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Sangre y Acero

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Sangre y Acero
Brunner el Cazarrecompensas 02 - Sangre y acero.jpg
Detalles
Título original Blood and Steel
Autor C.L. Werner
Ilustrador de cubierta Martin Hanford
Diseño de cubierta Desconocido
Traductor Diana Falcón
Saga Libro único
Colección Brunner, el Cazarrecompensas
Entrega Segundo libro
Publicación Febrero del 2005
Precuela Dinero Sangriento
Secuela La Sangre de Dragón

Sangre y Acero es el segundo libro de la trilogía de "Brunner, el Cazarrecompensas", escrita por C.L. Werner. Al igual que la precuela, es conjunto de varios relato autoconclusivos, pero al contrario que su predecesora, en esta ocasión cuenta solamente con tres historias de una extensión mucho más larga, y ninguno de los relatos está precedido por una pequeña introducción narrada por Ehrhard Stoecker, aunque sigue contando con el prólogo.

SinopsisEditar

¡Entra en el oscuro y peligroso universo del implacable cazador de recompensas Brunner, que persigue a los fugitivos del Viejo Mundo sin tregua ni misericordia! Sin permitir que nada se interponga en su camino, Brunner se enfrenta a goblins, vampiros y toda clase de criaturas oscuras con el fin de atrapar a su presa y cobrar la recompensa.

TramaEditar

Editar

Medio año después de haber participado en la captura del infame Príncipe Negro junto con Brunner, el cronista Ehrhard Stoecker vuelve a recibir la visita del cazarrecompensas en la ciudad de Parravon, donde ahora reside.

A pesar de la enorme suma de dinero que obtuvo por la cabeza del criminal, Brunner no se a mantenido ocioso durante todo ese tiempo y ha estado realizando otros trabajos y misiones, las cuales le han obligado a enfrentarse a muchos enemigos sobrenaturales...

Plantilla Spoiler Cazador de Brujas.png
Alto, estás caminando por la senda del Hereje. Si continúas, corres riesgo de... perderte.
Este artículo puede contener spoilers de Sangre y Acero

Debajo de Las CuevasEditar

La historia comienza en las calles de Miragliano, donde un cazarrecompensas de aspecto monstruoso llamado Krogh captura a una prostituta llamada Nicoletta. Andaba tras la búsqueda de un contrabandista llamado Bruno Brega, y Nicoletta era su amante, así que para encontrar su paradero mató a la prostituta con un tubo metálico que le clavó en el cráneo para así poder absorber sus recuerdos...

En la zona pantanosa a las afueras de la ciudad se encontraba el susodicho criminal, tirado en el suelo con los brazos y las piernas extendidos y sujeto a unas estacas de madera mediante gruesas cuerdas, y a su alrededor cinco hombres que amenazaban con matarlo si no les entregaba el oro recibido de su último trabajo de contrabando. Brega trataba de hacerles convencer de que no tenía tal oro, lo cual era verdad.

Muchas semanas antes de aquello, Bruno había recibido un suculento adelanto por un hombre de Remas para robar una vieja vieja vasija de terracota en Altdorf, una reliquia de los vastos desiertos de Arabia que databa de antes de la formación del Imperio. El viaje de regreso con la reliquia estuvo plagado de peligros y solo la promesa del pago evitaron que se deshiciera de ella. Cuando le entregó el objeto a la persona que lo había contratado, este trató de asesinarlo pero Brega logró escapar. Inspirado por el miedo que le había provocado aquel demente, huyó de Remas con destino a Miragliano, para recoger el oro que allí tenía guardado y después poner la mayor tierra de por medio entre él y el loco que había tratado de matarlo. Sin embargo, antiguos socios suyos había interpretado su huida como que trataba de escapar con todo el dinero para quedárselo él solo, y lo habían capturado.

Hartos ya de la negativa de Bruno, los cinco hombres se disponían a torturarlo hasta la muerte para que confesara, pero en ese momento llega Brunner, que mata al líder y pone a los otro cuatro en fuga, y se llevó a Brega con él. El cazarrecompensas tenía como objetivo llevar vivo al contrabandista hasta el Juez Vaulkberg, el más famoso magistrado del Imperio, infame por sus duras sentencias, desenfrenada crueldad y su legión de expertos torturadores. El último cargamento de carne vacuna que Brega introdujo de contrabando en la ciudad de Altdorf estaba contaminado y al parecer la amante de Vaulkberg comió de esa carne y murió. Por ello, el juez le había puesto un bonito precio a su cabeza, precio que solo se podía cobrar si Brega era entregado vivo, muerto no valía. Para el duro viaje desde Miragliano hasta Altdorf, tendrían que atravesar Las Cuevas.

Por otro lado, lejos de allí los cuatro hombres que habían tratado de matar a Brega, fueron emboscados por el mutante Krogh, quien tras matar a tres torturó al cuarto para que confesara todo sobre el paradero de Brega, y este le confesó que lo tenía Brunner, antiguo rival cazarrecompensas y enemigo suyo. Para asegurarse de que no le mentía, Krogh sacó el tubo metálico....

Para viajar de Tilea al Imperio, Brunner y su prisionero Brega tendrían que viajar por debajo de las montañas de Las Cuevas, a través de una ruta subterránea semi olvidada en la antigua fortaleza Enana de Karag-Dar. Era ruta no carente de riesgos pues había tribus de Goblins Nocturnos y diversas criaturas peligrosas habitando en las profundidades. Ciertamente, el viaje no resultó un paseo, y Brunner tuvo que emplearse al máximo para hacer frente a las distintas amenazas que le salieron al paso.

Después de una buena jornada bajo la montaña, Brunner fue emboscado por Krogh, quien también buscaba a Brega por la recompensa que ofrecía por él otra persona distinta al juez Vaulkberg. Ambos cazarrecompensas pusieron todo su ingenio para atrapar a su rival desprevenido, en un juego del gato y el ratón, en el que no sabía quién hacía de qué. Su enfrentamiento fue interrumpido por una banda de pieles verdes perteneciente a la tribu de los Kolmilloz Negroz, que se lanzaron contra los dos contendientes. Incluso si aquello no fuera suficiente, los ruidos de lucha acabaron despertando a un basilisco que tenía allí cerca su guarida.

Brunner tuvo que superarse a sí mismo para poder hacer frente a todas esas amenazas al mismo tiempo, pero contra todo pronóstico logró sobrevivir. Los pieles verdes acabaron por huir despues de haber sufrido numerosas bajas a manos de los dos cazarrecompensas y el monstruo, que a su vez murió al caerle toneladas de rocas al provocar diversos derrumbamientos durante la lucha. Por otro lado, Krogh había desaparecido, al igual que Bruno Brega, que había aprovechado toda esa confrontación para escapar.

Brunner sigue el rastro del contrabandista hasta la entrada de una cueva, ahora sellada por rocas y piedras, y se resignó ante la idea de que se le había escapado. Los túneles y cavernas subterráneas formaban un complejo laberinto, y le llevaría demasiado tiempo volver a encontrar el rastro de Brega, además, había huido hacia territorio Goblin, por lo que lo más probable es que fuera capturado y recibiera un final aún peor que el que se le reservaban en el Imperio. Convencido de que ya no había nada que hacer, Brunner emprendió el viaje de regreso a la superficie.

Como predijo, Bruno Brega había acabado en manos de los diminutos pieles verdes, pero cuando se disponían a torturarlo hasta la muerte, llega Krogh que mata al líder y pone en fuga al resto. Con el contrabandista a su merced, el cazarrecompensas mutante se le acercó con el tubo metálico en la mano...

