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Costa Tierras Desoladas por Ralph Horsley.jpg

En la desembocadura del río Reik en el Viejo Mundo, se encuentra una zona pantanosa conocida como las Tierras Desoladas. Este lugar es una "tierra de nadie" entre el Imperio y Bretonia, un lugar disputado durante mucho tiempo entre estas dos naciones, debido a la importancia estratégica que tienen estas tierras, ya que aquí se encuentra Marienburgo y la única salida al mar de las provincias interiores del Imperio.

HistoriaEditar

La Mano Ensangrentada Athel Toralien Altos Elfos Oscuros por Tiernen Trevallion.jpg

Antaño las Tierras Desoladas no merecían ese nombre. Mucho antes de que el hombre llegara al Viejo Mundo, la región de la desembocadura del río Reik estaba cubierta de fértiles pastos y exuberantes bosques, cuyos árboles daban abundantes frutos de innumerables variedades. Los sabios de los Elfos Marinos cuentan cómo esta tierra virgen albergaba numerosos animales que cazaban los habitantes de su nuevo puerto. Manadas de millares de aurochs salvajes, ahora tan escasos en el Viejo Mundo, pastaban apaciblemente. Había tantos que, según las leyendas élficas, un ciego no podía lanzar una flecha al cielo sin dar lugar a un festín para muchos.

Los Enanos también amaban la región y la llamaban Tiwaz-Katalhúyk, "Reposo al Final del Viaje", en los días de su amistad con los Elfos. Excavaban en las montañas y buscaban metales preciosos y gemas en los arroyos, para cambiárselos a los Elfos por obras de exquisita artesanía y materias primas raras de allende los mares. Incluso después de que ambas razas se marcharan, después de su desastrosa guerra, siguió siendo una tierra de promisión.

Sin embargo, cierto tiempo después de la partida de los Elfos y los Enanos y antes de la llegada del hombre, el Caos y el mal se extendieron hasta allí como un cáncer desde el norte y el sur. Los Skavens cavaron túneles como grietas para minar el continente, surgieron de las minas abandonadas y devastaron la superficie. En unas cuantas décadas, la tierra quedó asolada: mataron las manadas, envenenaron las aguas y talaron los bosques. Marchando como alimañas al norte de ese país, se toparon con los Fimir, una raza de gigantes reptilianos que también estaban adecuando la tierra a su propia y abominable naturaleza.

Ejército Fimir por Paul Bonner.JPG

La guerra era inevitable. Cuánto tiempo duró, sólo los Fimir y los Skavens pueden decirlo, y seguro que nadie va a preguntárselo. Los Skavens construyeron grandes castillos para defender sus conquistas y lentamente hicieron retroceder a los Fimir. Finalmente, hubo un cataclismo que diezmó a ambos bandos. Que fuera un último esfuerzo desesperado por parte de los Fimir, un intento de conseguir el triunfo definitivo de los Skavens, o hasta una venganza de la propia tierra, es lo de menos. Grandes oleadas de magia cubrieron la región y la tierra se convulsionó y agrietó. En una noche, los castillos de los Skavens y las fortalezas de los Fimir se derrumbaron cuando la propia roca madre se estremeció, se quebró y se hundió. Sus ejércitos fueron destruidos y sus esbirros aplastados o engullidos. Al alba del día siguiente, sólo quedaba la tierra propiamente dicha, casi despojada de vida y con sus heridas ocultas bajo un sudario de niebla.

Ahora es una región lóbrega donde sólo los más resistentes pueden esperar sobrevivir, no digamos prosperar.

GeografíaEditar

Las Tierras Desoladas se extienden desde el Bosque de Laurelorn al este hasta las Hermanas Blancas y las ciénagas bretonianas al oeste, y desde los límites de los Páramos de los Espejos en la frontera del Imperio hasta las costas del Mar de las Garras. Aunque unas cuantas aldeas y granjas dispersas sobreviven a duras penas aquí y allá, sobre todo a orillas del Reik, la mayoría de la población vive en la ciudad de Marienburgo.

El MarEditar

Barco Manann.jpg

Al norte de las Tierras Desoladas se extiende el Mar de las Garras, cuyas aguas turbulentas son azotadas por feroces tempestades. Como dicen los marineros marienburgueses, sólo "Elfos locos y nórdicos" osan navegarlo en invierno. Entre Mittherbst y Mondstille, las tormentas son tan intensas que sólo los clípers élficos hacen escala en Marienburgo, a menos que el capitán esté borracho, desesperado o loco... o que sea nórdico.

