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Werner Silbermann

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Werner Silbermann era un joven y más que capaz brujo en Nuln cuando uno de sus experimentos acabó trágicamente y le convirtió en hombre lobo. Durante los años siguientes vagó de un sitio a otro, siempre en movimiento para evitar que le reconocieran por lo que era y le dieran caza. Con el paso de los años, se acostumbró a su nuevo estado y aprendió a controlarlo en parte.

Un crudo invierno lo encontró vagando por el bosque que bordeaba las colinas occidentales al pie de las Montañas del Fin del Mundo. Llevaba casi una semana sin comer, y el hambre y el agotamiento hacían mella en él. Perdió el conocimiento bajo la copa de un árbol, y se resignó a morir.

Cuando volvió en sí se encontró rodeado por una manada de lobos. Demasiado débil para moverse, cerró los ojos presintiendo su final. Escuchó las apagadas pisadas de un lobo acercándose a él, seguidas del roce de su aliento sobre su cuello. El lobo comenzó a lamerle la cara. Era como si los lobos hubiesen reconocido su auténtica naturaleza y le hubiesen aceptado como uno de los suyos.

Werner aceptó agradecido la hospitalidad de la manada y vivió con ellos como un lobo durante algunos años. Se convirtió en su líder y se alegró de ser un lobo de patas ágiles, olfato agudo, grueso abrigo de piel y mortíferos colmillos.

El invierno siguiente fue aún más duro que el anterior y la caza escaseaba. La manada se vio obligada a ampliar sus rastreos en busca de presas, y en una de sus excursiones se toparon con una vía comercial que partía del Imperio y atravesaba el paso de los Dientes del Invierno hasta llegar a las Cuevas y de allí a los Reinos Fronterizos. La parte humana del cerebro de Werner le decía que aquello era la solución. Estableció una guarida densamente protegida cerca de la carretera y apostó vigías que dieran la voz de aviso cuando se aproximase una caravana.

El primer ataque de Werner fue todo un éxito. En una emboscada bien organizada, los lobos se cobraron dos guardias y un conductor con los que desaparecieron en el bosque antes de que los supervivientes tuvieran tiempo de reaccionar. Los lobos comieron bien aquel día, y en el transcurso de los meses siguientes comenzaron a escucharse historias acerca de los "Lobos Demonio" de Wissenland.

Se enviaron soldados y montaraces a Pfeildorf para peinar los bosques y cazar a los lobos. Regresaron con los cadáveres de casi un centenar de lobos, pero los ataques continuaron. Las historias cobraron tintes mitológicos, atribuyéndoles a los Lobos Demonio la habilidad de atravesar la roca sólida y de resultar intangibles para las armas convencionales. La histeria de adueñó de Wissenland.

Ataque lobos.png
Un día señalado, la manada emboscó a una caravana en un estrecho paso al este de los Dientes del Invierno. Werner había escogido aquel sitio con el fin de que el limitado espacio dificultara las maniobras de los guardias de la caravana, y les permitiera a los lobos atacar y retirarse sin encontrar apenas resistencia. El ataque estaba teniendo el éxito previsto hasta que apareció por sorpresa un guardia a su espalda y los lobos se vieron atrapados entre dos fuerzas. Combatieron con feroz desesperación, pero parecía que su suerte estaba echada.

Inesperadamente, uno de los carros hizo explosión y el grueso de la caravana sucumbió al pánico cuando tanto comerciantes como guardias intentaban escapar del paso. Los muertos se alzaron, dejando atrás a los lobos con paso tambaleante para atacar a sus camaradas aún vivos. Por encima de los gritos y los gruñidos de la batalla, resonaba una risa: la diáfana, salvaje risa de una elfa que había aparecido al lado del carro en llamas. La batalla se convirtió en una carnicería, y no pasó mucho tiempo antes de que la mujer se convirtiera en la única superviviente de la caravana. Los lobos la observaban suspicaces, pero ella los acariciaba viéndolos cómo se alimentaban de los guardias y caballos muertos. Aún riéndose entre dientes, se aproximó al lobo que era Werner y éste supo que ella le reconocía por lo que era.

Aquel día se forjó una extraña alianza. La elfa oscura se llamaba Syrillia, una renegada de la oscura ciudad de Feiss Mabdon que había recorrido grandes distancias en su búsqueda de conocimiento y aventuras. Los lobos se retiraron a su presente guarida, una mina abandonada a la que el Paso de Hierro le debía su nombre, mientras Syrillia y Werner se sentaban para tramar sus planes.

La primavera y el verano llegaron y se fueron, y para cuando el invierno comenzó a cerrar los pasos más elevados un año más, los dos aliados ya habían convertido el Paso de Hierro en una trampa mortal. Los pocos viajeros que pasaban por allí eran fácilmente reducidos, convirtiéndose en proveedores de riquezas y de viandas. El poder que ambos lanzadores de hechizos creció a medida que intercambiaban conjuros y amasaban instrumentos mágicos de las víctimas de sus pillajes.

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