Marca mortalEditar

Brunner se encontraba descansando en la posada de El Jabalí Negro de Miragliano, cuando entró un estaliano llamado Ortez a buscarlo. Su señora, Carlotta de Villarias quería contratarlo para un trabajo bien remunerado. Cuando marchaba junto al estaliano, un mercenario imperial le interrumpió acusándole de haber robado Malicia de Dragón, la espada del barón Von Drachenburg. Brunner aseguró no conocer a semejante sujeto y que la espada se la arrebato a un tal Albrecht Yorck en los Reinos Fronterizos. Aquel nombre trajo recuerdos desagradables al mercenario, que se quedó apesadumbrado en un rincón de la taberna. Sin más tiempo que perder, el cazarrecompensas siguió al estaliano.

Brunner llegó al palacete de la condesa, quien le explicó cuál era su problema. La condesa era una joven y hermosa noble estaliana fascinada por la cultura de la antigua Nehekhara. Gracias a su basta riqueza organizó una expedición en la que no participó para que recuperar objetos antiquísimos y de gran valor de una tumba. Sin embargo, varios de los hombres de la expedición desertaron llevándose varios de los objetos rescatados en la expedición. Carlotta había conseguido que sus agentes los recuperaran todos excepto el más importante, el cadáver momificado de antiguo Rey Sacerdote, cuya pista se perdía en aquella ciudad. Por sí mismas, las momias tienen un alto valor histórico como alquímico, pero teme que pueda ser vendida a un nigromante. Su misión es encontrar y recuperar la momia, o destruirla si no hubiese otra opción. A cambio de dos mil coronas de oro, Brunner acepta.

Después de que el cazarrecompensas se marchara, la condesa de Villarías se quedó analizando la situación. En realidad, la condesa es una vampiresa perteneciente al clan Lahmia, que había existido en el mundo desde la época de la reina Neferata en la desaparecida ciudad de Lahmia.Había conocido a Brunner a través de los relatos de Ehrhard Stoecker y ciertamente descubrir que había una gran verdad con respecto a la reputación del cazador de recompensas, lo que es más, se sorprendió de poseer una voluntad lo suficientemente fuerte como para resistir sus poderes de seducción. Aquello la fascinaba y la irritaba a partes iguales.

La momia que debía buscar era la de Nehb-ka-menthu, rey sacerdote de la antigua ciudad de Khareops y antiguo enemigo suyo. Después de que la ciudad de Lahmia cayera bajo las fuerzas del rey Alcadizzar, Carlotta y otros vampiros habían sido capturados por los soldados del Rey de Khareops. El demente soberano había acudido a saquear y robar la oscura sabiduría adquirida por Lahmia, pues abrigaba su propia monstruosa ambición: deseaba elevarse mucho más allá incluso de la vida eterna y el sobrenatural poder de los vampiros. Para ello, realizó crueles experimentos sobre los vampiros para desentrañar todos sus secretos y uno a uno fueron muriendo hasta que solo quedó Carlotta. Cuando Nagash desató sus magia para acabar con toda la vida de Nehekhara, el tremendo poder del hechizo de Nagash acabó con él. El cuerpo de Nehb-ka-menthu fue momificado por los últimos supervivientes de la ciudad, y la vampiresa huyó de la ciudad muerta.

A pesar de los siglos pasados, Carlotta aún sentía miedo incluso del nombre del Nehb-ka-menthu, por lo que cuando descubrió que en el museo de Magritta había recuperado objetos recuperados de la ciudad de Khareops, organizó una expedición a la tumba, pero no la había enviado a buscar tesoros perdidos, sino a destruir los restos de Nehb-ka-menthu. Por desgracia, el tiro le había salido por la culata, y varios miembros de la expedición traicionaron a sus patrones y huyeron llevándose el cadáver del Rey Sacerdote. Carlotta quería evitar ante todo que volviera a caminar entre los vivos, pues era una amenaza que hasta los de su especie temían.

Sus dos vástagos vampiros, Relotto y Torici, le preguntaron porqué había contratado a Brunner para buscar a la momia, a lo que respondió que, en el caso de que Nehb-ka-menthu hubiese regresado al mundo de los vivos, no quiere que haya la más mínima posibilidad de que quedase pista alguna que pueda conducirle hasta ella en caso de que fracasara. Aún así, ordenó que lo vigilaran para saber si tendría éxito o no.

Lo primero que hizo Brunner para encontrar a la momia, fue visitar a Tessari, un informador afectado por la mutación que lo sabía casi todo sobre los asuntos turbios de la ciudad de Miragliano. Cuando le preguntó sobre quién querría comerciar con una momia, el mutante le habló de un traficante árabe llamado Abdul-Qaadir bm Shereef que tiene un almacén en la Strada di Falco. Por lo general, trafica con drogas, pero no se abstiene de meterse en el comercio de esclavos y el mercado negro.

Brunner se infiltró en el almacén de Abdul-Qaadir y se puso a interrogar al traficante. Tras propinarle unos cuantos golpe, el árabe confesó que le había vendido la momia a un tileano llamado Carandini, que tenía fama de ser un brujo que practicaba las artes oscuras; y que tenía su morada en uno de los barrios más orientales de Miragliano, un distrito semiabandonado lleno de casas desmoronadas.

Antes de partir al lugar, Brunner regresó al Jabalí Negro para tratar con Gotz Mahrun. Puede que el cazarrecompensas ya no tuviera mucha fe en los dioses, pero aún creía en su poder y para enfrentarse a una posible amenaza no-muerta prefería estar preparado. Mahrun fue un sacerdote guerrero de Sigmar, destinado a un destacamento de templarios encargados de descubrir un nido de vampiros, pero sus compañeros murieron y el huyó aterrado. Su fe y su devoción desaparecieron ante el horror antinatural de los no muertos, y ahora ahogas sus penas y remordimientos en alcohol. Aún así, todavía conservaba algunos objetos de su anterior vida y Brunner le compra una estaca. Es de madera de espino estaba bendecida por el templo y invocaciones a Sigmar talladas en la madera, fabricada especialmente como arma contra los no muertos.

Brunner siguió la sindicaciones que le había dado el árabe y se infiltró en la guarida de Carandini. Tuvo sus encontronazos con los sirvientes del nigromante pero llegó hasta su laboratorio donde descansaba el cuerpo embalsamado del Rey Funerario. Brunner se disponía a destruir a la momia con la estaca pero fue interrumpido Carandini, que empezó a atacarle con su magia, pero Brunner consiguió defenderse y poner al hechicero contra las cuerdas, hasta el punto de que este se vio obligado a amenazarle con que tiraría un frasco con una sustancia alquímica altamente explosiva que podría matar a ambos.

Ese punto muerto quedó interrumpido inmediatamente cuando el cadáver de Nehb-ka-menthu despertó.

Brunner empezó a retroceder ante la abominación no muerta, hasta acabar al lado de Carandini, quien estaba paralizado por el terror, hasta el punto de que no se dio cuenta que le cayó el frasco, pero nada ocurrió, descubriéndose su engaño. Brunner hundió a Malicia de Dragón en el vientre del nigromante como pago por su farol, y después se encaró contra el rey sepulcral.

A pesar de su aspecto consumido y marchito, Nehb-ka-menthu tenía una fuerza prodigiosa, y los ataques del cazarrecompensas apenas le afectaban, incluso aunque le clavó la estaca en el pecho, el monstruo no muerto no pareció afectado por el poder sagrado del arma. Finalmente, logró atrapar a Brunner entre sus garras y empezó a estrujarlo. A pesar de sus forcejeos, no pudo librarse de la poderosa presa y empezó a perder la consciencia. Pero Nehb-ka-menthu perdió el interés en él y lo arrojó a un lado cuando percibió una presencia familiar en las cercanías....

