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La Biblioteca del Viejo Mundo

Vida después de la Muerte

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Duelo entre hombre bestia y imperial.jpg

La lluvia les sorprendió mientras ascendían por las pendientes llenas de escombros que había tras el mercado de ganado o, para ser más exactos, tras el erial en el que estuvo una vez el mercado de ganado.

Franz alzó la vista al cielo cuando las primeras gotas alcanzaron su frente, y rogó a Taal-en-el-cielo para que fuera sólo una ligera llovizna. Pero cayeron más gotas, con más fuerza, y luego comenzó el diluvio. No tenia sentido buscar refugió; todos quedaron empapados en un momento. Además. no podía correr. En sus mejores días las cuestas eran demasiado precarias, y ahora estaban traicioneramente húmedas. Para avanzar sin riesgo debían ir paso a paso con extrema cautela. A pesar de su prudencia, dos de los traperos perdieron pie durante los primeros minutos del aguacero, ya que su patético calzado resbalaba sobre los ladrillos y tejas sueltas. Uno de ellos cayó de espaldas y se dio un buen golpe. El otro, una mujer ya entrada en años, cayó mal y comenzó a rodas pendiente abajo, provocando una avalancha de cascotes. Franz y Grunor acudieron en su ayuda, avanzando con cuidado; el mugriento cazarratas se movió con mayor firmeza pues su centro de gravedad se encontraba más bajo.

-¿Tú qué crees, Falker? -preguntó Grunor mientras la fuerte lluvia surcaba su rugosa nariz y la luengas y ensortijadas trenzas de su barba.

-Nos hará volver -replicó Franz-. No querrá hacerlo, pero nos hará volver. Las calles ya estarán enfangadas. Será una pérdida de tiempo, a no ser que escampe y se seque un poco.

El enano asintió, y juntos ayudaron a levantase a la desventurada mujer, casi cargando con ella mientras volvían a subir la pendiente. Werner Borch se encontraba cerca de la cima de la pila de desechos, chorreando agua, mirando fijamente hacia las ruinas que había más allá del velo de la lluvia.

-Vamos a volver -ladró desde lejos con el tono nasal característico del acento de Middenland.

Se produjo un coro de reproches entre los treinta y tantos traperos que le seguían en procesión.

-¡Que Ulric os lleve! -gruño Broch como respuesta-. Yo tomo las decisiones, ¡y no se hable más! ¡Falker, Grunor, que la fila se ponga en marcha!

En todo caso, la lluvia se estaba haciendo más intensa. Franz se abrió camino con cuidad por la fila de encorvados andrajosos traperos y comenzó a agitar los brazos para que se encaminaran hacia el otro lado. Más adelante en la fila, el enano hizo lo mismo.

-¡Atrás! ¡Vamos hacia atrás! -anunció Feanz batiendo palmas-. ¡De regreso al campamento! Hoy no hay recogida!

La chica le tiró de la manga cuando pasó junto a ella. La había visto hacia tres días cuando acababan de llegar al campamento y se le había asignado su tropa. Imke, Imma o algo pasó. Estaba tan sucia como los demás, su piel incrustada de cochambre en algunas zonas, y su ropa desgarrada y tiesa por el barro, pero bajo ella era joven, y encontró su intensa mirada fueron de lo normal.

-¿En serio? -preguntó-. ¿Volvemos al campamento? A este paso nunca encontraremos nada.

Franz se encogió de hombre e hizo un ademán hacia ellos. El chaparrón era tan recio que empañaba la lejanía, y levantaba una especie de calina de la ciudad en ruinas.

-No podemos hacer otra cosa -dijo Franz-. Los pocos dioses que aún no nos han abandonado están derramando lágrimas por Wolfenburgo hoy. 

Wolfenburgo, la gran Wolfenburgo, la primera ciudad de Ostland y hogar de Franz Falker antaño, había caído frente a las huestes del enemigo el año anterior. Una inmensa y devastadora horda, liderada (o así se contaba) por un caudillo llamado Surtha Lenk, había surgido desde el norte y había calcinado todo lo que encontró en su impío camino hasta las tierras del Imperio. Wolfenburgo y una docena de ciudades más habían caído presa de esta horda. Se decía que la hueste de Lenk era tan sólo una de las muchas que había realizado salvajes incursiones desde las tierras septentrionales. 

