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Una Alianza Perversa

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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos.jpg

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos.jpg

Rostro vampiro.jpg

Mientras caía el invierno sobre la tierra de Sylvania y los presagios de condenación se hacían más y más presentes en los cielos, Mannfred von Carstein se dio cuenta lentamente de la presencia de un intruso en su reino.

Durante varias semanas, los espías del Señor de Sylvania habían enviado susurros sobre una gran batalla en los bordes de Bretonia, una batalla en la que las fuerzas no-muertas lideradas por el hijo bastardo de Louen Leoncoeur, Mallobaude, habían hecho sangrar tanto al ejército de su padre como al de Athel Loren. Finalmente, Mallobaude había sido derrotado, y muchos de los nigromantes adheridos a su causa habían huido a través de las montañas, moviéndose ocultos por los bosques del Imperio hacia la oscuridad de Sylvania. La mayoría carecía del talento para quebrar las murallas de hueso que se alzaban en la frontera, pero Mannfred había puesto rápidamente a los supervivientes a su servicio. Al menos, su llegada había informado al vampiro de una cuestión vital: el muro de fe de Gelt sólo funcionaba en una dirección. Se trataba de una obra genial que Mannfred podría haber apreciado en otras circunstancias, pues era una combinación perfecta de trampa y señuelo, y el vampiro sentía deseos de elogiar a Gelt por su trabajo antes de desgarrar su garganta.

Sin embargo, el nuevo intruso no era como los otros nigromantes vagabundos que habían entrado en el territorio de Mannfred. No había mostrado ningún interés en anunciar su presencia al Señor de Sylvania y tampoco había tratado de ofrecer su lealtad, como hicieran los otros. El vampiro podía sentir un desafío en el aire y se movió con presteza para afrontarlo. Tras invertir muchas semanas en intentos infructuosos de derribar el muro de fe, dio la bienvenida a la distracción que suponía aquel enfrentamiento.

Mannfred viajó rápidamente hacia el Sur a las riendas de un corcel de hueso y magia negra. No hizo ningún esfuerzo para ocultar su avance. Aquel no era momento para sutilezas que fácilmente podrían interpretarse como muestras de cautela, u otro tipo de fragilidad de propósito. El Señor de Sylvania envió lobos y murciélagos para vigilar el camino del intruso, pero cada vez que los ojos de tales esbirros avistaban a su presa, el control del vampiro sobre las criaturas se desvanecía. Mannfred estaba ahora lo suficientemente cerca como para sentir la formidable voluntad del intruso apiñándose contra la suya. Habían pasado muchas décadas desde que se había enfrentado a un adversario tan digno.

Un día después, Mannfred y su oponente se encontraron sobre el puente de Valsborg. Los dos iban solos. Ambos consideraron que avanzar al frente de un ejército habría sido interpretado como un síntoma de debilidad, y sabían que las poco profundas tumbas de Sylvania ofrecerían guerreros suficientes si era necesario. El intruso aguardó en el centro del puente, ondeando su capucha en la lánguida brisa. Alzándose sobre su silla, el Señor de Sylvania exigió que el intruso se postrase. El otro no se movió, pero el eco de su risa seca resonó a lo largo del fétido río. No había venido, dijo la figura, a hincar su rodilla, sino a reclamar reliquias que eran suyas por derecho: una corona, una mano cercenada y siete libros escritos con sangre. Mannfred conocía bien aquellos artefactos; de hecho, se había servido de su poder para traer oscuridad eterna a Sylvania, y quiso saber por qué debería entregarlos.

Nagash debe alzarse, entonó la figura. A continuación recordó al vampiro que el Señor de los No-Muertos era generoso con aquellos que lo servían con lealtad y eficacia. Había un lugar que reclamar a su lado, si es que el vampiro tenía el valor suficiente para reclamarlo.

