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Slaanesh vs Altos Elfos
Apenas diez años después que Finubar el Navegante ascendiera al trono del Fénix de Ulthuan, una negra tormenta se abatió sobre la bella isla. Los mares hirvieron y llovió fuego del cielo. Muchos Elfos murieron abogados en ríos desbordados, aplastados por edificios derrumbados o incinerados por rayos policromáticos. Grandes fueron los destrozos sufridos esa noche y la ruina que se cernió sobre Ulthuan fue nefasta, pero lo peor aún estaba por venir.

En el punto álgido de la tormenta, el gran monolito del Monte Antorec fue derribado y arrojado al valle. Antes que los destrozados fragmentos del monolito se detuvieran, una bandada de Furias se abrió paso hacía el reino mortal, destrozando la realidad como si fuera papel mojado, ampliando la brecha con su mera presencia. Poco después, una forma mucho más monstruosa se abría paso: el Guardián de los Secretos N’kari había renacido. Mientras las Furias graznaban y planeaban por encima de su cabeza, N‘kari robó la energía mágica de la tormenta para alimentarse y concentró su magia en la grieta, por la que pasó una hueste demoníaca para cumplir su voluntad.

La Destrucción de Tor AnnanEditar

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El primer pueblo que sufrió la furia de la horda de N‘kari fue Tor Annan, una villa provincial situada en el valle al pie de Antorec. Los defensores trataron de repeler el ataque, pero era imposible que derrotaran la furia impía desatada sobre ellos. Las Furias picaban y maniobraban por el cielo como deformes murciélagos, helando la sangre de los que oían sus gritos y cacareos estridentes. Desangradores y Aplastadores enloquecidos se lanzaban una y otra vez contra las defensas, partiendo la madera y fragmentando la piedra, desesperados por matar y derramar la sangre a los Elfos que se refugiaban en su interior.

N'kari pasó entre la masacre mientras los Elfos se dispersaban ante su ataque, excepto Eanith, Señor de Tor Annan, y su guardia personal. Estos formaron un muro de lanzas para enfrentarse al asalto del gran demonio, pero solo consiguieron que sus lanzas se rompieran contra la piel del demonio. Rompiendo la espada de Eanith con su gigantesca pinza, N’kari atravesó el pecho del elfo con su puño. Cerrando las garras alrededor del corazón de Eanith, el demonio se lo arrancó cuando todavía latía. N’kari blandió brevemente el corazón ante los ojos del Elfo agonizante, aullando su triunfo y tragándoselo entero. Tirando el cadáver a un lado, el Guardián de Secretos dio la espalda a las ruinas de Tor Annan en busca de su siguiente víctima.

Soldados Altos Elfos
Todavía resonaban los ecos de la batalla de Tor Annan cuando N’kari volvió a atacar, cabalgando las corrientes de energía mágica para emerger instantáneamente en el otro extremo de Ulthuan, a pocas leguas de Tor Yvresse. Una vez más, la reacción de los Elfos fue rápida. Pese a estar fuertemente presionados, los defensores de la fortaleza fueron capaces de mantener a raya los demonios mientras llegaba ayuda de Cothique y Hoeth. N’kari retiró sus tropas en el momento álgido de la batalla, retirándose a las Montañas Annulii.

Durante todo un mes siguió esta tendencia. N’kari atacó diversas posiciones en las montañas Espinazo del Dragón, Avelorn y otras muchas provincias de Ulthuan. De hecho, pocos fueron los reinos élficos que no sufrieron algún ataque. Pero, cada vez, N ‘kari abandonaba repentinamente la batalla; a menudo cuando estaba a escasos momentos de lograr una victoria devastadora. Sin vislumbrar un posible final, y toda la nación élfica sumida en un estado de terror, el Rey Fénix ordenó que todos los videntes del reino concentraran sus poderes de adivinación en buscarle un fin a la amenaza, antes que la presencia del demonio corrompiera todo Ulthuan.

Sed de VenganzaEditar

Aenarion última batalla Demonios del Caos Karl Kopinski
Tras meditarlo mucho, el motivo de los ataques se hizo evidente. Con horror, los videntes se dieron cuenta que esa monstruosidad abismal era la misma que había dirigido la invasión de Ulthuan más de seis mil años antes, aniquilando a millones y que sacudió los cimientos de la civilización élfica. Durante esa gran lucha, el primer Rey Fénix, Aenarion, destruyó la forma mortal de N’karí. La esencia inmortal del demonio había tardado todos esos milenios en reformar su cuerpo, soñando terribles venganzas contra los mortales que habían osado matar a alguien tan poderoso como él. Los videntes creían que N’kari había renacido como instrumento de venganza, consumido por la necesidad de cobrar viejas deudas. Como tales, las incursiones que habían asolado Uthuan no eran en absoluto aleatorias, sino que estaban dirigidas por el más cruel de los motivos. N’kari estaba vengándose de los descendientes de Aenarion, haciendo que pueblos y fortalezas lucharan lo suficiente para llevarse los espíritus de sus víctimas a los eternos tormentos de Slaanesh.