A las afueras de la guarida del nigromante, se encontraba Carlotta de Villarias. Habia acudido allí en carromato con buena parte de sus guardias, incluidos Relotto y Torici. Envió a sus servidores para saber cómo había terminado la cosa, pero Nehb-ka-menthu los mató a todos, incluso sus esclavos vampíricos no pudieron hacer nada contra el Rey Funerario. antes de morir, Torici trató de prenderle fuego con una lámpara del coche pero lo único que consiguió fue empaparlo de queroseno. Ya solo quedaba la propia Carlotta para hacerle frente pero aún con todas su capacidades y habilidades que le daba su condición apenas pudo hacer frente a Nehb-ka-menthu, quien arrancó un larga barra de madera del carro y la enarbolaba como si fuese una jabalina gigante.

Mientras se aproximaba para acabar con la vida de la vampiresa, fue atacado por la espalda por Brunner. El cazarrecompensas que se había recuperado de la anterior paliza recibida y había visto como se había desarrollado el encuentro, descubriendo la verdadera naturaleza de Carlotta. Su primer impulso ante esto había sido marcharse, dejar que ambas criaturas se destruyeran entre sí. Pero una parte más fría y astuta de su mente hizo que permaneciera allí y atacara a la momia.

Al oler el queroseno que empapaba los vendajes de Nehb-ka-menthu, Brunner le disparó a quemarropa con su pistola. La bala atravesó inofensivamente el pecho del monstruo, pero el feroz chispazo del cañón hizo que comenzara a arder. Aunque el fuego se adhería a su cuerpo, la momia de Nehbka-menthu no se quemaba. Los hechizos protectores que los sacerdotes habían escrito cuidadosamente en cada capa de tela que envolvía a su señor aún defendían al rey sepulcral, que se acercaba al cazarrecompensas con la intención de arrastrarlo a su demoledor y ardiente abrazo.

De repente, la momia fue golpeada por detrás, y una gran asta de madera sobresalió por su vientre. La mujer vampiro había aprovechado con rapidez la distracción de Nehb-ka-menthu y había recogido la improvisada lanza que había dejado caer la momia. Entonces, había clavado el arma con que su enemigo había pensado destruirla a ella, a través de la carne marchita.

Al entrar en contacto con el fuego y al atravesar por debajo de la protección de glifos defensivos que cubrían las vendas externas, la estaca hizo que la momia comenzara a arder por dentro empezara a destruirse. Nehb-ka-menthu hizo un último intento por destruir a la Carlotta, agarró fuertemente a la vampiresa y comenzó a atraerla hacia su ardiente cuerpo y la estaca de madera que aún sobresalía por debajo de sus costillas.

Brunner cercenó la mano con un golpe de Malicia de Dragón y despues él y Carlotta se alejaron del ardiente cadáver de Nehb-ka-menthu, que finalmente quedó reducido a cenizas.

La condesa estaba impresionada por la fuerza de voluntad, el coraje y la capacidad de lucha del cazador de recompensas, hasta el punto incluso de ofrecerle el don del vampirismo, pero Brunner solo quería el dinero que se le había prometido por ese trabajo más compensaciones por haberle ocultado ciertos aspectos de su naturaleza.

En cierto sentido Carlotta sentía ganas de matar a Brunner por su actitud desdeñosa hacia ella, pero la Lahmia ya había tenido suficiente aquella noche, y además no se las veía todas consigo para poder matarlo, no después de ver de lo que era capaz, así que le entregó el dinero y se despidió diciéndole que regresaba a Estalia, aconsejándole que se mantuviera lejos de ese territorio, pues sería una desgracia que se volviera a cruzar en su camino, a lo que Brunner respondió que sería una desgracia para los dos.

A la mañana siguiente, mientras las aves carroñeras se alimentaba de los cadáveres ahí presentes, una mano cercenada corrió a ocultarse para escapar de la luz del sol....

Por donde anda el MardaggEditar

Brunner es contratado por Masario, chambelán del príncipe comerciante de Pavona, Bensario, para que asesine a alguien por diez mil ducados de oro. La cosa es que el príncipe Bensario tiene la esperanza de establecer una alianza mediante el matrimonio de su hija con el príncipe mercader Gambini, uno de los dirigentes más importantes de la República de Remas. Una delegación vino de treinta hombres vino a buscarla para llevarla a la ciudad, pero entre ellos había un asesino que cometió un salvaje crimen, siendo la víctima una doncella del palacio.

La única pista para identificarlo es un tatuaje de una serpiente negra erguida en posición de ataque que el asesino tiene en la espalda. Debe matarlo y traer el tatuaje como prueba. Dado que en el séquito había muchas personalidades importantes de Remas, Masario le pidió que actuara con discreción, para evitar que las relaciones entre ambas ciudades pero no pueden pasar por alto que el asesino pudiera de atacar a la princesa.

Cuando Brunner marchó, el chambelán se puso a reflexionar sobre todo el asunto. En realidad la víctima del asesino de Remas no había sido una simple sirvienta, sino la propia hija de Masario. No era la preocupación del príncipe lo que había hecho que contratara a Brunner, sino la necesidad de venganza.

Cuando Brunner se preparaba para salir de la ciudad de Pavona, fue interrumpido por un anciano mendigo, que quería leerle la buena fortuna. Al principio el cazarrecompensas intentó no hacerle caso y continuar, pero cuando este mostró saber cosas personales de él, como que viaja a Remas y que era originario de Reikland, decidió escucharle. El adivino le advierte que se verá envuelto en una conspiración del Caos, y que tenga cuidado con el Mardagg. Tras esto, el mendigo desaparecey Brunner continuó su camino.

A última hora de la tarde del quinto día de viaje, Brunner tropezó con los restos de una caravana que había sido atacada por una banda del Caos adoradora del Señor de las moscas. Pocas horas después, el cazador de recompensas encontró una segunda caravana. Sus integrantes se mostraron recelosos ante su presencia, ya que ellos también se habían encontrado con la anterior caravana, pero se relajaron cuando el capitán de los mercenarios que la defendían reconoció a Brunner. Se trataba del borracho que había acusado equivocadamente a Brunner de haber robado Malicia de Dragón.

El capitán se presentó Manfred Zelten, y convidó al cazarrecompensas a unirse a ellos a cambio de que le explicara cómo la había obtenido. Brunner le contó que había sido contratado por los oprimidos pobladores de una pequeña aldea de los Reinos Fronterizos, para que eliminara a su despótico gobernante, un usurpador llamado Albrecht Yorck, y como parte del pago por su trabajo, se quedó con la espada del tirano. Después Brunner fue el que le preguntó a Manfred de que conocía a York.

Este le dijo qué York fuera el senescal del barón Von Drachenburg; pero traicionó a su señor aliándose con su principal enemigo en secreto y le tendió una trampa. El barón y mucho de los soldados leales murieron, entre ellos su padre, Karl Zelten. Manfred tomó su espada y huyó del lugar, convirtiéndose en mercenario, pero en ocasiones lamenta no haber muerto luchando. Brunner comenta que hizo bien en huir y que fue el barón el que pecó de ingenuo lo que causó su caída. Aquello indignó al capitán mercenario, que le dedicó duras palabras a Brunner, antes de retirarse a pasar la noche. Los soldados de Manfred comentaban entre ellos lo poco que les gustaba el cazarrecompensas.

A la mañana siguiente, la caravana en la que viajaba fue asaltada por los incursores del caos que andaban por la zona, pero los mercenarios opusieron una férrea resistencia a los atacantes, causándole numerosas bajas. El propio Brunner se enfrentó al campeón del Caos, y lo mató con un golpe de Malicia de Dragón. El cazarrecompensas fue felicitado por Manfred, ya que con la muerte de su líder, los demás adoradores salieron huyendo del campo de batallas. Tras enterrar a las bajas de su bando, la partida continuó su viaje hasta Remas sin incidentes, llegando al mediodía.

Manfred le aconsejó a Brunner que se pusiera al servicio de uno de los príncipes comerciantes, y ofreciéndole la oportunidad de quedarse con ellos por un tiempo, a lo que Brunner accedió al saber que el príncipe Gambini era el patrón de su compañía de mercenarios. Durante su caminata al palacete del príncipe, el cazarrecompensas pudo notar el aura de opresión que había en una sección de la ciudad, y el mercenario le explicó que era debido al enorme poder que tenía el templo de Solkan, Dios de la Venganza y el Orden, en Remas. Aunque le aseguró que la cosa es mucho más animada cuanto más se acerca uno al distrito de los muelles y las tabernas.

