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Soldados del imperio emboscados.jpg

La lluvia parecía estar acorde con la atmósfera de aquel día, que iba a ser el último de su vida. El amanecer derramaba una luz mortecina sobre las Marismas Enfermizas y Leopold von Stroheim, ex general del Emperador Karl Franz, sabía bien que los sueños de conquista se habían terminado para él. Ya no se consideraba un Conde Elector: ahora tan solo era un espadachín a sueldo. Así se lo había hecho ver Lord Ravenbrandt cuando este utilizó su influencia en la corte para hacerlo volver de la provincia de nueva creación de Neuland, en Albión. Desde entonces, su suerte en temas políticos había caído en picado. Ya no era bienvenido en la corte de la Segunda Casa de Wilhelm y tanto sus amigos como sus aliados se habían desvanecido como la niebla matinal. Finalmente, iba a terminar su carrera en aquellas marismas desoladas bajo el agua de la lluvia.

Se detuvo para beber un trago de su cantimplora y disfrutó del calor ardiente del coñac tileano que le iba quemando la garganta. Era temprano para empezar a beber, pero después de haber escuchado las noticias de los exploradores, sabía que el licor se arruinaría si no se lo bebía ahora. Los pocos hombres que había conseguido salvar del ejército del Príncipe Lorenzo tras el desastre de Miragliano se amontonaban temblorosos alrededor de las hogueras crepitantes, mirando nerviosamente había el horizonte. Menos de cien habían logrado sobrevivir a las batallas que siguieron a la caída de la ciudad y los hombres rata los habían perseguido desde entonces, hasta llegar a aquel páramo al borde de las Marismas Enfermizas. Los sacerdotes guerreros pasaban entre los demás soldados ofreciendo plegarias y escuchado confesiones. Hasta ellos eran conscientes de que estaban perdidos.

De repente, se oyó un grito procedente de los piquetes, así que tapó la cantimplora y se dirigió a toda prisa hacia su montura acorazada. Leopolf se subió a la silla y fue al galope al encuentro de su guardia personal de caballeros del lobo blanco. Su caballo tenía las orejas bien apretadas contra el cráneo por el miedo y él lo comprendía perfectamente. Hasta hacía poco no había llegado siquiera a creer en la existencia de las criaturas rata; quizá el Barón Loco de Averland no estuviera tan loco después de todo. Tenía la garganta seca y echó otro trago de coñac, tras lo cual pasó la cantimplora a los caballeros mientras él observaba cómo el enemigo surgía de entre la niebla malsana delante de ellos. Los estandartes andrajosos ondeaban por encima de un mar de piel peluda y sarnosa que se extendía hasta donde la vista lograba alcanzar. Por Sigmar, ¿es que no se acaban nunca? El apestante olor de aquellas criaturas llegaban hasta donde él se encontraba, al igual que sus chillidos monstruosos. De repente, sintió un escalofrió por la columna vertebral motivado por el tenebrosos repicar de una campana que solo presagiaba la destrucción. Leopold desenvainó la espada y gritó: "¡Hombres del Imperio, hoy nos enfrentamos a la muerte, pero somos hombres valientes y, aunque se lleven nuestras vidas, nunca nos vencerán! ¡Adelante!.

Leopold von Stroheim espoleó a su caballo y se lanzo a la carga al frente de su ejército, la ultima carga de su vida.

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