A lo largo de los miles de años transcurridos desde los tiempos de Aenarion el Defensor, su santificada descendencia había prosperado y se había dispersado por todo Ulthuan. Pero no todos los descendientes eran de noble rango, y muchos tenían poca relación con el linaje, pero aún así, su desaparición de los campos de batalla en los que muchos cientos de Elfos habían muerto, había pasado desapercibido por todos excepto sus familiares más próximos.

Los videntes creían haber localizado a casi todos los descendientes conocidos de la línea de Aenarion; o bien habían sucumbido a la rabia de N’kari, o estaban lejos de Ulthuan y, por tanto, probablemente a salvo durante un tiempo, o eso esperaban. Los herederos que quedaban eran dos príncipes gemelos, todavía niños para los estándares élficos. Respondían a los nombres de Tyrion y Teclis, y ambos portaban la marca de Aenarion, aunque de diferente forma: Tyrion había aprovechado bien sus lecciones y poseía la habilidad y la confianza de un guerrero nato. Teclis, pese a su débil cuerpo, había demostrado ser muy apto para una miríada de clases de hechicería. Se dio orden de alejar a ambos príncipes, en secreto y a toda prisa, de su hogar en la boscosa Cothique y llevados al sitio más seguro de Ulthuan, el templo de Asuryan. Allí, un ejército formado por las mejores tropas élficas defenderían a los príncipes de cualquier peligro.

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Como se había predicho, el ataque de N´Kari no se hizo esperar. Apenas un día después que los Sombríos informaron de los primeros movimientos de demonios en las montañas de la península de Eataine, la vanguardia del Guardián de los Secretos marchó hasta el templo. Mientras los demonios avanzaban, N’kari envió imágenes intoxicantes volando por encima de las murallas del templo para plagar los sueños de los defensores. Muchos Elfos sucumbieron a las ilusiones de deseos y fantasmas de la satisfacción. Algunos cayeron en profundos comas de los que no despertaron jamás; otros tiraron sus armas y armaduras y avanzaron hacia los demonios para ser destrozados por ellos, o se arrojaron por los acantilados para estrellarse contra las rocas puntiagudas que esperaban abajo. Mientras los magos élficos trataban de contrarrestar este insidioso ataque, N‘kari apremio a sus legiones para que avanzaran.

La Batalla del Templo de AsuryanEditar

Cruzada Negra Tzeentch by Jason Juta
En cuestión de instantes, las pedregosas cuestas de la Isla de Asuryan estaban cubiertas por las hordas de N’kari. Los demonios avanzaban y saltaban por entre las afiladas rocas, sin importarles las nubes de flechas disparadas desde las murallas del templo. Los Señores de la Transformación lanzaban rayos de fuego mágico contra los defensores, graznando de placer cuando los Elfos se retorcían y consumían en sus llamas multicolores. Bandadas de Furias acosaron a los defensores, haciendo presa en algunos Elfos desdichados de los parapetos y arrojándolos contra las rocas. Los Nurgletes se desparramaban por doquier, abriéndose paso entre rejas y coberturas para desgarrar y morder los tobillos de los defensores. Pero Asuryan seguía protegiendo su templo, y la carne demoníaca se ennegrecía y ardía al tocar muros y fortificaciones. Pese a todo, la horda seguía avanzando.

Los Elfos libraban una batalla a sabiendas de que no podían vencer, pero rendirse equivalía a traicionar la sagrada confianza de Aenarión. En torno a los muros, cada Elfo luchaba sin pensar en su propia supervivencia, atacando a Diablillas y Portadores de Plaga hasta que piedras y armaduras quedaron cubiertas de sangre demoniaca. Un centenar de héroes anónimos lucharon y murieron ese día. Arqueros de Yvresse y Maestros de la Espada de Hoeth lucharon junto a caballeros de Caledor y Ellyrion. Allí donde la lucha era más encarnizada se encontraba la Guardia del Fénix, luchando como si su mero valor pudiera hacer retroceder al enemigo. Pero a los demonios no les importaban sus bajas, estaban controlados por la locura de N’kari.

Maestros de la Espada Altos Elfos contra Demonios del Caos
Finalmente, los Elfos cedieron, no por falta de valor o habilidad, sino por las maderas de la puerta del templo. Castigada por la magia y la fuerza demoníacas, la puerta fue derribada por el descomunal peso de una Bestia de Nurgle. El Capitán de la Guardia del Fénix dirigió un desesperado contraataque, causando profundas heridas en los flancos de la bestia, pero no sirvió de nada. La Bestia avanzó patosamente con un murmullo de alegría para recibir a los elfos, aplastando a una docena bajo su inmenso peso. Momentáneamente confusa por los ahogados gritos, la Bestia se detuvo. La colosal criatura parecía contentarse con examinar las aplastadas formas de sus víctimas. Todavía estaba tocándolas con sus pseudópodos y tentáculos cuando una oleada de Desangradores atravesó los restos de la puerta.