Franz tenía veinticinco años y era hijo de un zapatero de Wolfenburgo. Como miembro de la milicia de la ciudad, había luchado para defender sus muros y, por una extraña bendición de Sigmar, estuvo entre los pocos cientos de almas que lograron escapar con vida a la destrucción final. Tenía un peso medio y bastante fuerte en la parte superior de su cuerpo, pero estaba delgado y cetrino por la falta de comida en condiciones, y su cabello negro, largo y recogido atrás, estaba surcado por vetas frises que habían aparecido casi en una noche, después de que cayera la ciudad. Franz creía que los horrores que había presenciado habían asustado hasta al color de su pelo. Llevaba una pica corta con una barra de bajo la hoja, y una espada de mala calidad. Su ropa estaba desgarrada y manchada, pero de hecho eran, bajo el peto oxidado y la mugre, la túnica y calzones de la milicia de Wolfenburgo, con los cuatro cuadros blancos y negros de Ostland.  

En los meses posteriores al saqueo, los supervivientes (y Franz entre ellos) habían ido regresado a la ciudad en ruinas, algunos en busca de familiares, otros buscado comida, y la mayoria porque no sabían a dónde ir. En el exterior de la muralla meridional se había levantado un mísero arrabal de sucias tiendas y refugios, extendiéndose poco a poco conforme seguía llegando gente. Las condiciones de vida eran pésimas, y la comida escaseaba. La única ocupación viable era de "trapero", que consistía en aventurarse diariamente en las ruinas para hurgar entre los escombros en busca de algo valioso. Desde luego, habrá monedas y demás abalorios precioso ocultos en la ciudad arrasada, y algunos de los traperos se engañaban a sí mismo pensado que podrían huir de la miseria si encontraban riquezas. Pero en su mayoría, todo lo que los traperos esperaba encontrar era cubertería, cazos intactos, muebles, tal vez conservadas de alguna despensa derruida. Franz también esperaba encontrar algo. Por eso se había unido a ellos. Por eso era el ayudante de Werner Broch. A la cabeza de la fila, Werner Broch echó a andar pesadamente a través de la lluvia con Grunor el enano a su lado. Tras él, la procesión se extendía hacia atrás. Algunos de los traperos portaban cestas, otros empujaban carretillas vacías. 

-Maldita lluvia -murmuro Broch hacia sus adentros-. Así no hay quien se gane la vida.

Grunor asintió con un gruñido.

Broch era un mercenario, un veterano. Era inusualmente alto, pero andaba encorvado, como si los años pesaran sobre él, y vestía una armadura de cuero con escarcelas de metal y una cota de mallas negra. De su espalda colgaba un espadón enfundado en una enorme vaina de cuerpo, pero en sus manos llevaba un arcabuz, envuelto en una lona impermeable para protegerlo de la lluvia. Su cabello, casi blanco, estaba afeitado prácticamente al cero, y su rostro lucía una barba plateada extrañamente asimétrica. En algún momento de su carrera, Broch había recibido un corte en el lado izquierdo de la cara que le había dejado una profunda cicatriz, la marcaba su mejilla y recorría su mandíbula. Ésta había sanado, hendida y deformada, dejando su cara curiosamente torcida. Allí donde había cicatrizado crecía vello, por lo que la parte izquierda de su rostro era lampiña. Como mercenario, tan sólo rendía pleitesía las monedas. Únicamente su acento y una pequeña medalla de Ulric delataban su origen.

Franz opinaba, con bastante acierto, que Broch habían llegado a Wolfenburg atraído por el pillaje. Pero había trabajo que hacer. Ser trapero era un empleo peligroso, pues las ruinas se habían convertido en el hogar de carroñeros de los bosques: osos, lobos, perros salvajes y cosas aún peores. Por eso se había formado lazos. Todos los equipos de traperos iban acompañados de un soldado o dos cada vez que salían, para que les protegieran. A cambio de su servicio, se repartían con sus guardias todas las cosas de calor que encontraban. Broch y Franz eran los soldados asignados a este grupo, y Broch estaba al mando. El enano, Grunor, era un acoplado que estaba con ellos porque así lo quiso. Viejo, decrépito y con diferencia lo más maloliente que había en un sitio en el que todo olía mal, el enano estaba absolutamente loco. Pero le soportaban. Su hacha había demostrado ser de utilidad en más de una ocasión. 

El chaparrón no parecía aflojar. Llovía a mares, directamente hacia abajo, como el torrente de una cascada, martilleando los escombros deshechos, recorriendo el sucio enyesado de las pocas paredes que aún estaban en pie. Pequeñas inundaciones habían convertido los viejos desagües en veloces arroyos, y el grupo permanecía sobre las piedras y tejas rotas porque la tierra se había convertido en barro traicionero.

-¡Aguardad! -dijo Grunor de repente girando la cabeza hacia la izquierda. Alzó un sucio puño de dedos rechonchos e irguió la cabeza.