Ya sea debido a las impredecibles evoluciones de Morrslieb, la Luna del Caos, o simplemente a la ira de Manann por algún agravio al océano, el Mar de las Garras también está sujeto a fuertes mareas que han provocado devastadoras inundaciones en Marienburgo en el pasado. Aunque han sido menos frecuentes en los últimos siglos desde la construcción de las grandes bombas de agua por los Enanos bajo el Vloedmuur, el Mar de las Garras todavía causa catástrofes ocasionales, en las que se inunda casi toda la ciudad, salvo las mansiones de los ricos en los islotes más altos.

En la desembocadura del Reik los márgenes se separan formando una gran bahía, el Manaanspoort Zee, que es la huerta de Marienburgo. Centenares de barcos se hacen a la mar todos los días desde el gran puerto para pescar en las aguas rebosantes de abadejos, halibuts y arenques. Los cetáceos también acuden allí a alimentarse, incluida la infrecuente ballena de tridente, consagrada a Manann por la mancha blanca en la cabeza que le da su nombre. También frecuenta la bahía el tiburón de púa gris, más conocido como "El Gatito de Stromfels" por sus hábitos agresivos y su voraz apetito. Igual que el dios prohibido, no distingue entre sus presas, llegando a arrastrar a pescadores incautos de sus barcas cuando se inclinan a recoger la red.

El Manaanspoort Zee también es la arteria principal de Marienburgo, pues por ella circulan millares de buques de todo el Mundo Conocido y más allá, que transportan las mercancías que son el sustento de la ciudad-Estado. La mayoría toma la ruta nordeste a través de la bahía, la más larga, orientándose por el faro de Fuerte Solaz para eludir los arrecifes que se extienden a lo largo de la costa suroccidental desde el Cabo del Corsario hasta Broekwater; pero los más atrevidos o imprudentes se arriesgan a menudo a seguir esta ruta, esperando ganarles algunas horas preciosas a sus competidores. Estos capitanes tan osados corren el riesgo de que su navío se vaya a pique debido a las fuertes corrientes y a los provocadores de naufragios que, con falsas luces de faro, intentan atraerlos a los arrecifes.

Babosa marina verde por Ralph Horsley.jpg
Un banco de arena se eleva suavemente desde el mar por la costa a ambos lados del pantano. Las dunas, frías y azotadas por los vientos, se extienden tierra adentro durante un día de camino; sólo rompen la monotonía parcelas ocasionales de hierba dura, chozas de pescadores o cabañas de ermitaños. Y, sin embargo, un medio tan poco prometedor como éste está rebosante de vida: cerca de la costa hay arenques, gruñones que desovan en la orilla y anguilas de la arena, mientras que la propia playa cobija cangrejos e insectos de todo tipo. Sólo quedan unos cuan- tos grupos pequeños de focas y leones marinos de las enormes manadas que antaño visitaban la costa: en el siglo XVIII ya habían sido casi extinguidas por los cazadores. Un animal que sólo se da en estas costas es la babosa marina verde moteada que, cortada en lonchas y en salmuera, los aristócratas del norte de Bretonia consideran una exquisitez. De todos estos animales se alimentan las innumerables lavanderas y gaviotas, cuyos chillidos lastimeros dan la sensación de que la región está embrujada.

El NorteEditar

La tierra se eleva desde el mar hasta una cresta que marca el comienzo de los vastos páramos que la mayoría asocia con las Tierras Desoladas. Al nordeste de Marienburgo y de los pantanos se extienden las Colinas Quebradas, cuya denominación es muy apropiada. Las colinas onduladas y las vaguadas cenagosas son características de esta región, junto con la hierba corta y dura y las charcas de agua estancada colmadas de aneas. De vez en cuando algún robledal o pinar interrumpe este paisaje, aunque los árboles tienen un aspecto enfermizo y atrofiado. En otoño y primavera, densas brumas cubren a menudo esta zona de las Tierras Desoladas, cuando no son arrastradas por los vientos gélidos que soplan del Mar de las Garras. Las abundantes lluvias invernales convierten las colinas en unas ciénagas en las que pocos se aventuran si pueden evitarlo, mientras que durante el estío el calor húmedo, con el que sólo los mosquitos están a gusto, agobia a los escasos habitantes de la región. Hay muchos, muchísimos mosquitos.

