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Imagen ilustrativa

El Valle de los Huesos, también conocido entre los nómadas del desierto como el Valle de los Muertos, es un extenso valle que divide las Montañas del Fin del Mundo, conectando las tierras occidentales de Nehekhara con las orientales. Se trata de un lugar siniestro, lleno de vieja magia y espíritus inquietos que embrujan las tumbas de los antiguos nehekharanos. Allí no crece nada y el agua más cercana se encuentra a cientos de kilómetros de distancia. Las paredes altas y escarpadas del valle obligaban a los viajeros a atravesarlo de un extremo a otro.

Durante la época de apogeo de la antigua civilización era conocido como el Valle de los Reyes, sin embargo, tras su destrucción a manos de Nagash solo se emplea su nombre actual, debido a la gran cantidad de esqueletos que recorren el paso, testigos silenciosos de las incontables batallas que se han producido a lo largo de los siglos entre los distintos ejércitos de los Reyes Funerarios.

DescripciónEditar

En otros tiempos, el Valle de los Reyes había sido un inmenso cementerio donde los primeros nehekharanos le daban sepultura a su gente antes de la creación de las grandes ciudades. Habían cavado magníficas tumbas en las empinadas laderas del valle y el fondo estaba abarrotado de altares de arenisca y mausoleos apiñados. Ahora, en el Valle de los Huesos sólo hay montones de piedras rotas, escombros y una alfombra de huesos que se extienden cientos de kilómetros…

A lo largo de todo el Valle, se alzan estatuas colosales, representaciones de poderosos dioses y reyes, grabados en el muro natural de altas laderas que rodean el valle. Pocos seres vivos se atreven a entrar en este lugar, y ninguno de quienes lo ha hecho ha regresado jamás con vida, pues las estatuas que pueblan este lugar no son meros monumentos inertes, sino que están animadas y patrullan constantemente el valle en busca de intrusos, reduciendo a polvo con sus pesados pasos la gruesa capa de huesos y calaveras que alfombra el suelo. Según se dice, los más grandes Necrotectos de Nehekhara residen en el Valle de los Huesos, donde trabajan incansablemente para restaurar todos sus magníficos monumentos, erosionados por siglos de tormentas de viento arenoso, y por incontables guerras a lo largo de los años.

El extremo oriental, conocido como las Puertas del Anochecer, está defendido por la necrópolis de Mahrak, la Ciudad de la Desesperanza. El extremo occidental, conocido como las Puertas del Alba, se encuentra el palacio de alabastro de Quatar, protegido por la Guardia del Sepulcro de la ciudad.

Las Puertas del Anochecer son muchísimo más antiguas que sus primas del oeste. Algunos eruditos incluso afirman que los grandes obeliscos de piedra que marcan la entrada al valle son anteriores a la Gran Migración, aunque nadie hace conjeturas sobre quién podría haber erigido unas estructuras tan imponentes ni por qué. Las enormes columnas de piedra, ocho en total, se elevan más de treinta metros sobre el suelo del valle y están dispuestas una al lado de otra a lo largo del antiguo camino que serpenteaba por la base del valle.

En tiempos de Settra, se habían construido muros bajos desde los extremos del valle hasta la base de los obeliscos, pero la construcción se detuvo poco después cuando una terrible plaga se extendió por los equipos de trabajo. Los arquitectos lo tomaron como un indicio del desagrado de los dioses y no se realizaron más intentos por fortificar el extremo oriental del valle. Un extenso pueblo de construcciones de piedra y ladrillos de barro que en su día había mantenido a los trabajadores todavía se alza a un cuarto de milla al este de las grandes puertas. Con el tiempo, los templos de Djaf y Usirian se lo habían apropiado como lugar de descanso para los peregrinos que querían visitar las tumbas de sus antepasados en el interior del valle.

Sin embargo, varios años después, sucesivos regentes levantaron una elevada muralla de piedra apretada de unos diez metros de altura, con enormes bastiones alzándose cada cuatrocientos metros al norte y al sur. Habían construido una inquietante torre de entrada de un lado a otro del camino, a sólo unos cien metros al este de los obeliscos, y dos bloques de sólido basalto de más de tres metros de ancho y cinco de alto sellaban la entrada.

FuentesEditar

  • Libro de Ejército: Reyes Funerarios (6ª Edición).
  • Libro de Ejército: Reyes Funerarios (8ª Edición).

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