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Carsini siempre ha sido el refugio de los buscados por la ley, los desesperados y los aventureros. Bajo la atenta mirada del Comodoro Afizzio, hace ya veinte años que la isla no pertenece a los Príncipes Tileanos, convirtiéndose en un núcleo comercial de ley laxa donde, según los rumores, puede hallarse cualquier cosa.

La isla es un pequeño trozo de tierra con pocas playas y un puerto natural, fácilmente defendida por la milicia de Afizzio: aunque Carsini se suele tratar como una ciudad, lo cierto es que es un aglomerado de pequeñas poblaciones, diminutos centros rurales y varios asentamientos de pescadores levantados en torno a la fortaleza del Comodoro y el puerto comercial.

Es un lugar pintoresco y de mala fama donde siempre hay algo que hacer, algo que comprar o algo de beber.

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Leyenda del mapa:

  • Rojo -
  • Verde -
  • Negro -  
  • Morado -
  • Azul -

Iconos:

  • Castillo - Cuarteles.
  • Templo - Academia de Oficiales.
  • Cañón - Fundición.
  • Pilar con forma de dragón - Torre de Hechicería.

Comienza la historia...

En cinco lugares del Viejo Mundo, cinco héroes y villanos ven cambiado su destino. Una nueva misión, una nueva expedición, una nueva ordalía... Un desafío que pondrá a prueba su honor, su fuerza y su coraje. Sólo uno puede volver victorioso.

En cinco lugares, la aventura comienza...

Ivan von Carstein

La lúgubre cripta rompió su silencio cuando los guardianes del sepulcro cruzaron sus lanzas negando el acceso a su visitante, en su primer movimiento tras centurias. Inmediatamente la sombra pasó a través de ellos haciéndoles añicos con un pensamiento alimentado por una voluntad ancestral.

Más defensores de la cripta fueron despertando según los pasos del visitante resonaban contra las losas de piedra, pero ya ningún tumulario intentó oponerse reconociendo su poder y, sobre todo, su sangre.

Un espíritu aulló y huyo cuando el vampiro llegó a la tumba principal, acercándose inmediatamente para rozar con la punta de los dedos el sarcófago con intricadas runas grabadas en la piedra que dominaba la estancia.

Un abominable séquito de ultratumba contemplaba la escena, sin impedir que el recién llegado deslizara la tapa del sarcófago para descubrir al otro morador de la noche durmiente dentro de él. Se cortó con las uñas la muñeca y derramó su sangre sobre él para despertarlo.

Ivan von Carstein abrió los ojos para encontrarse con otros, de un intenso rojo, que lo contemplaban en la oscuridad. Inmediatamente los reconoció, y se encogió de terror ante la visión. La mera presencia del más grande de los Von Carstein, una que ya no debería estar en este mundo, le hizo encogerse. Demasiado de improviso, demasiado pronto.

- Ha llegado la hora de que seas útil a... la familia, Ivan.

Dorbag Kazkanapiaz

Había pocas situaciones tan bellas para apreciar en la vida: los lugareños gritaban de terror intentando poner metros entre los invasores y ellos, el chisporroteo de las llamas y el estruendo de los derrumbes se acompasaban con los gritos de los chikoz y las risas frenéticas de los Goblins.

Había sido una buena pelea: Dorbag puso fin a su combate aplastando con ambas manos el cráneo del miliciano y levantó la vista hacia los muros que habían tenido que tomar. Muchos Orcos yacían muertos allí donde los habían abatido: el gran coste de vidas para la toma de la villa pesquera haría pensar a un líder humano. ¿Pero a un Orco?

Una buena pelea. Gorko estaría orgulloso. ¿O lo estaría más Morko?

- ¡LOZ PIÑOZ NEGROZ ZOMOZ LOZ MEJOREZ!

Dorbag Kazkanapiaz rugió en respuesta y siguió al guerrero que había gritado en persecución de más blanditoz que trocear para acabar de culminar el buen día.