En aquel momento, Mannfred supo a quién se estaba enfrentando, pues ningún otro salvo Arkhan el Negro, primero de los Nueve Señores Oscuros, tendría la audacia de acometer semejante misión. Mannfred sospechaba ahora el camino que tomaría el futuro, y le gustaba más bien poco. Él pretendía extender la oscuridad de Sylvania a todos los rincones del mundo, mas ¿qué motivo habría para tal empresa si otro gobernaba aquel paraíso en su lugar? Aquello no podía permitirse. Con un grito, el vampiro golpeó al liche con un rayo de retorcida sombra. Mas cuando se dispersó la maraña de oscuridad, Arkhan seguía de pie, y los ecos de su risa hueca resonaron otra vez a lo largo del río.

Así se convirtió el puente de Valsborg en el escenario de un duelo mágico de grandes proporciones. Durante horas, vampiro y liche combatieron con hechizos y contrahechizos, ambos afanándose por encontrar una debilidad en las defensas del otro. La hierba negra y pegajosa de las praderas a las orillas del río fue levantada a medida que los muertos inquietos eran llamados al servicio de uno u otro maestro oscuro. Aunque habrían estado igualados en un terreno neutral, aquello era Sylvania y Mannfred su maestro - o así parecía. Si bien Arkhan golpeaba con fuerza las defensas del vampiro, no podía atravesarlas, y se veía bastante presionado para contrarrestar los hechizos del propio Mannfred. Los decadentes guerreros que luchaban en el fango empalagoso estaban bastante igualados en número, pero Mannfred invocó a lobos negros desde la distante línea de árboles y a murciélagos del cielo sombrío, y estos desgarraron a las cadavéricas marionetas de Arkhan con garras y colmillos. Arkhan canalizó más magia hacia sus achacosos esbirros, pero sus propias defensas se estaban desmoronando. Viendo hundirse a su enemigo, Mannfred dejó escapar un poderoso alarido de victoria y comenzó a entonar las sílabas guturales de otro hechizo.
Mannfred 2.jpg

Mannfred von Carstein, Conde de Sylvania

Sin previo aviso, un haz de luz solar irrumpió por entre las nubes y alumbró el puente entre el vampiro y el liche. De golpe, Mannfred se dio cuenta de que su victoria no le reportaría más que un desastre. En su esfuerzo por destruir a su oponente, de forma inconsciente el vampiro había recurrido a la misma magia que sostenía los encantamientos de Sylvania. Si continuaba así, el trabajo de décadas se vería arruinado, pero si no lo hacía, ¿tendría el poder suficiente para vencer a Arkhan?

Mannfred dejó que se disiparan las energías de su hechizo asesino, y deshechó a sus alzadas legiones con un gesto de su mano. Mientras los cielos oscuros se recomponían para ahogar de nuevo la luz del sol, el Señor de Sylvania acordó una tregua con Arkhan el Negro. Si la victoria en aquel día encubría una debacle en el siguiente, o así estimó el vampiro, quizás una falsa derrota podría reportar un futuro de abundancia. Nagash era un individuo de gran poder, pero Mannfred se había pasado siglos aprendiendo a someter el poder a su voluntad; no sería diferente en aquella ocasión.

Arkhan vio con claridad las intenciones de Mannfred, pero accedió a la tregua igualmente. Que el Señor de Sylvania se creyera el maestro si quería; al liche no le preocupaba. El vampiro, como todos los de su linaje, no era sino un esqueje bastardo de una antigua y gloriosa dinastía; no sabía lo que era el poder de verdad.

Pero pronto lo aprendería.

Nota: Leer antes de continuar - Un acuerdo peligroso

Cuando los incómodos aliados llegaron a las sombrías torres del Castillo Sternieste, muchos de los más allegados a Mannfred se sorprendieron al ver lo servicial que se mostraba su maestro con aquel invitado inoportuno, pero los de ingenio más agudo pronto comprendieron lo que sucedía de verdad. Mannfred dispensaba todas las cortesías a Arkhan porque sabía bien que la línea entre aliado y enemigo era increíblemente fina, y podía ser cruzada como consecuencia del más pequeño de los actos. Cuantas más vueltas daba Mannfred a la idea de revivir a Nagash y someter al nigromante supremo a su voluntad, más ansiaba el inmenso poder que aquello le reportaría. Mientras tanto, Arkhan no sería sino una adversidad necesaria, y el Señor de Sylvania no deseaba comprometer su cooperación.

