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El Señor de los Gusanos

Tamurkhan el Señor de los Gusanos portada Tamurkhan El Trono del Caos Forge World

Tamurkhan también conocido como el Señor Gusano, el Hijo del Gran Kurgan, el Señor de las Huestes, el Portador de Desolación y el Favorito de Nurgle, es uno de los más poderosos Campeones de Nurgle que se han alzado en los Desiertos del Caos a lo largo de los siglos. Son muchas las leyendas y mentiras que giran en torno a su persona, muchas de las cuales ya existían mucho antes de que reuniese a su gran horda, en el cumplimiento de una profecía según la cual golpeará como si fuera una garra envenenada al resto del mundo más allá de los Desiertos.

Algunos relatos hablan de él como el milenario heredero del Gran Kurgan, uno de los cuatro hijos, seres poderosos y terribles, que fueron enviados a los cuatro vientos para conquistar el mundo al servicio de los cuatro grandes poderes del Caos. Para otros, no es mas que un montón de alimañas, un cadáver ulcerado que creció en las entrañas desparramadas de los campos de batalla, hinchándose y trasfigurándose bajo la ardiente luz de la eterna batalla en el norte extremo. En cualquier caso, era un arrogante, salvaje y monstruoso Señor de la Guerra, y un verdadero seguidor de la decadencia y la muerte, predestinado como uno de los hijos más favorecidos del Padre Nurgle debido a la carnicería y el sufrimiento que había generado en nombre de su dios.

Como líder de una pútrida banda de acólitos fanáticos y monstruos retorcidos, siendo el infame Dragón Sapo Bubebolos el más poderoso de todos, Tamurkhan levantó por sí mismo un sangriento recorrido en su camino a la victoria, acumulando en torno a él un gran ejército en nombre de su amo.

Tamurkhan

Tamurkhan, que es como se llamaba a sí mismo, no era como otros señores de la guerra y guerreros del Caos,  pues estaba afectado por una horrible mutación, tan abominable como extraña. Fue transformado en una sucia criatura parecida a un gusano del tamaño de un niño humano, con la piel de un podrido gris verdoso, tachonado con brillantes ojos cadavéricos y un hocico en forma de aguja que se abren para revelar filas y filas de dientes afilados como navajas. Más terrible aún que su aspecto era la capacidad de la criatura para abalanzarse sobre un ser humano (o cualquier víctima casi humana) y introducirse profundamente en su carne y devorarlo por dentro, controlando la carne muerta como si fuera una marioneta, y convirtiendo a su víctima en una especie de segunda piel con la que continuar la batalla. Gracias a esto Tamurkhan era casi imparable, y muchos fueron los poderosos enemigos que cayeron ante él. Incluso si el enemigo se las arregla para derrotarlo, la verdadera bestia mostraría su rostro y el eventual vencedor se convertiría en el nuevo y podrido anfitrión de Tamurkhan.

Al comienzo del intento de incursión de Tamurkhan sobre el Viejo Mundo, llevaba puesta la carne de Sargath el Vanidoso, quien una vez fuera un poderoso campeón de Slaanesh, y por el que obtuvo una gran satisfacción al pudrirle lentamente su antaño hermoso cuerpo y corroerle su armadura enjoyada. Este cadáver andante, que ya llevaba habitando durante casi un año, fue destruido en combate singular contra la fuerza bruta y la tosca habilidad del Déspota Ogro Karaka Rompemontañas, solo para que Tamurkhan poseyera poco después la carne y los huesos del Déspota.

Esto posiblemente resultase ser su perdición, pues Tamurkhan nunca antes había experimentado tal fuerza y furia desenfrenada, y aunque el cuerpo continuaba pudriéndose y sufriendo lesiones graves, estos sentimientos no querían abandonarlo. Había algunos que decían, incluso entre los miembros de su propio campamento, que parte de espíritu salvaje del rey ogro todavía habitaba en pútrido cadáver, lo cual preocupó al Señor de los Gusanos, quien al parecer se había vuelto más obtuso y tosco, como el descomunal cuerpo pútrido que lo envolvía.

Historia Editar

La historia de Tamurkhan comienza en el lejano norte como muchas de las sagas del Caos. En el Año del Cuervo durante el sexto ciclo de la Luna Negra según el calendario norse, la tempestad interminable que corona la realidad que los hombres conocen como el Reino del Caos, lucía brillante y con creciente intensidad. A lo largo del norte la tierra se agitó y gimió como si se tratara de un hombre durante una pesadilla; los muertos de antiguas batallas se alzaron de sus sepulcros, y tanto bestias como mujeres fueron inmensamente bendecidas por el toque del Caos en sus nacimientos. Todos los hombres sabían que un tiempo de grandes acontecimientos se acercaba y los rumores sobre naciones destruidas, funestas apariciones, grandes monstruos despertando de su letargo en cuevas y cenagales de inmundicia y hechiceros poseyendo las mentes de aquellos lo suficientemente ingeniosos para atraerlos se expandieron como las llamas por una cosecha. La guerra se acercaba, como lo había hecho incontables veces antes y lo hará incontables veces después, una matanza, digna de los mismísimos Dolgan; famosos por su ferocidad incluso entre los kurgan. Los Chi-An y Kharzags sintieron la llamada en sus huesos y no pudieron resistirse. Guerra por la voluntad de los Dioses del Caos.

Mientras la llamada a las armas hacía eco en sus mentes y almas, algunos se abalanzaron sobre sus congéneres, peleando en sangrientos combates para demostrar su valía a su tribu y sus dioses ante las batallas que estaban por venir. Otros, atormentados por sueños y visiones, buscaron solos, viajando siempre hacía el norte donde el mismo mundo fue desgarrado. De estos oscuros peregrinos algunos encontraron caminos hasta páramos desolados y santuarios de pesadilla donde juraron lealtad y pidieron su favor a uno de los Dioses Oscuros, mientras muchos otros simplemente hallaron la muerte.

Sintiendo el toque del Caos en su más profundo ser y oyendo sus melodiosos susurros de poder y destrucción en igual medida, a lo largo de las tierras del norte muchos campeones exaltados y aspirantes a señores de la guerra se prepararon para la guerra. Para algunos la perspectiva de enfrentarse a enemigos conocidos y resolver antiguas enemistades fue suficiente para estimular su salvajismo y empujarlos a la lucha por su cuenta, mientras que otros, supersticiosos y piadosos en su oscura religión buscaron el favor de los dioses adivinando profecías y convocando demonios para saber donde debían golpear. Los Dioses del Caos son volubles y caprichosos y sus demonios traicioneros. Una respuesta distinta fue dada por cada visitación y augurio, del mismo modo que un diferente camino a la gloria fue iluminado. Sin embargo, dentro de esa cacofonía de mentiras enloquecedoras, verdades a medias y inesperados secretos había nombres y susurros que se repetían una y otra vez- del Gran Elegido aún por levantarse, de Zanbaijin, la Ciudad Caída, la Luna de la Serpiente y el Grial de la Muerte, del Reino de Fuego y Ceniza, y del Trono del Caos con dominio eterno sobre el mundo mortal en su ser demoníaco- una premio listo para ser tomado.