La población humana ya se había perdido, y estaban terminando de masacrar a los padres de familia y los últimos reductos de su guardia, interpuestos entre ellos y las familias que huían hacia el puerto.

Cuando Dorbag llegó hasta el otro guerrero y rugió toda una sarta de improperios a los cobardes que escapaban apresuradamente en barcos, tanto de pesca como pequeños mercantes.

- ¡KORRED ANTEZ DE KE LLEGUEMOZ! -Dorbag alzó el puño en justificada ira ante la negación de seguir el combate y agarró un kanijo por el pescuezo. Ignorando como el aterrorizado Goblin se debatía entre su manaza, lo lanzó con rabia contra uno de los barcos del puerto.

Naturalmente, el Goblin se descalabró contra el casco del buque anclado, y una revelación encendió la mirada asesina de Dorbag. Llamó a sus guerreroz.

- ¡Zeguid pintando de rojo la koza que flota! -señaló donde había impactado el Goblin- ¡Noz lo llevaremoz, zi kieren huir por el agua nozotroz iremoz detráz!

Albus Einer

La puerta del estudio se abrió por sí misma cuando el aprendiz se detuvo ante ella. Titubeó un instante, dudando si sería adecuado irrumpir en el estudio con el ánimo aún alterado por el combate.

Como aprendiz del patriarca de la Orden, no eran pocos los retos y desafíos que otros estudiantes y aspirantes le hacían llegar. Había hecho morder el polvo a otro aprendiz, hoy con facilidad, y la excitación y el júbilo por la demostración pública de su poder seguía embriagándolo.

Sabía que debía controlarse, era un hechicero. Iba a ser un Mago Brillante con todo el derecho, en sus manos estaba el poder de manipular el viento más irascible de todos: Si no controlaba el Aqshy, el fuego le consumiría de una forma u otra.

Por otro lado a su maestro no le gustaban las indecisiones. Avanzó y penetró en el atestado estudio sorteando mesas y estantes atiborrados de pergaminos y viejos libros, grandes tomos de conocimiento que se consultaban a menudo según las últimas investigaciones del patriarca.

- ¿Quieres ver arder el mundo, Albus? -Thyrus Gormann permanecía erguido con las manos unidas tras la espalda, ojeando el tomo colocado en un atril. Sin girarse hacia el recién llegado, continuó-. Imagínate en la cima, nada por encima de ti, todo el poder que puedas imaginar. El poder necesita una salida, nosotros somos meros conductores. ¿Quién sufriría tu infinito poder?

- Contra todos, mi señor. No Muertos, Hombres Bestia, mutantes, seguidores de los Oscuros, Elfos Oscuros, pielesverdes, Ogros. Libraría nuestras fronteras de sus enemigos, traería la paz.

- La destrucción no trae paz. Una guerra vencedora provocará tarde o temprano alzamientos y otras hostilidades -Thyrus cerró el tomó y se hizo a un lado, ofreciéndoselo con un gesto-. Llevátelo, tendrás tiempo durante tu viaje para estudiarlo.

- ¿Viaje, Maestro? -Albus se aproximó para contemplar el gran libro con el brillo de la codicia en los ojos. ¿Qué poderes y conocimientos le estarían esperando?

- Sí, Albus. Vas a poner en práctica tu respuesta. Donde te envío, el Imperio no espera más que que traigas la paz. Aprenderás de primera mano la lección. Prepárate, partes hoy.

Eldred von Solland

Carsini. La Isla Carsini, había dicho la voz el mes anterior, cuando Eldred descubrió que tras morir no le esperaba el Jardín de Morr.

¿Quién era él para comprender la voluntad de los dioses?

Eldred von Solland se miró el brazo derecho: una mano esquelética sujetaba un arma mellada, cuyo filo había desaparecido hacía mucho. En otro tiempo habría sido un Colmillo.