En cualquier circunstancia, el liche se mantenía vigilante. Orgulloso y manipulador como era Mannfred, sabía que Arkhan era una criatura mucho más antigua y con más recursos que él. La sabiduría dictaba que el Señor de Sylvania permaneciera alerta ante una posible traición. Así, en aquellos fugaces momentos en los que Mannfred no se encontraba al lado de su huésped, disponía siempre de murciélagos o esbirros espectrales a través de los cuales el vampiro mantenía una cuidadosa vigilancia. Arkhan no hizo ningún intento de cegar a aquellos espías; él también necesitaba la colaboración de su aliado y, por el momento, se contentaba con permitir que el vampiro jugara a sus juegos.

En ningún momento trató Arkhan, ni hizo ademán de intentarlo, sacar las reliquias de las mazmorras de Sternieste. Los artefactos serían necesarios para restaurar a Nagash, o así afirmaba el liche, y mientras tanto no podía concebir un mejor uso para ellos que asegurar la condición de Sylvania como tierra más allá del alcance de mortales entrometidos. Sin embargo, sí solicitó ver las reliquias y, tras considerarlo, Mannfred lo condujo a las mohosas profundidades del castillo.

Nueve prisioneros permanecían sujetos a las paredes, cada uno encadenado a un gran atril de hierro negro. Siete de los atriles contenían tesoros por los que Arkhan había viajado muy lejos: los libros perdidos de Nagash. Largo tiempo había pasado desde que tantos de aquellos tomos marchitos habían sido reunidos, y el aire mohoso de la cámara resonaba con su poder apenas contenido. Una corona mellada descansaba en el mismo centro de la habitación; sus gemas brillaban de forma oscura aunque apenas había luz que pudieran reflejar. Aquella era la infame Corona de la Hechicería, rescatada al fin de las cámaras de Altdorf, esperando a que su dueño legítimo la reclamase.

En el suelo, alrededor de la corona, discurría una serie de ranuras profundas. Estaban incrustadas de un rico oro que resultaba apenas visible bajo la sangre que latía y fluía sobre el mismo. Aquellas líneas escarlatas no parecían seguir un patrón evidente, ni tampoco una agradable simetría ni un diseño artístico. Solo desde la distancia podía el observador identificar la verdadera forma que describían. Aquello era un mapa de las fronteras de Sylvania. Se trataba de la base sobre la que Mannfred había elaborado su apostático encantamiento, y sus canales eran alimentados por goteantes arroyos de la sangre sagrada de los cautivos.

Los cautivos estaban abatidos y magullados, sus carnes mutiladas por las crueles atenciones del carcelero. Algunos habían quedado lisiados como resultado de heridas sufridas en batalla, o infligidas por la tortura. Todos se encontraban al filo de la muerte, más sujetos al mundo de los vivos por las artes mágicas de su captor que por ningún deseo de seguir viviendo. Tan sólo dos estaban despiertos. Uno era un hombre anciano; su propia sangre había formado costras sobre la acorazada vestimenta propia de su cargo, y su calva cabellera estaba desfigurada por una herida lívida que arrojaba lágrimas de color rojo sobre su cara. Sus ojos estaban nublados por el dolor, pero todavía miraban con desafiante ferocidad a los monstruos que lo tenían prisionero. La otra cautiva despierta era una elfa; su pelo dorado, antaño radiante, se encontraba enmarañado con suciedad y sangre, colgando torcida una tiara de plata entre sus trenzas enredadas. Tenía los ojos cerrados, y sus labios se movían sin descanso, lo que sugería una mente en las garras de la locura.

