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Señor supremo de los No Muertos

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Rise of Nagash stefan kopinski.jpg

En el exterior soplaban vientos tormentosos. Colosales relámpagos iluminaban el negro cielo nocturno. La brillante superficie del Mar Sulfuroso estaba encrespada y de entre las enfermizas aguas emergían gigantescas cabezas reptilianas. En el interior de la gran fortaleza de Nagashizzar seres no muertos se dedicaban lentamente a sus quehaceres, ajenos al mordaz frió del viento, al mortal frío del ambiente, y ajenos a todo excepto al viejo propósito de la tenebrosa voluntad que su señor les había inculcado hacía mucho, mucho tiempo. Nagash estaba sentado en su trono de cráneos humanos, meditando. Apenas tenía consciencia del rugir de la tormenta. Esta zumbaba entre sus pensamientos como el zumbido de un mosquito, sacándole de su ensoñación y devolviéndole a la realidad que le rodeaba.

Lentamente cobró conciencia de su gigantesca sala del trono, cubierta por los huesos de los que habían pedido compasión pero le habían desagradado. Lentamente reconoció los podridos tapices cuyas escenas sólo él, de todos los seres inteligentes, podía recordar. Gradualmente sintió la presencia de las tenues hebras de energía oscura que desprendían las decenas de miles de criaturas no muertas animadas que había a su alrededor. Para la visión del Gran Nigromante, estas hebras eran como pequeñas llamas que ardían continuamente, visibles a través de los kilómetros de roca que rodeaban su torre. Lentamente detectó que una de esas llamas no brillaba de forma estaba. Era brillante, y tenía varios colores, el rojo de la rabia, el ardiente amarillo del miedo el enfermizo púrpura de la avaricia incontenible.

Si el Gran Nigromante hubiera podido sonreír, lo habría hecho. Hacía mucho tiempo que ningún débil mortal había intentado penetrar en su reino. Se preguntó quién podía ser. Era verdad que el Pozo Maldito estaba repleto de oro y joyas que todos los mortales ansiaban. Después de cuatro largos milenios, Nagash no podía entender que veían en esas baratijas. Las gemas y los lingotes de oro durarían mucho más que la carne de los que los codiciaban. Se trataba de una ambición trivial, insensata. Nagash recordó vagamente la riqueza y lo que ésta significaba para los hombres. Recordó el lujo de su palacio en Khemri y el deseo de satisfacer los sentidos. Incluso entonces había sido diferente de la mayoría de los mortales. Nunca había entendido la verdadera atracción por los tesoros del mundo.

Incluso entonces había sabido lo transitoria que era la riqueza y la fama. Entonces ya sabía que la muerte era el mayor ladrón de todos, y que al final siempre robaría todas sus posesiones. Recordó que entonces había jurado engañar a la muerte, y burlar al mayor de todos los ladrones, aunque al final el precio había sido terrible.

Sus recuerdos revolotearon por su mente como un sueño alucinante. Las imágenes iluminaron vivamente sus pensamientos como el fulgor de un relámpago y desaparecieron. Había visto y hecho tantas cosas que no podía recordar ni una décima parte de ellas. Su cerebro se había podrido por el exceso de piedra de disformidad y por haber regresado demasiadas veces desde más allá de la muerte. Sabía que había muchos huecos en sus conocimientos y en sus recuerdos. No estaba seguro de querer recordarlos. Había sufrido muchas derrotas y había triunfado muchas veces a lo largo de su extensa no-vida.

El Ladrón estaba muy cerca. Había penetrado en la gran sala y estaba en la puerta, a más de un kilómetro de distancia, atemorizado por la inmensidad de lo que veía. Nagash observó cómo su aura oscilaba y vio el azul de la resolución dominando al ardiente amarillo del terror. El hombre entró en la habitación, sin saber que la muerte le rondaba. Los recuerdos volvieron a Nagash.

Recordó otro despertar. Recordó salir de un drogado estupor para enfrentarse a su antiguo enemigo, el Rey Alcadizaar. Podía haber sido el momento de su mayor triunfo. Había logrado reanimar un reino entero. El mayor ejército que nunca haya visto el mundo estaba a sus órdenes. En sus garras tenía el poder total. En vez de esto despertó para enfrentarse a la terrible espada que había penetrado su piel, y había causado un dolor atroz en su alma. El triunfo había sido transitorio, como todas las cosas vivas. Dobló su garra metálica, recordando que antaño había sido de carne y hueso. Algunas veces todavía podía sentir el dolor de la amputación, de igual forma que las víctimas de una amputación dicen habitualmente que a veces sienten aún la presencia del miembro amputado.