La batalla degeneró en una mera lucha por la supervivencia. Grupos de Elfos luchaban espalda contra espalda mientras los demonios se arremolinaban y masacraban a su paso por el templo, haciendo una carnicería. El equilibrio empezó a decantarse a favor de los Elfos, pues una simple herida dejaba a los demonios expuestos al poder sagrado del templo de Asuryan, y los más débiles de la horda fueron consumidos por su fuego purificador. N’Kari atravesó la derruida puerta y se embriagó del penetrante aroma a miedo y destrucción. Nadie resistía a su paso mientras avanzaba rápidamente en medio del caos de la batalla, subiendo las Escaleras de la Eternidad para entrar en el santuario interior del templo de Asuryan, donde aguardaban sus presas.

El Santuario InteriorEditar

Finalmente, solo veinte de Guardias del Fénix se interponían entre N'Kari y los príncipes gemelos, pero los Elfos no cejaron en sus esfuerzos. La guardia luchó con valor sobre piedras resbaladizas a causa de la matanza, pero N’kari no podía permitir que se le negara la venganza. Mientras un brazo bloqueaba los ataques de las alabardas, otro destripaba media docena de adversarios. De los ojos de N’kari surgían rayos de fuego abrasador que acabaron con el resto de sus adversarios. Cuando cayó el último de los consumidos cadáveres, el joven Tyrion supo que su supervivencia, y la de su hermano, dependían exclusivamente de él. Murmuró una oración a Asuryan, desenfundó su espada y se enfrentó a su destino.

Aunque era un guerrero prometedor, Tyrion no era rival para el demonio. A pesar de su tamaño, N’Kari era casi tan rápido como el príncipe élfico. El demonio bloqueo fácilmente el desesperado ataque de Tyrion. Como cantando, se burló de cada uno de los ataques que fallaba el elfo, mientras con la lengua cataba su humillación. Sin embargo, N’kari había cometido un error fatal. Estaba tan concentrado en Tyrion, que se había olvidado totalmente de la presencia de Teclis. Mientras Tyrion era derribado por un golpe de la gigantesca pinza del demonio, Teclis lanzó su ataque. Aunque Teclis no tenía la fuerza o el vigor de su hermano, su débil cuerpo albergaba un creciente dominio de las artes arcanas. Teclis alcanzó al demonio con todo el fuego mágico que puedo concentrar. Al ser impactado por el rayo, la criatura salió despedida. N‘kari cayó sobre el plinto en que ardía la llama sagrada de Asuryan, y uno de sus brazos paso a través de la llama eterna, lo que hizo aullar de agonía al demonio.

Tyrion y Teclis
Ninguna llama ordinaria podía herir a N’kari, pero contra el fuego sagrado de Asuryan, el demonio no tenía defensa alguna. El fuego prendió en su cuerpo, ardiendo con más fuerza al propagarse. N'kari aulló al ennegrecerse y agrietarse su piel. Levantándose, Tyrion golpeó nuevamente al demonio, con lo que prendieron las llamas en su espada. Cada nuevo golpe abría nuevas heridas, introduciendo el fuego sagrado en el cuerpo del demonio. Sometido a una gran agonía, N’kari poco podía hacer excepto intentar retroceder ante el envite de Tyríon. Con cada ataque, Tyrion hacía retroceder al demonio un poco mas hacia la gran arcada que dominaba el Mar de los Sueños. Con un último alarido, la monstruosa figura de N’Kari cayó por el arco hacia el mar, cientos de metros más abajo, donde las olas se tragaron rápidamente al demonio.

Al salir del templo, Tyrion y Teclis comprobaron que se había ganado la batalla. Los demonios no pueden existir fácilmente en los sitios sagrados, y solo la voluntad desquiciada de N'kari les había permitido manifestarse durante tanto tiempo. Cuando el Guardián de los Secretos se perdió bajo el mar, el poder que mantenía la horda desapareció, y los demonios fueron rápidamente consumidos por el poder de Asuryan, dejando únicamente montones de ceniza negra y un ligero olor. Al anochecer, los Elfos celebraron su victoria y lloraron a sus muertos. Pero Tyrion y Teclis permanecieron en silencio durante todo ese tiempo, Tyrion y Teclis permanecieron callados. Sabían que sus destinos habían sido alterados para siempre y que, un día, tendrían que volver a enfrentarse a N ‘kari.

FuentesEditar

  • Ejércitos Warhammer: Demonios del Caos (7ª Edición).
  • Ejércitos Warhammer: Demonios del Caos (8ª Edición).

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