente perdido en las estrechas y tortuosas calles de Luccini, y cada vez se hacía más de noche. Algunas damas bastante voluptuosas salieron por una ventana y le gritaron "¡Eh!, ¿qué tienes en la coquillera?" y "Qué te parece si entras y te preparo algo de comer ¡No te saldrá caro!" Arnold, desde luego no el más espabilado de los hombres, replicó "Nein, muchas gracias, pero debo guardar todo mi oro para reclutar mercenarios!" y siguió cabalgando, bastante perturbado por la abultada bolsa de cuero que era tan evidente desde el tercer piso de un edificio alto.

Tan pronto dio la vuelta a la esquina del siguiente callejón Arnulf se vió atacado por hombres enmascarados envueltos en capas que salían de las sombras armados con dagas. Una breve escaramuza los dejó a todos en diversas posturas agonizantes por el callejón. Arnulf envainó su espada y continuó cabalgando. Incidentes similares ocurrieron bastantes más veces mientras Arnulf deambulaba por la ciudad amenazando a los viandantes exigiendo saber cómo podía reclutar mercenarios. Obtuvo muy pocas respuestas, y estaba dejando demasiados y vergonzosos montones de lastimeros y moribundos asesinos Tileanos. De repente, todo se oscureció... Cuando le quitaron el saco de la cabeza, Arnulf se encontró en el magnífico Palazzo de Luccini.

"¡Eh, benvenutti a Luccini! -dijo su obviamente principesco y vestido a la moda anfitrión.- Soy Lorenzo, Príncipe de Luccini. Quizás has oído hablar de mí. Oye, ¿por qué has estado acuchillando a mis ciudadanos?"

Arnulf se puso en posición de firmes y se presentó, explicó su misión y se disculpó por matar a diversos ciudadanos de Luccini "Eh, no importa, ¡de todas maneras no me caían bien! ¿Así que quieres reclutar mercenarios? Si quieres mercenarios, ¡habla conmigo!"

Lorenzo obsequió a Arnulf con abundante vino buena comida, y diversos entretenimientos cortesanos, y luego se dedicaron a los negocios. "Eh, Marco, tráeme la última lista, -le dijo Lorenzo a uno de sus elegantes servidores. Después se giró hacia Arnulf diciendo,- ¿Cuánto te quieres gastar? -Arnulf saco el oro de su coquillera y lo desparramó sobre la mesa.- Eh, ¡me tomas el pelo! Con esto sólo reclutarás tres Halflings!" Arnulf replicó que el Conde Einhard tenía mucho más oro para pagar una compañía de mercenarios.

"¡Eso ya es otra cosa! -dijo Lorenzo.- ¿Qué es lo que quieres?" Arnulf tenía preparada la respuesta. "Esos hombres tuyos con largas lanzas ¡Una compañía de ellos estaría muy bien!" Lorenzo pensó un momento y luego miró a Marco. Marco encogió los hombros y negó con la cabeza. Entonces Lorenzo dijo "No puedo prescindir de ningún piquero, tengo enemigos por todos lados, Remas, Verezzo, Trantio, Tobaro, Arabia, Sartosa y las malditas Ratas." Arnulf parecía disgustado.

De repente Lorenzo dijo "Eh, voy hacerte una oferta que no podrás rechazar! ¿Qué te parecen los Ogros?" "¡Ogros! -dijo Arnulf incrédulo. -¿Puedo fiarme de ellos?" Lorenzo tranquilizó rápidamente a Arnulf, "Son buenos chicos, nada malos, y ya están aquí en Luccini, Acaban de finalizar una tarea que les encargué."

"¿Por qué estáis dispuestos a prescindir de ellos cuando tenéis tantos enemigos?" -preguntó Arnulf. La respuesta de Lorenzo fue evasiva. "Arman un poco de jaleo en la ciudad, y eso molesta a mis ciudadanos, pero son bueno chicos, ¡lo que pasa es que les gusta pelear! Mira, voy a hacerte un trato realmente bueno!"?

Después de considerar algunas otras bandas de mercenarios de la lista de Lorenzo, Arnulf se decidió finalmente por los Ogros, más que nada porque habría que avisar al resto de los contingentes y eso llevaría tiempo, mientras que los Ogros ya estaban allí. Aparentemente, sería necesario todo el oro que llevaba para pagar la comisión de Lorenzo por acordar el asunto con el jefe Ogro. Lorenzo se llevó aparte a Marco y le dijo: "¡Es un trato estupendo! Ahora marcha y saca a esa escoria de mis calabozos!"

Mientra tanto, Lorenzo entretuvo a Arnulf enseñándole los grandes frescos que le había encargado pintar al mundialmente famoso artista Tintorezzi. "En esta pared tenemos El Triunfo de la Muerte -a Arnulf le recordó un ejército de No Muertos contra el que había combatido una vez -Arnulf se maravilló ante las apretadas filas de piqueros pisoteando a los caballeros enemigos y tomo nota mental de hablarle al Conde sobre la posibilidad de reclutar tales tropas, si no en Luccini quizás en otra ciudad.- Y aquí tenemos El Triunfo del Amor. Todavía no está finito..." De hecho, el artista estaba trabajando duramente pintando ninfas escasamente vestidas revoloteando entre columnas Élficas y cipreses.Sin embargo, ¡lo que realmente le encantó a Arnulf fuera las docenas de modelos que posaban para el gran artista!

Arnulf regresó al castillo del Conde después de soportar la compañía de los Ogros durante el viaje de dos semanas por los Montes Apuccini. Un breve encuentro con una horda bastante grande de Goblins y numerosos Trolls habían convencido a Arnulf de que los mercenarios se ganarían la paga. Y si resultaban ser traicioneros, bueno, qué importaba. De todas maneras, el Conde Einhard no le gustaba demasiado ¡Servir a un Príncipe de Tilea parecía mucho más tentador!

Fuente Editar

  • Ejércitos Warhammer: Mercenarios (5ª Edición).

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