-¿Más dichosas ratas? -preguntó Broch hastiado.

-No -gruño el enano-. Algo más.

Grunor había sido uno de los principales cazarratas de Wolfenburgo antes de la caída. Su tipa y armadura estaban hechas de materiales imposibles de identificar, con gruesos remiendos y sin duda sujetos a su cuerpo por la suciedad, pero el jubón que las cubría estaba hecho de pieles de rata cosidas. Varias docenas de cráneos de alimañas traqueteaban alrededor de su cuello unidos por un cordel, bajo su barba trenzada. Por encima del lacio bigote, su rostro estaba arrugado y hundido alrededor de una bulbosa narizota. Uno de sus ojos brillaba, pero el otro era blanco como la leche. De su cinturón colgaban muchas dagas y estiletes disparejos, las herramientas de su negocio, la rapiña de toda una vida en las alcantarillas.

-Hay ratas seguro, pero esto no es una -dijo

-¿Ni siquiera tu gran rata? -se burló Broch.

-¡No se burle de ella! -siseó Grunor-. Sé lo que vi, Una cosa enorme bajo tierra. Cuando la vea otra vez, la pillaré y me la cargaré.

Hasta donde Franz podía discernir, ésa era la causa de la locura de Grunor. Según él, durante la destrucción de la ciudad había visto ratas gigantes del tamaño de un hombre salir de las cloacas y caer sobre los ciudadanos mientras huían. La visión había perturbado su mente. Grunor juró por su vocación como cazador que las encontraría y las despellejaría. Ratas del tamaño de un hombre... Franz sonrió ante la perspectiva mientras trepaba para alcanzar a Borch y al enano.

-¿Por qué nos hemos detenido? -preguntó Franz.

-Que sigan quietos .replicó Broch. Él también miraba hacia la izquierda, siguiendo la mirada de Grunor-. El cazaratas tiene razón. Hay algo ahí.

Franz volvió la vista hacia los trapetos y alzó su mano. Vio a Imke, casi al frente de la fila, mirándole fija y atentamente.

-Sólo es la lluvia -dijo Franz-. Es la lluvia que cae sobre una botella rota...

Broch sacudió la cabeza.

-Es una hoja. Metal contra metal.

Franz se encogió de hombros.

-Si usted lo dice.

-¡Quedaos aquí! grito Broch a los expectantes traperos-. Quédate y vigílales -dijo a Franz. Luego el enano y él echaron a andar hacia las derruidas paredes que tenían delante. Caminando como un pato debido a sus rechonchas piernas, el enano levanto su hacha de asta larga a la altura de su pecho.

Bregaron contra un pedregal de desperdicios y barro, y atravesaron un arco hecho pedazos hasta que Franz y los traperos ya no estuvieron a la vista.

-Por aquí -masculló Grunor.

Los ruidos se estaban haciendo más fuertes; un combate, casi con certeza. Cruzaron por debajo de un torcido marco de madera carbonizada, y se encontraron mirando hacia una profunda cavidad, un cráter de escombros donde algún edificio grande, tal vez una taberna, había sido derruida casi hasta el nivel del sótano. La depresión estaba llena de agua de lluvia sucia que  les llegaba hasta la espinilla y en ella, esquivando como podía, un joven con túnica de sacerdote luchaba por su vida. Estaba armado con un martillo de guerra, liso pero bien trabajado, y usaba su mango metálico para parar los golpes de una cimitarra dentada que le atacaba salvaje y repetidamente. Con cada agresivo impacto, el joven sacerdote dejaba escapar un gruñido de esfuerzo. El propietario de la cimitarra medía más de metro ochenta. Su velludo torso desnudo era gordo y vultuoso, como el de un niño pequeño, pero sus brazos y piernas eran largos y diabólicamente delgados. Vestía pieles, y pequeños indicios de abalorios de metal y adornos de hueso. Su cabeza... bueno, eso era precisamente lo que lo convertía en un monstruos. Tenía cabeza de cabra. Hirsuta, con una barba en la garganta, resoplando por las fosas nasales y con ojos redondos y dementes. Por encima de las orejas erizadas de pelo, la frente se ensanchaba formando una cresta de la que brotaban dos largos cuernos anillados. Con cada brutal golpe, la bestia gruñía y relinchaba.

-Que Ulric nos proteja -jadeó Broch. Enarboló su arcabuz, retiró la lona que lo envolvía y se detuvo sólo para tocar el amuleto de plata de Puntería verdadera que había atado a su empuñadura. 

-¡Alimaña! ¡Una alimaña en la ciudad! -grito Grunor, que ya había cargado bajando la cuesta hacia el agua, blandiendo su haca en círculos.