Los vargheists que vigilaban las mazmorras reconocieron a Arkhan como un intruso tan pronto como su olor exangüe llegó a sus fosas nasales. Las criaturas se retiraron a las sombras por orden de Mannfred, pero no dejaron de sisear ni de gruñir mientras el liche pasaba con reverencia sus descarnados dedos sobre cada una de las reliquias. Arkhan no les hizo ningún caso. En su viaje, había traído los dos últimos libros de Nagash, que ahora colocó sobre los atriles vacíos. Según calculaba sus pasos a través del suelo manchado de sangre, las vacías cuencas oculares de Arkhan se posaron en los nueve cuya sangre sagrada alimentaba al ritual, demorándose quizás un instante en la fina frente de la Niña Eterna de los elfos. Concluyó que mucho de lo que sería necesario ya había sido reunido, y lo que faltaba podría ser reclamado con facilidad. Resultaban esenciales tres reliquias más, tres reliquias relacionadas con la caída del Señor de los No-Muertos. Y todas se encontraban al alcance de Sylvania; todas estaban listas para ser tomadas.

Arkhan2.jpg

Arkhan el Negro

Más preocupante resultaba la barrera sagrada alrededor de Sylvania; mientras se mantuviera allí, no sería posible llevar a cabo ninguna expedición más allá del reino de la oscuridad. Sin embargo, para aquello tenía Arkhan una solución, aunque sería costosa. Anunció la existencia de un ritual olvidado que podía crear una pequeña brecha en el muro de fe, pero requería sangre sagrada. Uno de los prisioneros de Mannfred tendría que ser sacrificado. Al Señor de Sylvania no le gustó la noticia, pero comprendió la necesidad del sacrificio; las recompensas tenían el potencial de superar con mucho a todos los riesgos.

Para cuando Arkhan hubo completado las preparaciones, Mannfred había reunido un ejército en el borde occidental de Sylvania, ondeando el estandarte de Drakenhof de manera intermitente sobre las filas silenciosas. A media distancia se topaba el muro de fe de Gelt, los símbolos de Morr, Sigmar, Ulric y otra docena de dioses suspendidos en el aire y brillando con luz sagrada. A un lado de la calzada se encontraba Arkhan en el interior de un círculo ritual; a sus pies, inmovilizado por estacas que atravesaban su carne, yacía su ofrenda: Lupio Blaze, un caballero del Sol Llameante. Su sangre no era la más poderosa de los nueve, pero sería suficiente. Cirios negros, cuyo sebo había sido obtenido de carne humana, se consumían en el viento que azotaba a su alrededor mientras el liche entonaba palabras que no habían sido escuchadas desde los días de Alcadizaar. A medida que su canto aumentaba de volumen, los truenos retumbaron en las alturas y rayos negros atravesaron los cielos. Jirones de niebla negra se movían furiosamente en espiral a lo largo de los extendidos brazos de Arkhan, los lobos aullaban en la distancia y el aire amargo se vio recargado por un poder turbador.

Con un grito de triunfo, Arkhan sacó una daga de hueso de entre sus ropajes y seccionó las venas de Lupio en sus muñecas y muslos. Cuando la última gota de la sangre del caballero se hubo desparramado, el liche apretó los dedos de su mano vacía y los cirios se volcaron hacia adentro, incendiando la sangre. De todo lo que había dentro del círculo, únicamente Arkhan permanecía inmaculado por las llamas y, en cuanto la furia de las mismas se hubo consumido, dio la señal para que el estandarte de Drakenhof se acercase.

El liche untó la ancestral bandera de los von Carsteins con las cenizas que había a sus pies, e indicó a su portador que avanzara hacia el muro de fe. Cuando el estandarte de Drakenhof se aproximó a la barrera, los símbolos resplandecientes más cercanos se apagaron y oscurecieron.

La senda estaba abierta, y la caza podía comenzar.

Una vez más allá de las fronteras de Sylvania, Mannfred y Arkhan decidieron dividir sus fuerzas - al menos por el momento. Era tan sólo cuestión de tiempo que sus esfuerzos atrajeran la atención de ojos entrometidos, y cuanto más rápido pudiesen reunir las últimas reliquias, mayor sería la probabilidad de éxito.