Al pasar por una pequeña plaza vieron como tres fieles de Solkan castigaban a una mujer, a la que acusaban de adulterio. Brunner, que ya había tenido sus encontronazos con los Salkonitas en el pasado, no pudo soportar más aquello y se enfrentó a ellos y liberó a la mujer, ayudado por Manfred. Los fanáticos fueron derrotados pero pronto se les unieron otros, entre ellos un inquisidor, y al poco rato llegaron que los hombres de Manfred, preocupados de dejar a su capitán solo con Brunner, se unieron a él y al cazarrecompensas. Afortunadamente, la cosa no llegó a mayores y ambos grupos se retiraron. Al cabo de un rato, llegaron al palacete del príncipe Gambini, muy cerca del centro del gran puente de Remas, y Manfred empezó a mostrarle al cazarrecompensas las dependencias.

En una sección del palacete se encontraba Mandalari, comandante de los soldados y mercenarios del príncipe Gambini, y uno de los generales de Remas, quien había perdido una pierna luchando contra los ejércitos de Borgio el Sitiador. Estaba estudiando mapa de la ciudad de Miragliano cuando fue interrumpido por un espía, que le avisó de la llegada de la caravana. Le comentó que había logrado rechazar un ataque de una banda del Caos, muriendo algunos hombres, pero que Manfred Zelten no estaba entre los que perecieron en el camino.

Aquella noticia no gustó a Maldini, el capitán mercenario representaba una amenaza para los planes que tenía con el príncipe Gambini, así que ordenó al espía que lo vigilara y de que le informara de sus actividades.

Volviendo a Brunner, se encontraba con Zelten en las caballerizas del palacete. Manfred había quedado impresionado por las dotes de combate de cazarrecompensas y trataba de convencerle de que su uniera a su banda de mercenario la servicio del príncipe Gambini, al que consideraba que era un gran estadista, muchísimo mejor que la mayoría de los hombres a cuyo servicio había trabajado. Brunner le comentó que prefería trabajar pero que consideraría su oferta. La conversación fue interrumpida por Corvino, el bufón del príncipe, que había ido a entregarle un mensaje al capitán y conducirlo de vuelta al palacio.

Por su parte, Brunner se retiró con los mercenarios a las barracas y después fue con ellos a una taberna. El deseo que lo movía a adentrarse en un establecimiento de bebida no era beber sino pescar información que le fuera de utilidad en su misión.

Brunner y los mercenarios fueron a los muelles, donde se encontraban los principales tabernas y lugares de vicio y donde el templo de Solkan no tiene tanta influencia, aunque algunos rondan por el lugar sólo para recordarle a la gente que su bárbaro dios siempre está vigilante. Brunner pregunta por qué los gobernantes de Remas los toleran, y le explican se debe al sistema de gobierno de la ciudad. Remas es una república, donde la gente elige a sus gobernante y no toleran que empleen fuerzas militares para hacerse valer. Por ello, el concejo comenzó a ver un modo de utilizar el fanatismo del culto para su propio beneficio. Empezaron a hacerse los ciegos ante sus frecuentemente violentos excesos de fe, y los que protestaban eran acusados de herejía y adoradores de demonios. al cabo de poco tiempo ya no había nadie dispuesto oponerse al templo. así lograban mantener al pueblo controlado. Mientras los solkanitas no interfieran en los intereses económicos de la ciudad y no molesten a los nobles, los integrantes del templo pueden comportarse prácticamente como les plazca.

Algo atrajo la atención de Brunner. Vio un espectáculo de marionetas donde representaba a una figura alada y a un ser demoníaco. Según la historia, el demonio estuvo a punto de destruir Remas hace mucho tiempo, justo después de que se marcharan los elfos. Según el culto de Solkan, el demonio sólo fue detenido cuando Solkan envió a un espíritu bueno a batallar con él, que lo derrotó y lo encerró en una botella. El culto dice que el espíritu enviado por Solkan se llamaba Viydagg. Brunner pregunta si el demonio tiene nombre, a lo que le responden que lo llaman el Mardagg.

Volviendo a palacete, un hombre está sufriendo pesadillas, experiencias de los tormentos sufridos en las mazmorras de la ciudad de Martek, en Arabia; de las que escapó hace mucho tiempo pero llevándose un gran mal con él. Ahora siente una terrible sensación en la espalda, una sensación que le tortura constantemente, como si algo intentara separarse de su cuerpo. Y solo podría liberarse momentáneamente de ello si alimentaba aquel mal...

Era bastante tarde cuando Brunner regresó finalmente al palacio Gambini. Había pasado bastante rato en la taberna de El Caballo Rojo. Por desgracia, había poco que averiguar en el establecimiento. A Brunner le contaron algunos chismorreos y rumores acerca de los Gambini, del excéntrico tío del príncipe, y sobre las particularidades del hijo de Remaro, el decadente Alfredo Gambini, pero nada realmente de utilidad para su misión.

Mientras Brunner avanzaba por los oscuros corredores silenciosos del palacio, vio a Manfred Zelten, que se escabullía con una mujer para una cita de medianoche, así que no quería molestarlo. A pesar de su personalidad solitaria y arisca, Zelten quería contar con el cazador de recompensas entre sus amigos, sentimiento que Brunner también compartía hacia el capitán.

A la mañana siguiente se reunió con él en la residencia. Había hablado con el príncipe Gambini, quien estaba interesado en conocer al hombre que salvó su caravana. El príncipe estaba disponiendo un banquete aquella noche, con el fin de celebrar su inminente matrimonio con la princesa Juliana Bensario de Pavona. Todos sus oficiales han sido invitados, y le había que Brunner asistiera como muestra de su gratitud, a lo que este aceptó.

Poco después se encontraron con el propio príncipe, acompañado de su prometida, quienes paseaban por el palacio. Brunner se alarmó al saber que se trataba de la misma mujer con la que se había reunido Manfred la noche anterior. El cazarrecompensas se lo echó en cara pero le prometió que no se lo diría nadie, pero a cambio quería reunirse con ella para preguntarle algunas cosas. Interiormente, una parte de Brunner se sentía asqueada ante esa explotación del temerario romance de Zelten.

El príncipe siguió caminando con su prometida, y tuvo un pequeño percance con su tío Remaro, que tenía cierta deficiencia mental, a causa de su esposa. El príncipe pidió a Corvino que se llevara a su tío a su habitación para que no causara más problemas.

En una parte de la casa, el general Mandalari estaba reunido con dos hombres. Uno era su espía y el otro era Bocca, uno de los máximos inquisidores del culto de Solkan. El general estaba decepcionado por el hecho de que el inquisidor no matara a Zelten el otro día, pero el fanático le asegura que el mercenario tendrá su fin.

Mandalari sabía de su romance con la princesa Juliana y si alguien más lo descubriera derrumbaría su influencia sobre esa mujer. Hace ya cinco años que instaba al consejo de Remas a entablar otra guerra con Miragliano, y necesitaría al príncipe Gambini para ello pero la princesa se lo desaconsejaba, así que recurre al chantaje para mantenerla controlada. Contaba con el apoyo del templo de Solkan pues el templo ganaría mucho poder si conseguían vencer a Miragliano. Pero si Gambini descubriera el romance lo estropearía todo.