Entre las colinas, los viajeros encuentran grandes macizos de roca que surgen de la tierra como clientes rotos. La mayoría cree que son afloramientos naturales de roca sólida, pero algunos eruditos aseveran que son las ruinas de antiguas civilizaciones y que las extrañas erosiones no son más que señales desvaídas de canteros prehumanos. Muchos de estos lugares tienen una reputación siniestra, y el peor de todos es "la Peña de la Rata", una enorme acumulación de bloques ciclópeos en el límite norte de la Ciénaga Grootscher, en varios de los cuales hay marcas que se parecen de forma inquietante a las de los Skavens. Sea cual sea la verdad, pocos se atreven a acampar a su sombra.

No obstante, los hombres se afanan por sobrevivir incluso en este entorno inhóspito. Las Colinas Quebradas están salpicadas de aldeas y granjas dispersas, cuyos lugareños viven miserablemente de sus exiguas huertas y rebaños de ovejas y vacas esqueléticas. A diferencia de los habitantes de las Tierras Desoladas que moran en la propia ciudad, son gente desconfiada y poco hospitalaria que casi nunca abre la puerta después del anochecer.

En la costa norte sólo hay dos pueblos dignos de mención. El primero es Fuerte Solaz, un pequeño puerto con una población de tan sólo 310 personas, levantado alrededor de un faro en la orilla norte del Manaanspoort Zee. Es un pueblo nuevo, fundado después de la destrucción de Almshoven y su faro en la orilla opuesta durante la última Incursión del Caos. Fuerte Solaz pertenece a la Cámara de Comercio de las Tierras Desoladas y su gobernador es un funcionario de ella. A menudo, los buques que llegan a la Bahía de Manaanspoort al anochecer hacen una escala allí antes de recorrer el último trecho hasta Marienburgo o, más raramente, si piensan pasarla por alto para dirigirse directamente a Norsca y Kislev. Fuerte Solaz no dispone más que de los servicios más básicos, y la mercancía que no va destinada a la ciudad-Estado está sometida a cuantiosos aranceles, ya que el Directorio prefiere que toda la mercancía pase por Marienburgo.

En el extremo norte de las Colinas Quebradas, al final de un sendero lleno de socavones llamado pomposamente "Antiguo Camino del Norte", se encuentra la ciudad fronteriza de Aamau, sede de la última casa nobiliaria de las Tierras Desoladas, los van Buuren. Este pueblo de 4000 habitantes se toma en serio su papel autoimpuesto de guardián de la independencia de las Tierras Desoladas, aunque la amenaza contra la que la defienden es un misterio que los marienburgueses se toman a chanza, puesto que los Elfos de Laurelorn se ocupan de sus propios asuntos y no es muy probable que el Imperio invada este rincón apartado del Viejo Mundo. Sin embargo, la milicia de 150 hombres realiza sus ejercicios cada dos Festags en el césped comunal bajo la mirada atenta del Barón Martinus van Buuren y ante los niños entusiasmados. El viejo excéntrico ha gastado tanto dinero en uniformes y pertrechos a lo largo de los años que a los hombres de Aamau se les conoce como "los Pavos Reales de las Tierras Desoladas", aunque nadie que los haya visto luchar contra las bandas de Fimir en el norte de las Colinas Quebradas se atreverá a decírselo a la cara.

Un camino empedrado atraviesa las Colinas Quebradas, el Camino de Middenheim, que es la principal vía terrestre entre Marienburgo y el Imperio. Aparte de la Casa de Peaje de Wouduin en las lindes del bosque de Laurelorn y de algunas posadas separadas entre sí una jornada de viaje en carruaje, el Camino de Middenheim es tan solitario que los cocheros sensatos procuran abreviar sus recorridos por él todo lo posible. En las colinas se esconden proscritos, bandoleros y cosas peores, así que no es seguro viajar por esta desolación.

El SurEditar

Al sur de Marienburgo y de las marismas, se abre paso el ancho y sinuoso río Reik, la otra arteria de la ciudad, igual en importancia a la Bahía de Manaanspoort. Por él navegan los barcos mercantes que provienen del interior del Viejo Mundo o van hacia él. La ruta fluvial es más rápida y segura que ninguna vía terrestre, por lo que los aristócratas sibaritas y las pujantes clases medias del Imperio hasta Kislev dependen de ella para importar los mejores productos, igual que los mercaderes de Marienburgo para recibir coronas imperiales y rublos kislevitas.

En las llanuras aluviales del río es donde se encuentran las mayores concentraciones de población aparte de la propia ciudad. Varios pueblos pequeños y posadas beben de sus orillas; el mayor de ellos es Kalkaat (625 habitantes) y Leydenhoven (510). Los habitantes de estas poblaciones se parecen más a sus primos marienburgueses, ya que están más acostumbrados a ver extranjeros y a hospedarlos. Aunque la Guardia Fluvial de las Tierras Desoladas patrulla regularmente el Reik, hay pequeñas bandas de piratas que asaltan las embarcaciones fluviales y luego se mezclan rápidamente con la población. Los contrabandistas también prefieren la ruta del Reik, ya que pueden esconder las mercancías ilegales entre las toneladas de cargamento lícito que pasan todos los días.