La bestia oyó el grito y miró a su alrededor. En ese segundo, el sacerdote aprovechó la oportunidad y le asestó un golpe. Pero fue demasiado lento, tal vez estaba demasiado cansado para golpear como debía. El hombre bestia lo vio venir y arremetió contra él, alcanzando al sacerdote en la cara con la empuñadura de su arma y derribándole de espadas en las revueltas aguas. Luego seguirá, hinchando las fosas nasales, y rebuznó al ver al cazarratas que le atacaba; dejó al descubierto sus marrones dientes puntiagudos y su lengua azul rezumando baba.

-Eso es, escoria. Sonríe -susurró Broch. Tenía un buen blanco. Se produjo un golpe sordo. El arma de fuego no disparó. La maldita lluvia había empapado la pólvora negra, a pesar de sus esfuerzos.

-¡Maldita sea! grito Broch.
Beastmen Gor.jpg
Grunor ya se había enzarzado con la bestia, pero estaba en desventaja. El agua le llegaba casi por la cintura y se agitaba a su alrededor, y la bestia contaba con mayor alcance. Lanzó un tajo a Grunor con su hoja muescada, que fue bloqueado por la ronroneante hacha una vez, luego otra. La tercera pareció conectar directamente con el rostro del enano. Broch gritó consternado y tiró el arcabuz a un lado. Parecía que el cazarratas había sido decapitado. Pero no. Grunor rodó por el agua y se levantó casi con la misma rapidez. Había sangre en su cara, y le faltaban dos trenzas en la barba, pero aún conservaba la cabeza sobre sus hombros. Con un alarido de furia, el enano extrajo su hacha de entre los desechos, esquivó otra cuchillada y reanudó su ataque, aullando un peculiar grito de guerra. 

Broch ya había sacado su espadón, deslizándolo hábilmente de la vaina de cuero que colgaba de su ancha espalda. La hoja medía casi metro y medio de longitud, y tenía un mango de doble puño. Había servido bien a Werner Broch durante diecisiete estaciones. Había empezad a deslizarse por la pendiente hacia la lucha cuando oyó un sonido a su derecha. Dos figuras más aparecieron de entre las ruinas que había sobre él.  

-¡Que me aspen, Ulric, hoy no me aprecias mucho! -escupió Broch. 

Otras dos bestias de la misma especie emergieron, más bajas que la primera pero no menos monstruosas. Una de ellas era una cosa enjuta y tambaleante con la barriga hinchada, cuyas piernas semejaban las extremidades hendidas y articuladas hacia atrás de una cabra o puerco. Sus brazos eran especialmente velludos y cortos, y sostenía una lanza de hueso. Su cabeza también parecía la de una cabra, pero sus cuernos estaban unidos en uno, que crecía de su frente como el de los monocornios de los libros de mitología. Sus ojos para su horror, eran humanos. El otro tenía el tamaño y forma de un hombre medio, ataviado con un tabardo de pellejos cosidos entre sí que daban la angustiosa sensación de haber sido despellejados de la carne de varios humanos. Símbolos malignos marcados con tinte cubrían los pellejos, y su visión hizo que a Broch se estaba revolviera el estómago. La cabeza de la cosa, malformada y gruñente, estaba piadosamente cubierta por una capucha hecha con más pellejos cosidos, con dos aberturas para los brillantes ojos. La nariz porcina de la bestia sobresalía por la parte delantera de la manchada capucha, colmilluda y nauseabunda.

Se arrojaron sobre Broch. El les recibió con su primer golpe, proyectándolo desde la espalda, y alcanzó a la cosa encapuchada en el hombro derecho. Fue un golpe oblicuo, pero la cosa se tambaleó hacia un lado con un chillido, y se alejó bajo la lluvia, desapareciendo de la vista. Un logro, pero aún no había acabado, Ahora la lanza arremetía hacia él, apuntando hacia la barriga de Broch para desgarrarla y desparramar su contenido por el suelo. Se cubrió una vez, entonces su pie resbaló en una piedra húmeda y apenas si tuvo tiempo de recuperarse para bloquear la punta de la lanza por segunda vez. Maldiciendo, Broch intentó lanzar un golpe completo, transversal, pero volvió a resbalar. Y esta vez se cayó, chocando de espaldas y deslizándose cuesta abajo hacia el estanque. Y esta vez se cayó, chocando de espaldas y deslizándose cuesta abajo hacia el estanque.

**************

-¿Qué pasa? -preguntó Imke. Franz miró a su alrededor. Los demás traperos seguían donde les habían dicho que se quedaran, apiñados en grupos sueltos, hablando nerviosamente. Pero la chica se había acercado directamente a él. La lluvia cubría su rostro.