Estas palabras estaban relacionadas con las tierras de los Kurgan donde la leyenda de la meseta maldita de K´datha y las antiguas ruinas de Zanbaijin que la coronaban era bien conocida, hasta el punto que muchos señores de la guerra y poderosos campeones del caos habían sido atraídos por sus gélidas alturas. Aunque se dice que se encuentra en algún lugar hacia el este, K´datha era conocida por moverse y desvanecerse como si se tratara de un espejismo; tal es la naturaleza de los dominios de los poderes ruinosos, hasta el punto de que un guerrero sin el favor de los dioses podía volverse loco o morir de hambre sin siquiera haberla alcanzado aunque flotase en el horizonte ante el. Pero si el poder del Reino del Caos aumentaba la gran meseta maldita de K´datha podría ser alcanzada por cualquiera que se atreviera a escalar las afiladas rocas de sus pasos para dar batalla a la sombra de las antiguas ruinas

Muerte en K´datha Editar

Zanbaijin - la Ciudad Caída - era más vieja que el hombre y había servido durante mucho tiempo como un campo de lucha donde los Dioses del Caos observaban a sus seguidores mortales ganarse su favor en combate. Cuando los campeones y sus ejércitos venían a enfrentarse aquí cada uno esperaba probar su valor y la superioridad de su patrón sobre los otros. Un campeón que obtuviese la victoria quedaría marcado para la grandeza y por tradición ancestral se convertiría en maestro de todos los que hubiera derrotado. Su fama se extendería por las estepas del norte y muchos se unirían bajo su estandarte atraídos por las promesas de la gloria que estaba por venir.

Así pues tres poderosos ejércitos vinieron a hacer la guerra bajo la sombra de los eternos pilares retorcidos de Zanbaijin. Primero llegaron desde el oeste las huestes de armadura de bronce de Hakka el Aesling, sus guerreros con hacha formaban una brutal columna cada uno acompañado por grupos de engendros de Khorne sedientos de sangre y sabuesos con la piel desollada rabiosos en sus correas. Del este vino Sargath el Vanidoso, señor de los caballos de Yurtsak ante el cual los fanáticos seguidores del Dios del Placer se habían sometido. Mientras desde el sur avanzaba la cábala de brujos de Urak Soulbane, maestro hechicero y sacerdote demonio, sobre cuya cabeza giraban buitres con alas de fuego y cuyo poder era tal que podía convertir a la tierra y las simples rocas en un instrumento para matar de forma retorcida a sus enemigos. Aunque su número en comparación con las otras fuerzas era escaso, su capacidad de combate era mortal, siendo los hechiceros y sus fanáticos acólitos capaces de compensar sobradamente su desventaja numérica.

La batalla no tardó en empezar y la matanza fue indescriptible. Por hechizo y espada, fauces de colmillos y garras ardientes, muchas vidas fueron reclamadas y se derramó sangre en abundancia para el placer de un dios. Las fantasmales plazas de la ciudad caída se hicieron eco una vez más del sonido del acero y los gritos agónicos de los moribundos. Hora tras hora, día tras día, las fuerzas chocaron y se separaron al son de la guerra. De las tres fuerzas ninguna obtuvo ventaja, pues mientras la furia de los berserkers de Hakka era insuperable, esta era contenida por los números de la vasta horda de Sargath, quienes se arrojaban sobre las espadas de sus enemigos en una muestra de devoción impía, haciéndolos retroceder solo para ser derrotados por el fuego infernal del ataque de Urak y sus hechiceros cuando la victoria parecía que estaba asegurada. A medida que los cuerpos se apilaban más profundamente en el frío suelo y las lunas pasaban sobre sus cabezas, cada fuerza se desesperaba más por obtener la victoria. En algún momento un gran espectáculo de funesta luz se apoderó de los cielos sobre K´datha; una señal que era al mismo tiempo una muestra del placer de los Dioses del Caos como un faro para atraer como polillas a otros hacia las promesas de gloria. La lucha se desarrolló sin cesar y pronto donde miles habían luchado ahora se batían decenas de miles, siendo las filas de los tres grandes campeones originales engrosadas con señores del caos, hambrientas criaturas y hordas de guerreros del caos.

Cuando Mannslieb murió en el este y la oscura luna Morrslieb ascendió en el cielo, otra hueste apareció en el horizonte, llevando consigo una inmunda miasma de sombra y pestilencia. Al principio pudo atisbarse como una marea de criaturas de pesadilla salidas de las profundidades de las Ciénagas Heladas (una región pantanosa cercana al Mar del Caos); hambrientos trolls biliosos, hombres-gusano y horribles cosas sin nombre que goteaban limo y putrefacción. A la cabeza de esta monstruosa horda estaba un podrido cadáver, que de alguna forma todavía seguía vivo, montando a horcajadas sobre un poderoso dragón sapo, un cadáver que se llamaba a si mismo Tamurkhan el Señor Gusano, sirviente del Dios de la Pestilencia y Padre de todas las Enfermedades; Nurgle.

La llegada del Señor Gusano Editar

Como los otros señores del caos, Tamurkhan había sido atraído a K´datha por las promesas de poder más allá de la imaginación de cualquier mortal. Pero desde el principio el había sido marcado para la gloria de entre los otros cuatro campeones por su dios patrón. En cuanto Tamurkhan hubo emprendido la marcha desde su fétida guarida, el mismo Nurgle envió una oscura y nociva tormenta que aullaba y gritaba ante la espeluznante columna de bestias y mutantes que comandaba, llevando una certeza promesa de muerte y destrucción a aquellos que osaran oponérseles. Mientras la luna menguaba en el cielo nocturno, la horda de Tamurkhan avanzó serpenteando hacia el oeste hasta la maldita K´datha, donde la batalla hacía tiempo que rugía con fuerza. Por el camino siguieron su estela muchos feroces guerreros que le debían lealtad al Padre de las Plagas, quienes sin tener en cuenta sus lazos con su tribu o sus compañeros, estaban devotamente convencidos de que el favor del Padre Nurgle por Tamurkhan estaba claro.

A lo largo y ancho de las tierras del norte, muchos campeones de la decadencia clamaron por unirse a la horda de quién ahora era su nuevo señor, y pronto nombres que ya eran leyenda por la desolación que habían causado; como Kayzk el Podrido, maestro de una orden de podridos caballeros de Nurgle y el jinete de dragón Orthbal Vipergut, acudieron a ofrecer sus inmundas espadas en señal de lealtad. Acompañando a cada gran guerrero de renombre venía también una hueste de guerreros inferiores, bárbaros tribales y despreciables sub-humanos. Tal fue la escala de esta movilización que los Desiertos del Caos quedaron casi despoblados. De entre todos los que se unieron a los harapientos estandartes de Nurgle muchos ya habían sido marcados por su patrón y algunos fueron tan corrompidos por la enfermedad y las mutaciones que difícilmente podría decirse si alguna vez habían sido humanos.

La llegada de Tamurkhan a la meseta maldita de K´datha fue anunciada por oscuros signos y sucesos. Tan pronto como su enmohecida hueste inició el ascenso por los pasos hacia la planicie, los cadáveres que fruto de la lucha ensuciaban Zanbaijin empezaron a convulsionarse y agitarse dotados de una nueva vida. Este fenómeno no fue fruto de la nigromancia, sino de enormes y hinchadas moscas carroñeras que habían comenzado a nacer y multiplicarse en los órganos de los muertos y moribundos. Los temblorosos cadáveres estallaron en un monstruoso enjambre de rabiosas criaturas que oscurecieron los cielos en nubes enfermizas y llenaron la ciudad caída con el murmullo de su batir de alas. Interpretando este suceso como un mal augurio, el culto de brujos de Urak Soulbane; Hechicero de Tzeentch, huyó de Zanbaijin, escupiendo ardientes maldiciones mientras se retiraban. Su maestro había visto la ruina en el caso de que hubieran decidido quedarse y luchar. Pero, a los acérrimos rivales, Sargath y Hakka, la llegada de este nuevo ejército no los persuadió para dejar el combate, incluso cuando los enjambres de hambrientas moscas empezaron a devorar la ciudad entera.