El ligero sonido del metal sobre la piedra resonó por toda la sala. A Nagash le divirtió la oleada de terror total del intruso. Por unos instantes se preguntó cómo había podido la criatura sortear a los centinelas de la torre. Lo estudió más detenidamente y vio que el humano estaba rodeado de un complicado cascarón de energía.

Nagash estaba curiosamente satisfecho. El humano tenía un talismán lo suficientemente poderoso como para engañar a los sentidos de la mayor parte de sus lacayos No Muertos. Estos eran simplemente incapaces de ver al intruso. El ladrón sostenía en una mano una daga demasiado poderosa para ser empuñada por un mortal normal. Para el Gran Nigromante no era más que un juguete de niño. Satisfecho porque el hombre no llevaba nada que pudiera amenazar su existencia, Nagash decidió dejarlo vivir unos cuantos minutos más. Después de todo, qué podía cambiar en el orden general de las cosas el hacerlo.

El hombre esperó muchos minutos. Permaneció completamente inmóvil, convencido como el conejo ante la serpiente de que la inmovilidad podría salvarle. Nagash casi podía haber tenido piedad de él, si no fuera porque la piedad, como las demás emociones humanas, no era más que un recuerdo ya muy distante. Después de varios minutos la impaciencia del hombre le traicionó y volvió a moverse, haciéndolo muy lentamente, con precaución, atravesando silenciosamente la habitación hasta llegar a pie del gigantesco trono de Nagash. Descansó un instante y miró hacia arriba lleno de esperanza y terror.

Nagash se preguntó brevemente cómo debía verlo el hombre. Era simple curiosidad. Hacía mucho tiempo que había superado la vanidad de la humanidad sobre su aspecto físico. Su forma servía a sus propósitos, y sus propósitos eran causar terror y vivir eternamente. Al fin y al cabo ésta era una de las razones por las que deseaba traer al mundo la gran No Muerte. Cuando todos los seres vivos fueran sus esclavos no vivos, nadie podría amenazarle durante los eones de su larga existencia. Entonces estaría totalmente a salvo del gran ladrón.

Lentamente, paso a paso, el intruso empezó a subir las escaleras. A cada paso, un cráneo humano se deshacía bajo sus pies. Nagash podía ver que el hombre apenas podía contener su miedo, aunque seguía ardiendo. Su avaricia era todavía mayor. El ladrón ya estaba justo frente a Nagash, mirando a la gran figura que medía casi el doble que un hombre normal. Volvió a detenerse, aparentemente dominado por su propia temeridad. A continuación subió al trono e intentó arrancar la enjoyada garra de Nagash de su agostado brazo. Nagash abrió los ojos y miró a la aterrorizada cara del mortal. El hombre gritó, cayó del trono y bajó dando tumbos por las escaleras. El ladrón tenía la habilidad de un acróbata, y bajó rodando para caer sin hacerse daño. Al llegar al pie de las escaleras se incorporó y desenfundó su daga.

Portada La leyenda de Sigmar El Rey Dios por Jon Sullivan Nagash.jpg
Nagash rio suavemente. El sonido salió de su garganta como el susurro de una serpiente venenosa en una tumba del desierto. "Sigmar me proteja", musitó el hombre. Fue el peor momento para decirlo. La mente de Nagash quedó inundada por dolorosos recuerdos. Recuerdos de una de sus mayores derrotas a manos del hombre-dios conocido como Sigmar. En ese enfrentamiento perdió gran parte de su poder y otro largo y doloroso periodo de resurrección. Nagash decidió no perder ni un instante más con el hombre. Volvió la Oscura Mirada contra él.

De los ojos del Gran Nigromante surgieron rayos de Magia Oscura pura, dirigiéndose directamente hacia la encapuchada figura que tenía rente a él. Cuando los rayos alcanzaron al hombre, su piel ennegreció y se agostó, desprendiéndose hasta que el blanco brillo de los huesos empezó a ser visible. La podredumbre progresó rápidamente y las balbuceantes protestas ahogadas en su garganta pasaron a convertirse en un horrible acceso de pus negro que cayó al suelo. Pronto sólo quedó un esqueleto desprovisto de carne. Siguió de pie por pura voluntad durante unos instantes, y después cayó al suelo, mezclándose con los huesos de todos los demás.

Nagash consideró por unos instantes el volver a su larga meditación, pero finalmente disidió que ya había estado demasiado tiempo meditando. Había recuperado gran parte de su fuerza. Tenía muchas cosas que hacer. Lentamente, como un anciano levantándose de su lecho de enfermedad, el Gran Nigromante se levantó de su trono. Reuniendo fuerzas a cada paso, descendió por las escaleras, y atravesó la sala de audiencias, aplastando huesos humanos con cada uno de sus pasos.

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