-Te he dicho que...

Ella le miró fijamente con esa mirada tan intensa.

-algo -dijo él, volviendo la vista hacia las ruinas a través de la lluvia-.

Algo pasa ahí. He escuchado gritos. Un...

-¿Un qué?

-No sé, como un bufido -Franz asió con más fuerza su pica.

-¿Has oído eso? -dijo Imke de repente.

-No -se esforzó por escuchar, por ver. Lo único que podía oír era el torrencial repiqueteo y siseo de la lluvia, y algún eco casual que venía de detrás de las ruinas que había frente a ellos.

-¡Ten cuidado! -gritó ella.

Una cosa encapuchada, con un hombro deforme y ensangrentado, salió a trompicones de las ruinas y enfiló directa hacia ellos resollando y gimiendo. Llevaba una tosca espada corta de hoja curva en su mano izquierda. Imke se tambaleó hacia atrás con un chillido de alarma. Franz levantó su arma y embistió a la criatura encapuchada, pero ésta partió con su espada el asta de la pica por debajo de la punta, arrancándosela a Frans de las manos. 

Franz dio un salto hacia atrás, esquivando el posterior golpe fatal. Desenvainó su propia espada, y las hojas chocaron con estrépito. Franz paró y desvió, pero la cosa atacaba furiosamente, y le hizo retroceder. Chocó contra una pared llena de musgo, y luego esquivó hacia la izquierda cuando la espada curva golpeó de nuevo, marcando un largo corte en la piedra cubierta de liquen. Franz le empujó con el hombro y volvió a apuñalarla, pero falló por mucho. Entonces la criatura cayó sobre él con todo su peso, y forcejearon.

Podía oler el húmedo y fétido hedor de la cosa, su pestilencia animal, su aliento pútrido. Intentó liberarse, pero la cosa se aferraba a él, resoplando y chillando. Se tambalearon hacia atrás a través de un portal en ruinas, y rodaron por tejas y mamposterías dispersas inundados por unos quince centímetros de agua. Franz consiguió soltarse entre chapoteos, pero la cosa volvió a levantarse, alzando su hoja para partirle el cráneo en dos. Entonces chilló, con más fuerza y cólera que nunca antes. Su chillido se transformó en un gorgoteo, y luego comitó una gran cantidad de sustancia sanguinolenta. Cató rodando, de bruces.

Franz se levantó dificultosamente, apretando agradecido el amuleto de hierro de Sigmar que rodeaba su cuello. Imke se puso en cuclillas junto al cadáver de la cosa, y extrajo un largo y recto estilete, una faga muy elegante, de su espalda. Limpio la sangre de su hoja, y la envainó con fluidez en una funda de cuero que tenía sujeta a la pantorilla derecha. Luego la trapera volvió a cubrirse la pierna y el arma con sus andrajos.

Franz parpadeó. Ningún vagabundo poseería un cuchillo de ese tipo, ni sabría cómo usarlo con tanta seguirdad.

-Tú no eres una trapera -murmuró.

Imke se llevó un fino dedo índice a los labios y le clavó su mirada de nuevo.

**************
La Cimitarra pasó a un dedo escaso de distancia del cráneo de Grunor, pero a él no pareció importarle. Un enano conoce sus limitaciones, sobre todo aquellas derivadas de su estatura. No tenía alcance, ni altura con la que imponerse. Pero tenía fuerza bruta, y un hacha más afilada que ninguna otra. Para hacerse con la victoria debía acercarse, justo por debajo del ataque de la inmensa bestia. Pasó, ignorando el peligro (y ayudado en gran medida por su locura) cargó hacia delante manteniendo la cabeza baja. La cosa cabra giró asustada a su alrededor, intentando recuperar la distancia. Lanzó una cuchillada bajo con su pesada hoja. Grunor vociferó el frito de guerra de su pueblo y le asestó un hachazo. La hoja cortó limpiamente la muñeca derecha de la bestia, y la mano amputada (todavía agarrando la cimitarra) salió despedida y cayó al agua con un chapoteo. La sangre manaba del muñón herido. La cosa cabra rebuznó agónicamente.

-A callar -le reprendió Grunor, y balanceó de nuevo el hacha, como un guardabosques talando árboles.

El segundo golpe cortó la pierna izquierda de la bestia por la rodilla. Sin apoyo, herido, se desplomó con un gran chapoteo, tiñendo el agua de rosa brillante con su sangre. Se retorció y se agitó, salpicando sangre y agua. Grunor alzó el hacha por encima de su cabeza con ambas manos, y hundió la hoja en el horrible cráneo de la cosa. Las sacudidas cesaron bruscamente, Grunor tardó un momento en extraer su hacha. 

