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Un Último Desafío

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La línea de los enanos se encontró con un clamor que sacudió el valle en las tierras del norte. Al mismo tiempo, el auge de las canciones de guerra de los enanos se fundió con los crueles gritos de los acorazados guerreros del Caos. El entrechocar de gromril y acero y los primeros gritos de los heridos resonaron poco después.

Be'lakor lo observaba todo desde la cima del Trono Magewrath, y siseó de regocijo y diversión. De entre todas las criaturas mortales, los Enanos se encontraban entre las razas que más le gustaba torturar. Pocas criaturas tenían un orgullo tan deleznable como los Hijos de Grungni, que se negaban a reconocer el terror que Be'lakor evocaba incluso mientras consumía la voluntad de luchar de estos.

El Príncipe Demonio no era consciente de cómo los Enanos se habían percatado de sus ansias de alzar su trono, de liberar las magias que lo unían a su antigua gloria. Pero no obstante, estaba complacido de que hubieran venido. Be'lakor sabía que Archaón requeriría pronto su presencia una vez más, y disfrutó de la oportunidad de dar rienda suelta a una malevolencia de su elección.

Con una risa gutural, el Príncipe Demonio recurrió a la magia oculta en su aguilera de cráneos. A la vez, las sombras del fondo del valle volvieron a la vida. Algunas se arrastraban a través de praderas marchitas como zarcillos que parpadeaban, aferrándose a los pies de los Enanos, sujetando a las rechonchas criaturas con rapidez mientras las hachas de los norteños se cernían sobre ellos. Otras se convirtieron en nubes vaporosas que se filtraban por las ranuras de los cascos y asfixiaban a sus víctimas. Los Enanos soltaban sus armas y se aferraban inútilmente a sus gargantas, con sus pulmones devastados, en busca del aire que no vendría. Cuando las sombras dieron en el blanco, el goteo de terror se convirtió en inundación, y Be'lakor bebió de él como si se tratara del más suculento de los vinos. Podía sentir el creciente pánico, cómo sus articulaciones quedaban entumecidas y sus movimientos ralentizados mientras el temor se asentaba. Sin embargo Be'lakor vio la brillante chispa de un alma desafiante entre la creciente oscuridad. Mientras se consumía en una ira de indignación, decidido a matar a aquel desgraciado él mismo.

El sonido de las armas de fuego petardeaba mientras Be'lakor cruzaba el campo de batalla, pero las pesadas balas atravesaban su forma intangible sin suponer peligro alguno, dejando a su paso espirales de humo. Como respuesta, el Príncipe Demonio invocó una gran guadaña de sombras y la envió dando vueltas hacia la formación de Atronadores. Una docena de enanos cayeron muertos mientras el filo pasaba a través de ellos, sin dejar marca en sus cuerpos, pero dejándolos el rostro helado en una mueca de terror.

Con un batir de alas, Be'lakor aterrizó detrás de la presa elegida, un necio de barba roja que se había dirigido a la batalla desnudo a excepción de sus tatuajes. No hubo sonido que anunciara su llegada, pero el enano era consciente de ello. Blandió su hacha hacia el demonio, haciendo que se desprendiera la calavera de un guerrero del Caos con un reguero de sangre, giró sobre sus talones y arremetió contra el Príncipe Demonio. Las runas inscritas en el filo del hacha brillaron de color azul al tiempo que la hoja tocaba al ondeante Be'lakor, y el Príncipe Demonio rugió de repentino dolor. Su contraataque hubiese destripado al enano, solo tenía que tocarlo, pero el Matador había previsto el ataque y se apartó de la trayectoria de la cuchilla.

El enano ahora se reía, haciendo afirmaciones inverosímiles acerca de la paternidad del Príncipe Demonio, y menospreciando y empobreciendo sus habilidades. Los insultos le importaban bien poco a Be'lakor, pero que el enano continuara desafiándolo ya era otra cosa. El Príncipe Demonio pudo sentir a los guerreros cercanos tomando ejemplo del valor de su compañero - un malestar que no debía permitirse.

Mientras el Matador volteaba su hacha una vez más, Be'lakor detuvo el golpe del enano con su propia espada e imploró que volvieran a la vida las sombras de su espada demoníaca. Salieron todas al mismo tiempo, sudando desde la espada para aferrarse a la hoja del hacha, bloqueándolo con un agarre irrompible. Así, cuando Be'lakor hizo un barrido con su espada y arrancó el hacha de las manos del Matador, dejándolo indefenso ante el Demonio. Incluso entonces, el Enano no perdió su valor, sino que se impulsó hacia delante con los puños apretados. Un momento después, murió tan desafiante como había vivido, con la espada de Be'lakor punzando y atravesando su vientre.

Expulsaba vapor mientras su sangre serpenteaba hasta el suelo. El Matador soltó un último gemido involuntario, para luego caer. Al mismo tiempo, la valentía despertada por el desafío con el Matador fue sofocado como la llama de un candil bajo el océano. Be'lakor profirió una risa salvaje, y alzó el vuelo en busca de presas frescas. Sin embargo, quedaba tiempo para un poco más de tormento, antes de que el Elegido lo convocara.

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