Acordaron que Arkhan viajaría lejos al Oeste, a la tierra de Bretonia. Allí era donde Alakanash, el legendario báculo arcano de Nagash, se encontraba sellado en las sagradas cámaras de la Abadía de la Maisontaal.

Arkhan veía escaso reto en aquella tarea. Su apoyo a la rebelión de Mallobaude sólo había sido exitosa en parte, pero había dejado el antaño poderoso reino con poca capacidad de oponerse a él una segunda vez, sobre todo en el Sur adonde ahora lo llevaba su misión. Arkhan deseaba viajar en soledad, planeando reunir fuerzas más próximas a su objetivo, pero Mannfred insistió en que el liche aceptara una "guardia personal" de Templarios de Drakenhof para asegurarse de que alcanzaría su destino sin incidentes - o, al menos, sin incidentes no planeados por Mannfred. Si Arkhan se tomó a mal aquella insistencia, no mostró señales de ello. Era plenamente consciente de que el vampiro probablemente trataría de deshacerse de él en cuanto la operación estuviese completada, mas ya había hecho planes ante tal eventualidad.

Castillo sylvania.jpg

Drakenhof, hogar de Vampiros

La ruta de Mannfred lo llevaría más al Sur, hacia el Paso del Perro Loco y la madriguera del Clan Mordkin. Aquellos skavens eran los responsables de haber planificado la caída de Nagash, y la tarea de Mannfred no era otra que recuperar el arma que habían creado para tal propósito. Conocida en las leyendas más oscuras como la Espada Cruel, dicha espada había sido la herramienta empleada por Alcadizaar - el más encarnizado enemigo de Nagash - para destruir al Señor de los No-Muertos. Alcadizaar había muerto poco después, abrumado por los funestos encantamientos de la Espada Cruel, y el Clan Mordkin había recuperado el arma. Mas el poder de la Espada Cruel era incluso mayor de lo que habían creído los Skavens, pues aunque Nagash había regresado varias veces tras su destrucción a manos de Alcadizaar, la maldición de la Espada Cruel aseguraba que cada manifestación fuese más débil que la inmediatamente anterior. La situación se había vuelto tan grave la última vez que Nagash había caminado por el mundo de los vivos - en la así llamada Noche de los Muertos Vivientes - su espíritu se había dispersado antes del alba del día siguiente. Para que Nagash pudiera vivir una vez más, los viles encantamientos de la Espada Cruel habrían de ser quebrados para siempre.

Solo cuando hubiesen recuperado Alakanash y la Espada Cruel se reunirían de nuevo Arkhan y Mannfred, pues la última reliquia sería la más difícil de reclamar. Se trataba de Morikhane, la armadura negra de Nagash. Había sido tomada como trofeo, tras la victoria de Sigmar sobre el Señor de los No-Muertos, por guerreros que habían luchado al lado del Heldenhammer. Muchos siglos habían pasado desde entonces, pero los los descendientes espirituales de aquellos guerreros todavía conservaban a Morikhane, y la guardaban tan celosamente como el honor de sus ancestros. Ahora la armadura negra permanecía en el corazón de Heldenhame, una expansiva fortaleza de capítulo guardada celosamente por los Caballeros de la Sangre de Sigmar. Heldenhame se encontraba en la frontera entre las provincias imperiales de Stirland y Averland, y cualquier asalto contra ella revelaría rápidamente que los habitantes de Sylvania no estaban tan encerrados como creían los gobernantes del Imperio. Aquella ignorancia tendría que ser mantenida por tanto tiempo como fuese posible, para evitar que los humanos se lanzasen a asediar Sylvania una vez más.

Nota: Leer antes de continuar - La prisionera del vampiro

Fuente Editar

  • The End Times I: Nagash


Capítulo 1: Una alianza perversa
Una alianza perversa | La Batalla de La Maisontaal | La Batalla de la Madriguera Mordkin | La Caída de Heldenhame

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