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Richter Kreugar el Condenado (Relato)

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La Compañía Maldita de Richter Kreugar

Los semidesnudos y brutalmente pintarrajeados guerreros avanzaron corriendo por el suelo helado con sus armas firmemente agarradas. Tenían el pelo erizado y los ojos les brillaban con la furia de la batalla. Un redoble de tambor llenó el aire como en una pesadilla y a este se le unió el estridente sonido de los cuernos de guerra anunciando su desafío. La legión no muerta seguía inmóvil, como si estuviera formada por estatuas, mientras el salvaje rugido que surgía de los cientos de gargantas se acercaba a ellos. La antigua figura de Richter Kreugar siguió quieta al frente de la legión no muerta y las vacías cuencas de su calavera se iluminaron con un amenazador brillo pálido ante la carga de los bárbaros del Caos.

Las brutales armas de los feroces guerreros atravesaron a la legión esquelética. Esquirlas de hueso saltaron por los aires cuando las calaveras y las costillas fueron machacadas con una fuerza salvaje antes que los No Muertos empezaran a reaccionar. Richter siguió inmóvil, blandiendo su antigua espada, Aflicción, para despedazar a los merodeadores que se le acercaban. Brillando con un impío resplandor rojizo, la siniestra espada empaló el pecho pintarrajeado de un guerrero, del que brotó un chorro de sangre carmesí. Con un revés de su espada mágica, Richter trazó un arco brutal que cercenó la cabeza de otro bárbaro. Mientras los cadáveres caían al suelo, su piel empezaba a marchitarse dejando adivinar su constitución ósea. Los cabellos se les caían de la cabeza y los ojos se pudrían en sus cuencas. Los gritos morían en gargantas que se convertían en polvo. Apenas un segundo después, el primer bárbaro caído ya estaba de nuevo en pie, ahora con una completa ausencia de carne sobre su cuerpo esquelético; un instante después le acompañaba su compañero decapitado. Asiendo sus armas con dedos sin carne, los recién alzados guerreros no muertos se volvieron contra sus antiguos camaradas.

El Maestro Ingeniero Siegfrid observó, horrorizado y fascinado a la vez, cómo crecían las filas de los No Muertos. La poderosa carga de los odiosos bárbaros del Caos flaqueó al haber sido frenada por los imperturbables esqueletos. Los Alabarderos, que luchaban junto a los No Muertos, lo estaban pasando peor, pues el salvaje ataque de los bárbaros los había obligado a retroceder. Siegfrid levantó su rifle largo de Hochland y apuntó por el visor. Localizó a un bárbaro de aspecto demoníaco, cubierto de tatuajes en espiral hechos con sangre y que gritaba incoherencias mientras corría hacia la batalla. Siegfried apretó el gatillo y quedó bastante satisfecho al verlo caer tendido cuan largo era al ser alcanzado por la bala de plomo.

Volvió la mirada hacia la batalla en la llanura: las filas no muertas seguían aumentando mientras Richter se abría paso a espadazos entre los guerreros sin armadura sedientos de sangre. Había oído historias sobre Richter Kreugar el Condenado -¿y quién no en el Imperio?-, pero nunca las había creído realmente. “Historias para asustar a los niños -se decía-. Fantasías exageradas hasta el punto de perder cualquier vestigio de verdad”. Pero allí estaba, ante sus ojos: un cuento de hadas de pesadilla que había cobrado vida. “Aunque tal vez sería más adecuado decir que ha cobrado no vida”, se corrigió.

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Los exploradores de Ostermark habían avistado a los incursores del Norte y el Barón Duchenoff decidió que aquel era el mejor punto para enfrentarse a ellos. Mientras el ejército del Imperio preparaba sus defensas para enfrentarse a la fuerza del Caos que se aproximaba, la legión no muerta había salido del bosque provocando el pánico. Los Caballeros Sigmaritas de Ostermark se dieron la vuelta para enfrentarse a la nueva amenaza y se disponían a cargar cuando los detuvo una orden del Barón, pues los No Muertos no habían hecho amago alguno de atacarles. La figura que iba al frente de los esqueletos lucía una antigua armadura de estilo imperial llena de abolladuras. Cuando la legión esquelética avanzó hasta situarse al lado de las formaciones ostermarquenses, se propagó rápidamente entre los hombres la noticia de que aquella era la legendaria Compañía Maldita de Richter Kreugar, condenada en una edad lejana a vagar por el mundo durante toda la eternidad.