La enferma y asolada hueste de Tamurkhan cayó sobre los dos grandes ejércitos mientras estaban enzarzados en una sangrienta batalla por el control de la plaza principal de la ciudad muerta. La matanza fue inmensa y rápidamente muchas de las partidas de guerra más pequeñas fueron destrozadas o expulsadas del campo de batalla en desorden. Aquellos que no quedaron atrapados entre los ejércitos enfrentados o cegados por la sed de sangre huyeron lo más rápidamente que pudieron antes que arriesgarse a una muerte segura. Solo las fuerzas de Sargath y Hakka siguieron luchando sin vacilación. Cuando la batalla se encontró en su punto culminante los cielos quedaron despejados de repente solo para dar paso a una corrosiva lluvia ácida de gran intensidad. Al contacto con la lluvia la carne de los muertos se petrifico y cayó como cera derretida y las heridas infectadas se agravaron mientras la vanguardia de los tres Señores del Caos chocó en la plaza central. Los feroces y orgullosos corceles de los hostigadores Yurtsak quedaron enlodados mientras tendones de líquido rancio ascendían para ahogarlos en una horrenda masacre, al mismo tiempo que la horda de Tamurkhan se estrellaba contra su flanco con una fuerza demoledora. Ante estas circunstancias los ejércitos combatientes se reagruparon y contraatacaron a este nuevo enemigo.

Los hechiceros subordinados a Sargath respondieron con sus propios encantamientos retorcidos, abrasando a las bestias de la plaga que se aproximaban con olas de brillante energía, así como cegando y engañando a los guerreros con ilusiones de enemigos. Pero todo fue en vano, las desordenadas líneas de jinetes y caballería ligera de Sargath quedaron atrapadas, privados de la ventaja de su movilidad para ser desmenuzados ante el implacable avance de la marea de podredumbre y terror que se cernía sobre ellos, mientras las tropas más poderosas de Sargath; sus malditos, eran cogidos entre la carga de los caballeros del caos de Kayzk el Podrido por un lado y los frenéticos mastines lacerados del ejército de Hakka, que habían enloquecido completamente por la lluvia corrosiva y los enjambres de moscas, por el otro. Viendo que el rumbo de la batalla se tornaba en su contra, Sargath, con su orgullo herido y su rabia desatada ante la perspectiva de la derrota, cargó al frente de sus más selectos Caballeros del Caos contra el corazón de la horda de Tamurkhan, llamando a gritos a aquel que había osado atacar al hijo favorito de Slaanesh.

Con su armadura esmaltada de blanco apenas visible por la sangre y la suciedad, Sargath, cuya habilidad como espadachín era legendaria, se abrió paso por la fuerza de las armas para enfrentarse a su nuevo enemigo. Con su estoque rúnico cortando por igual a través de la armadura oxidada y la carne en descomposición consiguió labrarse un camino para enfrentarse a Tamurkhan directamente en combate singular. Desdeñando arrogantemente a los enemigos que lo rodeaban, Sargath, Príncipe del Caos, dirigió sus insultos sobre la marchita figura que colgaba desparramada sin huesos encima de la descomunal bestia frente a él. El dragón sapo Bubebolos era del tamaño de un torreón y su torso blindado ya había sido hecho jirones y rayado con docenas de heridas que no habían hecho nada para frenar la destrucción que estaba causando. La figura podrida sobre el monstruo escupió sus propias burlas como respuesta y con el menor gesto hizo que Bubebolos se levantara en toda su estatura y abriera sus enormes y apestosas fauces sonrosadas.

El triunfo de Tamurkhan Editar

Incluso cuando el dragón sapo vomitó una indescriptible asquerosidad desde sus fauces abiertas, el inhumanamente ágil Sargath saltó desde la parte trasera de su corcel del Caos y ascendió en el aire mientras meros instantes después su antigua montura se disolvía, entre relinchos de dolor, en un charco de líquido cadavérico. Su salto lo llevó a la misma cabeza de la bestia, posándose sobre uno de sus cuernos incluso mientras su armadura antaño blanca se oxidaba con los inmundos restos del aliento de Bubebolos. Con un grito de triunfo Sargath ascendió balanceándose hasta el jinete del dragón sapo y a una velocidad sin igual su espada rúnica se clavó en el corazón de Tamurkhan. Tamurkhan simplemente sonrió y el aullido de victoria de Sargath enmudeció mientras el marchito cadáver ante él se retorcía, hinchándose y explotando como si se tratara de una abultada fruta para revelar la verdadera forma de Tamurkhan. Una larva del tamaño de un bebé salpicada de limo grisáceo saltó a la garganta de Sargath, penetrando profundamente en su cuerpo. El gordo cuerpo del gusano se retorció y convulsionó obscenamente mientras se abría camino dentro de la caja torácica de Sargath, que había astillado y agrietado, devorando sus órganos y partes vitales internas. El cadáver de Sargath se desplomó en el fétido fango del campo de batalla, y cuando se alzó de nuevo, Bubebolos, exaltado, rugió ensordecedóramente y los sirvientes de la decadencia chillaron y se agitaron en una sombría muestra de felicidad, mientras Tamurkhan, renacido con un nuevo cuerpo, montaba de nuevo su bestia de guerra.

Descorazonados por la derrota de su señor, los jinetes de Sargath cayeron víctimas del miedo, huyendo a toda prisa del combate, siendo cientos de ellos asesinados, atrapados por los psicópatas dementes de las fuerzas de Tamurkhan, fortalecidos por el triunfo de su señor y las incansables espadas de los adoradores Aesling del Dios de la Sangre a sus espaldas. Muchos otros cientos escaparon, clamando por la salvación de sus dios, huyendo a través de las avenidas de columnas e irreales caminos de la Ciudad Caída para perderse irrevocablemente en sus inhóspitos parajes. Ampliamente superado en número y en clara desventaja, Hakka, prometió su alma y la de sus seguidores a Khorne y se abalanzó al frente de su escolta contra el grueso de la bestial vanguardia de Tamurkhan. Ante esta arrolladora demostración de furia salvaje, la línea de batalla de los hijos de Nurgle vaciló pero no se rompió. Mientras la fuerza del enemigo abrumaba cada vez más a sus tropas, Hakka el Aesling fue apartado de sus propios guerreros y a pesar del torbellino de furia de sus hachas gemelas, no tardó en ser destrozado por las garras de los trolls biliosos, su cuerpo despedazado y devorado hasta tal punto que tras la batalla no pudo ser recuperada ninguna parte como trofeo. Con la victoria en manos de Tamurkhan, los cielos fueron rasgados por un enfermizo relámpago verde, seguido de una torrencial lluvia de agua sucia, manchando las ancestrales piedras de Zanbaijin con su inmundicia. Mientras la tormenta barría la tierra un gran trueno rugió en los cielos, llevando consigo los ecos de la terrorífica risa del Padre Nurgle.