El enano miró a Broch al otro lado de la charca. El humano se había recuperado bien de su caída, y volvió a estar en pie para cuando el ser de un solo cuerno le alcanzó. Broch desvió los golpes de su lanza, y luego partió el cuerpo de la cosa con su espadón, desde el hombro izquierdo hasta la cadera derecha.

Broch sacó su espada y el mutilado cadáver se derrumbó penosamente sobre el agua. El mercenario escupió.

-¡Maldito seas, Ulric! Mi suerte me la forjo yo.

Vadeó el estanque y ayudó al sacerdote a levantarse. El joven tosía y escupía agua entre arcadas. Un moratón sangrante teñía su boca y su mejilla.

**************
-¿Y tú quién eres? -preguntó Werner Borch-. ¿Falker? ¿Dónde estás? -Broch se adentró en las ruinas y encontró a Franz agachado junto al cadáver de la bestia encapuchada-. ¿Lo has matado tú, Falker? -preguntó. Franz echó un vistazo a su alrededor. Pudo ver a Imke detrás de Broch, mirándole fijamente y sacudiendo suavemente la cabeza.

-Sí -dijo Franz.

-Buen trabajo, chico. Tenemos a otros dos más allá ¿Qué hace ella aquí?

-Ha... ha venido para asegurarse de que estoy bien -dijo Franz. Regresaron al espacio abierto bajo la lluvia. Al deslizarse junto a él, Imke susurró "gracias".

Grunor había sentado al sacerdote en una piedra y los traperos se habían reunido en torno a él.

-Aún no me has respondido -dijo Broch-. ¿Quién eres?
Cuarteto de aventureros.jpg
-Soy Sigmundo -contestó el joven sacerdote, ceceando ligeramente debido a su dolorida boca-. Soy un intendente del templo de Sigmar en Durberg. He venido a Wolfenburgo en misión santa, encomendada por los padres del templo.

-¿Qué tipo de misión? -pregunto Broch.

-Una que debo completar, señor. Les agradezco su intervención. Ah, y les doy las gracias en nombre de Sigmar.

Broch se encogió de hombros.

-Que me guarde el favor. No cuidaba de ti con mucho esmero hasta que llegamos nosotros. Esas cosas han estado a punto de enviarte al frío abrazo de Morr.

El intendente asintió.

-Es una peligora labor la que he emprendido. Baste decir que el templo envió a cuatro, de los cuales soy el único que queda.

El intendente miró a Broch.

Ested, señor... ¿es usted una espada de alquiler?

-Yo prefiero la expresión "hombre de honor negociable".

Sigmundo sonrió, y luego hizo una mueca, deseando no haberlo hecho.

-Si quiero completar mi tarea, haría bien en contratar protección para la etapa final. ¿Son ustedes tres?

Broch echó una mirada a Franz y a Grunor.

-Supongo que sí...

-Por ventura de Ranald -dijo Sigmundo-, tengo tres coronas de plata en mi haber. Son suyas, una por cabeza, si se encargan de que llegue a salvo a mi destino.

-¿Y cuál es? -preguntó Franz.

-¡Mírame! ¡mírame! -espetó Broch-. ¿Quién está negociando aquí?

-Usted, señor -dijo Franz.

-¿Cuál es? -preguntó Broch al intendente.

-El templo de Sigmar, en el corazón de esta ciudad en ruinas, y en ruinas él mismo, sin duda.

-¿Con qué propósito?

El intendente se puso en pie.

-Con el de recuperar un sudario del santo Sigmar, o por decirlo de otro modo, una pequeña reliquia: una imagen impresa sobre un paño diminuto. Los padres de mi templo creen que Wolfenburgo no volverá a alzarse hasta que se recupere esta reliquia para rendirle culto como corresponde.

-¿Una corona de plata por cabeza?

Sigmundo asintió.

-Y si quedara algo en las arcas del templo, puede que les interese repartirlo entre ustedes. Los padres del templo no están interesados en el dinero.

-La lluvia no ha amainado aún -dijo Franz a Broch.

-Envía a los traperos de vuelta a casa.

-Pero señor...

-¿No has oído lo que ha dicho, chico? ¡Las arcas del templo! ¡Esto podría solucionarnos la vida! ¡Podremos salir de este montón de estiércol!

-Yo no quiero salir de... -empezó a decir Franz.

-Cállate. Es una orden.

Grunor y Franz enviaron a los traperos de regreso. Se mostraron reacios a marcharse sin la protección de sus soldados, pero Grunor se mantuvo firme, y al final se escabulleron bajo la lluvia, casi corriendo hacia la relativa seguridad de su pordiosero campamento.