Entre el río y los Páramos Amargos se encuentra el Kleinland ("Pequeño País”), un brezal casi agradable que más que nada se utiliza para el pastoreo: la excelente lana que se produce allí es uno de los pocos productos autóctonos que exportan las Tierras Desoladas. Pero, incluso aquí, los lugareños mantienen las lanzas afiladas y las murallas de los pueblos en buen estado, porque pieles verdes y otros seres a veces hacen incursiones desde las montañas, mientras que en los propios páramos se dice que hay grandes castillos de Fimir y valles donde el Caos y los mutantes son los dueños y señores. O eso les cuentan a los viajeros dispuestos a pagar una ronda o dos de cerveza en la taberna del lugar.

El pueblo de Halsdorph fue próspero en el pasado, pues sus fértiles tierras y sus finas labores de encaje atraían a los mercaderes que pasaban por el camino de Gisoreux en busca de más beneficios y de un sitio donde pernoctar. Pero eso fue antes de la ”Noche del Terror”, cuando la tierra tembló y se hundió, y el pantano se tragó los mejores campos. Ahora el pueblo agoniza, pues hay pocos visitantes que quieran ir a un lugar tan deprimente, y los lugareños que quedan (sólo 133) viven inquietos, atenazados por pesadillas de la cercana "Ciénaga del Demonio". El propio Directorio ignora el arruinado Halsdorph, y rara vez se molesta en enviar allí ni siquiera recaudadores de impuestos.

Entre el Pequeño País y los Páramos Amargos discurre una ancha calzada desde Marienburgo a la ciudad bretoniana de Gisoreux, con la que muchos de los habitantes de Klessen (posee 422 en total) se ganan la vida ofreciendo alojamiento y comida a los viajeros que pasan en una u otra dirección. Siguiendo el camino de Gisoreux al suroeste a través de los campos desolados más allá del deteriorado poste indicador del camino de Halsdorph, el viajero llegará tarde o temprano a las estribaciones de las Hermanas Blancas y de las Montañas Grises que flanquean el Desfiladero del Ois, la principal ruta terrestre a Bretonia. Aparte del pueblo minero de Erlach, las estribaciones están habitadas solamente por unos cuantos pastores solitarios, buscadores de oro optimistas, ermitaños y salteadores harapientos. Las colinas y montañas están salpicadas de minas casi agotadas, algunas todavía en explotación por los Enanos, pero la mayoría abandonadas hace tiempo.

Colinas Quebradas por Ralph Horsley Sendero.jpg

En medio del Desfiladero, en el puente sobre el río Ois, se encuentra Fuerte Bergbres, un antiguo castillo imperial ahora administrado conjuntamente por el Directorio de Marienburgo y agentes designados por el Duque de Gisoreux. En él viven 225 personas y sirve de lugar de descanso y puesto de abastecimiento para los que se disponen a emprender el largo trayecto a través de los Páramos Amargos o para los que acaban de cruzarlo. Hay un gran equipo de recaudadores y vigilantes de caminos para evitar el contrabando y proteger a los viajeros contra los peligros agazapados en las colinas, o, al menos, esa es la teoría. Fuerte Bergbres es más conocido como "Fuerte Soborno", ya que cualquier trámite requiere una "propina" en florines o sous de oro bretoniano al oficial correspondiente. Los mercaderes remisos a esta práctica pronto se ven sepultados bajo una montaña de papeleo y sometidos a inspecciones desesperantemente lentas. La mayoría sólo pasan por ello una vez y a partir de entonces pagan sin rechistar y les endosan el gasto extra a los clientes.

Al noroeste del camino de Gisoreux se extienden los Páramos Amargos, un vasto yermo que llega hasta la frontera de Bretonia. Nada útil crece en esta tierra envenenada, y está todavía más despoblada que las Colinas Quebradas, si es que eso es posible. Hasta los contrabandistas son reticentes a atravesar su interior, pues muchos de los riachuelos que descienden de las Hermanas Blancas son hediondos y están contaminados por restos de las minas, o quizá por los Fimir o Skavens. Las nieblas se las arreglan para desorientar a los viajeros y extraviarlos por caminos que no llevan a ninguna parte. Sólo las liebres y los linces abundan allí, además de los cuervos que se comen a los muertos y moribundos.

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FuenteEditar

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