Tamurkhan proclamó su victoria a los dioses desde un montículo de cadáveres podridos amontonados, mientras los estandartes de los vencidos eran arrojados a sus pies. Ante su ejército reunido proclamó su nombre y linaje, afirmando ser el hijo retorcido del Gran Kurgan; un mítico campeón del Caos de tiempos remotos, que había regresado para reclamar su macabro derecho a conquistar y asesinar en el nombre de su dios. Rezó al Padre Nurgle por las bendiciones que le había otorgado y anunció su intención de tomar el Trono del Caos para si. Como manda la ley del más fuerte, los jefes de las partidas de guerra y campeones del caos supervivientes le juraron lealtad. Entre ellos había muchos que hasta ese momento se habían considerado enemigos implacables, rivales por el poder temporal y el favor divino, que habrían preferido la muerte antes que hacer causa común. Sin embargo incluso estos degenerados prometieron luchar juntos en el nombre de Tamurkhan el Señor Gusano, acordando dejar sus enemistades aparte siempre y cuando pudiesen obtener victorias y saqueos en las batallas que estaban por venir. Las noticias de la gran victoria de Tamurkhan se extendieron y pronto guerreros de las tribus del norte, asesinos errantes, horrores indescriptibles y cultos hambrientos de poder comenzaron a congregarse bajo su estandarte mientras partía de las ruinas de Zanbaijin ahora convertidas en un matadero y se dirigía de nuevo hacia el norte. La horda crecía cada día mientras atravesaba las estepas hacia las estribaciones de las colinas nevadas de Altayan, el próximo objetivo de Tamurkhan.

La estrategia de los infieles Editar

Tras un ciclo lunar de marcha, la columna de la horda se extendía casi de horizonte a horizonte, sobrevolada por las moscas y cuervos carroñeros como si se tratara de un cadáver en descomposición. Aquellos cuya lealtad era para Tamurkhan viajaban a la cabeza de la gran hueste, mientras que los que guardaban fidelidad a sus propios dioses o simplemente eran leales a si mismos formaban grupos y columnas propias que seguían a la fuerza principal, manteniendo una distancia prudencial, perfectamente conscientes de que la pestilencia de Nurgle no se preocupaba de que carne corrompía. Cuando la luna hubo completado todas sus fases la horda alcanzó las colinas de Altayan; el territorio más o menos definido de los Dolgan, una confederación de fieras tribus de saqueadores y hábiles jinetes (como la mayoría de los Kurgan). En el pasado los Dolgan habían formado una de las naciones más grandes y poderosas del pueblo Kurgan, siendo famosos por su naturaleza rebelde y su odio insular hacia otros norteños. Tamurkhan estaba muy interesado en atraer a estos guerreros hacia su causa, en especial por añadir a su hueste los poderosos mamuts de guerra que eran famosos por montar en el campo de batalla, enormes criaturas capaces de pisotear a legiones enteras de guerreros menores y servir como máquinas de asedio vivientes en caso de necesidad.

El señor supremo de los Dolgan en este momento era el infame hechicero Sayl el Infiel, una criatura deforme y traicionera, cuyos muchos asesinatos, atrocidades y traiciones eran tan famosos como sus poderes como vidente y mago de batalla. Sayl no había hecho oídos sordos a las historias que habían llegado a las tierras de los Dolgan sobre la victoria de Tamurkhan y el favor que los Dioses del Caos mostraban por el Señor Gusano, así como del tamaño de la hueste que había logrado reunir bajo su estandarte. Habiendo previsto la llegada de Tamurkhan escudriñando las entrañas de los sacrificios, el manipulador hechicero no estaba dispuesto a enfrentarse directamente a la horda que se aproximaba, pues si lo hacía había vislumbrado una costosa victoria en el mejor de los casos pero más probablemente una amarga derrota. En cambio Sayl planeó usar de alguna forma la ascendencia de Tamurkhan para su propio beneficio. Despreciado por muchos de los suyos, el poder que Sayl ejercía sobre los Dolgan era débil, acosado desde todos los frentes por multitud de enemigos, tanto de dentro como de fuera de las tribus Dolgan.

Astutamente Sayl usó su influencia para enviar a muchos de los que sospechaba de deslealtad a hostigar y retrasar el avance de la horda de Tamurkhan, condenándolos así a su perdición. Entonces, en vez de enfrentarse a la horda en combate abierto mientras asolaba el corazón del territorio de los Dolgan, Sayl optó por negociar desde una posición de fuerza, buscando claramente unir sus fuerzas con las de Tamurkhan, siempre y cuando resultase más conveniente no hacer un juramento de lealtad, sino limitarse a establecer una relación de camaradería y el seguimiento de una causa común. Tamurkhan quedó satisfecho de que sus objetivos se hubieran cumplido y sus fuerzas no hubieran sido derrochadas para lograrlos.

Al principio Sayl pensó que había sido el más favorecido por el trato pero no tardó en quedar atrapado por su propia red de intrigas, al haber supuesto que la intención de Tamurkhan era liderar a su horda en un devastador y rápido ataque directo contra las tierras del sur (como había sido el objetivo de muchas de las incursiones del Caos previas), lo que le habría permitido compartir la gloria y el botín del saqueo y regresar pronto a la tribu Dolgan como un vencedor, pero pronto habría de comprender que Tamurkhan tenía otros extraños planes en mente. En vez de girar rumbo al sur y al oeste donde se encontraban los ricos premios del Imperio y Kislev, Tamurkhan dirigió a su horda, cuyos efectivos se contaban ahora en decenas de miles con la adición de los Dolgan que Sayl había prometido a la causa, siempre hacia el norte en un errático camino por el duro clima y las áridas tierras llenas de horrores en el mismo borde de la tormenta infernal del mismísimo Reino del Caos. Esto causo consternación entre las filas del recientemente formado ejército y algunos empezaron a susurrar temblorosamente que Tamurkhan buscaba hacer la guerra a los propios Dioses Oscuros. Estos miedos quedaron sin fundamento cuando Tamurkhan dirigió su columna hacia el noreste. Entonces aquellos que sabían algo sobre el Amo de la Plaga adivinaron su verdadero objetivo; Tamurkhan iba al Árbol de los Ahorcados, un lugar de pesadilla y leyenda como ningún otro en los Páramos del Caos.

Al borde de la oscuridad Editar

El Árbol de los Ahorcados era una retorcida y deformada criatura capaz de sentir. Sus enmarañadas ramas eran extensas y se enrollaban sobre si mismas como si se hubieran deformado de dolor, elevándose a gran altura sobre un pantano de agua estancada repleto de plantas trepadores con espinas, permitiendo que fuera visible desde los desolados pasajes de alrededor con una altura mayor que la del campanario de una iglesia. Cosas terribles e indescriptibles habitaban bajo sus ramas, siendo el árbol en si una puerta viviente a los horrores de más allá de este plano de realidad. Se decía que en su interior habitaba una inmunda vieja demonio, rechazada incluso por sus propios congéneres, que podía revelar secretos ocultos y oscuras profecías a aquellos que la complacieran. Sin embargo, aquellos que en su opinión no eran lo suficientemente devotos al Padre Nurgle, terminarían como espeluznantes adornos colgados de las ramas superiores del gran árbol, sirviendo de comida para gusanos y cuervos por igual después de haber sido sometidos a un destino más terrible que lo que cualquier mente sana podría imaginar.