El tercer ocupante de la estancia trata de quitarle hierro al asunto, asegurando que la presión que los Solkanitas pueden ejercer sobre el Concejo debería bastar para hacer que el príncipe cambie de parecer. Además, también informa al general sobre Brunner, quien había actuado en calidad de asesino en otras ocasiones y que podría estar allí como asesino a sueldo de Miragliano para matarlo. Mandalari ordena al espía que lo mate. Antes de marcharse a cumplir su orden, este se encaró con el general. Le aconsejó que matara a Zelten cuanto antes, pues según él podría estar trabajando con el cazador de recompensas. Pero le advirtió que olvidara el plan de chantajear a la princesa, pues a la larga sólo le perjudicaría.

Aquella noche, todos acudieron al banquete, y Brunner se puso a estudiarlos. El príncipe Gambini junto a su esposa se encontraba sentado en la cabecera de la mesa, con su novia a la izquierda y su anciano tío Remaro a la derecha. Junto a Remaro estaba su hijo, Alfredo Gambini. Junto a los dos estaba Scurio, un sacerdote de Morr. También en su mesa estaban el general Mandalari, y el inquisidor Bocca, que había sido invitado por el general. La presencia del Solkanita hacía sentirse desconcertados a los comensales salvo Alfredo Gambini.

Dos incidentes interrumpieron esa tensa y silenciosa situación, y ambos atrajeron la total atención de Brunner.

El primero se produjo poco después de la actuación del bufón del príncipe Gambini, Corvino. Las travesuras del bufón provocaron las carcajadas de los comensales. La risa del príncipe Gambini se transformó en un ataque de tos, a lo que Mandalari hizo comentarios sobre la salud del príncipe. El general recordó que su parto fue complicado y su madre murió al traerlo al mundo, el príncipe también estuvo a punto de morir peor la intervención de su padre impidió que así fuera. Esto hizo que Remaro recordara el fallecimiento de su primer hijo y comenzó a sollozar. El príncipe Gambini miró a Corvino para indicarle que debía llevar a su tío de vuelta a sus aposentos.

El segundo incidente comenzó cuando la princesa Juliana le formuló una serie de preguntas al inquisidor, dado que el culto de Solkan era prácticamente desconocido en Pavona. Bocca lanzó un ferviente discurso sobre la persecución de los herejes y adoradores del Caos y que nada escapaba al escrutinio del dios, aunque fue interrumpido por Alfredo haciendo comentarios jocosos y bromas a costa de él.

La velada terminó sin más incidentes y todos comenzaron a marcharse.

En uno de los corredores del palacete, el hombre de las pesadillas volvía a sentir dolor a causa del mal que anidada en su cuerpo y luchó para impedir que los desesperados, temerarios pensamientos dominaran su mente. Una persona a quien él conocía acudió en su ayuda, una persona que conocía su mal, y le aseguró que le ayudaría y le traería algo para hacer que el dolor cesara. Solo le pidió que esperase un poco más.

Aprovechando un momento, Brunner pudo entrevistarse con la princesa Juliana para saber quienes eran los miembros de su séquito. El interrogatorio Juliana había sido asunto tenso pero necesario. Puesto que había pasado varios días de camino con el séquito, le resultaba fácil recordar quién había hecho el viaje desde Pavona hasta Remas, aunque, por supuesto, no conocía el nombre de cada soldado y sirviente. Sí recordaba que el capitán de los soldados era alguien llamado Giordano, y que tenía diez hombres a sus órdenes. También estaba Alfredo Gambini como representante de los intereses de su primo, el príncipe, y el austero sacerdote de Morr, Scurio, así como tres sirvientes que atendían las necesidades de Alfredo.

Brunner decidió comenzar por los soldados, ya que tanto Scurio como Alfredo, dada su posición dentro de la casa Gambini, serían más problemáticos si uno de ellos resultaba ser el hombre que estaba buscando. El capitán, Giordano, sería un buen principio. Aunque no se tratara del hombre que buscaba, Giordano conocería el nombre de los otros soldados. En esos momentos no se encontraba en el palacete sino que se había tomado un permiso de dos días para pasarlo en un burdel llamado Rosa Rosada.

El cazarrecompensas fue al Burdel, y pagó a la dueña, Madame Rosa, para tener un momento a solas con Giordano. Había averiguado que no era el hombre tras el cual iba, puesto que en la espalda no llevaba ningún tatuaje, ni de serpiente ni de otra cosa. No obstante, aún podría proporcionarle los nombres de los soldados que estaban a sus órdenes y que habían formado parte del séquito de Pavona. Pocos minutos más tarde, el cazador de recompensas ya había averiguado todo lo que necesitaba saber. Pidió a Madame Rosa que lo retuvieran en el burdel durante tres o cuatro días, y ya que estaba allí, podría disfrutar un poco...

Brunner salió del Rosa Rosada muy entrada la noche. Caminó por las oscuras calles de Remas hasta que advirtió que alguien lo estaba siguiendo. Pensando que se trataba de un ladrón le tendió una emboscada, esperando asustarlo con su pistola, pero lejos de ello, lo último que esperaba era que el hombre cargara contra él. No se trataba de un simple ladrón sino de una persona que estaba poseída por un demonio que le atacó con gran salvajismo. El Cazarrecompensas apenas pudo defenderse de él, pero tuvo un momento de respiro cuando tres fanáticos de Solkan entraron en escena y convergieron sobre la cosa demoníaca. El ser poseído los mató a todos antes de caer decapitado por la espada de Brunner y morir. Al examinar el cadáver vio que tenía la marca de Slaanesh grabada a fuego en su cuerpo. Brunner marchó de allí con dirección a las barracas del palacete para tratarse las heridas.

En otro lugar de la ciudad de Remas, el inquisidor Bocca recibía la visita de un misterioso visitante. Este le aseguraba de que Mandalari ha tramado algún complot con Alfredo Gambini, y que este es un servidor de los Dioses Oscuros, y que dentro de poco celebraría algún tipo de ceremonia profana. Al inquisidor Bocca le agradaba la idea de captura a Alfredo en pleno acto, pues le permitiría demostrar de que la corrupción del caos también se había extendido entre la nobleza y someterla escrutinio de la orden, lo que sin duda le otorgaría un enorme poder para después extender la influencia del culto por toda la ciudad. El inquisidor le dijo a su informante de que le avisara si conseguía averiguar algo más.

Volviendo con Brunner, despues de regresar junto con Zelten y los demás mercenarios y tratarse las heridas, fue con ellos a la taberna de El Caballo Rojo. Mientras disfrutaba de la charla, advirtió que un grupo de diez hombres armados se acercaban a ellos, y que había otro con sombrero que los estaba vigilando. Brunner avisó a Zelten de esto y pidió a uno de los mercenarios que se aseguraba que el último de los sospechosos no se marchara muy lejos. Como sospechaba, aquellos hombres buscaban desatar una pelea contra ellos para poder matarlos, pero Brunner y los mercenarios acabaron con ellos con unos pocos heridos. El hombre del sombrero tampoco pudo ir muy lejos.

Todo aquello fue observado por un hombre de capa negra, que reconoció al agonizante de ser el ayuda de cámara del general Mandalari. Al ver salir a los mercenarios, el observador reconoció de inmediato a Manfred Zelten. Eso respondía a su pregunta. Estaba claro que Mandalari continuaba con su plan de matar a Manfred.

Aquello no era de su incumbencia, a sí que se alejó para evitar problemas. Había acudido allí para contratar los servicios de una ramera para aquella noche, y tras comprar los servicios de una, la llevó a un lugar situado en las profundidades del palacete Gambini, donde se encontraba el hombre de las pesadillas. Atormentado por el increíble sufrimiento del mal que habitaba en su interior, mató salvajemente a la mujer. El sabor de la sangre calmó el tormento que asolaba su cuerpo. La piel de la espalda, que había estado intentando arrancarse de su carne, se detuvo.