Imke, por el contrario, se negó a ir con ellos.

-Tienes que ir -dijo Franz.

-No. Me voy con vosotros.

-¿Que eres? No eres una trapera.

-Eso ya lo has dicho. Voy con vosotros. Consíguelo, Franz Falker. Me lo debes. Invéntame algo. Rápido.

Broch se reunió con ellos.

-¿Qué hace ella aquí todavía?

-Va a acompañarnos -dijo Franz.

-Y un cuerno.

-Yo la vigilaré.

-Es una cagada. Que se vuelva.

-Es mi amuleto de la suerte -dijo Franz, intentando desesperadamente pensar en algo.

-¿Qué?

-Esa cosa me habría destripado si no hubiera sido por ella. La distrajo para que pudiera asestarle el golpe mortal. Me trajo suerte. Quiero que venga. No iré sin ella. Tiene el favor de Ranald.

-No recibirá moneda alguna, si ésa es su intención -gruñó Broch.

-Le daré algunas de las mías cuando seamos tan ricos como príncipes

-Sonrió Franz

Broch se encogió de hombros.

-Muy bien, tú sabrás lo que haces. ¡Adelante!

Partieron, con Broch y el intendente en cabeza, seguidos por Grunor, que avanzaba dando fuertes pisotones. Franz e Imke cerraban la comitiva. La lluvia cesó de repente tras quince minutos, y de las ruinas a su alrededor comenzó a brotar vapor de agua y bruma, que suavizaban el perfil de las construcciones de piedra y convertían en fantasmas a las ruinas más altas. El silencio era inquietante. Aparte del borboteo y el torrente del agua que se vertía al nivel del suelo a través de viejas cañerías y espitas rotas, había una quietud sobrenatural, tan tensa y cautivadora como la niebla que les envolvía.

-Parece la tierra de los muertos -dijo Imke-. Fría, gris y aletargada. Como el reino de Morr, en el que las almas revolotean como murciélagos.

-Es la tierra de los muertos -replicó Franz-. Así es la vida después de la muerte. Yo lo sé. He vivido aquí toda mi vida, y ahora esa vida está muerta y enterrada.

-¿Estabas aquí cuando sucedió?

-¿Perdiste a...?

Franz asintió.

-Madre, padre y dos hermanas.

-¿Por qué te has quedado?

-Hay algo que tengo que hacer. Algo que quiero encontrar.

-¿Y de qué se trata, Franz Falker?

Él la miró.

-Primero dime algo, como quién eres o lo que eres. O por qué una vulgar trapera tiene una daga de noble en una vaina en la pierna y sabe cómo usarla.

-Soy una cazadora -dijo ella-. Lo que tú llamarías con desdén una saqueadora de tumbas. Mezclarme con los traperos me ha sido muy útil para llegar hasta aquí.

Él se detuvo y fijó una disgustada mirada en ella.

-En ese caso no eres mejor que un animal carroñero. Robas el botín de los muertos.

-Me da igual lo que pienses -dijo ella, adelantándole con grandes zancadas-. Me debes una, y no le dirás ni una maldita cosa de esto a tu camarada el mercenario.

Él asintió.

-Ya hablaremos tú y yo en cuanto hayamos saldado esa deuda -le aseguró.

-Estaba disfrutando de nuestra conversación. Ibas a decirme lo que querías encontrar aquí.

-No es nada.

-Dímelo, Franz Falker -dijo ella, atravesándolo con su intensa mirada una vez más.

-Hablas demasiado...

Grunor matando skavens.jpg

Apareció la primera rata, en silencio, surgiendo amenazadoramente de entre los vapores. Broch jadeó y trago saliva. De repente, la locura de Grunor pareció la más clara de las corduras. La rata estaba erguida. sus ojos brillaban. Con sus patas delanteras asía un arma de filo del mismo modo que un hombre adulto esgrimiría una lanza. De hecho, tenía la misma altura y volumen que un hombre. Al igual que las otras seis que salían de la bruma que les rodeaba.

-Por el corazón palpitante de Ulric! -aulló Broch con incredulidad, desenvainado su espadón-. ¡Formad un círculo! ¡Un círculo!

Pero Grunor ya había avanzado, gritando y balanceado su hacha para golpear a las monstruosas alimañas. Su locura había tomado forma. Las cosas comenzaron a rechinar y chillar, lanzándose habia delante para atacar.

El ruido que había era temible, acentuado por el agudo chirriar que contestaba desde la niebla. La espada de Franz estaba fuera de su funda. Broch ya había entrado en combate, asestando un fuerte golpe con su espadón al negro y sarnoso pellejo más cercano. Grunor había atacado con fuerza, y su hacha manchada de sangre había provocado un cacofonía de chillidos de dolor.