Tamurkhan llevó a su vasta horda hasta el linde de la fétida ciénaga que rodeaba el Árbol de los Ahorcados, el punto desde el cual solo continuarían los seguidores más fanáticos de Nurgle. En solitario, se enfrentó a los mortales caminos que conducían al pie del Árbol de los Ahorcados y traspasó el portal en su interior, dispuesto a hacer frente al ser que se encontraba más allá. Bajo el mando nominal de Kayzk el Podrido, la incipiente hueste de guerra se desplegó a través de las llanuras para esperar el juicio de los dioses, formando campamentos separados, constantemente alerta por sus vecinos, a pesar de luchar juntos por el mismo propósito divino. Pasaron muchos días, y mientras la horda permanecía acampada en las estepas con el umbrío y multicolor resplandor de las tormentas del Reino del Caos sobre sus cabezas en el lejano cielo, sus números continuaron creciendo con guerreros deseosos de entrar en batalla y saborear las recompensas de la victoria. Algunos vinieron de lugares tan lejanos como las tierras de los Gharhar en el norte o los dominios de los Avags en el este, mientras docenas de destacados Campeones del Caos de muchas razas, algunos de más allá de los Desiertos del Caos fueron llevados al campamento por extrañas visiones y promesas susurradas.

A medida que los días pasaban, Sayl, buscando lograr una posición de poder en la horda, envió pequeñas partidas de jinetes Dolgan a cabalgar por las estepas con órdenes de reunir a tantos refuerzos como pudieran y robar la mayor parte de las provisiones que encontraran en la tierra desolada y azotada por el viento donde se hallaban. Pronto los señores de la guerra del ejército mandaron fuerzas de exploración para protegerse de los belicosos Ogros Dragón y otras criaturas malvadas de las montañas cercanas, aunque algunas veces cuando sus exploradores se retrasaban, en vez de considerar que su pérdida se había debido al apetito de los moradores del desierto, sospechaban con razón los unos de los otros. A pesar de estos sucesos, en general, la horda descansó y se hizo más fuerte mientras esperaba el regreso de Tamurkhan. Pero cuando la ausencia de su amo se hubo alargado más de un ciclo lunar, los monstruos y criaturas bestiales del ejército se impacientaron y se volvieron cada vez más hambrientos, con nada más que antiguos aliados para alimentarse. Parecía que la horda se iba a deshacer ella misma mucho antes de haber alcanzado lugares para saquear y por si fuera poco los pozos que habían escavado estaban agotados y habían sido contaminados lo que provocó que muchos sufrieran una ignominiosa muerte por sed.

La marca de Nurgle Editar

Cuando Tamurkhan finalmente regresó de las irreales profundidades del Árbol de los Ahorcados, fue recibido con regocijo por los devotos de Nurgle en la horda, mientras que sus otros integrantes se limitaron a mostrar un cauteloso respeto por el campeón. Tal era la transformación que el Señor Gusano había sufrido que todos podían ver claramente que había sido marcado por los Dioses del Caos. El cuerpo de Sargath, que Tamurkhan había tomado como su nuevo anfitrión, se había descompuesto hasta quedar completamente irreconocible y pronto necesitaría una nueva víctima para el siguiente conflicto. Además había traído consigo manuscritos de poder que contenían los nombres verdaderos de demonios y criaturas monstruosas, así como una urna llenada con las aguas envenenadas del Reino de Nurgle. Al regresar con sus huestes, convocó una reunión de los señores de la guerra y magos más poderosos a sus órdenes y les habló de sus intenciones de tomar el legendario Trono del Caos, que significaba el dominio del mundo mortal con el vencedor triunfante sobre una montaña de cadáveres siendo ascendido a la demonicidad. Haciendo esto, esperaba superar la leyenda de su propio padre, el Gran Kurgan, y aquellos que se unieran a su conquista, obtendrían fama y grandeza y sus hazañas serían cantadas durante miles de años por las tierras del norte. Miles y miles de vidas perecerían bajo sus espadas en alabanza oscura a los Dioses del Caos y sus nombres quedarían grabados en la historia del mundo para los poderes que estaban por venir.

La vieja bruja había dado al señor de la guerra visiones infernales de lo que ocurriría y lo que podría lograrse si perseguía tal propósito; había visto una poderosa hueste del Caos, tan numerosa como un enjambre de langostas, cubrir las montañas y ciudades caídas de los titanes de antaño como si se tratase del contagio de una enfermedad. Había vislumbrado a poderosos gigantes arrodillarse ante él en señal de homenaje y sido testigo de como clamaban su nombre en los fuegos y forjas infernales de Zharr-Naggrund. Con satisfacción, contempló los bosques de incontables cadáveres empalados que quedaban a su paso, praderas verdes y tierras áridas bañadas en sangre y caudalosos ríos bloqueados por los cuerpos hinchados de los caídos. Pero sobre todas las cosas en su oscuro éxtasis vio una gran ciudad de hierro y mármol derruido, con sus muros convertidos en polvo y el fuego corriendo a través de sus calles como el agua en una inundación. Sería aquí donde los cielos se abrirían para él, corrompiendo todo lo que era puro, mientras pus amarilla y repulsivos tumores afloraban en la carne mortal, y su ser era transfigurado en gloria. Aunque nunca había puesto sus ojos en ella, conocía la ciudad por lo que se contaba en las historias de los Kurgan; era una metrópoli que se hallaba en el corazón del territorio del viejo enemigo, el tres veces maldito imperio de Sigmar.

Aunque nadie en la horda, incluido el propio Tamurkhan, había estado nunca en el Imperio, todos habían oído hablar de él en leyendas y historias repetidas hasta la saciedad. Había sido un lugar de grandes y gloriosas batallas durante muchas generaciones, y muchos poderosos campeones se habían labrado su nombre aquí o al menos habían muerto en el intento. Era una tierra de bosques profundos e impresionantes ciudades, que albergaba una civilización de una fuerza y una envergadura que apenas podían ser concebidas por los norteños, para quienes resultaba un completo anatema al tener un estilo de vida nómada, una cultura belicosa y carecer de puntos de referencia cercanos que no fueran antiguas ruinas como Zanbaijin, dispersas por los siempre cambiantes paisajes de los desiertos. Como Tamurkhan sabía, la superioridad numérica y el poder bélico por si solos no habían sido suficientes para aplastar al Imperio en el pasado, pues era un poderoso reino de acero, magia, explosiones de fuego y desoladores castillos. Durante mucho tiempo había resistido el embite de los numerosos enemigos que lo rodeaban.

Sin dar importancia a su propia arrogancia y orgullo, Tamurkhan juzgó que para hacerse con este gran premio para la gloria del Caos, tendría que enfrentarse a los herederos de Sigmar en igualdad de fuerzas. Necesitaría contrarrestar sus fortalezas de recias murallas y altas torres con diabólicas e imparables máquinas de asedio y superar a sus magos de batalla y polvo negro capaz de desatar tormentas de fuego con grandes bestias y enloquecidos demonios para los que tales cosas eran meras distracciones. Entonces las habilidades marciales superiores y la furia desatada de los hijos del Caos se impondrían. De esta forma se cumpliría la voluntad de los Dioses del Caos y el Imperio se ahogaría en su propia sangre. Por lo tanto, Tamurkhan no planeaba llevar a cabo un ataque directo. A diferencia de lo que habían hecho muchos señores del caos no invadiría el Imperio desde su frontera nororiental a través de Kislev y las defensas más fuertes y mejor preparadas del reino. En cambio, como sus visiones predijeron, sus fuerzas viajarían a lo largo de las Montañas de los Lamentos, derrotando a quienes estuvieren en su camino y erigiendo a su paso macabros monumentos a los Dioses del Caos. Desde allí irían a las Tierras Oscuras y unirían fuerzas con los Señores del Fuego de Zharr, para finalmente, cruzar las montañas y desgarrar el Imperio desde el sur, como una daga golpeando el corazón a través del vientre donde la carne es suave y débil. El camino sería largo, pero glorioso en espíritu, batallas y saqueo, y Tamurkhan prometió a los señores reunidos ante él que los débiles perecerían durante la marcha pero los fuertes se harían más fuertes; templados en la batalla y bendecidos por los Dioses Oscuros por las victorias logradas en su nombre y la carnicería que habían causado. Un estruendoso clamor de triunfo y alegría por la gloria que estaba por venir se extendió por la horda cuando los campeones renovaron su juramento de lealtad a Tamurkhan. Solo Sayl, apartado en las sombras, permaneció en silencio; El Infiel tenía sus propios planes.