Desde el exterior, el hombre de negro escuchaba los sonidos de la carnicería. Despues tendría que limpiar ese engorro, pero por fortuna para él, la utilidad de su amigo casi había tocado a su fin. Era limitado el número de ocasiones en que podrían salir con bien de las ofrendas que había que ofrecerle al mal que lo poseía. Cada vez que saboreaba la sangre, la Oscuridad se hacía aún más fuerte en el alma de su amigo. Si pasaba mucho tiempo más, acabaría manifestándose por su propia cuenta. Y eso no le haría bien a nadie, y menos a él. Pasado un buen rato, el hombre de la capa negra cogió una tela ensangrentada y se escabulló por los corredores en penumbra.

Al rato, en otro lugar del palacete, el hombre de negro llamó a al puerta de Alfredo Gambini, y le avisó que el hermano poseído por un demonio que había enviado para asesinar al cazador de recompensas acabó muerto, y que Brunner había contado con la ayuda del templo de Solkan. Para pedir disculpas a nuestro señor por la muerte de su servidor, aconsejó a Alfredo que llevara la ofrenda al templo secreto y que reuniera a todos los sectarios. Él se reuniría más tarde con él que traería consigo a un nuevo iniciado para el culto a Slaanesh.

Despues de que Alfredo Gambini se marchaba corriendo para prepararlo todo, el hombre de negro sacó la tela ensangrentada y lo frotó contra el picaporte de la puerta de la habitación de Gambini para mancharla de sangre. Después se marchó de allí satisfecho de que su plan continuaba a ala perfección...

En otro lugar del palacio Juliana Bensario llevaba horas tremendamente preocupada. Había recibido una nota del general Mandalari en el que la chantajeaba. A cambio del silencio del general sobre su aventura, Juliana apoyaría los planes de guerra de éste. En caso contrario, el príncipe Gambini sería informado de la infidelidad de su novia, la boda se anularía y Juliana tendría que regresar a Pavona cubierta de vergüenza para enfrentarse con el desprecio de su ciudad natal.

El bufón Corvino entró en la habitación preocupada por Juliana. Más que con cualquier otra alma de la casa Gambini, la princesa había establecido amistad con el bufón y este se había transformado en su confidente. De hecho, también sabía lo de su romance con el capitán Manfred Zelten. La princesa le mostró la nota a Corvino y se llenó de Cólera al leer lo que contenía. Corvino le confesó a Juliana que estaba enamorado de ella, pero que era consciente de que no podía aspirar a su mano, pero que la serviría en lo que fuera y haría que Mandalari se arrepintiera de su chantaje.

Poco después, Mandalari fue despertado por el bufón, que al final resultó ser su espía. Corvino le había advertido que no continuara con sus planes respecto a la princesa Juliana y mató al general a golpes con su propia pata de palo. Corvino se encaminó rápidamente hacia la pequeña puerta disimulada que había usado para visitar a Mandalari en calidad de espía, justo antes de deslizarse dentro del pasadizo secreto, entraron las guardia del palacio al oír toda aquella conmoción.

Dos horas después de la pelea en la taberna El Caballo Rojo, Brunner y sus compañeros regresaron al palacio Gambini, para encontrárselo todo patas arriba a causa del brutal asesinato del general. El príncipe Gambini ordenó a la guardia que redoblaran sus esfuerzos para encontrar al homicida, mientras el sacerdote de Morr Scurio se llevaba el cadáver para intentar hablar con el espíritu del fallecido y que este pudiera revelar su identidad. Pronto llegó un guardia que le informó que su primo había desaparecido y que había sangre en su puerta.

Después de ordenar a un sirviente de que llevara un mensaje al inquisidor Bocca, Corvino se fue a al capilla de Morr donde se encontraba Scurio con el cuerpo del general. Corvino ya había decidido que Mandalari tenía que morir, por supuesto. Necesitaba tener una víctima del ataque asesino «de Alfredo», y el general había sido la elección obvia. El ataque fallido contra Manfred Zelten no había hecho más que confirmar la decisión de Corvino, y el intento de chantajear a la princesa Juliana había transformado la decisión en algo personal, así que lo mató con dolor en vez de que con algo rápido y limpio. Por supuesto, hacía mucho que el general había sobrevivido a su utilidad para los planes de Corvino. Ya no necesitaba los contactos ni la riqueza del general para apoyar sus propias ambiciones. Todo estaba preparado, todas las piezas se hallaban en posición.

Al entrar en al capilla, Scurio acusó al bufón del asesinato, aunque este se defendió que no había hecho, ni con mucho, una carnicería tan grande como las que había hecho él. Scurio sintió el peso del remordimiento y la culpabilidad ante las palabras de Corvino, pero este le animó diciéndole que el ritual que le libraría del gran mal que habitaba en su interior ya estaba listo para aquella noche...

Brunner y un par de mercenarios habían salido en búsqueda de Alfredo Gambini, mientras que Manfred había insistido en permanecer en el palacio, por si acaso estaba equivocado, pero el cazador de recompensas sospechaba que la preocupación por la seguridad de su amada Juliana era la causa principal para que el capitán mercenario se mostrara reacio a abandonar el palacete. Pensaba que él había sido el responsable de que el atacara el hombre poseído, y como había ocurrido cerca del burdel, es allí donde empezarían a investigar.

Unas pocas horas más tarde, en el otro lado de la ciudad, en un templo de Morr en ruinas y abandonado, estaba llevando a cabo una profana celebración, un aquelarre de Slaanesh donde los presentes llevaban a cabo las más viles de las perversiones, y entre ellos estaba Alfredo Gambini haciéndole ofrendas al Príncipe Oscuro del Caos. De pronto llegó Corvino con el nuevo iniciado que este le había dicho, y se sorprendió al saber que se trataba de Scurio. Tan absortos estaban adoradores en la celebración que no se dieron cuenta de que allí estaban Brunner y su compañeros.

El cazador de recompensas había tenido la certidumbre de que había devotos de Slaanesh en la ciudad, y de que Alfredo Gambini era, con toda probabilidad, uno de ellos. También sabía que semejantes degenerados estaban constantemente buscando más profundos niveles de depravación para experimentar. Dedujo que semejantes individuos no serían desconocidos en un lugar como el Rosa Rosada y, de hecho, supuso que serían bastante famosos. Madame Rosa se había mostrado extremadamente sincera cuando Brunner le dijo qué clase de individuo estaba buscando. Denunciar al cliente en el templo de Solkan podría haberle dado mal nombre a su casa, pero entregárselo al cazador de recompensas parecía una empresa más respetable, especialmente cuando el hombre no diría nada después. Un poco de oro suavizó los últimos rastros de reticencia que sentía ante el hecho de señalarle a Brunner la dirección correcta.

Brunner observó mientras Corvino conducía a Scurio, hacia el altar. El bufón intercambió unas palabras con Alfredo Gambini, mientras varios adoradores se apartaban de la celebración y se ocupaban de quitarle el ropón a Scurio. Entonces, Brunner quedó petrificado y entrecerró los ojos para enfocar sólo la espalda del sacerdote. Allí, en tinta negra, había tatuada una sinuosa serpiente, larga y de grueso cuerpo: la marca del asesino de Pavona.

Antes de que pudiera intervenir, el templo subterráneo estalló en confusión y carnicería.

El inquisidor Bocca y un pequeño ejército de Solkanitas irrumpieron en el templo secreto y empezaron a matar a los sectarios, antes de que estos reaccionaran y contraatacaran. Brunner y sus compañeros salieron para detener a Corvino, Scurio y a Alfredo, pero se vieron envueltos en la refriega el propio cazarrecompensas tuvo que vérselas con el inquisidor Bocca. Durante un breve instante pudo ver como el bufón conducía a los otros dos por una pequeña escalera que descendía desde la parte trasera del templo subterráneo, cerrándose tras de ellos.