-¡Ponte detrás de mí! ¡Detrás de mí! -gritó a Imke cuando una de las cosas rata cargó contra él. Imke ya había sacado su estilete y apuñalaba y cortaba con colpes expertos.

Franz decapitó a una rata con un golpe limpio y, salpicado por la infecta sangre, busco en derredor al intendente.El joven sacerdote les gritaba que le protegieran, con las manos levantadas y sus palmas visibles. Franz vio el símbolo grabado en la carne de las palmas de las manos del intendente. Sintió un escalofrío. Lo había visto dos veces antes. Una, sobre la capucha de la cosa bestia en las ruinas. Y otra en los estandartes de la hueste de Surtha Lenk mientras asaltaba los muros de Wolfenburgo.

Franz hizo una mueca de dolor cuando la hoja de una de las ratas perforó la carne de su brazo izquierdo. Se giró y atravesó el torso de la criatura con la punta de su espada. Sabía con toda seguridad que el verdadero enemigo, el peor diablo de todos, se encontraba entre ellos, pero no podía hacer nada. Las ratas le rodearon, las ratas del tamaño de hombres que habían poblado las pesadillas de Grunor, cargando desde la neblinosa bruma, bullendo, abalanzándose sobre ellos...

**************
Tras el duro combate, el grupo acaba ahuyentado a los perversos hombres rata, huyendo entre las ruinas de Wolfenburgo, y se pierden rápidamente de vista. El sacerdote Sigmundo se gira hacia el grupo y dice: Una vez más, estoy en deuda con vosotros. Gracias por vuestro auxilio.

-[Werner]: Sólo hacíamos nuestro trabajo, intendente.

-[Imke]: ¿Qué eran esas cosas? ¿Ratas que caminan sobre dos patas? ¡A bueno, seguro, el mundo se ha vuelto loco!

-[Grunor]: En efecto, una locura. Ya os hablé de los hombres rata y pensasteis que estaba loco. ahora ya veis que decía la verdad.

Sigmundo parece nervioso y dice: vamos, marchémonos antes de que esas cosas vuelvan con refuerzos.

-[Werner]: Ése es el camino más seguro. Franz, Grunor, Imke, en marcha.

Franz se fija de nuevo en la mano de Sigmundo mientras se limpia la sangre de hombre rata de su túnica. El rastro de sangre de la rata le da un aspecto aún más siniestro al símbolo. Definitivamente recuerda haberlo visto durante el asedio de Wolfenburgo. Sigmundo, el presunto sacerdote de Sigmar, ostenta el signo del Caos. Franz no sabe que hacer y no avisa de ello, pero no le quita ojo a Sigmundo.

El grupo sigue avanzando por las ruinas durante media hora. Cada cierto tiempo, un grito de angustia rasga el aire; aparte de eso, el silencio es sepulcral. En el momento que divisan la sombra de una ruina enorme que esta más adelante, Sigmundo dice: ahí es. Ése es el templo de Sigmar.

Imke se aparta del grupo, moviéndose en silencio con la intención de explorar el templo.

Werner le susurra: ¡Imke, no!

Imke le devuelve el susurro: cubrirme, voy a echar una ojeada.

-[Werner]: Franz te dije que Imke era responsabilidad tuya. Va a conseguir que nos maten a todos.

-[Franz]: No lo creo. Imke tiene... ciertas habilidades. Démosle una oportunidad.

-[Werner]: ¿Que quieres decir con eso?

Con una sonrisa Franz responde: ya lo verás.

-[Grunor]: Yo ya he visto suficiente. Ha dado muerte a los hombre rata con presteza, y podrá luchar a mi lado cuando quiera.

-[Werner]: Si puede soportar tu mal olor.

Imke se abre camino en silencio hacia las ruinas y llega a una posada calcinada que está enfrente del templo. Tiene una buena panorámica desde ahí. Al principio parece que el templo esta abandonado, pero percibe un destello metálico en una torre en ruinas. Mirando más detenidamente, puede ver al menos tres hombres armados con ballestas. Parece una emboscada.

Imke se desliza de vuelta con el grupo, y les informa de lo que ha descubierto, tienen que organizarse...

La aventura sigue a partir de aquí. ¿Quiénes son los furtivos de las ruinas? ¿Son aliados de Sigmundo, o un peligro totalmente distinto? ¿Y cuál es el verdadero propósito de Sigmundo? ¿Es la historia de las riquezas del templo una mentira conveniente?

FuenteEditar

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