La marcha a través de las montañas Editar

Hay más fuerzas que gobiernan el mundo mortal, más allá de las leyes ineludibles de la naturaleza y la razón, pues los Vientos de la Magia tienen poder sobre todo, y la magia es Caos. Tan grande era la horda, tan oscuras sus almas y tan terrible su propósito, que las suaves corrientes de magia eran atraídas por ella, tomando forma en sus deseos colectivos. Así el tiempo y la distancia comenzaron a retorcerse y perder sus significado en las áridas tierras montañosas, donde no había más voluntad que la de la horda, y en un solo ciclo lunar lograron recorrer muchos cientos de leguas, dejando desolación y cenizas a su paso y purgando todo resquicio de vida con las bandadas en círculos de buitres atiborrados de carne putrefacta como únicos testigos de su paso. Avanzando a duras penas por el extremo nororiental de las Montañas de los Lamentos; conocido como las Estepas del Este, donde las colinas de color óxido se elevaban por muchas leguas, la horda de Tamurkhan libró su primera batalla de verdad. Los temidos orcos salvajes de la Tribu del Ojo Blanco, brutales y primitivos, enloquecidos por su exposición al polvo de piedra bruja y rechazados incluso por los de su propia especie por su violencia sin sentido, presentaban batalla a la horda.

Sin miedo, a pesar de hallarse en inferioridad numérica, estos descomunales orcos se abalanzaron desde las colinas, con sus hachas de obsidiana en alto, mascullando y rugiendo en su euforia por la batalla, mientras sus jabalíes gruñían y su chamán escupía maldiciones desde detrás de su burda máscara de cobre. La tribu orca y la vanguardia de bárbaros del Caos de Tamurkhan chocaron devastadóramente dando comienzo a la carnicería y el derramamiento de sangre. Afiladas lanzas de hierro negro perforaron la piel de los orcos y nubes de rudimentarias flechas derribaron fila tras fila de furibundos guerreros y asustados caballos cuando la furia de ambos bandos se encontró. Derribados, Gul Grog, el kaudillo de la Tribu del Ojo Blanco y su serpiente alada, cayeron del cielo como un cometa hecho pedazos para estrellarse en el suelo, dejando un rastro de icor fruto del brutal destripamiento provocado por las garras de hierro de Corrasun, el dragón del Caos de Orhbal Vipergut. Con su líder despeñado en las rocas los orcos vacilaron y titubearon, justo cuando Tamurkhan lideraba su columna principal a la refriega.

Como un maremoto, la horda cayó sobre los orcos y los redujo a polvo, convirtiéndose en el primero de los muchos ejércitos que serían destruidos por las huestes del Señor Gusano. La batalla fue ganada y la ejércitos del Caos se alzaron triunfantes sobre los cuerpos de los vencidos. La carne de orco era dura y asquerosa, pero bienvenida para un ejército tan grande y hambriento y las tropas de Tamurkhan derribaron los toscos ídolos de los Dioses Orcos Gemelos Gorko y Morko y levantaron en su lugar impresionantes montañas de huesos coronadas por iconos e ídolos que dedicaban la matanza a los oscuros Dioses del Caos. Después de que la horda hubiese abandonado la región, los acólitos de la plaga de Tamurkhan envenenaron y contaminaron los pozos con su propia inmundicia, asegurando la muerte a aquellos que volvieran beber de ellos.

Desastre en Ashshair Editar

Persiguiendo su objetivo, la gran horda se labro un camino de destrucción a lo largo del flanco oriental de la gran cadena montañosa, viajando más al sur de lo que nadie jamás había visto. Arrasando todos los territorios a los que llegaban, la horda marchaba siempre hacia delante cumpliendo con las exigencias de su inmundo maestro que gritaba ásperas órdenes a sus seguidores desde lo alto de su colosal montura. En algún momento alcanzaron las inhóspitas laderas pobladas de gruesas plantas espinosas de Shem'ash, donde los encorvados y caprinos hombres bestia que las habitaban y sus grotescos parientes minotauros abandonaron sus oscuros hogares y se unieron al ejército de Tamurkhan. Los jefes gor y el chaman del rebaño de estos retorcidos hijos del Caos, que durante mucho tiempo habían sido amargos enemigos de los Reinos Ogros en las montañas de más al sur y el Imperio Celestial al este, ofrecieron su estimable conocimiento del terreno y se dispusieron a acabar con sus viejos enemigos por su nuevo señor, pero los Dioses habían llamado a Tamurkhan y no podía desviarse de su camino.

Aunque los hombres bestia habían pasado a engrosar la horda de Tamurkhan seguían estando dispuestos a aprovechar cualquier oportunidad de aplastar a sus enemigos ancestrales. De esta forma mientras el grueso de la horda avanzaba hacia el sur por las laderas de las montañas, los astados se aliaron con las fuerzas de Sayl el Infiel cuando su columna lateral se separó del resto de las tropas para buscar la Torre de Ashshair, un puesto fronterizo y torre de vigilancia de Catai en mitad de las Montañas de los Lamentos. Durante mucho tiempo Sayl había oído hablar del antiguo poder de los hombres tras el Gran Bastión y estaba ansioso por hacerse con sus secretos. Decidiendo seguir su propio camino por un tiempo, lideraría a sus seguidores en un ataque contra ellos.

La verde torre de jade, hecha más de magia que de piedra, era alta y prácticamente inexpugnable sobre un promontorio de rocas afiladas desde donde controlaba la antigua Ruta de la Seda, que iba desde las puertas del Gran Bastión al sureste a los inhóspitos pasos de montaña de los Reinos Ogros al oeste. Desde aquí los sirvientes del Eterno Emperador Dragón vigilaban el gran camino y se mantenían atentos a señales y presagios de amenazas y calamidades provenientes de tierras lejanas, de tal forma que eran bien conscientes de los terrores que se aproximaban. Los guerreros del este, incondicionales y bajo juramento de espada, se mantuvieron firmes tras las murallas de las fortalezas escalonadas que rodeaban el puesto fronterizo bajo la torre, alineados con cañones de bronce con rugientes bocas talladas y mortales perros del templo y hombres-cuervo de piedra, preparados para desgarrar al enemigo en sus garras de granito. Cauteloso con las artes e ingenios de este desconocido enemigo, Sayl convenció arteramente a los caudillos de los hombres bestia de que comenzaran el asalto con un ataque nocturno, una táctica en la que eran expertos y estaban bien preparados. El Infiel y sus propias fuerzas, que incluían una docena de mamuts de guerra que había sustraído de la columna principal, se mantendrían por su parte en la reserva a la espera de que se abriera una brecha en las defensas enemigas que pudieran explotar.