Una mano no, es mi mano, pensó Eldred, y levantó la vista. El soldado más inmediato le devolvió la mirada: un ser de ultratumba, un monstruo para la mayoría. La vida hacía mucho que no pertenecía a ese guerrero, la oxidada y anticuada armadura imperial que lucía parecía más un recuerdo que un verdadero pertrecho de guerra.

Eldred se sintió más confuso, y aún más vacío, al contemplar la calavera sin expresión que era ahora ese soldado, su fiel escolta juramentado. Estaba contemplado un espejo, pues la carne también le había abandonado hacía mucho. Nunca volvería a sentir la brisa, a ruborizarse o sencillamente a quedarse sin aliento.

¿Por qué, por qué no podían descansar tras su sacrificio y su pérdida? ¿Los dioses les habían dado la espalda, o les habían dado una segunda oportunidad?

- Mi Conde, el enemigo carga contra nosotros -informó una voz a su izquierda, etérea e irreal. Eldred no se dio cuenta de que el capitán ni siquiera conservaba la mitad inferior de la mandíbula, y mucho menos una lengua y una garganta desde la que proferir cualquier habla. Tampoco vio el deshilachado estandarte de Solland, antaño orgulloso y colorido, cuando alzó la vista a la insignia y rezó a Sigmar por las almas de sus enemigos en una breve oración.

- ¡Guerreros de Solland, defensores del Imperio! -bramó Eldred alzando su arma, y bajándola para señalar al borroso enemigo. No llegó a distinguir los blasones, uniformes e insignias de Averland, de las gentes que defendían su territorio, sus familias y hogares, del monstruoso enemigo invasor que cruzaba el condado impunemente abriéndose paso de forma violenta- ¡A la carga!

Nadie se interpondría entre ellos y su camino, su destino. Eldred completaría la broma de Morr y descansaría por fin.

Aldrich el Desdichado

Los muertos se alzaron como él había ordenado, abandonando sus tumbas y volviendo a caminar. Daban unos andares torpes y aleatorios hasta que él ordenaba una dirección con un sutil gesto imperioso de la mano, pero reforzarían su hueste.

La quietud de la noche se interrumpió con los quejidos tremebundos de los Zombis marchando con su nuevo señor, alejándose de la villa antes de despertar a sus habitantes. No había necesidad de un baño de sangre. Aún.

Aldrich sonrió caminando orgullosamente a la cabeza del pequeño ejército: En el Colegio Gris era vilipendiado, ahora... Los Necrarcas, sus Maestros, le habían descubierto el verdadero poder, su auténtica senda. Pronto tendría la fuerza suficiente para volver al Colegio y retar a sus maestros. ¿Retar? Aplastar a sus maestros.

Algo cambió cerca de él, y ya acostumbrado a sus nuevos sentidos lo localizó inmediatamente colocándose en guardia. Ante el hostil movimiento de Aldrich, los Zombis soltaron una queja lamentable al unísono y comenzaron a rodear a su señor en una parodia de formación.

Un ente fantasmagórico se aproximó, un espíritu arrancado del abrazo de Morr que alguien estaba utilizando. Aldrich se relajó al no ver amenaza, y no se sorprendió cuando el fantasma habló con la voz, distorsionada y lejana, de su maestro Zakarías.

- Bien, joven Aldrich, bien... Tienes fuerzas suficientes para salir al mundo, para que se empiece a temer tu nombre. Reúnelas, hay algo que deberás recuperar. Un artefacto, y te presentarán batalla.

- Sí, Maestro. ¿Qué hemos de recuperar, y a quién se lo hemos de arrebatar?

La queda risa del señor de los Vampiros llegó con una claridad muy superior a la de sus palabras. Contestó mientras el fantasma comenzaba a retirarse.

- A otros clanes que creen que seremos más lentos que ellos, a mortales que no saben lo que cogerán. La Isla Carsini ha muerto. Aprovéchate de ello, alza sus antiguas gentes y toma el control. Enséñales a temer a los Necrarcas.

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