Alfredo exigió saber dónde se encontraban cuando Corvino encendió la única vela que había en una sala pequeña como una celda a la que los había conducido. Este le dijo que era como un «templo subterráneo del templo subterráneo», y que lo hizo construir antes de conducir al culto de Slaanesh hasta allí. Después ordenó a Scurio que sujetara a Gambini, y le contó su verdadero plan. Los sacerdotes de Morr nunca desacralizaron este lugar, que aún estaba dedicado a Morr cuando los cultistas de Alfredo lo profanaron con el primer ritual dedicado al Señor de los Placeres. Y ahora él lo profanaría doblemente este lugar con una ofrenda que Slaanesh encontrará de lo más molesta. Le contó que Scurio era realmente un sacerdote de Morr, y que fuera capturado por corsarios de Arabia hace muchos años, y torturado por ellos de día y de noche durante meses enteros. Debería haber muerto, pero, en su desesperación, llamó a cualquier poder que quisiera escucharlo. Y uno lo hizo, aunque Scurio no esperaba el precio que ese poder le exigiría a cambio. Terminada la historia, Corvino degolló a Alfredo, al tiempo que cantaba alabanzas para el Dios de la Sangre.

Mientras Alfredo se desangraba, el bufón se apartó y se encaminó hacia un baúl de madera con herrajes de hierro que constituía el único mueble de la habitación, y sacó de dentro una pequeña vasija de terracota. Le indicó a Scurio que avanzara y que se situara en el centro del símbolo de ocho flechas, sobre el charco de sangre, y luego le entregó la vasija de terracota. Era un objeto de gran antigüedad, descubierto en Arabia durante una cruzada llevada a cabo hacía mucho tiempo, y que había sido llevado a la capital imperial de Altdorf. A través de los contactos del general Mandalari, Corvino había hecho que robaran el objeto y lo entraran de contrabando en Remas. Tras romper los sellos de plomo de la tapa, el hedor de rancia sangre antigua manó del interior de la vasija. Corvino agitó una mano hacia Scurio, para indicarle que inhalara los vapores que salían por la boca del recipiente de terracota, asegurándole que eso le libraría de sus dolencias para siempre. Desesperado, el sacerdote lo hizo y pronto empezó a sentirse mal y a vomitar sangre.

Corvino reía como un loco al saber que su plan estaba dando sus frutos: el espíritu del Mardagg ha entrado en contacto con la vasija que contiene su esencia.

Una gran masa rojiza como una crisálida surgió del atormentado cuerpo Scurio, dejándola solo la piel, y de esta surgió una criatura demoníaca. Corvino se le acercó y le cortó un dedo, y se marchó por otra entrada secreta. Estaría de vuelta en el palacete en unos veinte minutos para que su plan llegara a su culmen. El demonio, sin embargo, tomaría una ruta diferente. Encima de aquel lugar profano, la lucha entre los sectarios de Slaanesh, los servidores de Solkan y Brunner aún continuaba...

Corvino llegó al palacete entrando en la habitación del viejo Remaro Gambini para echarle en cara la verdad y acusarlo de usurpación. Él es realidad Umberto Gambini su sobrino y que el príncipe Gambini era el supuesto hijo fallecido de Remaro. Corvino era en realidad un mutante que había nacido con una pata de pata animal al final de su pierna izquierda. A raíz de aquello, su padre mató a su madre y se disponía a hacer lo mismo con el bebé, pero Remaro lo salvó. Finalmente, su padre le propuso hacer un intercambio, su propio hijo por el hijo de su hermano. Remaro aceptó, porque así sería su primogénito el que lo heredaría todo, pero hacerlo también le afectó.

Sin embargo, temían que sus enemigos informaran al templo de Solkan del nacimiento de Corvino, así que lo vendieron a una compañía de Striganos. Estos lo vendieron nuevamente al conocer su disformidad a un brujo, que lo crió como su aprendiz. A través de sus artes oscuras, averigüé quién era. Cuando hubo aprendido lo bastante, se marchó tras haberle robado lo que necesitaría para llevar a cabo su venganza. Ahora mataría a su primo y reclamaría todo lo que le pertenece por derecho de nacimiento. Remaro trató de detenerlo pero Corvino descargó la cabeza de bronce del báculo sobre la cabeza del anciano, y cayó al suelo.

Despues fue en busca de su esposa....

En el templo, la lucha continuaba. Brunner combatía contra que demostró ser un rival más duro de lo que hubiese imaginado. De repente, ambos combatientes se tambalearon al estremecerse el suelo bajo sus pies. Atraído por la sangre y la batalla, una forma oscura salió por el agujero; era una silueta negra envuelta en polvo. La forma era grande, de al menos tres metros y medio de altura, con un cuerpo demasiado flaco y descarnado para una altura tan imponente y rostro cadavérico.

El Mardagg invocó una siniestra guadaña con su sangre y comenzó una carnicería. Los solkanitas y los adorador de Slaanesh permanecían en horrorizados por la horrible aparición. Unos estaban paralizados por el miedo mientras que otros comenzaron a huir. Brunner y sus compañeros estaban los que tuvieron la sensatez suficiente para escapar. Sólo el inquisidor Bocca conservó el valor ante la funesta manifestación. Sujetando su espada se abalanzó sobre el esquelético demonio. La curvada hoja de la guadaña del Mardagg descendió en un rápido arco asesino, y Bocca fue partido por la mitad con una facilidad insultante. Y siguió para salir del edificio. El demonio recuperaría el dedo que le había cortado el bufón y después ofrecería a Khorne las vidas de todos los que moraban en aquella ciudad.

Brunner salió corriendo hacia el palacete Gambini, pues sospechaba que ese era el destino del Demonio, y quería avisar a Zelten. El ropón negro que pendía alrededor de la parte superior del cuerpo del monstruo era demasiado parecido al hábito del sacerdote de Morr. Eso parecía confirmar las sospechas de Brunner respecto a qué había sido antes el demonio. La perspectiva de llevar a Scurio a Pavona ya no parecía muy factible.

A su paso por las calles de Remas, el Mardagg causaba muerte y destrucción. Con su guadaña segaba las vidas de los que se encontraba a su paso. Aquellos que lograban apartarse del camino no escaparon por completo a la horrible presencia del demonio. Muchos se volvieron locos a causa de la estrecha proximidad con un ser de tan intemporal malevolencia y terror. Otros sufrieron una demencia aún más violenta cuando gotas de sangre corrosiva cayeron del cuerpo del demonio y les quemaron la piel. Todos los así marcados se convirtieron en bestias voraces que caían sobre quienes los rodeaban. Tras el demonio, las turbas de enloquecidos asesinos se dispersaron a saltos por las calles de Remas, para propagar el terror y la muerte por toda la ciudad; y al aumentar la violencia y vigor del conflicto, el demonio había acelerado el paso.

En el palacete, el príncipe Gambini y Mannfred trataban de detener a un enloquecido Corvino, que se encontraba sentado en el trono y tenía a la princesa Julianna como rehén. En esos momentos llegó un soldado que les avisó de que el Mardagg había llegado al distrito de las clases altas. Mientras que la mayoría de los allí residentes escapaban, algunos de los guardias y mercenarios de los príncipes mercaderes trataban de hacer frente a la amenaza. El demonio tenía agujeros de balas y picas en docenas de sitios, y sin embargo no daba muestras de haber sentido ninguna de esas heridas, y los defensores salieron huyendo como pudieron. Finalmente, el Mardagg llegó al palacio.

Corvino reía como un loco y celebraba su triunfo, pero su risa no duró mucho cuando Brunner disparó una flecha, que lo mató. Después hizo frente al Demonio con Malicia de Dragón, su espada mágica, forjada especialmente para destruir a los servidores del Caos. Aunque con ella conseguía herir de verdad el cuerpo del demonio e impedir que acabara partido en dos como muchas de sus víctimas, la enorme fuerza del ser esquelético lo lanzó por los aires. Pero el Mardagg no le dedicó demasiado tiempo, y comenzó a avanzar hacia el cadáver de Corvino para recuperar su dedo.