Desde el principio el ataque fue mal para las fuerzas del Caos. Nada más la salvaje marea de bramantes gors y ungors, minotauros y engendros emergió de la oscuridad, los cielos sobre sus cabezas fueron hendidos por explosiones de centelleante verde y cristalina luz blanca fruto de fuegos artificiales encantados que convirtieron la noche en una ondulante imagen fantasmal donde figuras espectrales se distorsionaban y rugían en una loca exhibición. Las balistas lanzaban racimos de jabalinas de bronce que caían a través de los precipitados hombres bestia, acompañadas por andanada tras andanada de pernos de ballestas que derribaban a cientos en meros instantes. No obstante, la furia de las bestias del Caos no vaciló, y en minutos la bárbara vanguardia, corriendo y galopando con una velocidad excepcional, había alcanzado el muro exterior y espoleados por los látigos y órdenes de sus caudillos y el chamán del rebaño, los más adelantados empezaron a escalar las elevadas murallas del bastión exterior, aferrándose con sus garras y pezuñas gracias al repentino e impresionante crecimiento de retorcidas enredaderas oscuras mutadas por los encantamientos del chamán. Mientras, en la puerta exterior, inmensas górgonas equipadas con múltiples armas golpeaban las puertas con árboles petrificados tan duros como el hierro, solo para desplomarse mutiladas y morir cuando Magos Shugengan de sangre de dragón les lanzaban proyectiles de fuego blanco y ventiscas de peligrosos fragmentos de hielo. Sin prestar atención a sus pérdidas el fervoroso rebaño, siguió presionando y a base de pura furia abrumó las defensas exteriores, derramándose sobre los parapetos como si se tratase de una ola chocando contra un acantilado. Los orientales mantuvieron sus posiciones, a pesar de estar ampliamente superados en número, las banderolas verde esmeralda de su espalda parpadeando por la llamativa luz del cielo y sus espadas largas forjadas a base de mil pliegues del hierro tejiendo una mordaz danza de cortes y estocadas a través de la rugosa carne y las rugientes fauces de las bestias elegidas del Caos. Pero no fue suficiente, y uno por uno los abanderados de Catai cayeron. El complejo fortificado bajo la torre fue tomado, y la manada aulló y clamó por su triunfo, devorando con regocijo la carne de los caídos.

Sayl el Infiel lo veía todo desde lo alto de su mamut de guerra, pero pese a las súplicas de los caciques Dolgan y campeones exaltados que le eran fieles, mantuvo a sus tropas aparte y no atacó. Los guerreros y saqueadores empezaron a enfadarse y murmurar por la gloria que se les negaba, viéndose obligados a observar una victoria que iba a ser lograda por otros; ¡ nada menos que los hombres bestia! Pero aun así tuvieron que obedecer, pues Sayl había prometido que entregaría las almas de cualquiera que lo desafiara a los moradores del abismo y no había quien no sintiera temor ante tales castigos sobrenaturales, así que los Dolgan continuaron donde estaban a regañadientes y no se lanzaron a unirse al ataque. Por algún motivo, Sayl sintió el retorcido tejido de los poderes de la magia tensarse y fue consciente de como los vientos etéreos eran atraídos a un vórtice cada vez más intenso a causa de la sangre que era derramada ante él, dispuestos en un mortal patrón por la gran fuerza de una voluntad ajena a la suya. Repentinamente, en el corazón del sangriento festín de los hombres bestia en las defensas que cubrían el perímetro del pié de la torre, los resplandecientes fantasmas del cielo fueron extinguidos en el negro más profundo, del cual emergió una estrella ardiente y resplandeciente. Desesperados, Sayl y los otros hechiceros del Caos trataron frenéticamente de detener el funesto destino que estaba a punto de precipitarse sobre el campo de batalla, pero no lo consiguieron. Sayl sabía amargamente que incluso aunque tratase de revertir la magia que había sido conjurada, tenía pocas posibilidades de detener aquello que ya estaba en movimiento. El cometa cayó del cielo como un rayo de fuego blanco azulado, con una ardiente runa de magia celestial grabada sobre sus flancos en tenue luz estelar, apreciable para todos aquellos con la capacidad de verla.

Golpeó justo en el centro de las defensas exteriores, con una fuerza que hizo temblar la tierra. El impacto provocó un resplandeciente destello de energía que hizo que incluso los mamuts de guerra corcovearan y gritaran de dolor. Dentro de la fortaleza todo era desolación, con montones de minotauros y hombres bestia incinerados en un solo instante, convertidos en polvo y cenizas, con solo sus sombras esparcidas por las paredes para señalar la inesperada agonía de su muerte. Los miembros supervivientes de la manada quedaron tambaleantes, cegados y en algunos casos ardiendo como consecuencia del impacto del cometa, pero no se les dio ningún respiro y al poco tiempo el enemigo lanzó un funesto contraataque. Extrañas criaturas de piedra líquida empezaron a materializarse y nadar por las paredes de la torre de jade y por el rocoso suelo como si fuera de agua, siendo los hombres bestia su presa.

Rodeados y atrapados, el salvajismo de las criaturas del Caos fue pronto superado y Sayl observó con sombría fascinación con su visión bruja como grandes minotauros eran lanzados al aire bramando e indefensos por estatuas vivas de ónice, con forma de hombre y cuervo al mismo tiempo, o destripados por sus brillantes garras, mientras tropas de infantería frescas con espadas largas y mortales armas de asta brillantes salían de las puertas de la torre y se unían a la refriega. Frustrado porque su premio se estuviera deslizando tan fácilmente de sus manos, Sayl desplegó su poderosa magia enviando maliciosamente vientos huracanados y arcos de luz para provocar al enemigo y dispersar y destruir a sus vengadores alados, pero apenas sirvieron para cubrir la retirada de los hombres bestia supervivientes de las murallas. Con un gesto despectivo de su garra, Sayl ordenó la retirada de la torre, y sus Dolgan, resentidos pero intimidados por el huracán, que ahora se abatía sin cesar sobre la torre, obedecieron.

El Camino Oscuro tomado Editar

La horda de Tamurkhan, el Señor Gusano, no dejó de avanzar hasta llegar a las tierras baldías que bordeaban los Páramos Fantasma; una región objeto de enigmáticas historias. Desoladas estribaciones montañosas y tierras altas prácticamente desérticas de muchas leguas de extensión que flanqueaban el lado oriental de la Tierra de los Titanes del Cielo, zonas de montaña más altas y antiguas que las legendarias Montañas de los Lamentos, que dominaban el horizonte a su alrededor. Estas cumbres, o el Legado de los Titanes del Cielo, aparecían en ciertos textos oscuros del saber del Caos, aunque a lo largo de la historia hayan recibido muchos nombres. Era por aquí por donde Tamurkhan pensaba continuar, esperando encontrar los medios para su futura conquista del Imperio como había visto en las funestas visiones que le habían otorgado en el Reino del Caos. Orgulloso y sin deseos de retrasarse, Tamurkhan recorrería los Páramos Fantasma para alcanzarlas antes, en lugar de aventurarse más al sur hacia los desiertos de oscura arena vitrificada que separaban las montañas del sur del Imperio de Catai, por donde pasaba la Ruta del Marfil, un lugar con múltiples peligros, pero preferible por los sabios a andar en las sombras de las desconocidas colinas.

Los Páramos Fantasma probaron no ser un obstáculo fácil de sortear, pues eran el legado de imperios y malignos reinos que habían sido destrozados en edades pasadas. Aquí los muertos no siempre descansaban en sus lechos y durante la noche florecía una antinatural hierba pálida y brillante que era veneno para toda forma de vida que se rasgara mínimamente con sus hojas fantasmales. Por si fuera poco, la presencia de la gran horda con su estruendoso y devastador paso por las colinas parecía despertar cada peligro y voluntad malévola que yaciera, pareciendo incluso que la misma tierra bajo sus pies se volvía contra ellos. Por primera vez, el ejército tuvo que ralentizar su paso, y fue forzado por el terreno a dividirse en cientos de columnas más pequeñas como los afluentes de un gran río. Su viaje estuvo lleno de fantasmas y siniestros fuegos atisbables en el camino. Profundos pantanos repletos de cadáveres que parecían atrapar y succionar a hombres y caballos por igual como si fueran bestias al acecho y múltiples senderos pequeños llenos de riscos que los conducían al punto de partida. Una extraña niebla de un espesor desesperante se levantaba y volvía a desvanecerse sin orden ni razón y algunas bandas de guerreros y partidas de caza de cientos de combatientes se perdieron sin dejar rastro en los laberintos de roca.