Un estruendo sordo resonó en el campo de batalla y Siegfrid se giró para ver a una línea de caballeros con infernales armaduras negras que aparecía sobre las colinas del Este. Sus monturas, negras como la medianoche, bufaban y sacudían sus cabezas blindadas y sus pezuñas levantaban grandes nubes de tierra helada. Los Caballeros del Caos descendieron por la colina en medio de un ruido atronador y la fría mano del terror atenazó el corazón de Siegfrid. Al frente de los caballeros oscuros cabalgaba una figura que rezumaba poder en bruto y que blandía una enorme hacha de batalla con una sola de sus manos cubiertas por la malla. Del arma surgían nubecillas de vapor en el frío aire.

Los caballeros cargaron contra el flanco de la Compañía Maldita, aplastando cráneos y resquebrajando huesos con sus inmensas hachas y sus mazas con pinchos, mientras sus terribles monturas reducían a polvo al resto de esqueletos con sus negras pezuñas. El general del Caos rugió un desafío que resonó en el interior de su yelmo cerrado. Sus impuros ojos rojos eran iguales a los de su corcel y ardían desde la profunda negrura de su yelmo.

Richter, que rebanaba despreocupadamente el hombro de un bárbaro, salpicándolo todo de sangre antes de que la carne del cuerpo del salvaje empezara a pudrirse, se giró para responder al desafío del Caballero del Caos. Sus secuaces malditos abrieron un pasillo entre los dos poderosos guerreros.

El infernal corcel del Caos piafó impaciente mientras Richter caminaba hacia la enorme figura en armadura. Sin dilación, el Señor del Caos hizo descender su humeante hacha de batalla con un poderoso sesgo hacia el cráneo de Richter. El golpe fue detenido por la espada de este con un crujido que Siegfrid pudo oír a pesar de la distancia, pues las energías oscuras de las dos armas hechizadas competían entre sí. Sobre el guerrero no muerto llovió una serie de golpes letales de hacha y de pezuñas oscuras. El Paladín de los Dioses Oscuros hizo una finta hacia la izquierda y detuvo su hacha a media altura para lanzar un sesgo lateral hacia la sien derecha del cráneo de Ritcher. La gema rubiácea colgada del cuello del No Muerto brilló por un instante y el hacha rebotó a escasos centímetros de su objetivo, como si hubiese golpeado un muro de piedra.

El Caballero del Caos se inclinó hacia atrás perdiendo el equilibrio por la inesperada resistencia. Ritcher dio un paso hacia la caótica montura y descargó su arma sobre la bestia oscura cuando esta se encabritó. Su espada perforó el pecho de la criatura, que relinchó espantosamente de dolor mientras su piel de color medianoche se pudría para dejar a la vista el pálido hueso. Los músculos y la carne del corcel envejecieron hasta transformarse en polvo y la bestia cayó al suelo convertida en un montón de huesos cubiertos por una barda negra. El Paladín del Caos intentó ponerse en pie como pudo y levantó instintivamente su hacha para defenderse. El primer golpe arrancó de su mano el hacha, que cayó a un lado mientras seguía intentando incorporarse. El segundo golpe acertó de pleno en su yelmo con un ángulo descendente. Con un chirrido estremecedor, el yelmo se partió en dos. En un instante, la carne pálida visible desapareció para dejar tan solo una calavera vacía y una armadura negra sin vida allí donde había habido un poderoso campeón escasos momentos antes. Una chispa de conciencia brilló brevemente en las cuencas de Ritcher; el profundo dolor anhelante de un alma atrapada por toda la eternidad.

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Siegfrid permaneció al borde de los árboles contemplando la carnicería resultante de la batalla. El campo estaba plagado de incontables cadáveres y las siniestras siluetas negras de los cuervos ya estaban peleando por los despojos. Los incursores del Caos habían huido de regreso a sus desiertos de hielo. Alzó sus anteojos de visión telescópica para contemplar cómo las últimas filas de la esquelética Compañía Maldita desaparecían entre los árboles. El regimiento había quedado inmóvil durante horas después de que terminara la batalla hasta que, a una señal silenciosa, giró hacia el Sur. Al volver al campamento de Ostermark, Siegfrid encontró los ánimos extrañamente calmados. El Imperio acababa de lograr una gran victoria y, aun así, no lo celebraba. Siegfrid reflexionó sobre Richter Kreugar el Condenado. Entre las filas imperiales no se había pronunciado ni una palabra sobre el terrorífico guerrero no muerto. Era un hecho que no hacía falta comentar: el Imperio habría sido masacrado de no ser por la oportuna llegada de la Compañía Maldita de Kreugar.

FuenteEditar

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