Con la muerte del bufón, la princesa Juliana pudo ser rescatada. Pero ante el avance del demonio Manfred Zelten ordenó al príncipe que huyera mientras él trataban de hacerle frente al demonio. Pronto llegaron media docena de soldados, cuya lealtad hacia el príncipe Gambini se había impuesto al impulso de huir; y para sorpresa del capitán mercenario, Brunner también se había recobrado y al ver como las runas de su espada brillaban, comprendió una cosa acerca del cazarrecompensas, pero no le dedicó mas tiempo dado que el Mardagg atacó.

Durante el enfrentamiento, el palacete comenzó a arder, pero Brunner se dio cuenta de que la criatura se mostraba más lenta y torpe. Tras su brutal marcha a través de Remas, mostraba signos parecidos al cansancio, y entonces descubrió la debilidad del demonio. Le dijo a los soldados de que con cada hombre que mataba lo hacían más fuerte pero si se le negaba su espeluznante alimento se debilitaría y podría morir, así que les ordenó que huyeran mientras él le hacía frente con Malicia de Dragón, la única arma de aquel lugar que podría herirlo realmente.

Al comprender su situación, el demonio se mostró más precavido ante Brunner, aún así, seguía siendo una criatura tremendamente poderosa y obligaba al cazarrecompensas a retroceder, empujándolo hacia las llamas. El fuego podría no hacerle daño al demonio, pero él no gozaba de esa inmunidad. De repente, el Mardagg volvió a girar sobre sí mismo y barrió el aire con la guadaña contra algo que había detrás de él. Brunner vio a Zelten estocando el costado del demonio. El mercenario interceptó con su espada la guadaña que descendía. La hoja del arma demoníaca atravesó la espada de Zelten, continuó para penetrar en el costado del hombre y le desgarró la carne. Brunner aprovechó el momento que el Mardagg necesitó para recuperarse del asesinato de su amigo. Impelido por odio y cólera, el cazador de recompensas lanzó un golpe con su espada para derrotar definitivamente al demonio.

En el centro de la sala, a través de las llamas que saltaban, Brunner podía distinguir apenas la silueta de la plataforma. Le sorprendió ver que Corvino volvía a estar sentado en el trono, tras haberse arrastrado de vuelta por los escalones de la plataforma. El bufón había sujetado con una mano la flecha de ballesta que sobresalía de su pecho, mientras impulsaba su cuerpo hacia adelante con la otra. En ese momento, el demente sostenía un dedo grande y esquelético. Entonces, una forma enorme se acercó a la plataforma. Su rostro de calavera miraba al hombre agonizante mientras su esquelética mano se tendía hacia Corvino.

Lo que sucedió a continuación quedó oculto debido al derrumbamiento de los soportes del piso superior, de donde llovieron maderas encendidas y bloques de mármol. El cazador de recompensas retrocedió ante las llamas y se volvió para encararse con el fondo del corredor. Entonces, reparó en una forma mutilada que yacía en el piso. Brunner se detuvo y se acuclilló ante el cuerpo destrozado, al que reconoció como Manfred Zelten. Aún quedaba algo de vida en el mercenario, y sus ojos se abrieron cuando Brunner se arrodilló junto a él.

Brunner le preguntó por que no huyó con los otros. Antes de que la vida le abandonase, un agonizante Zelte le dijo entre estertores que solo había una persona que pudiera usar Malicia de Dragón, y que él no está muerto. Brunner le dijo al cadáver de su amigo que esa persona no estaba muerta, solo esperando....

El terror del Mardagg había terminado, pero había dejado una terrible huella a su paso. Centenares habían muerto en la breve acometida del demonio, y más centenares habían sido asesinados por aquellos a quienes había infectado la demencia demoníaca. Como consecuencia de los tumultos y disturbios de aquella noche, el pueblo de Remas se había alzado contra el templo de Solkan, y había culpado al sacerdocio de no proteger la ciudad contra la manifestación del Caos. Tardarían décadas antes de que pudieran recuperar su influencia.

El poder y el prestigio del príncipe Gambini habían resultado severamente perjudicados. El fuego que había comenzado en la sala del trono había ardido descontroladamente durante la mayor parte de la noche y había devorado las vigas de soporte del palacete. Como resultado de eso, dos tercios de la estructura habían caído del puente al mar. Los ambiciosos enemigos políticos habían aprovechado la oportunidad para minar la posición de Gambini dentro del gobierno. Al mermar la suerte del príncipe Umberto Gambini, la princesa Juliana Bensario fue llamada por su padre para que regresara a Pavona. Como miembros de su séquito, la princesa contrató a los restantes mercenarios de Manfred Zelten.

Brunner regresó al templo de Morr. Cabía una posibilidad, por leve que fuese, de que el cadáver de Scurio pudiese encontrarse aún debajo del templo subterráneo del culto de Slaanesh. Había necesitado dos horas para hallar el secreto que abría la puerta oculta que conducía al sanctasanctórum de Corvino. En el interior, halló una pequeña cámara sobre cuyo piso yacía el cuerpo de Alfredo Gambini. Pero también descubrió otra cosa, la piel de Scurio, donde aún era visible el tatuaje de la serpiente.

El cazador de recompensas no había perdido ni un instante. Enrolló la mórbida piel como si fuera una manta para meterla dentro de un saco de cuero. Masario quería una prueba de la muerte del asesino; quería que le llevaran la característica marca del criminal. Brunner sólo esperaba que cualquiera que fuese el hechizo que su brujo emplearía para verificar que Scurio había sido el asesino, no atrajera la atención del ser que había consumido al cuerpo del muerto.

La muerte de Zelten le había afectado mucho, pues hacía tiempo que no había tenido un amigo de verdad. El cazarrecompensas se sumergió en sus recuerdos. Manfred Zelten le había recordado muchas cosas que él había apartado de sí mismo. Brunner pensó durante un momento en el joven capitán mercenario. Había demasiados hombres como Zelten y su padre cuyas vidas habían sido destruidas por la traición. Tal vez estaba llegando la hora de que fuesen vengados. Sí, quizá Brunner dejaría tras de sí las riñas políticas de Tilea durante algún tiempo para practicar su oficio en el Imperio o en Bretonia

El cazador de recompensas estaba tan perdido en pensamientos de lugares lejanos y tiempos pasados cuando salió por las grandes puertas de Remas que no reparó en el flaco mendigo viejo de larga barba blanca que lo observó mientras partía. De haberlo hecho, se habría sorprendido al reconocer al mismo mendigo que había echado los huesos para leer su suerte en las calles de Pavona.

El anciano rió entre dientes, en tanto contemplaba la marcha del cazador de recompensas. El asesino a sueldo había sido un peón útil, al igual que lo había sido su niño expósito y aprendiz, Corvino. Siempre era prudente lograr que fuese otro quien hiciera los hechizos más peligrosos. Uno no duraba mucho al servicio del astuto dios que Transmuta las Cosas si no aprendía a no jugarse el propio cuello.

El hechizo necesario para dejar en libertad al Mardagg era con casi total seguridad letal para quien lo invocaba; sacar a su espíritu de dentro del huésped humano era una forma de muerte aún más segura. Por suerte, Corvino había pensado que sería capaz de controlar al demonio. Con que sólo hubiese prestado atención, tal vez el bufoncillo podría haberse dado cuenta de cómo lo estaban utilizando, de que sus ambiciones no significaban nada para los Dioses Oscuros. Todas sus conspiraciones habían sido utilizadas solamente para devolver al Reino del Caos a uno de los más preciados servidores de Khorne, y nada más. Ningún hombre puede usar al Caos, sino que es el Caos quien utiliza a los hombres.

El brujo volvió a mirar a la figura del cazador de recompensas, que se hacía cada vez más pequeña. Esperaba que al hombre le fueran bien las cosas allá donde lo llevaran sus pasos.

—Los Poderes Malignos —profetizó— aún podrían tener una utilidad para ti.

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