Al poco tiempo un peligro más mundano pero no menos importante empezó a aparecer, pues no se podía encontrar carne o agua que fuese segura de consumir en este desierto maligno. Incluso para los estómagos repletos de enfermedades y plagas de los seguidores de Nurgle, la inanición se convirtió en una amenaza real. Pronto algunos disidentes empezaron a murmurar que Tamurkhan los había llevado a un lugar de hechicería maligna que no comprendía y por si fuera poco las leyendas del Caos narraban sobre monstruosas formas en la niebla, de aspecto deformado coronadas por un ojo ardiente. Contra la creciente discordia en la horda, Tamurkhan y sus lugartenientes instigaron el orden mediante el látigo y sangrientas represalias, sirviendo los débiles y opositores de bienvenido suministro de comida para las muchas bocas hambrientas. Inquebrantable, Tamurkhan forzó la marcha, negándose a estancarse o presentar batalla a un enemigo que no podía ver ni comprender, hasta que los Páramos Fantasma quedaron a sus espaldas y las montañas cubiertas de nieve se alzaron vastas ante ellos. Después de un largo viaje habían llegado al antiguo dominio de los gigantes.

Una hazaña de titanes Editar

La horda, con unas pocas miles de oscuras almas leales menos que antes de atravesar los malditos Páramos Fantasma, inició su camino por los valles altos de las montañas, aguantando los desprendimientos repentinos de rocas y los vientos helados, y alcanzando la Ruta del Marfil en las altas zonas interiores de la región. Siguiendo el camino se dirigieron hacia el sur y el oeste hasta un valle profundo que albergaba las ruinas de una de las legendarias ciudades de los Titanes del Cielo. Aquí, pilares de granito se alzaban tan altos como las montañas de alrededor, los cimientos de ciudades que en el pasado se habían elevado hasta lo alto de los cielos. La naturaleza, exuberante y salvaje, hacía tiempo que se había adueñado de los agrietados pavimentos y escombros que se habían desprendido de los caídos castillos del cielo y la caza de primitivos animales de gran envergadura como rinobueyes, cuernos pétreos, garragors y alces gigantes, así como el agua fresca era abundante. La horda inundó rápidamente el paraje para saquear todo lo que encontraran y disipar la sombra de la sed y el hambre que habían soportado.

El ejército se detuvo por primera vez desde que dejó el Árbol de los Ahorcados y erigió vastas y extensas series de campamentos a la sombra de las gargantuescas ruinas, siendo la primera ocasión que se permitía un tiempo para descansar y recuperarse. Habían viajado miles de leguas en un lapso de tiempo increíblemente corto según los meros cálculos de los mortales, aunque para la voluntad del Caos tales anomalías apenas importaban. Los débiles y los desafortunados habían caído por el camino, y en los elegidos la fe y la fuerza habían prevalecido. Se erigieron grandes altares a los Dioses del Caos, según su deseo e importancia, y se sucedieron celebraciones entre sacrificios, matanzas brutales, morbosidad y depravación como era del agrado de los diferentes patrones de la hueste, mientras los demonios bailaban a la sombra de las hogueras. La llegada de tan poderosa horda, cuyas fuerzas se contaban todavía en decenas de miles, a un territorio salvaje y medio olvidado no pasó inadvertida. Los gigantes aún moraban por aquí más que en ninguna otra parte. Criaturas que se alimentan de hombres, célebres por triturar a sus enemigos hasta destrozar sus huesos y de una estatura tan colosal como la de un campanario aunque de escaso ingenio y gran belicosidad, con un ansia de comida a la zaga de su tamaño.

Los gigantes, cada uno equivalente a cien guerreros, atacaron el perímetro exterior del campamento enemigo, gruñiendo y aplastando a bárbaros tribales y bestiales engendros por igual hasta convertirlos en pulpa sangrienta mientras trozos de mampostería antigua eran arrojados desde los peñascos elevados o rodaban desde las montañas como un jabalí enloquecido a través de un rebaño de ovejas. Las leyendas afirmaban que habían sido los antepasados de los gigantes, más fuertes e inteligentes, quines habían construido las ciudades ahora en ruinas y prosperado en este lugar cuando el mundo era joven, enfrentándose a antiguos imperios que ya no son más que polvo, para finalmente, cuando no eran más que un aislado eco de su gloria pasada, perder para siempre su antaño inconquistable reino a manos de los ogros del este. Por su parte, Tamurkhan tenía sus propios gigantes, mutados y salvajes, vástagos de los riscos montañosos de los Desiertos del Caos, pero eran muy pocos para servir a sus propósitos.

La orden de Tamurkhan fue simple y no admitía desobediencia salvo peligro de muerte; los gigantes que los atacaban no serían asesinados, sino capturados vivos, sin importar si fuese por medio de la hechicería o la fuerza bruta, siempre y cuando fuesen llevados ante él. Con sus seguidores cumpliendo su voluntad, aquellos que no pudo someter por la fuerza los atrapó por otros medios, enviando emisarios (a menudo involuntarios) para tentarlos o coaccionarlos, no con amenazas, pues los gigantes por naturaleza se preocupan poco por tales cosas y solo responden con violencia, pero si con promesas de abundante comida y víctimas vigorosas para saciar sus apetitos así como despojos y botines para saquear de batallas futuras. Otros por contra fueron cebados con cadáveres envenenados con enfermizos filtros por cultistas de Slaanesh, que los drogaron dejándolos tan indefensos como un bebe antes de ser apresados, mientras que algunos escucharon los animalescos cánticos del chaman del rebaño y se perdieron en el insondable sueño de la fiebre negra de la manada. En un ciclo lunar, cerca de cien gigantes habían pasado a formar parte de la horda; algunos se unieron de buena gana, mientras que Tamurkhan tuvo gastar el arcano poder de los rollos que le había regalado la podrida vieja para someter, con cadenas de malvada brujería, a otros a su voluntad.

La horda detenida Editar

El tiempo pronto se convirtió en su enemigo, pues por poderosos que fueran la voluntad y el deseo del ejército, no eran nada comparado con la fuerza primordial de las Montañas de los Lamentos al oeste que debían cruzar, y ahora en los últimos días del año, las montañas ya empezaban a mostrar los preocupantes indicios de un viento fuerte y muy peligroso acercándose al mismo tiempo que la abundante caza disponible se estaba reduciendo ante el hambre de la horda. La Ruta del Marfil hacia el oeste era el camino que la gran hueste debía seguir, y el único accesible teniendo en cuenta sus extensos números. También era una ruta que los obligaría a atravesar los Reinos Ogros y el corazón de reino de Grasientus Dientedoro, soberano de los ogros. Los guerreros y campeones del Caos estaban ansiosos por enfrentarse a un enemigo tan digno y fuerte cuya fama había llegado incluso a los territorios del Caos

Miniatura
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ImágenesEditar

Fuente Editar

  • Tamurkhan: El Trono del Caos.